Trazos (parte I)

Jonathan Alcalá

Mi tío Ernesto, que en realidad era mi primo, tenía una costumbre peculiar, se divertía haciendo trazos sobre pliegos de opalina, siempre el mismo tono de papel y el mismo gramaje; todo el tiempo usaba un lápiz con la punta afilada, una goma para borrar, un sacapuntas metálico y un juego de geometría. El tío Ernesto era el hijo mayor de mi tía Griselda, que a su vez era la hija mayor de mi abuela Lucila. Por mi parte, soy el hijo menor de Esperanza, la última de siete hermanas. Decía mi abuela que por eso murió el abuelo, de desánimo porque jamás engendró un varón que diera continuidad a su apellido, crió y alimentó “artículos para caballero”, decía en tono de amarga broma para sí mismo.

            Las siete hermanas salieron de casa para casarse con vestido blanco, sin embargo, el áspero carácter heredado del abuelo y la absurda y en ocasiones natural atracción de las mujeres hacia los hombres menos aptos para la vida en pareja, las llevó a terminar con sus matrimonios antes de cumplir los treinta. De manera afortunada, el abuelo no sólo les heredó el carácter, sino también una enorme casa construida con todos y cada uno de los centavos obtenidos en el remate de sus tierras que estaban en el norte de país, lugar donde se construyó una presa hidroeléctrica. A pesar de malbaratar los terrenos fértiles de tierra oscura, el dinero ahorrado de las bastas cosechas de años dorados fue suficiente para que la familia llevara una vida tranquila en la enorme finca de veinte habitaciones y dos patios. En “la casa de las dejadas”, como la llaman los vecinos, las cosas se complicaron cuando el abuelo murió llevándose  con él las últimas monedas de la pequeña fortuna, a los dos meses, la abuela partió también, era de esperarse, ya que después de sepultar al abuelo, ella perdió el habla y se quedó en cama dejándose morir.  Sus hijas mayores se pusieron a trabajar y sacaron adelante al resto  de sus hermanas, así como los gastos y todo lo que conlleva sostener una enorme responsabilidad como la casa misma.  Yo no tuve el gusto de conocer al abuelo, a papá Jacinto, como todos le llaman, pero mi madre y mis tías se han encargado de crear una precisa imagen de macho resignado a vivir en una casa de mujeres. Tampoco conocí a la abuela, pero de ella me hablan poco, una mujer sometida a tener hijas  y atender al marido.

Recuerdo que yo me entretenía muchos minutos revisando el mar de fotografías familiares que estaban regadas en toda la casa; fotografías donde el abuelo siempre aparecía con su cara de molestia y su tupido bigote de hombre de campo, las siete hijas en distintas etapas de su niñez, y la abuela con su sonrisa falsa.

            Ernesto, mi tío, fue la alegría de los últimos años de papá Jacinto, un hombrecito nacido de su hija  mayor y la más bella,  la primera en dar los primeros disgustos de adolescente, la primera en ver al novio a través de los barrotes de las enormes ventanas que dan a la calle; la hermana que instruyó al resto en las complicaciones y los gozos de haber nacido hembra. Mi tía Griselda, me contó mi madre, se casó con un hombre lleno de virtud en apariencia, un ingeniero de buena familia y mejor trato, que se ganó el corazón de todos e incluso el del renuente abuelo. Nunca he comprendido el extraño talento de vivir con una máscara de toda perfección en el período de cortejo, que después es brutalmente pisoteada en la vida de matrimonio. El extraordinario ingeniero resultó ser un ordinario ebrio y mujeriego; mi tía  Griselda toleró algunos años el suplicio acostumbrado de muchos matrimonios. Cuentan que mi abuelo  envejeció muchos años cuando acogió de nuevo en casa a su hija y a Ernesto, no porque  le pesara tenerlos cerca de sí, sino tal vez porque tal vez presentía que aquello se convertiría en una tradición familiar. El resto de mis tías, y también mi madre, salieron de la casa llena de ilusiones, y regresaron con hijos y decepciones, así que la casa se convirtió en un festival permanente de niños corriendo por todas partes. La hora del desayuno, el almuerzo y la cena eran eternos, todo terminaba con una montaña de platos sucios, ollas de guisos vacías, envases de leche terminados y restos de pan por toda la mesa.

