El otro yo (cuarta parte).

Jonathan Alcalá

Si debo dudar de la memoria de las personas y tener como cierto que siempre habrá omisiones y añadiduras, ¿existe una certeza de que mis recuerdos sean precisos o también debo cuestionarlos? Una niña que camina apresurada en medio de una sala de estar es mi  evocación más vieja. Ella tiene el cabello castaño y con algunos rizos. Su rostro no me es permitido verlo, pero adivino que es blanco y sonriente. Veo sus brazos que se agitan al correr torpe y gracioso que tanto conmueve a los adultos. Tiene puesto un vestido blanco con pequeños lunares, no sé si azules o negros, la neblina del pasado no deja distinguirlos. Tal descripción coincide con el de mi prima Marisol, quien se fue del país cuando tenía tres años edad. Ahora sé que nació un mes y medio antes que yo, por lo tanto, mi memoria se remonta a cuando yo era un niño de menos de tres años. Recuerdo con nitidez mi primer día de escuela, incluso puedo decir el nombre de cada uno de mis compañeros de clase; tengo en mi mente las navidades que festejamos en casa de mi bisabuela y los regalos que estaban debajo del árbol luminoso. Recuerdo el embarazo de mi madre después de un viaje a la playa donde enterré un juguete debajo de un cocotero y no lo pude hallar después. La imagen de mi padre jugando entre las olas mientras mi hermana hacía un hoyo en la arena me provoca una nostálgica felicidad. Decir que recuerdo el sabor salado del agua marina podría ser una mentira, lo recuerdo porque conozco su sabor y la he probado en muchas ocasiones; tal vez de ese modo se construyen algunas cosas, toman como base un pasado remoto y las piezas que hacen falta son puestas a partir de un pasado menos lejano, tal vez la niña a la que hice alusión no tenía un vestido blanco con lunares oscuros, probablemente era azul o rosa, pero mi cerebro se las arregló para que la figura estuviera completa, a final de cuentas, ella es una persona real en un lugar que sí existió. El color de las paredes, los adornos del vestido y la textura de los muebles no son significativos, no en esta ocasión.

             Pareciera que existen dos yo, uno que habita en la plenitud del presente y tiene consciencia de su cuerpo en un lugar del tiempo y del espacio determinados; y otro que está en las fotografías, en la memoria de otras personas y en la propia. Ese bebé que llora casi de forma silenciosa y a quien no le gusta que lo abracen demasiado, poco tiene que ver con el adulto que ahora gusta de ser mimado a un punto casi ridículo; el niño que tiene una apariencia saludable, delgado y que su madre disfraza en cada cumpleaños, soy yo, sigo siendo el mismo, a medida que esta expresión es posible, ya que la huella del tiempo y los golpes de la vida y sus inevitables decepciones y sinsabores, así como las intermitentes dichas me han transformado en el hombre que soy ahora. Es casi imposible no sentirnos sucios y decepcionados cuando pensamos en el niño que fuimos. A menos que nuestra vida de adultos esté llena de belleza y sublimidad, en donde hayamos superado obstáculos y mejorado nuestra condición de vida, crecer es una derrota que aceptamos con naturalidad; no es complicado pensar que a lo que se refería aquel célebre judío cuando dijo que el reino de Dios es para los niños.

            Se le atribuye a Confucio la siguiente cita, “la tinta más pálida es más confiable que la memoria más brillante”. ¿Cuántos recuerdos y cuántas vidas han sido tragados por la oscuridad del olvido? Para aquellos que no tuvieron la oportunidad de imprimir su imagen en papel fotográfico y también los que nunca tuvieron como hábito el bolígrafo y el papel para escribir diarios y memorias, están ahora en un terreno relegado. Hay personas que pasaron por la vida sin pena ni gloria, tal vez existan reflejos e imágenes de su vida, pero en un sentido frívolo podríamos decir que mucha gente pasó sin dejar una pisada en este mundo, por lo menos, no una muy significativa. Amados en su tiempo, tal vez odiados, sucumbieron a la muerte e hicieron su parte al heredar al mundo otros individuos de carne y hueso cuya vida tendrá un destino semejante. No creo que sea malo no ser recordado o no poseer evidencia del pasado, es simplemente mediocre, y la mediocridad en ocasiones es cómoda, tanto, que se asemeja a la felicidad. No dudo que también hayan existido seres extraordinarios y no sepamos nada de ellos ahora, probablemente por lo anterior es que muchos notables han hecho un ejercicio de inmortalidad, en papel, lienzo o piedra, ya que los recuerdos y los sueños están hechos de una materia semejante, demasiado maleable para confiar en ellos como ya lo he mencionado. Pero el vestigio tampoco es sinónimo de grandeza, hay muchos retratos que valen la pena ser olvidados y muchos escritos que no merecen ser leídos, y contrario a lo que muchos freudianos defienden, hay personas, lugares, filmes, canciones, y eventos que no merecen un lugar en nuestra mente. Recordar todo sería abrumador e inútil, es verdad que hay emociones escondidas, tan reprimidas que son como un tumor que hay que extirpar, pero no todo es maligno ni necesario.

            Los adelantos tecnológicos ya no nos asombran como antaño, posiblemente es porque desde hace tiempo hemos descubierto que cada paso que damos no necesariamente es para mejorar las circunstancias de nuestra vida. Cada avance pereciera tener como destino el consumo y no el bienestar, y cuando lo segundo fuese el objetivo inicial, nuestra especie es experta en arreglárselas para usar la tecnología en perjuicio de otros. No creo que los hermanos Wright hayan inventado el avión con el propósito de dejar caer desde el cielo, pesadas bombas que pondrían fin a la vida de millones de personas. La era digital nos ha despojado del papel y la tinta, la fotografía es ahora diversión y vanidad, lejos de la solemnidad de aquellos retratos familiares a blanco y negro que nos parecen fantasmales, y lo son. El olvido  en teoría debería ser menos sencillo, los diagramas de la vida humana se trazan con relativa facilidad por medio de hábitos de consumo, gustos, opiniones e imágenes que nos dicen en donde hemos estado.

Por mi parte, veo mi vida como tres líneas próximas que rara vez se tocan una con la otra, en una me encuentro yo: lo que fui, lo que soy y lo que seré, con toda la complejidad que implica el “ser”, y en la otras dos, algo que se asemeja al reflejo que vemos en el agua de un río: lo que creo ser y lo que quiero ser.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.