El otro yo (segunda parte).

Jonathan Alcalá

Intenté trazar en mi mente un retrato más preciso de mi padre, evoqué algunas pocas pláticas sobre su vida de soltero y pocas anécdotas de su niñez, le imaginé caminando por las mismas calles que caminó durante años, en el mismo vecindario que fue testigo de su llegada al mundo y de su partida, con la juventud puesta sobre su piel, como un traje que sólo el tiempo nos despoja; caminaba sin tomar de la mano al niño tímido que lleva mi nombre, ni del brazo de la mujer a quien llamo mamá. Fui más atrás todavía, lo vi subiendo los árboles en el enorme patio de la casa materna, árboles que conocí por sus retoños y que ahora no existen más que en el recuerdo, pude observarle haciendo bromas en la escuela, travesuras a un lado de su compañero Héctor, quien en ese momento no era más que eso, pero como el mundo a veces se comporta semejante a un lugar pequeño y caprichoso, su mismo amigo de la escuela sería después el tío de su esposa. Tuve una visión de cómo se las arreglaba para saciar su hambre a pesar del abandono de sus padres, trabajando aquí y allá después de ir a la escuela, cargado bolsos de las señoras de casa, llenos de vegetales y legumbres, lustrando zapatos, ganándose una moneda revendiendo refrigerios para los asistentes del Cinema el Roble.  Traté de fantasear con aquel encanto perdido que en más de una ocasión me dijo mi madre que tenía, sus detalles de conquistador, las canciones que dedicaba, lo espléndido que fue con la familia de su futura esposa; su estilo sobrio para vestir que llevó hasta que ya no pudo sostenerse por su propio pie. No me fue posible llegar muy lejos, cada parte de su vida que yo conocía era un pequeño fragmento del todo, casi insignificante, recorrer el sendero de su vida era una impostura, partía de nada o de casi nada; incluso desconocía si los episodios más emotivos y los más amargos que viví con él, significaron algo en su existencia.

            Mi padre fue un desconocido, abandoné la ocupación como arquitecto del pasado, pensé que las biografías estaban destinadas a otro tipo de personas, menos sencillas, menos ordinarias. El calificativo de “gran hombre” se aplica en otro tipo de hombres, no en gente cuya tarea es ser padres de familia y empleados de una empresa. Supongo que los biógrafos e historiadores cincelan con cierto idealismo las figuras que renacen en sus manos, las grandes lagunas que representan los episodios en los que no saben nada sobre el personaje, probablemente están llenas de suposiciones a partir de datos que se presumen como verdaderos, lo cual se entiende, yo mismo pensé en mi padre como un niño feliz y un joven fuerte, en ningún momento lo vi llorando, tampoco desanimado y triste en ese pasado que inventé. A pesar de que nuestra relación tuvo terribles episodios de distanciamiento debido a riñas escandalosas y sumamente violentas,  la muerte parece resarcir la vida perdida, sus desventuras, los defectos que odié, nuestros desacuerdos, el choque generacional que hubo entre nosotros, sus notables deficiencias como padre, lucen ahora más tenues,  el desagradable presente de antaño es ahora un pasado aceptable. Apreciar la vida es equivalente a apreciar el pasado, ya que el presente es sólo un instante que muere pronto, por lo tanto, debemos procurar hacernos de buenos recuerdos, eso es lo que llamo felicidad.

            Pasé de la construcción de una vida abstracta, a una que en teoría debía ser concreta, la mía. Esto sucedió después de escuchar la cinta que había conservado, por alrededor de dos minutos oí el intento de conversación entre mi padre y un niño pequeño, sospeché que se trataba de mí. Mi madre confirmó esto, no pude saber más al respecto, ya que ella conserva pocos vestigios de nuestra vida. Una enfermedad le arrebató muchos de sus recuerdos. Escuché mi propia voz cuando tenía dos años de edad, me pareció graciosa y dulce, podía ya entonces articular algunas palabras con cierta claridad, otras eran inteligibles, pero la risa es igual en todos los idiomas y siempre es contagiosa, me reí de mi propia risa. No me sorprendió no reconocerme, ya que incluso eso sucede cuando somos adultos, escuchar nuestra propia voz como la oyen los demás siempre es extraño, incluso, vergonzoso. El resto de la cinta estaba vacía, esos pocos segundos me dieron la oportunidad de conocer algo de mí que había olvidado, una de mis tantas voces. Hice uso nuevamente de las fotografías, me di cuenta de que mi pasado era igual de ajeno que el de mi padre, no podía dudar de que ese niño fuera yo, ya que al hacer eso debía entonces de dudar de todo lo demás. Aquel pequeño, de cabello castaño un poco más claro que el de ahora, de sonrisa fácil, capaz de ver todo con claridad sin necesidad de usar un par de anteojos, de piel tersa pegada a los huesos, era yo.

 

One comment

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.