La última carta (parte I).

Jonathan Alcalá

R.E.:

Espero que al recibir esta carta te encuentres bien, yo lo estoy desde hace tiempo, o por lo menos, eso intento, sin embargo, algunas veces por las noches pierdo el impulso de dormir y mi cabeza da vueltas alrededor de tu recuerdo, es por ello que he decidido decir todo lo que me plazca, todo aquello que callé y me fue pudriendo por dentro. He dicho que espero que estés bien, pero también espero que de súbito al comenzar a leer, te entristezcas casi de la misma manera en que yo lo estuve al momento de tratar de explicar lo que significaste en mi vida. Tal vez pases de la tristeza a la ira de un momento a otro, pero sé que por más que pueda llegar a lastimarte con mis palabras, no dejarás de leer, por ese vicio tuyo que tienes de querer sentirte miserable.

            Tratando de buscar un principio adecuado para que entiendas el hecho de que eres un antes y después en mi existencia, creí preciso darte una perspectiva de mi vida entera, que aunque crees conocer bien, en esta ocasión habrá un intento de no maquillar la realidad, y es que cuando hablamos de pasados difíciles, creemos transformar esos recuerdos al embellecerlos un poco y al omitir las peores partes. Cada uno se forma una memoria tal cual la desea.

            Tienes un vago conocimiento de que crecí en el seno de una familia humilde; mi padre, fue un hombre que sufrió el abandono de sus progenitores a muy temprana edad, tal vez esa fue la razón por la cual siempre fui invisible a sus ojos y mudo ante sus oídos, cómo pedirle amor y atención a una persona que jamás los tuvo, que vivió una niñez repleta de carencias y pobreza material y afectiva. Mi abuela, tuvo siete hijos de siete hombres diferentes, cosa comprensible, ya que su oficio fue el de prostituta, eso no sabías; por parte de mi abuelo, qué te puedo decir, un cliente más, un hombre como tantos. Mi padre creció bajo los cuidados forzados de una tía abuela, fue sometido al abuso de sus hermanos mayores y enfrentó la vida como un bastardo de padre y madre. No imagino una niñez tan complicada como la de él, alguien como yo se hubiese rendido con facilidad, pero a pesar de ello, salió adelante lo mejor que pudo. Con respecto a mi madre, esa mujer dulce que conoces, esa cara pálida de ojos color avellana, ese cuerpo frágil y enfermizo, debes saberlo, posee también una esencia frágil. Mi madre ha sucumbido la vida entera ante la  autoflagelación, le castigaron el alma con tanta inmisericordia y durante tantos años, que ella también aprendió a castigarse a sí misma, y lo peor de todo, es que sus hijos seguimos pasos semejantes. Ella, hija de una madre orgullosa e insensible, también vivió el  abandono, y su padre, odiosa e inverosímil coincidencia, un cliente más. Vidas y sufrimientos paralelos los de mis padres, dos personas abandonadas que engendraron hijos condenados al abandono. Esa es la verdad detrás de la aparente armonía familiar que conoces. Hemos aprendido a vivir juntos sólo porque aprendimos a callarnos lo suficiente y a ignorarnos lo necesario. Siento amor por mi familia, pero también compasión y repulsión, porque sé  que soy semejante a ellos, son espejos de carne y hueso.

            Cuando se es niño, la falta de dinero no es tormentosa, a fin de cuentas, mis necesidades básicas estaban cubiertas de la mejor manera posible. Yo me creía feliz, a pesar de todo; muy a pesar de mi padre y su vicio por el alcohol, y de mi madre y su vicio por la tristeza. Yo llegaba a casa después de la escuela y veía siempre en la mesa el plato de comida tibia que me dejaba ella antes de irse a trabajar, yo pasaba el resto del día en el diminuto patio de tierra, solitario con mis juguetes y mis fantasías, vi convertirse muchas tardes en noches; me atemorizaba la  oscuridad, entonces la espera de mis padres se volvía eterna en ese cuartucho al que llamábamos casa. Siempre hice por cuenta propia los deberes de la escuela, y cuando llegaron mis hermanos, me hice cargo de ellos. Fui obligado a madurar desde muy niño, era yo el que los corregía, el que atendía algunas de sus necesidades, el que iba a las juntas escolares, el que a ciegas trataba de ser un ejemplo para ellos; seguro esa es la razón por la cual ahora de adulto hago niñerías. Sufrí un retroceso, mi mente y mi cuerpo reclamaron esos años de niñez y adolescencia hasta perder toda esa madurez prematura. ¿Recuerdas que siempre me habías reprochado mis actitudes de adolescente? He aquí una posible causa de ello, una de tantas. No me justifico, pero solicito comprensión, tú nunca me comprendiste.

 

3 comments

  1. Excelente análisis del adulto que ahora encuentra respuestas en ese niño que no las tuvo. Tal vez si supiéramos el pasado de esa persona que está con nosotros, no la dejaríamos ir…

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.