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Los hombres de mis mujeres.

Jonathan Alcalá

La raíz. 

“Lo único capaz de consolar a un hombre por las estupideces que hace,

es el orgullo que le proporciona hacerlas.”

Oscar Wilde

 

En el mismo instante en el que Ulises trazaba el boceto de un mueble de sala que construiría en los próximos siete días, yo besaba a su novia en el elevador del edificio donde trabajábamos juntos. Y el día en que me acosté con Jossiane por vez primera, él estaba con sus amigos bebiendo cerveza, pensando que no estaba la suficientemente fría y que el sabor era un poco más agrio que otras veces. Por mi mente había un torbellino de cosas, el placer, por más egoísta que pueda llegar a ser, no lograba despojarme de la compleja situación en la que vivía, creyendo haber hallado el amor más puro y prodigioso, fruto de una traición y un mar de mentiras.

            Ulises tenía veinticinco años de edad, trabajaba como diseñador industrial en una modesta fábrica de muebles de madera, cuyo dueño era su tío político. Cuando le vi me pareció demasiado alto y demasiado delgado; su tez era clara, cabello rizado y ojos inocentes, casi infantiles, un contraste demasiado notable para su nariz larga y su sonrisa burlona. Me pregunté cómo alguien tan simple y ordinario a simple vista y según las descripciones de Jossiane, había conquistado a una mujer tan soberbia; la mediocridad que vi en ella llegó muchos años después, en ese momento, el amor y el deseo me hacían verle como un ser único y maravilloso, irresistible tal vez porque había una distancia moral entre nosotros. No descubrí en él a un rival o a un enemigo, lo único que yo quería es que saliera de mi vida de la misma manera en la que yo entré en la suya. Llevaba tres años de relación con Jossiane, pasando altibajos cada vez más prolongados, tanto, que las grietas de su amorío se convirtieron en un abismo de aparente indiferencia donde pude pasar sin muchos obstáculos. Ella tenía diecinueve años y la belleza ingenua de la juventud, se sabía una mujer hermosa, sin embargo era demasiado insegura y le faltaba una pizca de frivolidad para sacar provecho de su naturaleza; compartíamos gustos semejantes en cuanto a música y libros se refiere, encontré entonces la conjugación precisa entre alguien que motiva tu carne casi a la par que motiva tu razón. Esa mujer se convirtió en una diosa viva para mí. Yo tenía veintidós años y creía que mi vida estaría resuelta apenas terminara con mis estudios universitarios. Ninguna de las dos cosas llegó según mis cálculos. Entendí que mi vida terminará antes de resolverse y los asuntos académicos junto con sus instituciones están lejos de mis objetivos desde hace años.

            El día que Jossiane decidió terminar su relación con Ulises, él lloró y tuvo nauseas durante horas; me pareció patético, pero eso es natural, siempre el sufrimiento y el goce del amor ajeno tiene un sabor a patetismo y ridiculez. Aunque tarde o temprano todas las personas pasamos por situaciones análogas, más pronto de lo pensado, era yo el que iba a llorar y a humillarse. Ella ponía como excusas las emociones de él y lo apresurado de nuestra complicidad, para no dar una etiqueta al vínculo sentimental que había entre nosotros, navegamos durante algunos meses en las inquietas aguas de lo que podría llamarse triángulo amoroso, dándonos sólo lo que el otro nos permitía dar, fingiendo cada quien a su manera, avanzando y perdiendo terreno cada día. Toda batalla que se prolonga demasiado tiempo termina por derrotar a ambas partes,  aun el victorioso tuvo demasiadas pérdidas, así que para el día en que ella tenía la libertad de estar conmigo, nuestros disgustos y riñas habían fracturado y minado lo que intentábamos construir. El falso idilio llegaba a su fin de la peor manera. Los tres nos quedamos con las manos vacías, agotados y dolidos. Ulises se quedó como una palabra más en la lista de los nombres que tienen múltiples significados.

 

El Laberinto del Mundo. Marguerite Yourcenar.  

