Camas grandes.

Jonathan Alcalá

Jamás pensé que comprar una enorme cama sería una decisión tan inútil; es natural que uno termine comprando lo que los demás nos dicen,  pasamos el tiempo creyendo tomar decisiones que no tomamos. Pero de todas aquellas cosas que hemos comprado desde que tenemos una vida juntos mi esposa y yo, la que más inútil me parece, y lo repito constantemente, es una enorme cama. No hice caso de nuestras costumbres de novios, y es que cuando comenzamos a dormir juntos, en aquellas escapadas de pretextos que nos parecían creíbles por lo menos a nosotros mismos, hacíamos el amor y dormíamos abrazados apenas en un espacio de cama. Envueltos en sábanas blancas y pensamientos indecibles que salían de nuestras mentes para condensarse en el techo y caer sobre nuestras bocas.

            Todo el tiempo, cada que nos acostamos, yo le pido a ella que ponga su cabeza sobre mi brazo, ya sea dándome la espalda o de frente, no hay otra manera de hacerlo; aunque en realidad una vez que tratamos conciliar el sueño, es definitivo, ella debe darme la espalda, ya que con su boca cerca de la mía, habría que estar loco para no llenarla de besos. Resulta cansado después de unas horas el tener el peso de su cabeza sobre mi brazo, entonces yo me muevo un poco y ella entiende entre sueños; se aleja una nada, apenas unos centímetros, ignoro por completo cuanto tiempo pasa, pero de repente, ese magnetismo inagotable de nuestros cuerpos desnudos hace que ella o yo nos abracemos de nuevo. Yo padezco de un sueño ligero, toda la noche despierto, pero cuando duermo con ella el sueño es mucho más liviano; será que me ganan las ansias de acariciarla, de ver su hermoso rostro detrás de sus rizos negros; ella insiste en recogerse el cabello, pero yo le suplico que se lo deje suelto, entonces cede, como cedo yo ante sus súplicas también; en nuestro amor no hay democracia, ambos dictamos y obedecemos, sin cuestionamientos, obsesionados por el placer mutuo; por el bienestar ajeno, que no es otra cosa que el de uno mismo, sin llevar cuentas de favores, orgasmos y caprichos cumplidos, no regateamos, no hay balanzas en nuestra concepción del amor.

        A veces me he quedado eternidades escuchando el compás de su respiro, entrelazo nuestros dedos y doy besos suaves sobre su piel; cualquier parte de su cuerpo me produce sensaciones maravillosas, mis manos son erráticas cuando están encima de ella, se mueven de un lado a otro, de extremo a extremo, y cuando llego a un punto en donde mi tacto consume todas mis ganas de tener su cuerpo, entonces comienzo a extrañar otra parte de sí. Sé lo que viene cuando se eriza su piel, cuando se encoje de hombros y me sonríe, me ve con sus ojos castaños, esos ojos bonitos, superlativos y cauteloso, repletos de ella misma, más grandes que mi vida entera, cósmicos, terrenales, insaciables, porque todo yo me licúo y caigo gota a gota en sus pupilas, pero de inmediato renazco en su boca, en la saliva que nunca apaga mi sed, pero que la prefiero mil veces antes que el agua, porque sus besos alimentan más que a mi cuerpo, alimentan mis esperanzas todas, mis ganas de vivir y sentir.

         Cientos de horas de sueño hemos echado por la ventana para amarnos de madrugada, no hay desperdicio, al día siguiente el cuerpo reclama, pero el alma hace como que no oye, todo se mueve a un segundo término cuando de amor se trata; los problemas se ven sencillos, las preocupaciones dejan de preocuparnos; el clima, cualquiera que se presente, es clima ideal para nosotros, y la cama, se hace enorme mientras entrelazamos nuestros cuerpos, un diminuto pedazo del universo que se convierte en el mejor lugar para estar. Entonces a partir de esa sapiencia, yo le digo a mis amigos: cuando se casen, no elijan camas enormes, así, aunque su amor se esfume con el paso del tiempo, por lo menos van a estar cerca al dormir, y si ya no se acarician de día, ojalá que sí lo hagan de noche,  poco importa si es por accidente,  y que sea visto, como un  efímero homenaje al amor que se tuvieron, pero más que nada, como un ahorro de espacio y  por qué no, también de algunas monedas.

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