Oscar.

Jonathan Alcalá

En el verano del año dos mil yo tenía dieciséis años y cursaba segundo semestre de bachillerato. Estaba en una modesta escuela privada, ya que no aprobé el examen de admisión de una universidad pública. A pesar de que es inútil pensar en el pasado imaginando cambiar un hecho para fantasear con las infinitas posibilidades del presente, es algo que hacemos a menudo; el fracaso de mi primer intento por estar en una escuela pública se convirtió en un triunfo que cambió mi vida. Sólo por eso, no cambiaría nada de dicho pasado.

            Era poco después de las nueve de la mañana, la clase de matemáticas estaba por comenzar. El profesor llegó con el ceño fruncido y un poco más irritable de lo acostumbrado, formuló preguntas que todavía tiene eco en mi mente: “¿Alguien ha leído La Divina Comedia?”. Silencio, ninguno de nosotros sabía de qué estaba hablando. “¿Alguien de aquí ha leído un libro de literatura?”.  Los casi treinta alumnos que estábamos frente al maestro no pudimos contestar con una afirmación. “¿Alguien sabe cómo son los excrementos de los conejos?”. Más de uno sabíamos la respuesta. Algunos la dijeron, yo me quedé callado. Esa pregunta y su respuesta abrieron todo un tema de conversación en el aula de clase. Casi todos teníamos algo qué comentar respecto al excremento de animal, pasando por vacas, perros, cabras, palomas, etc. Y cuando ya no hubo algo que mencionar, el profesor dijo lo siguiente: “¿Ya ven? Yo sólo puedo hablar de mierda con ustedes.” Dichas palabras me llenaron de vergüenza, sentí como una especie de aturdimiento y el resto de la mañana no existe más en mi memoria. Cuando llegué a casa, lo primero que hice fue buscar un libro y leerlo.

            El Retrato de Dorian Gray fue mi primer acercamiento al universo literario, a pesar de que abrí el libro por vergüenza y por obligación, como una deuda para conmigo mismo, bastó leer las primeras páginas para darme cuenta de que me había perdido de algo importante. No podía creer que existiese tanta belleza, Oscar Wilde fue quien me empujó hacia el laberinto infinito de las letras, leer su obra fue todo un deslumbramiento, una revelación. A partir de ese momento mi vida dejó de ser mediocre. Encontré en Oscar una perspectiva distinta de las cosas y en el uso del lenguaje algo más que el camino para comunicarnos.

            Jorge Luis Borges dijo en una conferencia sobre James Joyce, que no ha existido un escritor que haya pensado y sentido tanto como Oscar Wilde, tal vez esa es la razón por la cual le encuentro en todas partes. Sus frases son tan precisas que no es difícil darles un sentido personal. “Un verdadero amigo te apuñala de frente”, es verdad, cuando me acosté con la esposa de un amigo, lo traicioné a sus espaldas, negando frente a él dicha sospecha, hacía tiempo que me había dejado de importar su amistad. “No hay nada como el amor de una mujer casada. Es una cosa de la que ningún marido tiene la menor idea”, una doble afirmación. Oscar poseía la capacidad de decir con simpleza y gracia, cosas sumamente complejas y de una pasmosa seriedad; “Lo único capaz de consolar a un hombre por las estupideces que hace, es el orgullo que le proporciona hacerlas”.

            A medida que me adentraba en la literatura, pasando de un autor a otro, Wilde se hacía presente incluso en otras obras. García Márquez lo menciona en El amor en los tiempos del cólera; Rosa Montero tuvo conciencia de la muerte cuando pensó que aquel autor de esos bellos cuentos ya no estaba más entre nosotros. Rubén Darío hizo su parte también; Borges tradujo al castellano uno de sus cuentos cuando apenas tenía nueve años de edad. El cine, con el filme “Wilde”, trató de transmitir con la mayor precisión posible el encanto e inteligencia de dicha celebridad, así como su esplendor y decadencia. Winston Churchill no dudó en mencionar a Oscar Wilde cuando se le preguntó con qué personaje le hubiese gustado conversar. Sus obras de teatro siguen siendo representadas una y otra vez, tal vez más que las de Shakespeare. La importancia de llamarse Ernesto está hecha para disfrutarse más de una ocasión. Sus cuentos me divierten y conmueven cada que los leo de nuevo; El fantasma de Canterville; El Ruiseñor y la Rosa; El gigante egoísta; son obras que llegaron demasiado tarde a mi vida, porque todo lo hedónico siempre llega después, nunca a tiempo.  De Profundis dio a mi vida y a mis emociones la claridad necesaria para para saber cuán desastroso puede ser el amor o peor aún, un capricho, “Una vez que lograste adueñarte de mi vida, no supiste qué hacer con ella. No podías saberlo. Era algo demasiado maravilloso para tus manos.”

            Mi vida, tan simple y uniforme como cualquier otra, comenzó a tener destellos de gracia cuando citaba a Oscar en mis conversaciones. Mis amigos y conocidos me hacían burlas amistosas en ocasiones, sabían que de un momento a otro iba mencionaría: “Oscar Wilde dijo…”. No creo que existía o existe una obsesión al respecto, pero sí una profunda admiración y un sentimiento semejante al amor. Porque a pesar de no conocerle más allá de sus obras y unas cuantas fotografías, así como algunos datos sueltos sobre su vida, Wilde es alguien que me ha acompañado durante muchos años, desde mi adolescencia hasta mi inmadura adultez. Semejante a una amistad íntima, con la ventaja de que él no puede decidir no ser mi amigo.

            Existes múltiples hechos que han marcado mi vida con respecto a mi autor favorito y yo, sobre esta relación entre Oscar y yo. Hace tiempo, mi amiga Elizabeth estaba de paseo por Dublín, se acordó de mí y fue a conocer la escultura de Wilde que está en su ciudad natal. Meses después, otro amigo mío, Fernando, estaba en París, fue a Père-Lachaise y me envió algunas fotografías de la tumba de Oscar Wilde, llena de besos, flores y cartas. Lloré, lloré mucho al ver el lugar donde están sus restos, su materia, lloré porque está muerto y porque sus últimos años fueron difíciles. Lloré al imaginarme ahí, hablándole, agradecido por su legado, desesperado por decirle inútilmente lo significativo de su existencia en mi vida, como artista, como maestro, como amigo.

            De todas las cosas que cambiaría de mi pasado para fantasear con un mejor presente, las que no alteraría son aquellas que me llevaron a leer El Retrato de Dorian Gray, ya que es un antes y un después en mi vida, un principio que no tiene fin.

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