Jonathan Alcalá

            Marguerite Yourcenar dijo que escribiría hasta que la pluma cayera de sus manos. Así fue. ¿Qué? La eternidad, es una obra inconclusa. Encuentro un encanto teñido de tristeza, que una mujer que creía que el tiempo es maleable a nuestro antojo, haya dejado su cuerpo sin poner punto final a un libro. La existencia de Yourcenar de alguna manera se sigue escribiendo, a final de cuentas, ella dijo que el diagrama de la vida humana se compone de tres líneas que se pierden en el infinito: “lo que un hombre ha creído ser, lo que ha querido ser, y lo que fue.” Así como el corazón de Adriano late con vitalidad a través de sus memorias, la sensibilidad y erudición de Marguerite se renueva cada vez que alguien lee y se deslumbra con sus palabras. Nos ha dejado como herencia El laberinto del mundo, tres libros que hablan sobre su vida y sobre la vida misma, ya que la condición de una sola persona es la de todas las personas. Las diferencias que hay entre dos seres humanos son el segundo plano de su retrato, antes, podríamos ver y enumerar sus semejanzas, el modo en que lloran, ríen, aman, sueñan, nutren sus cuerpos, el dolor y la felicidad que padecen, el placer. Las emociones y sensaciones que experimentamos de forma paralela, son el hilo que más debemos cuidar, de ese modo, el otro, podría dejar de ser tan ajeno a nosotros.

            Recordatorios es la primera parte de la trilogía, el linaje materno que se ha tejido en la actual Bélgica. El distanciamiento se sí misma para poder narrar con precisión el nacimiento del ser a quién llama “yo”. Su llegada al mundo es el punto de partida de una cascada que nos lleva al pasado, para enseñarnos, que el hombre casi siempre está preso en la cárcel de su tiempo y las circunstancias que le rodean. Yourcenar logra hallar el hilo de su sangre hasta poco después de la Edad Media. Dibuja a sus antepasados de la misma manera que lo ha hecho con los personajes ficticios de sus relatos; nos ilustra  a través de ellos, que los vicios y las virtudes de las familias poco han cambiado en centenares de años. Probablemente el pertenecer a la burguesía sitúa la historia en algunas particularidades. Recordatorios tiene a dos personajes que sobresalen: Fernande, la madre de Marguerite, y Octave Pirmez, tío de la autora, que también poseyó un destino literario y cuya vida, notable en algunos sentidos, ocupa parte importante del ayer que nos quiso contar ella.

“Hijo del magnánimo Tideo, ¿por qué te informas sobre mi linaje?

Cual generación de las hojas, así la de los hombres.”,

Ilíada, VII, 145-146.

            Ese es el telón de Archivos del Norte, es turno ahora de la red paterna. Esta vez Yourcenar va más atrás en el tiempo, nos explica que antes de la intempestiva llegada del hombre a la región boscosa donde nació su padre, los habitantes eran enormes árboles de follaje oscuro, de ahí el nombre de la propiedad que fue parte de la familia hasta principios del siglo XX, el Mont-Noir. Lugar que sirve como escenario de parte importante de la historia, hasta la llegada de Michel, padre de Marguerite, que resulta ser un hombre entrañable, dado a la aventura y la pasión, casi en la misma proporción que a la cultura. Rebelde, escapó de su casa para llenarse del mundo, también lo hizo así del ejército, acto que le valió el destierro de Francia, hallando entonces en Inglaterra un segundo hogar, “siempre se está mejor en otro lado”, era su filosofía. Si el placer es una forma de pecado, entonces no hay placer que no lleve una penitencia, así la vida de Michel se tiñe de claros y oscuros todo el tiempo, el transcurso de años que jamás son grises, pasando de un amor a otro, de un lugar a otro, como el gran lector que termina un libro al mismo tiempo que comienza el siguiente. En circunstancias inesperadas, Fernande y él se conocen para casarse, sin saberlo siquiera, la sonrisa que se ofrecieron mutuamente el día que se conocieron, fue la chispa que comenzó el gran fuego que es la vida de una de las escritoras más brillantes del siglo pasado.

