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El mundo en el que somos libres

Andrea Mantecon

Xavier Corberó, es un artista español considerado por muchos el escultor vivo más importante del país. Descendiente de artistas catalanes vivió su juventud en Nueva York, íntimo amigo de Salvador Dalí y mezclando en sus obras materialidad y poesía.

Corberó, quien ahora tiene 81 años, lleva 40 años construyendo un mundo surreal en Esplugues de Llobregat. Este lugar, que es su residencia de descanso, taller y residencia para artistas, comenzó cuando Corberó encontró nueve estructuras industriales en ruinas y decidió establecerse ahí y comenzar a modificarlas. Buscando hacer un refugio del agitado mundo, poco a poco el artista fue añadiendo arcos aquí, arcos allá, escaleras que llevaban a ningún lado y columnas que no sostenían nada, jardines comprimidos en pequeños espacios y cuerpos de agua que reflejaban el conjunto. La composición, empezó a formar, casi como por casualidad un paisaje surreal, un lugar mágico donde la realidad se funde con la imaginación, donde el mundo deja de estar definido en sí mismo y se define sólo desde la percepción de quien habita el espacio.

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Corberó dice que la casa está siempre en proceso, y que como una agenda, refleja todo lo que él es a través del tiempo y crece con cada decisión, con cada adición. Cuando las personas le preguntan que cuál es la razón o propósito de esa construcción, él dice que es crear poesía. Qué nada de esto ha salido de la razón sino del objetivo de crear poemas que, para él, son la medida de todas las cosas.

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El arquitecto en este espacio no crea un espacio físico sino un espacio mental, no es un espacio definido por su función sino con utilidad en sí mismo, es decir, no es la función de cuatro paredes albergar un estudio, sino de elementos escultóricos generar un sentimiento, una consciencia de uno mismo, una sorpresa o un descubrimiento. Así pues en este laberinto surreal, entre caleidoscopios de luz, túneles y reflejos, uno puede cada momento descubrir una sorpresa, un nuevo rincón detrás de una puerta o dentro de uno mismo.

“En la escala adecuada la música suena hermosa… en la escala correcta el espacio deja de ser espacio y se convierte en mente” dice Xavier Corberó, y para mi resulta  curioso cómo la información que recibimos se entreteje en nuestras mentes.

Encontré a Xavier Corberó mientras leía el libro de Haruki Murakami “El fin del mundo y el despiadado país de las maravillas” y una fuerte conexión surgió al instante. Les dejo este collage de una parte del libro como una reflexión de que el mundo en el que somos libres, en el que somos nosotros mismos, lo tenemos que crear cada uno.

-¿Entonces me estoy yendo del mundo como originalmente lo conocía?

-Si, pero no estoy hablando de un mundo paralelo de ciencia ficción, es todo un asunto de cognición. El mundo como es percibido.. y eso es lo que está cambiando en tu cerebro.. aún así no es nada que debas temer, no es muerte, es vida eterna, y puedes ser tu mismo. Comparado con eso, este mundo no es más que una fantasía momentánea.

Los invito a ver este video, para ver este espacio desde los ojos del artista: (click en el sig. link)

Xavier Corberó

Una danza simbiótica

Por Andrea Mantecon

Hoy fue uno de los primeros días soleados del año en Nueva York. Desperté en mi pequeño cuarto en Brooklyn y decidí ir a caminar. Tomé el libro que estoy leyendo, las llaves de mi departamento y salí ávidamente. A unas pocas cuadras encontré el escenario perfecto para sentarme. Un acogedor espacio con forma de rebanada de pastel al pie del Museo de Brooklyn. La plaza, ocupada mayoritariamente por una gradería de madera, está definida al este por una pared baja de lajas de piedra blanca que detiene las frondosas ramas de una fila de cerezos. Al norte, una fuente de chorros bailarines que combina el sonido del agua con las risas de los niños, deja ver detrás la nueva torre del World Trade Center y un poco más del skyline de Manhattan. Al sur, es decir, a espaldas de las gradas, se encuentra el Museo de Brooklyn y al oeste, se puede ver la avenida Eastern Parkway en donde en un día soleado como hoy hay carritos de nieve y otras comidas callejeras.

Abrí mi libro y luego lo cerré. Decidí entonces observar a las personas interactuar con el espacio. Las personas sentadas en las gradas, los niños corriendo en la fuente, los padres tomando fotos de los niños. Los padres e hijos comprando nieve, las personas haciendo ejercicio y los amigos que acababan de encontrarse en este punto. Había quienes hablaban por el celular, quienes tenían sus computadoras en sus piernas. Quienes platicaban con su pareja y quienes simplemente miraban su alrededor. Unos subían y otros bajaban. Quienes llegaban observaban cada rincón y después de evaluar las opciones tomaban la decisión de dónde sentarse y cómo ocupar el espacio. Era como un baile coreografiado. Una danza perfecta entre la arquitectura y las personas.

Observé cómo el espacio público se volvía en todos nosotros una extensión de nuestras casas. Una extensión de nosotros mismos. Como le daba espacio a nuestras almas de florecer más allá de nuestros pequeños departamentos. Cómo nos dejaba compartir, aún en silencio, a todos los que estábamos en la plaza, un poquito de nosotros mismos. Pensé en el arquitecto detrás de este diseño. Pensé en su intención de hacer que la fuente fuera un marco interactivo para la ciudad, en cómo seguramente pretendió que la pared al este nos hiciera sentir protegidos, íntimos con nosotros mismos, en cómo abrió un poco la plaza a la calle como una entrada incluyente y dejó el museo atrás de nosotros haciéndonos sentir al pie de algo importante.

Recordé entonces “La vida social de los pequeños espacios urbanos”, un documental que forma parte de una serie de estudios realizados alrededor de los años sesenta donde se estudió a los espacios urbanos de Nueva York tratando de encontrar que diferenciaba a las plazas concurridas de las menos populares. Algunas conclusiones a las que llegaron fue que el espacio debe ser el tamaño justo, más grande que lo necesario y las personas no se sienten en confianza, más pequeño y no sienten privacidad. La combinación de un poco de calle, con un cuerpo de agua, un poco de sombra y espacio para sentarse parecen ser la combinación perfecta. La libertad es un factor importante también. Entre más opciones para sentarse -sillas movibles, bancas, lechos, gradas, etc.- más se apropia la gente del espacio. Un dato curioso es que si las sillas son movibles, la gran mayoría de las personas las toman de donde están y las mueven aunque sea un poco, haciendo el lugar suyo a través de su decisión. El autor, William H Whyte también afirma que lo que más atrae a las personas a un espacio, son otras personas. Entre estas y otras conclusiones Whyte dice: “la calle es el río de vida de la ciudad, la gente viene a las plazas no a escapar sino a ser parte de ellas”.

Somos tan simples y tan complejos. La cantidad de procesos que nuestro cerebro realiza para sentir el aire, escuchar a los pájaros y percibir el color rosa de los cerezos son maravillosos y sin embargo somos tan simples, seducidos a una felicidad irresistible en un espacio como este. Un espacio que nos define tanto como nosotros a él, convirtiéndonos la ciudad y las personas en una simbiosis perfecta.

Para mi, la arquitectura es el escenario en el que sucedemos. Entonces así, como a veces pienso en la música como la banda sonora de la obra de teatro de mi vida, pienso en los espacios como la escenografía, y a veces primero volteo a ver estas escenografías compartidas, y es entonces que comienza a ocurrir la obra.