Primera parte.

CLAUDIA TOSTADO

La sala estaba llena de gente que ella no reconocía. Además de mí y del oficial Cuenca, no había visto antes a ninguno de los que estaban allí. La luz de las velas en cada mesa y repisa favorecían la tensión que se sentía después de lo que ella acababa de relatar. Ya habían pasado más de quince minutos y todos seguíamos en silencio. Yo, con mucha menos razón me iba a atrever a decir la primera palabra. Pasaron algunos minutos más, que a todos nos parecieron horas. Seguían mirándose unos a otros buscando respuestas, pero nadie nos miraba ni a ella ni a mi. Finalmente, el oficial Cuenca, un hombre muy alto y delgado, con algunas canas que empezaba a pintarle el tiempo, pero aún fuerte, terminó con la espera y se puso de pie. Tomó una de las velas largas que estaban sobre la chimenea apagada, y se acercó a la ventana. El gesto de su rostro me dio la impresión de que pensaba que algo en la historia no encajaba. Sin mover la vista de la ventana, le preguntó a Catalina: -¿Cómo dice, Srita. Méndez, que llegó el cuerpo de esa muchacha hasta allá?-.

Catalina iba a responderle, pero antes de que emitiera cualquier sonido, tocaron a la puerta de la habitación. Yo me levanté a abrir. Era Andrés.

-Lo estábamos esperando.- dijo Cuenca, acercándose para saludarlo. –Tome asiento, la Srita. Méndez estaba por explicarnos cómo fue que llegó el cuerpo de la muchacha hasta el pozo.-

Andrés se sentó junto a mí, frente a Catalina, y la miró con tristeza. –Oficial, si me permite, quisiera escuchar a Cata otra vez. Supongo que a ustedes ya les dijo todo, pero yo no la he oído. Seguro también les servirá para tener más clara la historia.- Eso a mi no me pareció insensato, finalmente lo que se había hecho, fue hecho para ser contado, y a Cata no le molestaría narrar los hechos cuantas veces fuera necesario. Me acerqué y la tomé de las manos: -Mi amor, ¿no te importa, verdad?- le dije mirándola a los ojos. -Claro que no-. Me senté junto a ella, para poder ver la reacción de los que iban a escuchar, casi todos por segunda vez, la descripción de lo ocurrido.

-Todo empezó hace casi un mes cuando Felipe y yo estábamos en el departamento, como siempre, tomando un café, hablando y fumando. Pasaba de la media noche, y como es natural, a esa hora la gente habla de cosas más oscuras. De cosas que nadie se atreve a decir mientras haya luz. El disco que estábamos escuchando terminó y yo me apresuré a buscar otro para poner. Ahora que lo pienso, la música que uno escucha, influye inconscientemente en lo que hace, piensa o dice mientras la oye. O tal vez, es que el subconsciente que ya tiene esos pensamientos o sentimientos la lleva a elegir tal o cual disco.-

-¿Podría seguir con la historia? No tenemos toda la noche para sus filosofías baratas.- interrumpió Cuenca con tono molesto, pero Andrés le respondió: -Oficial, déjela que cuente la historia como quiera, todo lo que diga es importante, y nos iremos de aquí cuando nos tengamos que ir.-

-Gracias Andrés. Como les estaba diciendo, buscando entre mis discos encontré uno que hace mucho no escuchaba, tal vez uno de mis favoritos. Lo puse en el reproductor, y me senté otra vez en el sillón junto a mi novio. Estábamos fumando un cigarro para los dos, como siempre lo hemos hecho, y no por fumar menos ni por ahorrar, más bien por compartir, por estar más cerca. Felipe me preguntó que si íbamos a estar juntos toda la vida. No lo hizo como dudando, sino como invitando. Su pregunta no me extrañó, ni me perturbó; finalmente era algo que ya sabíamos pero de lo que no habíamos hablado.

-Eso va a ser más fácil si vivimos poco…- Felipe me miró y en ese momento los dos supimos que quizá estábamos viviendo una de las últimas noches de nuestras vidas. Los dos intentamos dar ideas y sugerencias para crear nuestro final. Yo, como siempre, le dije que tenía que ser algo poético, artístico. El quería algo que impactara, que trascendiera, que no se olvidara nunca. Pasamos toda la noche hablando de eso. Decidiendo cómo queríamos ser recordados y qué partes de nosotros y de nuestras vidas queríamos que fueran olvidadas.

A la mañana siguiente, después de dejarme el café en el buró, Felipe se fue a trabajar. Era sábado, y yo los sábados no hago nada hasta que Felipe regresa, como a las seis. Pero ese sábado, siendo quizá uno de los últimos sábados de mi vida, me levanté poco después de que Felipe salió. Puse el café en un termo y me vestí rápido. Caminé hasta la esquina, donde está el puesto de periódicos, y compré uno. Caminé hasta el parque y me senté en una banca que recibiera algunos rayos de sol.

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