Por donde rompen las olas.

Jonathan Alcalá

He vuelto a este lugar, las olas siguen cantando la misma canción desde hace siglos, el viento parece ser el mismo, tan lleno de añoranza. Volví envuelto en un cuerpo a punto de marchitarse, tan enfermo como mi alma. Y es que a pesar de la tristeza y desesperación, mi carne se mantuvo a flote aunque mi mente se hundió junto contigo. He venido otra vez, años después de que el mar se tragara nuestro hogar y al parecer, nuestras vidas. Me di a la estéril tarea de irme en busca del olvido, cruzando las fronteras inventadas por los hombres y cayendo en sopores cuyos sueños no eran mejores que la realidad. He vuelto porque me di cuenta de lo inútil que ha sido huir, estás en todos lados.

            A las pocas horas de tu partida, después de regresar del cementerio contemplé el suicidio como una posibilidad, sin embargo no fui capaz de tomar una cuerda y colgarme con ella, supe entonces que si no lo hice en ese momento, no lo haría jamás. Me convertí en un rehén de la vida, confundido como un perro extraviado, semejante a un huérfano a quien nadie reclama. Los júbilos se habían acabado, las risas y el placer adquirieron un desabrido sabor. Juro que todo esto no fue deliberado, intenté hallar la felicidad por todos los medios que se me ocurrieron, e incluso, quise dar la espalda a tu memoria y no pude.

            Se me aconsejó que buscara alivio a través la oración y la lectura, pero la mansedumbre nunca fue mi fuerte, menos aún la resignación. Lloré y hablé frente una silla vacía, me despedí decenas de veces de ti para aliviar mis emociones. Pasé horas arrodillado en la oscuridad, con mis manos juntas, palma con palma, vacías y solitarias. Una vez que creí haber superado la pérdida, después de caminar con lentitud los pasos del duelo, me alejé lo más posible de las costas. Quise que el sol que brilla sobre mi cabeza fuese de un color distinto al que conocimos tú y yo. Subí algunas montañas, caminé entre bosques que parecían tan inmensos como el mar. Vivía el silencio antes del temblor, la quietud que precede a la catástrofe. Sentí sobre mi piel el frío del clima y de tu abandono. Tus manos, cómo extrañé tus manos sobre mí, mientras estaba entre  pinos tu calor me hizo falta. Con ironía, tu ausencia física trajo consigo una presencia que me llenó de tormento. Puse empeño en arrebatarte los pensamientos que cada vez me pertenecían menos. Di la espalda al Dios que no respondió a mis plegarias.  Jugué el juego de la lujuria y el alcohol. Quise sanar mi alma por medio de los excesos del cuerpo, tratando de emborracharme con licor para poder escapar de la ebriedad que me causaba el eco de tu voz. El libertinaje no me dio la libertad que anhelaba, procuré rendir culto al placer y lo conseguí, por momentos de éxtasis grité como un hombre rebosante de vida, pero así como es efímero el orgasmo, así se esfumaba de mí esa dicha momentánea. Agotado como el endemoniado que lucha en un exorcismo, de esa manera padecí los finales de las largas jornadas en las que dispuse de muchas personas para perderme entre su desnudez. A media luz, cuando todos dormían, las sombras llenaban la habitación, tú eras todas y ninguna, supe una vez más lo terrible que es amar a alguien que ya no posee un cuerpo.

            Es verdad que logré tener períodos de paz, de silencio y de sonrisas. El mundo se transformaba mientras recorría sus caminos, escuché lenguas distintas a las que conocía, hablé con muchas personas, tomé brebajes dulces y amargos; me incliné ante otros dioses y tuve visiones que me llevaron a mundos diferentes que habitan dentro del nuestro; probé alimentos que sabían a la tierra donde caminaba, plantas y hierbas tan llenas de vida y de agua, comí carne que seguía agonizando, ese trueque de la muerte por la vida me pareció grotesco por vez primera, y cansado del género humano, de la violenta naturaleza y de los estragos de la civilización, me fui otra vez.

            Así como el hijo del hombre fue al desierto, me alejé yo también de la gente y sus vestigios, me aventuré a la soledad más profunda, sentí hambre y sed, y pasados cuarenta días y cuarenta noches, no fue el Príncipe de este mundo quien se manifestó, sino tú y tus terribles ojos negros. Me percaté de que la muerte era una dulce y lejana promesa, algo que no sucedería por mi propia voluntad, mi destino estaba trazado ya, por más que me moviera de un lugar a otro, estaba dentro de un círculo que nada  podía alterar. Fue entonces cuando tomé la decisión de volver al origen de todo, a los palmares donde nos conocimos, a la arena que servía de nuestra cama, donde yo recostaba mi cabeza entre tus manos y ponía mi oído pegado a tu pecho para escuchar ese latido que nos llenaba de vida. No me fue difícil invocar tu imagen, tú rostro seguía inmutable y el recuerdo de tu cuerpo provocó mi deseo.

            He vuelto a este lugar, tan lleno de ti como el resto de la tierra, pero con los olores y sabores que compartimos, con los recuerdos más precisos. He venido para morir por segunda vez, ignorando si una vez que mi materia sea devorada por el mar, mi existencia se dilate como la tuya, hasta ser infinita. Regresé exhausto, dispuesto a pensarte día y noche, hasta que estos se transformen en uno mismo.

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