ANTE EL REFORMISMO SUPERFICIAL Y LA PERSISTENCIA DE LOS PROBLEMAS DE FONDO, AÚN HAY ESPERANZA.

Se respira y se vive una nueva crisis política en nuestro México, desatada por la desafortunada amalgama de la crisis social detonada por el caso Ayotzinapa y por el infortunio que en el camino se ha topado el “proyecto de nación” del Presidente Peña Nieto y su Estado Contrarrefomado (como lo he llamado ya anteriormente).

Y es que ante la visión acusadora del Presidente, que de manera inverosímil y con evocación a Poncio Pilatos (por aquello del lavado de manos), recurre al argumento “conspirativista” ampliamente popularizado por el multiatacado AMLO: el famoso complot, resulta imposible compartirla y se hace obligatorio un análisis profundo y a conciencia, para ubicar los puntos claves del por qué, en los más de 30 años del reformismo continuo, México no termina de reformarse y mucho menos de asentarse en las esferas del primer mundo, como continuamente lo ha prometido el discurso reformista de nuestros gobernantes.

Desde luego, ese análisis necesario, no es materia de la presente columna; sin embargo, expondré aquí lo que a mi consideración representa, gran parte del fracaso del citado reformismo.

En México hemos adolecido de una mala aplicación del concepto de Democracia, adoptando en algunos momentos una extraña obsesión tanto en la esfera política como pública y académica, por enmarcarlo en los límites de la alternancia partidista en el poder, resumido en esa ya famosa frase de “sacar al PRI de los Pinos”.

Este empecinamiento por dar ese matiz a nuestra aplicación de la democracia, ha menguado las posibilidades de lograr una verdadera transformación de la vida política y pública de nuestro país, pues si bien es cierto que la alternancia partidista es un componente importante de la democracia (más aún ante la mala gestión gubernamental), hemos pasado por alto la necesidad de una verdadera transformación institucional, provocando con ello un muy triste escenario de lo que ya hace años Luis F. Aguilar llamara el “México Inconcluso”, y observando alejarse cada vez más “El Futuro que no Tuvimos” como lo expresa la obra de Mauricio Merino ante el periodo de desencanto que desembocó en el regreso del PRI a los Pinos (como muestra irrefutable del fracaso de nuestro modelo democrático, más aún en su muy limitada concepción).

En la transformación del país han persistido las estructuras institucionales y políticas repletas de vicios, que a la larga representaron pingues beneficios para “el gobierno del cambio” y el del “vivir mejor”, más no de manera significativa para la ciudadanía en general, pues en su transformación no se vislumbró un verdadero compromiso con la generación de una cultura ciudadana que más allá de ejercer el voto, entendiera la importancia de su participación en el espacio público, de su corresponsabilidad (dadas las mayores libertades) para con la seguridad y prosperidad de la sociedad, mediante la adecuada contribución fiscal, la obediencia de las leyes y la participación en los asuntos de importancia pública (a través de Organizaciones de la Sociedad Civil realmente autónomas, pero que caminen de la mano del Estado).

Y es que lejos de transformar la realidad social del país y mitigar esa enorme deuda que se tiene principalmente con los sectores vulnerables, la democracia si bien ha modificado la estructura político-partidista, parece ser que solo lo ha hecho en beneficio precisamente de las estructuras partidistas, facilitándoles el encumbramiento necesario para dar fe de la “Ley de Hierro de las Oligarquías” de Robert Michels, que nos deja ver a los tres partidos dominantes (más sus apéndices, léase PVEM y PT principalmente), cada vez más ambiciosos, con mayor disposición de recursos públicos, minados por la corrupción e incluso penetrados por la delincuencia, pero cuidando entre ellos sus muy particulares intereses, con negociaciones en lo público y lo privado que rayan en lo turbio y que se materializan en instrumentos como el muy aplaudido y a su vez criticado Pacto por México.

Hemos vivido entonces, una transformación continua en cuanto al redimensionamiento del Estado y al ejercicio de libertades económicas y políticas de la ciudadanía, pero desde la perspectiva de la reforma política, no se ha logrado transformar de mantera adecuada la relación entre sociedad y Estado, pues para gobiernos de los tres órdenes y de todos los partidos, ha resultado más fructífero, mantener el carácter del Estado Paternalista, sin modificar las estructuras de fondo que permitan genera una sociedad con mayor autonomía, mayores capacidades, mayor compromiso con el espacio público y por tanto mayor participación proactiva en el quehacer gubernamental, que por consecuencia exija entre otras cosas, la verdadera consolidación de la cultura de la transparencia, punto medular de la democracia.

Por ello, lo que hoy sucede en el país no debe verse jamás como mero producto de la casualidad, ni mucho menos como fruto de un complot; debe por el contrario, verse como producto del hartazgo de una sociedad cada vez más vulnerada por los abusos de su clase política y empresarial, arrinconada además por el yugo de la inseguridad y la violencia que día a día le aqueja, y desprovista de los mecanismos necesarios que les permita actuar de forma unida y coordinada para modificar la realidad del país, porque indudablemente, ante todo el reformismos, es justamente eso, lo que a la clase política menos le ha convenido fomentar.

Es quizás por eso, que aún ante la efervescencia de la actual protesta social, no se ha logrado el impacto necesario para ver a toda la sociedad completamente involucrada con una problemática que les cada vez más familiar y cotidiana, ya que en general, no se logra un entendimiento adecuado de lo que es público y por tanto requiere de la intervención conjunta de todos los entes sociales.

En conclusión, el país no podrá transformarse verdaderamente en tanto no exista una verdadera reforma política (que debiera comenzar, aunque no será así, en los espacios de representación popular monopolizados por los partidos políticos) que modifique sustancialmente la relación entre sociedad y Estado, generando por parte del gobierno, los mecanismos adecuados para que la ciudadanía participe de la vigilancia y ejercicio del poder público, en tanto que permita gradualmente la apropiación del concepto de “lo público” por cada  uno de los ciudadanos. Todo ello es solo uno de los problemas de fondo de nuestra actual crisis política, pero por ello mismo, la actual movilización social debe verse con enorme esperanza. #TodosSomosAyotzinapa.

Para despedirme, la recomendación musical de hoy: And I Love Her, magnífica pieza musical de The Beatles, en la majestuosa interpretación de uno de los Guitarristas más influyentes del Jazz, Pat Metheny; un excelente arreglo bastante agradable para el oído común pero jamás alejada de las grandiosas armonías del Jazz. (https://www.youtube.com/watch?v=MYcZ6s3z1jg).

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