Geografía de sangre.

Jonathan Alcalá

En Memorias de Adriano, Marguerite Yourcenar narra cómo un esclavo que estuvo preso cuarenta años en una mina, al tener la oportunidad, se abalanzó contra el emperador empuñando un cuchillo; Adriano pudo desarmar con facilidad a su atacante; curó sus heridas, le dio mejores condiciones de vida y éste se convirtió en un leal siervo de Roma.

Yourcenar pone de manifiesto una realidad actual, las sublevaciones dan la impresión de ser inútiles y en muchos casos no dudo que lo sean, pero a diferencia de la historia de Adriano, los gobiernos no sólo desarman a quienes se rebelan, los castigan y en ocasiones hasta los ejecutan, cuando podrían dar dignidad, curar heridas y aliviar las necesidades de quienes atentan contra la autoridad establecida.

El 19 de junio del 2016 será una fecha como otras tantas, y Nochixtlán, será un lugar más en esta geografía de sangre que se ha trazado desde hace décadas, semejante a  Tlatlaya, Tlatelolco, Iguala, etcétera. Porque en todas ellas han sido las fuerzas armadas del gobierno las que han disparado contra civiles, para que luego vengan las mentiras de siempre, mentiras que intentan convertirse en verdad a base de repeticiones y a base de tinta, mentiras que son como pilares que sostienen el lamentable teatro llamado Estado; la pantomima de los gobernantes y su jerga que no dice mucho: “soberanía”, “apego a la ley”, “restablecer el orden público”.

Podemos o no simpatizar con las causas, podemos o no aprobar la manera de manifestarse, estoy de acuerdo en ser crítico y no favorezco la decisión de afectar a terceros, como en la quema de vehículos particulares y los saqueos, pero considero imperdonable justificar que una arma de fuego se levante contra una multitud, sobre todo si esa gente es como aquel esclavo, que ha vivido oprimido durante décadas, porque la opresión y el arrebato de nuestros derechos pueden llevarnos a tomar el cuchillo y a actuar con desesperación. Hacemos muchas preguntas, aunque con frecuencia son las preguntas equivocadas, ya que es muy fácil cuestionar a quien  tiene una bala en el pecho o a quien le han arrancado la cara, ¿Qué estaba haciendo ahí? ¿Por qué bloqueó la carretera? ¿Por qué no acepta la evaluación?  No importa cuán ruin y cínico sea el gobierno en turno, siempre hay ciegos que dan legitimidad a sus acciones, porque nos da pereza el escrutinio de las cosas, nos desagradan las interrupciones en nuestra rutina, emitimos juicios superfluos y argumentos basados en primicias cuya verdad desconocemos.

La reforma educativa ha sido tema de numerosas discusiones, hay quienes consideran que más que una modificación enfocada en la educación, se trata de un tema laboral en donde los profesores pierden derechos. No se trata solo de una evaluación, se trata de una ley cuya aprobación pasó por alto la revisión de los propios maestros e incluso de la opinión de expertos, sin embargo, no hay nada nuevo respecto a ello, tenemos un poder Legislativo que pareciera trabajar en perjuicio de la sociedad, mientras que el Ejecutivo tiene los más bajos niveles de aceptación. Es razonable pensar que este conflicto no sea únicamente  por  una ley que ha sido impuesta, se trata de una rabia incontenible frente al abuso sistemático y al atropello del gobierno mexicano; se debe al despojo de tierras, a la pobreza y violación de derechos humanos,  a la complicidad de la autoridad para con los grupos criminales, a la ostentación y el lujo con el que vive la clase política, que dicho sea de paso, lamenta la sangre derramada en otros lugares y se pronuncia con un discurso que condena la criminalidad, pero son ellos los más grandes criminales.

Un país que se presume democrático no debe imponer una ley a base de fuerza. Seis personas murieron y han dado continuidad a la tradición de poner en nuestra mente el nombre de un lugar cuya existencia probablemente desconocíamos. No debemos ser indiferentes, lo menos que podemos hacer es tratar de entender los motivos que llevaron a esas personas a enfrentar el sistema impuesto y pensarnos en una posición semejante a la de ellos, a la del esclavo cuya única garantía tenía que iba a vivir en las peores condiciones, y pensar también en la contraparte, castigarlos o enseñarles que la mano que los desarmó es firme, pero justa.

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