MUROS

J. Jesús Reyes R. del Cueto

Vivimos en un mundo de MUROS. Vean a su alrededor, lo más probable es que estén rodeados de cuatro de ellos. En caso de que sean el tipo de lector que disfrutan más de la intemperie, tal vez no sean cuatro, pero de que hay uno a la vista estoy casi cien por ciento seguro. Estos MUROS nos definen, somos una especie de MUROS. Son estos, en cierta parte, los que nos diferencian de las especies con las que compartimos este mundo. Somos los únicos que tenemos la necesidad de construir MUROS, barreras para protegernos de lo que nos quiera o pueda hacer daño, allá afuera.

En primera instancia estos MUROS nos protegen de los “elementos” naturales; de la lluvia, el viento, la nieve, aquellas inclemencias naturales que tanto nos disgustan. En segunda instancia estos MUROS nos protegen de otras especies de animales o alimañas que pueden ser peligrosas; los insectos, arañas, serpientes u otros bichos a los cuales tanto les tememos. En tercer instancia estos MUROS nos separan de los demás; otros de nuestra misma especie pero que pudieran ser peligrosos: desde el ratero, asaltante o criminal hasta el vecino no deseado, incomodo e inoportuno.

Es cuando estos usos empiezan a ser los primordiales cuando nos metemos en áreas problemáticas. En ciertas zonas de la ciudad o en ciertos lugares dentro de un país se darán cuenta que los MUROS existentes no son solamente parte de una casa o una edificación de cuatro paredes que sostiene un techo, sino que hay MUROS que existen por si solos, como barreras separando una zona de la otra. En México los tenemos alrededor de colonias privadas, con hogares de clases socioeconómicas distintas dentro y fuera de ellos. Unos dicen que son para mantener la criminalidad fuera, aun cuando muchos de los criminales viven dentro; una paradoja de nuestra desigualdad. Aquellos que viven cerca de una frontera o la cruzan frecuentemente han podido ver el inmenso MURO que separa nuestro país del vecino del norte.

Históricamente, las ciudades y comunidades siempre han sido amuralladas para mantener amenazas exteriores y extranjeras fuera de ellas. La edad media estaba repleta de este tipo de ciudades. Pero en años más recientes los MUROS han perdido su esplendor. Ahora con la globalización y la era del internet el mundo ha tenido una tendencia a ser cada día más abierto, con menos fronteras. Después de la caída de uno de los MUROS más famosos, el de Berlín, la humanidad parecía haberlos olvidado y su era de dominio había quedado en el pasado.

Sin embargo, hay algunos cuantos que quieren traerlos de regreso, así como si fueran una moda que está por resurgir. El más famoso de ellos, Trump, insiste que la raíz de todos los problemas norteamericanos está en la incontrolable inmigración de mexicanos a los Estados Unidos, y que para solucionar este gran problema habría que construir un gran MURO que nos separe. Sin embargo, muchos como él existen en todo el mundo, insistiendo en reinstaurar barreras antes existentes para protegernos (o protegerlos) de los tantos males mundiales.

En Israel, una tierra de conflictos y contradicciones, uno se encuentra con MUROS bastante seguido. Los más prominentes son los que separan Gaza y las áreas controladas por la autoridad Palestina en Cisjordania. Estos MUROS, como tal vez lo haría el que planea construir Trump, mantienen comunidades enteras “seguras”. Aseguran que sus habitantes no tengan que enfrentar la violencia de las comunidades adyacentes, que ni siquiera tengan que ver la pobreza a la que son sujetos sus propios vecinos. Al final de cuentas, estos MUROS, aseguran una vida bastante cómoda, sin sorpresas, sin malestares, sin vistas indeseables.

Pero estos MUROS también ciegan, aíslan y separan. Antes de darse cuenta los que se encuentran dentro de ellos, no son ya los “privilegiados”, sino más bien los “apresados”. La vida puede ser placentera dentro de los MUROS, pero también es confín a los límites que estos interponen. Más allá de esto aseguran que sus habitantes se aíslen y olviden de las realidades existentes a su alrededor. Se olvidan de ellas y las dejan de entender, de pensar, de reflexionar. Al concluir este proceso, el vecino que antes veía, escuchaba y sentía, se convierte en un miembro de otra especie que no veo, no escucho y por ende no entiendo. Su violencia ya no me importa, su sufrimiento menos. ¿Queremos vivir en este tipo de mundo?

En mi opinión hay que buscar crear un mundo con más entendimiento, más compasión y para hacerlo posible tenemos que tumbar los tantos MUROS que hemos construido a nuestro alrededor. Critiquemos a Trump por su MURO, pero también cuestionémonos cuantos tenemos construidos alrededor de nuestras circunstancias.

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