Mi primer funeral (parte I)

Jonathan Alcalá

A los siete años de edad no supe cómo reaccionar ante la noticia de la muerte de mi tío Mauricio; lo había visto una sola vez en mi vida, en casa de mi abuela, sentado en una silla de ruedas, ojos lánguidos, voz grave, cabello cano y rasgos finos; había perdido algunos dedos de su mano izquierda debido a su enfermedad; yo trataba de no ser obvio al verle, sabía que no era muestra de buena educación hacer eso. Mi tío sufrió bastante, poco a poco se fue deteriorando físicamente hasta que su vida concluyó, fue una enfermedad sin tregua. Él, como muchos miembros de mi familia, muy jóvenes tomaron la decisión de buscar una vida en el país del norte, mi madre y una de sus hermanas no lo hicieron de esa manera. Las visitas intermitentes de mis tíos y tías significaban juguetes y chiqueos para mí, no había época más dichosa que aquella en las que estábamos todos reunidos; no existen diferencias y disputas familiares cuando se es niño, sólo diversión; no hay intrigas ni dobles intenciones en las palabras, por lo tanto, me alegró bastante la decisión de que mi tío Mauricio fuera velado y sepultado en su tierra natal.

            La tarde antes de ir al velatorio estaba jugando con mis primos, dos de ellos eran preadolescentes que en ocasiones susurraban cosas que yo no entendía, ahora supongo que hablaban de niñas, para ese entonces yo sentía un rechazo infinito hacia ellas. Los cuatro niños estábamos haciendo un ruido espantoso con nuestros gritos y correteos por la casa, entonces, mi tía Mariana hizo lo que mejor ha hecho durante tantos años, nos regañó, pero esta vez de una manera distinta, lo hizo al borde de las lágrimas, trató de hacernos entender la gravedad de la situación, estábamos por recibir  el cuerpo de su hermano mayor, el hijo favorito de la abuela, quien estaba destrozada y venía de lejos con el resto de sus hijos. Con la cabeza gacha simulé que las palabras de la tía Mariana causaron impacto en mi comportamiento, pero dentro de mí seguía consistente la algarabía de las visitas.

            Mi actitud medrosa hizo su aparición al percibir la solemnidad del ambiente en aquel lugar; entré de la mano de mi hermana y por delante de mi madre;  veía adultos vestidos de oscuro, escuché algunos sollozos por aquí y por allá, y conocí por vez primera la fragancia de las flores para los muertos. El ataúd de cedro era enorme, me pareció curiosa la manera en la que las sillas y los sillones estaban acomodados alrededor del pequeño salón, como preparados para  un espectáculo;  mi madre se puso de pie frente a su hermano que yacía acostado, todo era silencio, mi mirada estaba direccionada al suelo claro y límpido, alguna que otra vez miraba las flores, el ataúd, las velas, el ataúd de nuevo, jamás había estado tan cerca de una persona que había fallecido. Mi madre comenzó a llorar y yo lo hice unos instantes después, la pérdida del tío Mauricio no me causaba tristeza, pero me dolía el dolor de ella, soy de esas personas que se contagian de los llantos; creí oportuno además mostrarme afligido por la situación, así que después de llorar juntos por unos minutos, las cosas comenzaron a mejorar; comenzamos a saludar a todos, sus sonrisas eran las de siempre, pero sus ojos no. La hermosa tía Graciela tenía la nariz irritada, su cara de porcelana denotaba cansancio, sus ojos color avellana resaltaban por lo rojo de la conjuntiva.

No recuerdo con precisión algunas cosas, el tiempo comenzó a volar y de pronto estaba ya en el estacionamiento del velatorio en medio de la plática de mi tío Alberto; un hombre sumamente encantador, todo el tiempo que pasaba aquí cuando venía de visita, yo siempre me encontraba detrás suyo, lo admiraba en sobremanera, casi como a un ídolo; su forma de vestir, de hablar, de reírse, de fumar, de beber, todo era fantástico, poseía una elegancia perpetua y una elocuencia que yo quería lograr en mi adultez, de hecho, mi padre en más de una ocasión sintió celos de él, ya que yo lo mencionaba de manera constante. Bebí un sorbo de su café, casi lo escupo por su amargura, fui a la cafetería para tomar algo distinto a esa tortura oscura que encanta a los adultos, me serví un café, en mi familia es permitido hacerlo, pero sin que nadie lo notara le puse tres cucharadas de azúcar y mucha crema. Mi emoción era constante, la visita de los tíos, un banquete de café azucarado y galletas, felicidad simple.

            Mi padre llegó en un momento de la noche, saludó a la familia, acompañó a mi madre con su mutismo habitual, sin caricias en la espalda, sin abrazos, sin enjugar sus lágrimas, nada, y con el pretexto del cansancio de mi hermana, se fue apenas pasada la media noche; jamás sabré si esa aparente indiferencia era genuina o no, a pesar de los años vividos con él nunca logré descifrarlo; mi padre se fue prometiendo volver al velorio, se fue en el momento cúspide del evento, no regresó, se despidió cuando más gente estaba presente, tal vez cuando mi madre más lo necesitaba, se fue cuando más chiquillos correteaban alrededor del estacionamiento, yo no me quise ir.

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