Esperanza.

Claudia Tostado

“Love can’t exist without fear. If the thought of losing someone doesn’t scare the shit out of you, then it’s not love”

-Penelope Ward.

 

No podían estar juntos. Y él la culpaba a ella, y ella lo culpaba a él. No entendían. No podían escuchar. No querían esperar.

No podíamos estar juntos. Él me culpaba a mí, y yo lo culpaba a él. No entendíamos. No podíamos escuchar. No queríamos esperar.

No podíamos estar juntos. Tú me culpabas a mí, y yo te culpaba a ti. No entendíamos. No podíamos escuchar. No queríamos esperar. Y no era algo tan difícil. No era que alguno estuviera preso por un crimen que no cometió en una cárcel rodeada de tiburones en medio del mar, ni que fuéramos dos líneas paralelas, imposibles de juntarse en algún punto.

A pesar de que ninguno estábamos dispuesto a ceder, siempre teníamos la esperanza de que el otro lo hiciera. La esperanza. La esperanza que va de la mano con la incertidumbre. La incertidumbre, la maldita incertidumbre. Porque eso de que “la esperanza muere al último”, puede que sea cierto, pero no es algo bonito. Es terrible. Es creer que algo puede ser, pero que al mismo tiempo no está siendo. El futuro no existe. Míranos… siempre nos decíamos que estaríamos juntos en el futuro. No estamos juntos. El futuro no existe.

Sé que me querías tanto como yo a ti. Que te dolía tanto como a mí que no estuviéramos juntos. ¿Pero qué iba a hacer? No podía hacer todo yo. Tampoco esperaba que lo hicieras todo tú. Fue esa necesidad del ser humano de que nos demuestren que nos quieren, de que nos conquisten, de que nos ganen. Era una competencia implícita, un juego de ver quién quería más, un juego en donde los dos perdimos.

Y la respuesta no es tan complicada. Fue miedo, ¿no? Teníamos miedo. Miedo a darnos en la madre. Miedo a que no funcionara. Miedo a que funcionara. Miedo a sufrir. Miedo a dejar de sufrir. Miedo a tener que dar explicaciones. Miedo a tener a quien darle explicaciones. Miedo.

No fuimos valientes. No pudimos, no quisimos. Ninguno de los dos lo intentó lo suficiente. No llegamos al punto de decir ‘no hay absolutamente nada más que pueda hacer, lo hice todo’. ¿Y si lo hubiéramos hecho los dos? ¿Y si los dos hubiéramos hecho absolutamente todo lo que podíamos hacer?

¿Te gusta cómo se escucha en pasado? Como si ya se hubiera acabado el tiempo y no quedara nada por hacer. A mí tampoco.

No podemos estar juntos. Tú me culpas a mí, y yo te culpo a ti. No entendemos. No podemos escuchar. No queremos esperar. Y no es algo tan difícil. No es que alguno esté preso por un crimen que no cometió en una cárcel rodeada de tiburones en medio del mar, ni que seamos dos líneas paralelas, imposibles de juntarse en algún punto.

A pesar de que ninguno estamos dispuesto a ceder, siempre tenemos la esperanza de que el otro lo haga. La esperanza. La esperanza que va de la mano con la incertidumbre. La incertidumbre, la maldita incertidumbre. Porque eso de que “la esperanza muere al último”, puede que sea cierto, pero no es algo bonito. Es terrible. Es creer que algo puede ser, pero que al mismo tiempo no está siendo. ¿Existe el futuro? Míranos… siempre nos decimos que estaremos juntos en el futuro. ¿Estaremos juntos? ¿Existe el futuro?

Sé que me quieres tanto como yo a ti. Que te duele tanto como a mí que no estemos juntos. ¿Pero qué voy a hacer? No puedo hacer todo yo. Tampoco espero que lo hagas todo tú. Es esa necesidad del ser humano de que nos demuestren que nos quieren, de que nos conquisten, de que nos ganen. Es una competencia implícita, un juego de ver quién quiere más, un juego en donde los dos podemos perder.

Y la respuesta no es tan complicada. Es miedo, ¿no? Tenemos miedo. Miedo a darnos en la madre. Miedo a que no funcione. Miedo a que funcione. Miedo a sufrir. Miedo a dejar de sufrir. Miedo a tener que dar explicaciones. Miedo a tener a quien darle explicaciones. Miedo.

¿No somos valientes? ¿No podemos, no queremos? Ninguno de los dos lo ha intentado lo suficiente. No  hemos llegado al punto de decir ‘no hay absolutamente nada más que pueda hacer, lo hice todo’. ¿Y si lo hacemos los dos? ¿Y si los dos hacemos absolutamente todo lo que podemos hacer?

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