Caín (parte I).

Jonathan Alcalá

 

“Y él le dijo: ¿Qué has hecho? La voz de la sangre de tu hermano clama a mí desde la tierra.

Ahora, pues, maldito seas tú de la tierra, que abrió su boca para recibir de tu mano la sangre de tu hermano.” Génesis 4:10 – 11.

Caín caminó errante sobre tierras desiertas, aprendió a escuchar el oleaje del océano y el canto de las aves; durmió cobijado por el calor del fuego, acompañado de rumores nocturnos y el recuerdo de su hermano. El hombre marcado tuvo que caminar muchos días y muchas noches sin rumbo fijo, lo más alejado posible de los hijos de Adán, en lugares de naturaleza distinta a la que sus ojos conocían. Probó nuevos frutos de los árboles, observó bestias diferentes a las ya descubiertas y se encontró hundido en una soledad profunda y callada.

            El sueño de Caín estaba acompañado de recurrentes pesadillas, el pálido cuerpo de Abel sobre la tierra, un charco rojo que poco a poco iba creciendo y el espíritu de Dios como un viento frío que arrastró consigo nubes negras en el cielo. Caín lavaba con desesperación la sangre que manchó sus manos y respondía con insensatez los cuestionamientos que venían desde lo alto. Despertaba con un sudor frío sobre su cuerpo,  la luz de las estrellas le imposibilitaban perderse en la oscuridad deseada.

           La sangre, esa sustancia que corre por cada rincón de nuestro cuerpo, tan tibia al tacto, siempre escarlata cuando tiene vida y negra cuando muere. Es la sangre el sello de los pactos eternos y de los juramentos, también de las maldiciones, las venganzas y las promesas de una nueva vida. Caín fue expulsado de la presencia de un Dios de sangre, pero el soplido continuaba dentro de su cuerpo, lo abandonaría hasta el día de su muerte.  Fue entonces cuando advirtió un palpitar dentro de su pecho, se concentró tanto en sí mismo que fue capaz de sentir su pulso; observó con detenimiento sus manos, sus brazos y sus piernas, tocó el vello que cubría su rostro y pasó sus dedos por la marca, tratando de formar una imagen en su mente. Tuvo consciencia de su ser tripartita, la fatiga era demasiada, sus pensamientos eran complejos y la realidad se había vuelto opuesta, pero a pesar de todo, decidió continuar.

             El azar lo llevó de la mano a una tierra habitada por otros seres, hombres de una era distinta, cuyo color de piel no era igual a la suya; pensó primero que se trataban de los descendientes de la serpiente, pero descartó esa impresión al ver gracia en sus rostros y acciones. El enemigo no podía tener un aspecto así. Un puñado de niños jugueteaban sobre un charco, hombres y mujeres estaban sumergidos en sus tareas. Hacía tanto que Caín no veía una sonrisa, parecía que su constante caminar duró años, perdido en la naturaleza de la tierra y de su propio cuerpo, escuchando sólo la voz de sus recuerdos, el eco del creador se había ido de todas las cosas, sin embargo la condena de la soledad parecía llegar a su fin.

 

3 comments

  1. Una interesante perspectiva desde el antagonista religioso Caín, mostrando el dolor y su sufrir posterior a su impulsivo acto de envidia. Y un vistazo bastante único al mundo planteado por la Biblia. No estoy muy familiarizado con el texto sagrado, pero no recuerdo que se mencionasen otras razas en el Génesis. Me parece muy atractivo esa adición a la historia, toda una vida fuera del mundo de Adán y la tierra conocida por sus hijos. Caín exiliado tendrá que buscar una nueva vida en los confines del mundo humano, aparentemente alejado de Dios. Seguiré este escrito con interés.

  2. Desde mi punto de vista, es bastante bueno, relatos cortos que te hacen imaginar y sentir. Espero haya continuación.

  3. En la biblia nunca menciona otras culturas, pero por arte de magia aparece una mujer, con la que une su vida, bonita la historia pero fuera de contexto. Si con la biblia tenemos tanto fanatico solo espero que no lo lean, ya que lo tomaran como cierto y escrito por dios

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.