            Pero me he desviado un poco del tema,  cómo no hacerlo cuando se tiene una infancia semejante. En fin, el tío Ernesto, los días que no trabajaba, montaba una mesa en medio del patio, corría a los chiquillos a gritos amenazadores y de autoridad, traía sus materiales y comenzaba con su original afición.  A pesar de que todos mis primos jugaban en el segundo patio, yo me quedaba con él; nunca me pidió que me fuese ni mucho menos, al principio hacía todo como si yo fuese invisible, después, de apoco me explicaba algunas cosas.  Lo primero que hacía, era sacar el compás de precisión y apoyaba la punta en medio del papel; trazaba un círculo perfecto, después, con el entrecejo fruncido cambiaba la apertura del instrumento y dibujaba con paciencia tres líneas que cortaban la circunferencia a la misma distancia, seguido de ello tomaba la regla y unía las intersecciones, de manera fantástica aparecía frente a mis ojos un triángulo con sus tres lados iguales. La goma permaneció nueva todo el tiempo, tal vez el hecho de llevarla a la mesa era el simple accionar de la disciplina. Lo que después hacía mi tío Ernesto al terminar el triángulo, eran cosas que estaban más allá de mi comprensión y que mi memoria ha dejado en un rincón muy oscuro. No siempre eran figuras geométricas de tres lados, en otras ocasiones eran de cuatro, de cinco, de ocho lados, qué sé yo.

A estas alturas de mi vida logro comprender mi fascinación por todas esas cosas, y  no sólo lo que tiene que ver con los trazos de mi tío Ernesto, sino también con la magia de su persona. Le echo mucho de menos.  Mis evocaciones son gratas en sobremanera, de niño, siempre tuve la seguridad de querer ser semejante a él, además, de alguna manera era una figura paterna que llenaba los huecos vacíos de semanas completas, huecos que no se llenaban con dos sábados y domingos al mes en parques, salas de cine, jugueterías, centros comerciales y largos silencios en el coche de vuelta a casa. La muerte de mi tío fue muy callada. Todo comenzó con el regreso de una consulta con el médico hace veinte años, un mediodía frío y gris de febrero, con el sol detrás de las nubes que semejaba un círculo de cobalto. Estábamos almorzando, como siempre, a las dos en punto, recuerdo a la perfección que yo bebía canela caliente con leche que le supliqué a mi madre que me sirviera aunque no fuese una bebida adecuada para dicha hora. Cuando llegaron, madre e hijo apenas y se asomaron al comedor, mi tía Griselda apresuró el paso a su recámara, claramente vi que llevaba un llanto incontenible al caminar; mi madre, mi tía Pilar y mi tía Paulina, que eran las que trabajaban medio turno y se encargaban de cuidar al ejército de niños toda la semana, pusieron rostro de espanto. Ernesto, mi tío, dijo un par de palabras que provocaron un eco que aún está por toda la casa, “es cáncer”. La dinámica familiar cambió por completo. Por muchas noches las hermanas se reunían en el estudio a platicar, llorar y discutir, mis primos mayores se quedaban cerca y trataban de escuchar todo y comunicarlo al resto, menos a Enrique, a Azucena y a mí, por ser los menores. Como no lograba enterarme de nada estando detrás de todos mis primos y primas, y porque nunca me gustó entrar a empujones o rogarles que me tomaran en cuenta, me iba y dejaba a todos atrás, caminaba sigiloso hacia las escaleras, caminaba asustado por la oscuridad mientras observaba las caprichosas sombras de las macetas que se proyectaban con la luz del cielo nocturno. Me asomaba con cuidado a la habitación de mi tío Ernesto, lo veía despierto, muy rara vez estaba dormido. Parece mentira que en esos días se hubiera convertido en rutina lo anterior, durante semanas, no sé cuantas, pero cuando se repite una actividad durante algún tiempo, parece que la vida siempre ha sido así. Las veces que mi tío no estaba dormido, le veía acostado con un par de almohadas debajo de su cabeza para estar alto, las piernas rectas con la sábana blanca cubriéndolo hasta la cintura y los brazos descubiertos a los costados. Pensativo, en completo silencio, con la luz tenue que acariciaba todo a su alrededor; me sorprendía mirándolo y me invitaba  a pasar. Era el único en la casa que me tomaba en serio, me platicó de su novia Claudia, y de que no pudo seguir con el trabajo, jamás mencionó que estaba enfermo, de vez en cuando hacía muecas de dolor cuando intentaba ponerse más cómodo.

One comment

  1. Bueno pues, ya que es la primera parte no puedo decir mucho más allá de que, rayos, ése párrafo final estuvo bien largo. Aún me sigo preguntando cuál es la conexión que hay entre los trazos que el tío hacía en el papel y el vínculo con el narrador.

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