Como quisiera que me vieras.

Claudia Tostado
Desde que conocí a Sandra, supe que me metería en problemas. Ella es caos hecho mujer. Su mirada transmite todo lo opuesto a la calma.
Cuando empecé a verla, ella estaba en ruinas. Acababa de perderlo todo y sólo buscaba que las protegieran. No le pusimos nombre a lo que éramos. Una amiga, tal vez. Compañía. Poco a poco, las cosas se complicaron más y más. Y no fue casualidad. Le dio miedo perderme, y no lo digo con orgullo. Mientras estaba conmigo yo sabía que no era el único, por eso, nunca la pude querer.
La mañana que salí decidido a decirle que no íbamos a continuar con lo que sea que fuera eso, me lo dijo.
Pasé días sin dormir, después de mucho tiempo, volví a llorar. No la amo. No quiero estar con ella. Voy a tener que partir mi vida en más pedazos. A mi hijo lo voy a amar, por supuesto, y eso nada lo va a cambiar. Siento que me ahogo y que no tengo a dónde huir.
A pesar de todo eso, hay una luz que hace que por lo menos la mitad del día no sea tan devastadora.
Es la primera persona que veo cada mañana. La saludo con un beso que trato de que parezca amistoso. Me pregunta que cómo amanecí. Le miento. Ella no me cree. Hablamos unos minutos, tan pocos como puedo para que nadie note que es el único lugar en el que quiero estar. Sé con seguridad que no le soy indiferente. Me lo dice su mirada. Tiene los ojos más bonitos que haya visto jamás. Su sonrisa ni siquiera me atrevo a describirla.
Como un niño busco cualquier pretexto para estar con ella, para pasar junto a ella, para verla y para que me vea.
Tengo miedo. De que se salga de mi control esta sensación. Empecé a rozar mi mano con la suya cada vez que puedo. Empecé a jugar con ella para poder tocar su cabello, su cara. Su perfume me hace pensar en un campo de un millón de flores. Es todo. No hay más. Aunque pudiera, no me atrevería a pedirle que estuviera conmigo. Es un alma tan pura. Es totalmente transparente.
Hay días que no puede ocultar que algo le pasa. Que hay algo que la pone triste. Esos días mi única misión es hacerla sonreír.  Saco conejos blancos de sombreros con tal de que le regale al mundo la música que hace su risa.
Ojalá pudiera protegerla a ella. Del frío, del dolor, del miedo, de todo. Ojalá estuviera en mis manos hacerla feliz. Ojalá yo fuera su primer pensamiento en las mañanas. Ojalá cada uno de sus latidos dijera mi nombre. Ojalá que se vaya de aquí.
Ojalá que se vaya de aquí y ojalá que no regrese. Ojalá que cuando esté lejos, yo la olvide y ojalá no la recuerde más.
Su luz hace que toda mi oscuridad sea más profunda. Su luz hace que mis esfuerzos por ser un buen hombre parezcan absurdos. Ojalá que nunca, por ningún motivo, tenga la oportunidad de besarla, porque entonces, entonces voy a perder la razón.

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