            ¿Qué? La eternidad. La niñez puede estar llena de falsos recuerdos, pero aun así, la autora se las arregla para darnos una impresión lúcida de lo ocurrido.  Los primeros años de nuestra existencia tienen una impostura más obvia que la de nuestra juventud y adultez. Marguerite tuvo la fortuna de ser acogida por un padre que le heredó la tradición de los libros, tanto, que ella menciona que los libros son una de sus patrias. Sin llevar a cuestas el peso de una educación tradicional, Yourcenar encuentra en la naturaleza una belleza más abundante que en los juguetes. También fue una mujer rebelde como Michel, lectora en una época en la que leer  generalmente era cosa de hombres, capaz de aceptar y explorar la sensualidad y el erotismo que duerme en nosotros mientras somos niños, contemplativa ante las grandes maravillas del mundo, como el océano. Vivió una plenitud en tiempos en los que la tecnología parecía tener como objetivo la matanza y la destrucción. Tiempos de dos guerras que parecían eternas y que nos daba la impresión de que nada podía ser peor que ese presente. Yourcenar nos relata la historia de Jeanne, amiga íntima de su madre y amante de su padre, su matrimonio nos hizo pensar en Alexis y Mónica, de Alexis o el tratado del inútil combate, un hombre lleno de virtudes que flotaban en el río cuya profundidad eran apetitos poco aceptados en esa época, y vergonzosamente, todavía algunos no los aceptan en la nuestra. ¿Qué? La eternidad, termina sin concluir, ya que el propósito era relatar la muerte de Michel, de Jeanne y otros acontecimientos más.

            El laberinto del mundo, es en resumen, la historia de una mujer y del parte del mundo, un proyecto que se escribió durante veinticinco años, en donde nos demuestra que la vida es hermosa a pesar de las amarguras y sinsabores y que nuestro pasado, presente y futuro, son una misma dimensión a la que tenemos acceso si no lo proponemos.

 

 

El otro yo (cuarta parte).

Jonathan Alcalá

Si debo dudar de la memoria de las personas y tener como cierto que siempre habrá omisiones y añadiduras, ¿existe una certeza de que mis recuerdos sean precisos o también debo cuestionarlos? Una niña que camina apresurada en medio de una sala de estar es mi  evocación más vieja. Ella tiene el cabello castaño y con algunos rizos. Su rostro no me es permitido verlo, pero adivino que es blanco y sonriente. Veo sus brazos que se agitan al correr torpe y gracioso que tanto conmueve a los adultos. Tiene puesto un vestido blanco con pequeños lunares, no sé si azules o negros, la neblina del pasado no deja distinguirlos. Tal descripción coincide con el de mi prima Marisol, quien se fue del país cuando tenía tres años edad. Ahora sé que nació un mes y medio antes que yo, por lo tanto, mi memoria se remonta a cuando yo era un niño de menos de tres años. Recuerdo con nitidez mi primer día de escuela, incluso puedo decir el nombre de cada uno de mis compañeros de clase; tengo en mi mente las navidades que festejamos en casa de mi bisabuela y los regalos que estaban debajo del árbol luminoso. Recuerdo el embarazo de mi madre después de un viaje a la playa donde enterré un juguete debajo de un cocotero y no lo pude hallar después. La imagen de mi padre jugando entre las olas mientras mi hermana hacía un hoyo en la arena me provoca una nostálgica felicidad. Decir que recuerdo el sabor salado del agua marina podría ser una mentira, lo recuerdo porque conozco su sabor y la he probado en muchas ocasiones; tal vez de ese modo se construyen algunas cosas, toman como base un pasado remoto y las piezas que hacen falta son puestas a partir de un pasado menos lejano, tal vez la niña a la que hice alusión no tenía un vestido blanco con lunares oscuros, probablemente era azul o rosa, pero mi cerebro se las arregló para que la figura estuviera completa, a final de cuentas, ella es una persona real en un lugar que sí existió. El color de las paredes, los adornos del vestido y la textura de los muebles no son significativos, no en esta ocasión.

