Mi primer funeral (parte II)

Jonathan Alcalá

Mientras miraba el cielo estrellado me prometí a mí mismo resistir hasta el amanecer, jamás había pasado eso antes, era el momento adecuado para hacerlo; mi madre me interrumpió en varias ocasiones, me presentaba parientes y amigos de la familia, la tía Rebeca, que tiene algo de la tía Mariana, me llamó la atención, tenía una magia absorbente, casi nunca había hablado con ella, decía cosas graciosas en voz baja y contenía junto con mi madre sus risas, se la pasaba detrás de sus inquietos hijos. Decidí responder al llamado de mi madre por enésima ocasión, estaba dentro de nuevo, el olor a flores era intenso, comenzaron las oraciones, apenas y sabía persignarme, repetía lo mismo que todos al unísono de las voces presentes; la anciana que dirigía el rezo lo hizo con una pericia asombrosa, toda vestida de negro, con un velo en la cabeza y profundos surcos de cansancio en el rostro, quién sabe cuántos rezos a los muertos había dirigido antes.

            No resistí muchas horas, mi plan se esfumó con el sueño de niño y el frío de madrugada; mi tío Darío fue el encargado de llevarme a mi casa, estábamos muy cerca, caminamos en completo silencio, sus ojos eran severos y la boca era apenas una línea horizontal, a una cuadra antes de llegar a la puerta, en el viejo y desgastado barrio, me preguntó cómo me iba en la escuela, yo respondí el clásico monosílabo de quien prefiere  persistir en guardar silencio; me dijo que él también había estado en esa misma escuela, que era como una tradición familiar, como la tradición de morirse a los sesenta años que impuso el abuelo y que el tío Mauricio continuó.

            Mi mente daba vueltas, no pude caer pronto en un sueño profundo, recordaba que estábamos apenas a media semana, nadie dijo algo sobre faltar a la escuela, pero era obvio que eso pasaría, así que me desperté más temprano de lo acostumbrado, sin compromisos escolares, sólo con el compromiso de seguir disfrutando de la visita. Por la mañana, antes de irse a trabajar, mi padre nos llevó a mi hermana y a mí al velatorio. El lugar estaba menos animado que la noche anterior, había menos personas; los semblantes de cansancio y desvelo transformaron los rostros; no vi a mi madre por ningún lado, me acerqué a la abuela, el tío Enrique sostenía su mano en silencio, sentados uno junto del otro, me fue fácil percibir su tristeza y sentir lo mismo, me sonrió y me acercó para besar mi mejilla, olía dulce como siempre, le devolví el beso y la sonrisa, fui incapaz de sostener su mirada, le pregunté a mi tío Enrique por mi madre y me dijo que se había ido a comer algo con algunos de sus hermanos, yo me arrepentí por no estar antes y acompañarlos.

Estaba muerto de hastío, mis primos aún no habían llegado y mi tío Alberto y mi madre llegaron a la mitad de uno de los rezos, cuando éste terminó, pasaron algunos minutos en los que de nuevo se llenó el lugar, habíamos pocos niños, casi ignorados por los adultos; todos comenzaron a moverse de sus lugares, llegaron dos hombres vestidos con trajes y corbatas negras, movieron el ataúd y lo subieron a una carrosa; mi primo Armando me dijo que iríamos a misa y después al panteón; yo jamás había ido a uno. Todo era menos entretenido que el día anterior, caminamos por la calle detrás de la carrosa, me avergoncé un poco por la atención hacia nosotros, la procesión fúnebre era motivo de miradas, me contagié del rostro de todos, no quería ver para ninguna parte, había dejado de ser divertido. Al llegar a misa me aburrí en sobremanera, casi nunca asistía a los templos, las imágenes me parecían espantosas, pero me decía que no debía pensar en ello, que esos seres eran como deidades y se les debía venerar. Pensé que Dios no podía ser la figura crucificada que estaba en lo alto, me sentía con culpa por el temor que me daba todo el lugar, se suponía que era la casa de Dios.  La voz del sacerdote y la cadencia de su discurso no ayudaban en nada; de pronto, todos comenzaron a saludarse y unos pocos se formaron para comulgar. Al término de la ceremonia comenzaron de nuevo los llantos, algunos más sonoros que otros; todos se abrazaban, era una multitud de gente con caras de sufrimiento.

            El sepultar a mi tío Mauricio ha sido una de las experiencias más desagradables de las que tengo memoria, todo fue lágrimas, gritos, confusión y lamentos sobre lamentos. Entonces me di cuenta de lo feo que es el rostro de la muerte, de que todos terminamos solos, bajo la tierra, dentro de una fría caja; y mientras descendemos todos posan los ojos en lo que se convierte en la última morada. Me espanté al pensarme en el lugar de mi tío. No hay escapatoria pensé, mis ojos se llenaron de lágrimas al pensar en el dolor de mi familia si yo perdiera la vida, me aferré a mi madre, en ese momento me enojé por la ausencia de mi padre, lloré amargamente, tuve mi primer llanto de muerte en mi vida. Mi tía Graciela desmayó, las cosas no pudieron marchar peor, quitaron a mi abuela que sufría de un delirio abrumador, ¿qué se siente perder un hijo? No pude imaginarlo; nos alejamos todos, los llantos se fueron apagando como velas descuidadas.

            Ahora, con más de cuarenta años de edad me sigue aterrando la idea de ir a un funeral, sigo evitándolos a pesar de que los vicios de adulto hacen más tolerable ciertas circunstancias. He sufrido de muchos, el de la abuela, el de mi mejor amigo y el de otros familiares varones que han sido constantes en la tradición de morir apenas pasados los sesenta años de edad. Me acobarda la muerte, me acobarda la idea de estar dentro de una caja de madera y que nos echen  tierra encima. Sigo pensando como niño de siete años, en el frío y la soledad que se deben sentir al estar ahí abajo. Ojalá nunca me toque enterrar a uno de mis hijos, pero también pienso en que ellos algún día estarán en el espectáculo de mi muerte, me pondrán flores alrededor, mis nietos y sobrinos beberán café con mucha azúcar, llorarán y llorarán y yo no podré consolarlos.

 

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