Mis hilos rojos.

Marcela.

Mentiría si escribo que fui una niña típica porque no fue así; mi sed de protagonismo, desde entonces, ya era mucha y siempre buscaba destacar de cualquier manera. Y lo lograba.

En lo que sí era común, de las pocas cosas que recuerdo, era en eso del valor amistoso. Y es que cuando estaba en primaria nunca faltaron cartitas que intercambiaba con mis amigas. Creí que sería para siempre porque en el mundo rosa en el que -a pesar de ser yo- vivía, se estilaba ese pensar. No fue así. Mis mejores amigas de educación básica no sé dónde quedaron y a muchos ni siquiera los reconocería si los veo en la calle. Algunas veces han hecho reuniones de ex-compañeros pero yo no sé qué hacer con esa gente con la que dejé de interactuar y muchas veces no asisto, sólo tengo contacto con una y fue porque seguí viéndola hasta la universidad. Cambié yo, cambiamos todos.

Entrando a la preparatoria, cuando se supone las hormonas ya despertaron, comenzó mi vínculo con el sexo opuesto. Al principio creí que era a conveniencia, porque a los 14 era listilla todavía y hacía eso, y estar cerca y ser más afín a los hombres facilitaría si, más adelante, buscara un momento con alguno que me agradara. Funcionó de maravilla, pero no. Resultó que resulté buenísima para congeniar con los hombres porque eran más divertidos, menos chismosos, menos complicados y, creía, me evitaría envidias porque entre hombres eso no lo notaba; y así era, el problema eran los celos de las novias de con quienes me llevaba bien. De esa etapa sólo tres eran mujeres y, sino mal recuerdo, fácilmente tendría más de veinte hombres con los que podía contar si me quedaba tirada borracha en mis pininos de esos viciosos menesteres. De ese gran número de amigos, al momento puedo decir que me quedan tres o cuatro, y duele ver que la amistad no es para siempre -que no era como mi yo de 10 años pensaba- pero lo pasé.

Entramos a la universidad (dos en mi caso) y me volví más selectiva. Hombres también, siempre dos o tres amigas, no necesitaba más. Cuando más llegué a tener, amistades mujeres, fue en mi segunda universidad, donde no puedo negar que me divertí como chango en drogas pero sí, también cambiamos. Fuera de la escuela, a pesar de convivir mucho -aún sin estar en clases-, comencé a conocer gente con la que tenía un sinfín de cosas en común, con quien sentía conexión, con quien podía hablar de los temas que de verdad me interesaban y no los que ponían en el plato porque era lo que había. Estudié administración -carrera que odio por cierto- y de repente por azares del destino, me envolví en un mundo de estudiantes y egresados de humanidades y sociales. Dejé de sentirme rara por pensar por mí misma y poder compartirlo con otros que también se llegaron a sentir raros en algún momento, y sí, hice nuevos amigos. De la universidad rescato a cuatro personas a las que considero cercanos; a los demás los aprecio, los quiero, agradezco y estimo pero ya no somos lo que fuimos; los mejores amigos de cuando teníamos veintes siempre, pero en los treintas ese filtro se volvió poco poroso que no permitió pasar a muchos.

Entonces sales al monstruoso mundo laboral y te agarras fuerte de los que te son cercanos porque –como todo lo nuevo- tienes miedo; y vas renuente a encontrar personas que consideres valen la pena como para verlas fuera de lo establecido. Y pasan años y conoces y conoces, y cumples años y conoces; y dejas relaciones y conoces; y viajas y conoces; y entras a Internet y conoces; y los que fueron se quedaron en el tiempo en el que se conjugó el verbo fue: en el pasado, y vienen otros cientos, que pasan y se van, que crees que se van a quedar y se van, que no creías que estuvieran y se quedan.

Hace seis años aproximadamente, uno de mis mejores amigos que aún conservo, mientras estábamos en un coche comiendo un pastel entre tres y tomábamos leche, preguntaba cuánto creíamos que íbamos a durar siendo amigos, así como lo somos ahora -mucho más enredados y rotos, claro-, cuando lo hizo me puse a llorar porque creí que él no me consideraba suficiente como para ser amigos eternos pero tenía razón; la gente cambia, los amigos dejan de ser confidentes y se vuelven conocidos a los que quieres; el tiempo no perdona y hace notorias las cosas en las que ya no se es compatible, las hace notorias de manera gigante, hasta darte cuenta que ya no eres el mejor amigo de esa persona porque esa persona tampoco es quien fue cuando se divertían juntos. Y no es malo, son simples transiciones. Eres el mejor amigo de la Sandra de veinte años pero no sabes nada de la Sandra de 32, es normal y no es tu culpa; así como tampoco es culpa de Sandra no saber de ti porque no es obligatorio estar ahí.

Siguen siendo días difíciles y a veces no quiero escribir sólo por ser responsable pero invariablemente sale algo. Siempre he dicho que escribir me drena es como vomitar sin lastimarme la tráquea: me vacía. Lo anterior fue porque me sentí sola y me puse a pensar con quién cuento y con quién no, escuché una canción llamada “Los Amigos Que Perdí” y comencé a llorar no de tristeza, tal vez nostalgia y añoranza de tiempos mejores, sino porque me di cuenta que hoy tengo personas que yo no sabía que ahí estaban y saltaron por mí cuando me vieron cayendo; personas que quizá serán recordados como los mejores amigos de la Sandra de 32 y a los 40 ya no estaremos juntos, o quizá sí, cada vez nos volvemos más pasajeros pero, a su vez, más estables y cuidadosos para elegir.

Con los años, vas filtrando y depurando. La gente que te conoció de niña o adolescente, cuando eres adulto dice que antes no eras de tal forma pero no, simplemente no podemos ser los mismos que fuimos quince o veinte años atrás. Porque todo cambia y uno debe ajustarse o se lo come la vida y no al revés. Yo sólo puedo decir gracias a quien alguna vez estuvo conmigo y me permitió ser parte de sus memorias, porque citando porque, otra vez, no vaya siendo “lo bueno casi no se cuenta, pero cuenta mucho”.

Porque los hilos rojos que van de los dedos de las personas que he conocido a los míos pueden hacerse nudo, atorarse, estirar y aflojar, pero nunca se van a romper.

6 comments

  1. Mucho texto elaborado para un evento que recién te sucedió el cual no debe de ser un drama. Supéralo, ya no tienes 15 años

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