Una danza simbiótica

Por Andrea Mantecon

Hoy fue uno de los primeros días soleados del año en Nueva York. Desperté en mi pequeño cuarto en Brooklyn y decidí ir a caminar. Tomé el libro que estoy leyendo, las llaves de mi departamento y salí ávidamente. A unas pocas cuadras encontré el escenario perfecto para sentarme. Un acogedor espacio con forma de rebanada de pastel al pie del Museo de Brooklyn. La plaza, ocupada mayoritariamente por una gradería de madera, está definida al este por una pared baja de lajas de piedra blanca que detiene las frondosas ramas de una fila de cerezos. Al norte, una fuente de chorros bailarines que combina el sonido del agua con las risas de los niños, deja ver detrás la nueva torre del World Trade Center y un poco más del skyline de Manhattan. Al sur, es decir, a espaldas de las gradas, se encuentra el Museo de Brooklyn y al oeste, se puede ver la avenida Eastern Parkway en donde en un día soleado como hoy hay carritos de nieve y otras comidas callejeras.

Abrí mi libro y luego lo cerré. Decidí entonces observar a las personas interactuar con el espacio. Las personas sentadas en las gradas, los niños corriendo en la fuente, los padres tomando fotos de los niños. Los padres e hijos comprando nieve, las personas haciendo ejercicio y los amigos que acababan de encontrarse en este punto. Había quienes hablaban por el celular, quienes tenían sus computadoras en sus piernas. Quienes platicaban con su pareja y quienes simplemente miraban su alrededor. Unos subían y otros bajaban. Quienes llegaban observaban cada rincón y después de evaluar las opciones tomaban la decisión de dónde sentarse y cómo ocupar el espacio. Era como un baile coreografiado. Una danza perfecta entre la arquitectura y las personas.

Observé cómo el espacio público se volvía en todos nosotros una extensión de nuestras casas. Una extensión de nosotros mismos. Como le daba espacio a nuestras almas de florecer más allá de nuestros pequeños departamentos. Cómo nos dejaba compartir, aún en silencio, a todos los que estábamos en la plaza, un poquito de nosotros mismos. Pensé en el arquitecto detrás de este diseño. Pensé en su intención de hacer que la fuente fuera un marco interactivo para la ciudad, en cómo seguramente pretendió que la pared al este nos hiciera sentir protegidos, íntimos con nosotros mismos, en cómo abrió un poco la plaza a la calle como una entrada incluyente y dejó el museo atrás de nosotros haciéndonos sentir al pie de algo importante.

Recordé entonces “La vida social de los pequeños espacios urbanos”, un documental que forma parte de una serie de estudios realizados alrededor de los años sesenta donde se estudió a los espacios urbanos de Nueva York tratando de encontrar que diferenciaba a las plazas concurridas de las menos populares. Algunas conclusiones a las que llegaron fue que el espacio debe ser el tamaño justo, más grande que lo necesario y las personas no se sienten en confianza, más pequeño y no sienten privacidad. La combinación de un poco de calle, con un cuerpo de agua, un poco de sombra y espacio para sentarse parecen ser la combinación perfecta. La libertad es un factor importante también. Entre más opciones para sentarse -sillas movibles, bancas, lechos, gradas, etc.- más se apropia la gente del espacio. Un dato curioso es que si las sillas son movibles, la gran mayoría de las personas las toman de donde están y las mueven aunque sea un poco, haciendo el lugar suyo a través de su decisión. El autor, William H Whyte también afirma que lo que más atrae a las personas a un espacio, son otras personas. Entre estas y otras conclusiones Whyte dice: “la calle es el río de vida de la ciudad, la gente viene a las plazas no a escapar sino a ser parte de ellas”.

Somos tan simples y tan complejos. La cantidad de procesos que nuestro cerebro realiza para sentir el aire, escuchar a los pájaros y percibir el color rosa de los cerezos son maravillosos y sin embargo somos tan simples, seducidos a una felicidad irresistible en un espacio como este. Un espacio que nos define tanto como nosotros a él, convirtiéndonos la ciudad y las personas en una simbiosis perfecta.

Para mi, la arquitectura es el escenario en el que sucedemos. Entonces así, como a veces pienso en la música como la banda sonora de la obra de teatro de mi vida, pienso en los espacios como la escenografía, y a veces primero volteo a ver estas escenografías compartidas, y es entonces que comienza a ocurrir la obra.

6 comments

  1. Qué hermosa y original narración. Es notable la pasión que tienes por la arquitectura y por eso estás construyendo exitosamente tu camino de vida. Saludos cariñosos, Andrea.

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