             Pareciera que existen dos yo, uno que habita en la plenitud del presente y tiene consciencia de su cuerpo en un lugar del tiempo y del espacio determinados; y otro que está en las fotografías, en la memoria de otras personas y en la propia. Ese bebé que llora casi de forma silenciosa y a quien no le gusta que lo abracen demasiado, poco tiene que ver con el adulto que ahora gusta de ser mimado a un punto casi ridículo; el niño que tiene una apariencia saludable, delgado y que su madre disfraza en cada cumpleaños, soy yo, sigo siendo el mismo, a medida que esta expresión es posible, ya que la huella del tiempo y los golpes de la vida y sus inevitables decepciones y sinsabores, así como las intermitentes dichas me han transformado en el hombre que soy ahora. Es casi imposible no sentirnos sucios y decepcionados cuando pensamos en el niño que fuimos. A menos que nuestra vida de adultos esté llena de belleza y sublimidad, en donde hayamos superado obstáculos y mejorado nuestra condición de vida, crecer es una derrota que aceptamos con naturalidad; no es complicado pensar que a lo que se refería aquel célebre judío cuando dijo que el reino de Dios es para los niños.

            Se le atribuye a Confucio la siguiente cita, “la tinta más pálida es más confiable que la memoria más brillante”. ¿Cuántos recuerdos y cuántas vidas han sido tragados por la oscuridad del olvido? Para aquellos que no tuvieron la oportunidad de imprimir su imagen en papel fotográfico y también los que nunca tuvieron como hábito el bolígrafo y el papel para escribir diarios y memorias, están ahora en un terreno relegado. Hay personas que pasaron por la vida sin pena ni gloria, tal vez existan reflejos e imágenes de su vida, pero en un sentido frívolo podríamos decir que mucha gente pasó sin dejar una pisada en este mundo, por lo menos, no una muy significativa. Amados en su tiempo, tal vez odiados, sucumbieron a la muerte e hicieron su parte al heredar al mundo otros individuos de carne y hueso cuya vida tendrá un destino semejante. No creo que sea malo no ser recordado o no poseer evidencia del pasado, es simplemente mediocre, y la mediocridad en ocasiones es cómoda, tanto, que se asemeja a la felicidad. No dudo que también hayan existido seres extraordinarios y no sepamos nada de ellos ahora, probablemente por lo anterior es que muchos notables han hecho un ejercicio de inmortalidad, en papel, lienzo o piedra, ya que los recuerdos y los sueños están hechos de una materia semejante, demasiado maleable para confiar en ellos como ya lo he mencionado. Pero el vestigio tampoco es sinónimo de grandeza, hay muchos retratos que valen la pena ser olvidados y muchos escritos que no merecen ser leídos, y contrario a lo que muchos freudianos defienden, hay personas, lugares, filmes, canciones, y eventos que no merecen un lugar en nuestra mente. Recordar todo sería abrumador e inútil, es verdad que hay emociones escondidas, tan reprimidas que son como un tumor que hay que extirpar, pero no todo es maligno ni necesario.

            Los adelantos tecnológicos ya no nos asombran como antaño, posiblemente es porque desde hace tiempo hemos descubierto que cada paso que damos no necesariamente es para mejorar las circunstancias de nuestra vida. Cada avance pereciera tener como destino el consumo y no el bienestar, y cuando lo segundo fuese el objetivo inicial, nuestra especie es experta en arreglárselas para usar la tecnología en perjuicio de otros. No creo que los hermanos Wright hayan inventado el avión con el propósito de dejar caer desde el cielo, pesadas bombas que pondrían fin a la vida de millones de personas. La era digital nos ha despojado del papel y la tinta, la fotografía es ahora diversión y vanidad, lejos de la solemnidad de aquellos retratos familiares a blanco y negro que nos parecen fantasmales, y lo son. El olvido  en teoría debería ser menos sencillo, los diagramas de la vida humana se trazan con relativa facilidad por medio de hábitos de consumo, gustos, opiniones e imágenes que nos dicen en donde hemos estado.

Por mi parte, veo mi vida como tres líneas próximas que rara vez se tocan una con la otra, en una me encuentro yo: lo que fui, lo que soy y lo que seré, con toda la complejidad que implica el “ser”, y en la otras dos, algo que se asemeja al reflejo que vemos en el agua de un río: lo que creo ser y lo que quiero ser.

