El trabajo de sus sueños.

Jonathan Alcalá

El sonido del despertador es un simple aviso de que ha llegado la hora de ponerse en pie. Lleva poco menos de treinta despierto. Una canción que se le ha metido en la cabeza en las últimas semanas, Suspicious mind, suena casi hasta terminar. Los nervios de la entrevista de trabajo programada  dentro de pocas horas. El ruido bien conocido de la orina cayendo en el retrete, la regadera escupiendo agua caliente mientras el sabor a pasta dentífrica desaparece poco a poco. La fragancia del jabón perfumado que le obsequió la abuela llena el diminuto cuarto de baño. Se afeita con precaución la poca barba que se asoma como una sombra sobre su quijada, desempañando el espejo a cada rato con la mano empapada, una nube de vapor y perfume de canela. Después de la coreografía del aseo personal matutino, viene la coreografía de ponerse la vestimenta. El atuendo pensado y listo desde mucho antes, para no perder tiempo en un día tan importante, evitar incidentes y prevenir cualquier eventualidad. Los pantalones negros, formales y muy lisos, cuelgan en el respaldo de una silla, los zapatos negros de corte italiano que compró para la fiesta de graduación saldrán de nuevo a la calle. Abotona la camisa azul cielo con calma y seguridad. Sume la barriga un poco y piensa que el lunes próximo comenzará de nuevo el régimen alimenticio, el mismo que termina  martes o miércoles, y comienza de nuevo al lunes siguiente. Seis y treinta y cinco de la mañana, parece tener tiempo de sobra, tal vez fue una exageración levantarse tan temprano. Revisa de nuevo que tenga lo necesario para la cita y lee una vez más su currículum vitae.

            El desayuno que normalmente es a las ocho de la mañana se adelanta algunos minutos;  leche y hojuelas de maíz en un plato, sorbiendo de la cuchara con la cara lo más alejada posible de su propio cuerpo, no vaya a ensuciar la camisa. El desayuno que nos dicen los comerciales de televisión, un poco de fruta para completar, no es lo habitual, pero todos los días se intenta mejorar. Ha llegado el momento de salir de casa. Por fin todo el esfuerzo de cuatro años se verá recompensado, los desvelos haciendo tareas, el sacrificio de los padres para comprar libros que no se leyeron por completo,  las clases y los temas que pareciera que nada tienen que ver con lo que necesita saber, los horrendos baños de la universidad a las horas pico, el transporte siempre arriesgado y tumultuoso, el servicio social de actividades estériles y que nada sirven a la sociedad, y todo lo demás. El principio del resto de su  vida comienza hoy.

            Sentado en la sala de espera con la espalda erguida, sus documentos sobre las piernas y las manos encima de las rodillas, con una sobrada puntualidad, para que a final de cuentas, la persona que lo va a entrevistar llegue veinte minutos después de la hora. Oficinas con paredes de cristal, sonrisas, café, saludos y cuchicheos entre los que serán sus próximos compañeros de trabajo. Una mujer de belleza notable asoma los muslos y hace sonar sus tacones al pasar frente a él, sin verlo siquiera, sin inmutarse ante la sonrisa amistosa ofrecida, dejando una estela de perfume. Un sujeto llama su atención, alto, de físico atlético y corbata color vino, camisa blanca entallada; seguramente tiene un hermoso automóvil, pensó, vive en un departamento de la zona rosa de la ciudad, posee una tarjeta de crédito y tiene una novia que causa envidia, yo quiero verme así, quiero ser como él, se plantea en su mente.

            Escucha su nombre, lo invitan a pasar a una de esas peceras corporativas, lo saludan de mano y ofrecen una disculpa por el atraso; al tomar asiento trata de no hundirse en la silla que está dispuesta para él. Su entrevistador tiene pinta de jefe, se desenvuelve con soltura y confianza, le habla con una naturalidad que le hace sentirse cómodo, después de todo, el escritorio que los separa, los miles de pesos de diferencia de poder adquisitivo y un puesto más alto en la cadena alimenticia, no lo hacen una persona hostil. Preguntas sencillas de responder, breves anécdotas que se filtran entre los asuntos profesionales, y una pobre argumentación sobre las razones del por qué debe ser contratado por la organización, son los temas en los cuales se intercambian palabras.  Invitan de nuevo al candidato a salir de la oficina y tomar asiento en el mismo lugar del principio. Cinco minutos después le piden que entre a una sala y le explican cómo contestar las psicometrías. Parecen demasiado simples, hay respuestas que lo hacen dudar por lo obvias que parecen, duda y cree que puede ser algo capcioso, se distrae un momento con el recuerdo de los muslos y el perfume, se dice a sí mismo que debe concentrarse, lee detenidamente por la premura que implica contestar rápido, pero acertado. Por fin termina, le indican que es todo por el momento y que espere a que lo telefoneen.

            Dos días después, nuestro candidato está sentado en el mismo lugar y recibe la noticia de que ha sido seleccionado, es todo un privilegio para él sumar su fuerza de trabajo a la organización, la algarabía de su mente sale al exterior con apenas una luminosa media luna de su boca; el mismo sujeto que lo atendió la vez pasada le explica sobre el horario en que deberá trabajar, nueve horas de lunes a viernes y cinco horas los sábados, sin contar con el tiempo de transporte claro está; una hora para comer,  la empresa piensa en todo, así que puede disponer de un lugar para almacenar y calentar su comida, mesas, sillas  y lavaplatos.  Llegado el momento hablan del sueldo, dos salarios mínimos profesionales por día y prestaciones al margen de lo que marca la ley, pagos quincenales por medio de una tarjeta bancaria. Un sueño convertido en realidad para nuestro joven egresado, por último, le piden que se presente al día siguiente para afinar los últimos detalles, poner su firma en un contrato y llevarlo con quien será su jefe inmediato. Agradece una vez más la oportunidad que le brindan al dar un apretón de manos, sale a la calle y ahora sí exterioriza su contento, ya se vio a sí mismo, en un escritorio frente a un monitor, rodeado de gente como él, una taza de café personalizada que le obsequió su novia el pasado día catorce de febrero, dando lo mejor de su ser para la empresa, un ingreso que jamás ha tenido, podrá ir a centros comerciales, bares y restaurantes, tal vez muy pronto una tarjeta de crédito y una membresía en el gimnasio, y más adelante, un automóvil. Sus padres procuraron un futuro de éxito para él, le dieron lo que ellos no tuvieron, para eso fue a la universidad, para ajustarse como un engrane, para tener un empleo como el que tiene ahora.

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