El otro yo (tercera parte).

Jonathan Alcalá  

           La imagen que veo en el espejo me dice lo mismo que el escudo de armas que probablemente perteneció a mis antepasados. Y es que nos aferramos a nuestros apellidos como si de ese modo mantuviéramos contacto con el pasado que se ha diluido en el mar de la vida y la muerte. Tomamos un hilo de sangre o su representación, del enorme telar que forma nuestra especie y eso nos da un poco más de seguridad, en la mayoría de los casos, saber sobre el pasado o creer que saber sobre él, se limita a alimentar la vanidad. Nos equivocamos al respecto, ya que sólo conservamos el tallo que representa el apellido paterno, dejando en un segundo término el nombre de nuestras madres y abuelas, como si nos importara más Adán que Eva, pero la mitad de los cromosomas que se enredan en el centro de nuestras células no es suficiente, así que  a pesar de poder conservar la noción de nuestra genealogía, en realidad desconocemos los cientos de antepasados que forman la inmensa red que bien podríamos llamar familia.

           Pensar en las generaciones me da vértigo; pensar en los innumerables ciclos de vida ininterrumpidos que hacen posible que yo esté aquí y ahora, me hace sentir como un minúsculo ser en medio de la totalidad. De tantas tribulaciones, matanzas y migraciones que padecieron otros como yo, algunos pudieron sobrevivir a las guerras y los naufragios. Me gusta pensar que en un momento de la historia, un hombre o una mujer que llegó en un barco hasta este nuevo mundo, al poner sus pies en tierra firme, puso también sus ojos en una mujer o un hombre nacido en este costado de la esfera. El juego azaroso de las moléculas me ha conformado con la piel blanca, pero sé que una de mis tantas tatarabuelas tenía rasgos indígenas, vivió en la antigua Villa Rica de la Vera Cruz, antes que un joven capitán de caballería se la llevara consigo cuando apenas tenía trece años de edad. Hizo una cama con tablas de madera y paja en un vagón militar; mientras el convoy recorría el país llevando y trayendo soldados para restablecer el orden del estado, que no es más que el desorden que implica la inmensa riqueza de pocos y la pobreza de muchos, ellos unían sus vidas para concebir otras. Las guerras trazan caminos y destinos. También sé que mi primer apellido es célebre en personajes, nombres de calles y monumentos en España, pero eso no me convence de algo, nadie me garantiza que un polizonte no se adueñó de tal palabra una vez que se vio a salvo en los parajes del nuevo continente. Sobre mi segundo apellido, pasa algo semejante, la búsqueda superflua que hice me asegura que pertenezco a una notable familia de Burgos tanto como pertenezco a la idea romántica del español o la española que se enamoró con locura de la voluptuosa carne morena y los ojos negros de alguno de los habitantes originales de esta parte del mundo; probablemente la desnudez de ellos, su olor a hierbas y tierra, resultó sumamente seductor para esos aventureros llenos de ropas y mojigatería. El algún momento un primo de mi madre se dio a la tarea de buscar parte de nuestro linaje, halló que Millán, el segundo apellido de mi abuela (que por lo tanto, no lo conservo en mis documentos, pero sí en la sangre), es una castellanización de McMillan, una vieja familia británica que tejía faldas a cuadros color verde, y que por alguna razón uno de sus miembros cruzó el mar e hizo su parte en esta amalgama de sangre. Podría ser este, junto con los otros, uno de tantos hilos rojos que forman el nudo palpitante que está suspendido dentro de mi pecho, tal vez nunca lo sepa con seguridad, pero escudriñar el pasado me aleja más de la oscura y fría caverna que son la ignorancia y la indiferencia.

            Los recuerdos se heredan así como las enfermedades y el color del iris. He sido afortunado en ese sentido, a pesar de que no tenemos como tradición la longevidad, he procurado hacerme de los recuerdos de la familia que está a mi alcance. Algunos son memorias de segunda mano e incluso de tercera. La guerra de principios del siglo pasado, las muertes prematuras, los viajes y los distintos lugares donde se asentaron mis antepasados, son los temas que más sobresalen de las conversaciones que tuve con mi abuela y mi tía abuela. He propiciado dejar de lado las disputas y enemistades que surgieron por simplezas y malos entendidos, saberlo me ha posibilitado comprender ciertos distanciamientos, pero me enorgullezco de no ser partícipe de ninguna confrontación vulgar como una pelea de hermanos al grado de desearse la muerte. De por sí la vida se asemeja más a una batalla que a un idilio, nunca he comprendido la afición de algunas personas por hacer de las relaciones humanas un camino sinuoso y áspero. Nadie me garantiza que los recuerdos que han pasado a mis manos sean ciertos, las personas que pudiesen corroborarlos están ahora bajo la tierra o sus cenizas están en el mar. Ninguno de mis antepasados tuvo nunca una afición por la escritura, así que debo confiar en sus palabras, tomando como reserva esa tendencia que tenemos por aumentar y disminuir aspectos de la verdad. Los recuerdos son en ocasiones engañosos, quien cree que el pasado es estático se equivoca, depende del presente, es como una pintura que cambia cuando la vemos de distintos ángulos, se decolora y restaura también, nada es estático en este universo cambiante.

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