¿Y todo para qué?

Marcela

Mi papá hace unos meses hizo el horrible descubrimiento -para el adulto mayor- del botón compartir en Facebook. No sería tan fatalista por este hecho si hasta ahí hubiese llegado; pero no. A partir de ese día se dedicó a darle share a cada artículo que leía sobre medicina alternativa (probándola y poniéndose en riesgo, por supuesto); dignificación de las etnias; tumbar al gobierno (con la perspectiva de Aristegui y sus allegados: gente nada imparcial); y todo lo que yo, como Sandra, no soporto entre mis contactos de tal red pero ¿Qué haces cuando es tu papá al que lo muerde el zombie de la tecnología? Nada. Lo regañas y regañas y regañas para que no le dé aceptar a todo; que no crea todo lo que lee; que verifique primero la fuente (porque me tocó leer, incluso, fotos de niños que ya habían sido encontrados. De hace 5 años); que dale compartir para que los ositos polares se tropicalicen y puedan habitar en Zacatecas; y un etcétera muy largo. Como buen papá de 64 años, me ignoró y siguió haciéndolo.

No sé si fue la semana pasada o la anterior cuando mi mamá me comentó sobre un artículo que, supongo le mostró mi papá, sobre los nietos que son criados por los abuelos y no por los padres, como ‘se supone’ debería ser. En mi familia esta situación existe; recuerdo, de hecho, que alguna vez leí esa publicación que mamá mencionó, bajo mi juicio y dándole la razón a dicho artículo “sí, sí, a huevo, que los hijos no sean encajosos, que cuiden a los propios, que blahblah”, así fue pensando en el cansancio de mis padres… Hasta que vi a mi mamá triste porque me dijo que de “mensa” no la bajaban por cuidar a sus nietas. Le pregunté quién y me respondió “todos, hasta el internet”, luego se le quebró la voz y creyó que no me di cuenta pero comenzó a llorar. Se fue al patio a hacer cualquier cosa para que no la viera y ahí quedó.

Entonces la que lloró fui yo. Porque vi que me convertí en los que enjuician y lapidan porque algo no es como ellos lo harían. Del tipo de personas de los que no me importaba lo que pensaran; de esos de los que me daba igual si existían o no. Es horrible, por una parte, tener criterio.

Nunca pensé -cuando leí esa nota- en lo que mis papás piensan o sienten al ser figuras para mis sobrinas. Ignoré las caras de mis sobrinas al ver que mi papá llegaba por ellas a la escuela o cuando traía elotes (sus favoritos) al llegar a casa. Dejé pasar de largo los gritos y cantos de mi mamá cuando se pone a ver videos y a jugar con ellas. Olvidé y omití los detalles que los hacen sentirse niños que protegen pero se divierten a pesar de las tristes infancias que vivieron; el sentirse adultos funcionales; el sentirse productivos y hasta necesarios para el desarrollo de lo que más quieren.

También pensé en no sé cuántos artículos habré leído donde dan un punto de vista similar al mío; dándoles la razón, sin nunca detenerme a ver la parte acusada, o acosada. Como las veces que tildé de pendejas a las personas que estaban dentro de una relación destructiva y no salían de ahí, y una opinión de un post en el mismo Facebook me hizo pensar en lo cierto que es cuando una persona está involucrada en un ciclo de este tipo, porque es lo que conocen; porque están manipulados; porque son vulnerables; por N número de razones que no recuerdo bien. Y empecé a sentir vergüenza. Y culpa. Y no supe a quién más pedir perdón por mis comentarios de “mujer luchona nada dejada todas las puedo” que no debieron ser.

Y sigo leyendo, pero a conciencia; pensando y no acusando. Acusando y no externando. Sin dejar que mis piensos lleguen a expresarse vocalmente porque ya tengo 32 y es hora de medir mis palabras por muy cortitas que sean.

Tampoco este escrito tiene mucho sentido. O ya no sé, traigo la razón medio nublada pero creo que lo único aquí es pensar antes de hablar; y analizar si lo que se va a decir lleva algo bueno en él; sino ¿Como para qué?

En contexto de tecnología, aplico ya los changuitos de Whatsapp “No ver el mal, no oír el mal, no hablar el mal”.

“Si nosotros somos tan dados a juzgar a los demás, es debido a que temblamos por nosotros mismos” – O. Wilde.

Ah, sí. Por abrir CADA nota que leía en Facebook, el celular de mi papá tomó cientos de virus y ya no sirve, creo que no hay mejor moraleja de vida que esa.

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