La noche en que abandonamos a nuestros amigos.

Jonathan Alcalá

Te veo, entonces mis pupilas se transforman en pozos hambrientos, pozos  de bocas anchas y oscuras, infinitos, sin fondo; la curva de mis labios se pronuncia hacia los costados y cierro mis ojos al acercarme a ti; pego la palma de mi mano derecha al costado de tu cuello mientras mis dedos se entrelazan a tus cabellos, mi mano izquierda, peregrina, recorre tu muslo derecho y se posa en tu cintura.  Sentados en dos sillas de madera y con un mar de personas a nuestro alrededor beso tus labios, los beso con una devoción perpetua, sintiendo lo sublime de ti,  respirando tu aliento como si me alimentara una bocanada de tu alma callada, cada vez más cerca de ti, aprisionando por un instante tu labio inferior con mis dientes; de súbito, siento tu lengua acariciando la mía, nuestros rostros se cruzan para que nuestras bocas estén más cerca, las ansias de tus manos aferradas a mi camisa me indican  que sientes algo semejante a lo que yo. El beso termina, distanciamos nuestras cabezas un poco, continuamos aturdidos de sensaciones y nos decimos con la mirada que necesitamos estar solos. Pones entre mis dientes tu dedo anular y me suplicas que lo muerda; lo hago, lo hago porque sé que te gusta sentir ese dolor dulce, esa tortura complaciente y placentera, me pides que lo haga con más fuerza, intento medir lo cerrado de mi mandíbula pero la risa me vence. Soy tan dueño de mí mismo cuando me entrego a ti, soy un ser completo a tu lado.  Bebemos un sorbo más de nuestra tibia bebida y me dices con tu voz lo mismo que con tus ojos, nos ponemos de pie cínicamente y nos vamos sin despedirnos. Son los recuerdos de la noche en que abandonamos a nuestros amigos en aquel bar de blues.

De madrugada, sentados en una banca en plena calle, cuidando nuestras espaldas continuamos el ritual milenario que comenzamos minutos antes. Los besos se vuelven más rítmicos, el sabor a alcohol se ha ido y  la sabia de tu boca me sabe a felicidad; descansamos por momentos y apoyamos nuestras frentes una con la otra, sin mirarnos, sabiéndonos más cerca que nunca, experimentando por primera vez lo que creíamos haber hecho ya en muchas ocasiones. El clima se siente fresco sobre nuestros cuerpos vestidos, pero tenemos el alma desnuda. Te recuestas en mi hombro, dando la espalda, tomas mi mano y la pones en tu pecho, busco la frontera entre tu blusa y tu piel, y acompaño nuestros tactos con besos a ojos abiertos, cuidándonos, deseando que la calle continúe sola para nosotros dos. Ceso de tocarte, una pareja cuarentona con chamarras de cuero se ve desde la esquina y pasan a unos cuantos metros de nosotros con un caminar lento, abrazados, sin mirarnos. Bromeamos al respecto, nos burlamos de nosotros mismos por no tener suficiente dinero para una habitación. Es una de las noches más felices de mis recuerdos, la primera noche en la que nos atrevimos a amarnos también con el cuerpo.

Te susurro al oído que te amo, que te adoro y que llevo toda una vida enamorado de ti. Todo se envuelve en silencio de nuevo, toda mi conciencia se  transforma en palabras para decir, tantas y tan pocas a la vez, ninguna sale a  través de mi voz, dichas palabras recorren mis dedos al tocarte, al acariciar tu pecho y entre tus piernas; dejas escapar expresiones ininteligibles, me dices que me detenga, pero yo insisto con ternura, tus manos en mis muñecas dejan de estar tensas y me acompañan, cada vez más rumbo a la profundidad, agitado, encierro mis dedos debajo de tu vientre, debajo de tus ropas que me estorban  siento tu interior, con mucho cuidado, con cautela me adueño de la cálida humedad que desprendes; paso mi tacto  con suavidad, deliberadamente me apropio de ti, te reclamo para ejercer el amor,  me convierto en un ser unisensorial. Me dices de nuevo que me detenga, insistes, y lo hago; pones freno para ambos. Miramos la hora, un par de llamadas perdidas de nuestros amigos, no  importa en lo  más mínimo. Nos ponemos de pie, mi  orientación se ha visto afectada, he perdido la noción del aquí y el ahora. Por fin sé en donde estamos y  te acompaño a una avenida para tomar un taxi, caminamos juntos, con pasos firmes, pero con la mente claudicante; tantas cosas que deseamos experimentar, tantos deseos vehementes por consumir, pero no hay tiempo y no hay espacio, eso que le sobra a muchos que dejaron de amarse, hoy nos hace tanta falta a nosotros. Dejamos pasar varios coches, no queremos despedirnos, anhelamos estúpidamente que la madrugada se vuelva eternidad, estiramos los minutos lo más posible, cada beso se convierte en el penúltimo, en la despedida, en la promesa de vernos al día siguiente. La luz roja del semáforo nos juega una mala pasada, un coche se detiene, me miras y te despides con un abrazo y un último beso, una lluvia de sonrisas y un te amo al cerrar la portezuela. Te alejas con rapidez y yo me quedo en la acera viendo cómo te pierdes a la distancia, pero con la seguridad de que estaré a tu lado al día siguiente, con la certidumbre de verte toda la vida y de tenerte muchas noches.

3 comments

  1. Me gustó tu relato, como me gustaron todos los que conseguí en la página…la carta a tu amigo me hizo llorar, es sentida, hermosa y sanadora.

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