El otro yo (tercera parte).

Jonathan Alcalá  

           La imagen que veo en el espejo me dice lo mismo que el escudo de armas que probablemente perteneció a mis antepasados. Y es que nos aferramos a nuestros apellidos como si de ese modo mantuviéramos contacto con el pasado que se ha diluido en el mar de la vida y la muerte. Tomamos un hilo de sangre o su representación, del enorme telar que forma nuestra especie y eso nos da un poco más de seguridad, en la mayoría de los casos, saber sobre el pasado o creer que saber sobre él, se limita a alimentar la vanidad. Nos equivocamos al respecto, ya que sólo conservamos el tallo que representa el apellido paterno, dejando en un segundo término el nombre de nuestras madres y abuelas, como si nos importara más Adán que Eva, pero la mitad de los cromosomas que se enredan en el centro de nuestras células no es suficiente, así que  a pesar de poder conservar la noción de nuestra genealogía, en realidad desconocemos los cientos de antepasados que forman la inmensa red que bien podríamos llamar familia.

           Pensar en las generaciones me da vértigo; pensar en los innumerables ciclos de vida ininterrumpidos que hacen posible que yo esté aquí y ahora, me hace sentir como un minúsculo ser en medio de la totalidad. De tantas tribulaciones, matanzas y migraciones que padecieron otros como yo, algunos pudieron sobrevivir a las guerras y los naufragios. Me gusta pensar que en un momento de la historia, un hombre o una mujer que llegó en un barco hasta este nuevo mundo, al poner sus pies en tierra firme, puso también sus ojos en una mujer o un hombre nacido en este costado de la esfera. El juego azaroso de las moléculas me ha conformado con la piel blanca, pero sé que una de mis tantas tatarabuelas tenía rasgos indígenas, vivió en la antigua Villa Rica de la Vera Cruz, antes que un joven capitán de caballería se la llevara consigo cuando apenas tenía trece años de edad. Hizo una cama con tablas de madera y paja en un vagón militar; mientras el convoy recorría el país llevando y trayendo soldados para restablecer el orden del estado, que no es más que el desorden que implica la inmensa riqueza de pocos y la pobreza de muchos, ellos unían sus vidas para concebir otras. Las guerras trazan caminos y destinos. También sé que mi primer apellido es célebre en personajes, nombres de calles y monumentos en España, pero eso no me convence de algo, nadie me garantiza que un polizonte no se adueñó de tal palabra una vez que se vio a salvo en los parajes del nuevo continente. Sobre mi segundo apellido, pasa algo semejante, la búsqueda superflua que hice me asegura que pertenezco a una notable familia de Burgos tanto como pertenezco a la idea romántica del español o la española que se enamoró con locura de la voluptuosa carne morena y los ojos negros de alguno de los habitantes originales de esta parte del mundo; probablemente la desnudez de ellos, su olor a hierbas y tierra, resultó sumamente seductor para esos aventureros llenos de ropas y mojigatería. El algún momento un primo de mi madre se dio a la tarea de buscar parte de nuestro linaje, halló que Millán, el segundo apellido de mi abuela (que por lo tanto, no lo conservo en mis documentos, pero sí en la sangre), es una castellanización de McMillan, una vieja familia británica que tejía faldas a cuadros color verde, y que por alguna razón uno de sus miembros cruzó el mar e hizo su parte en esta amalgama de sangre. Podría ser este, junto con los otros, uno de tantos hilos rojos que forman el nudo palpitante que está suspendido dentro de mi pecho, tal vez nunca lo sepa con seguridad, pero escudriñar el pasado me aleja más de la oscura y fría caverna que son la ignorancia y la indiferencia.

            Los recuerdos se heredan así como las enfermedades y el color del iris. He sido afortunado en ese sentido, a pesar de que no tenemos como tradición la longevidad, he procurado hacerme de los recuerdos de la familia que está a mi alcance. Algunos son memorias de segunda mano e incluso de tercera. La guerra de principios del siglo pasado, las muertes prematuras, los viajes y los distintos lugares donde se asentaron mis antepasados, son los temas que más sobresalen de las conversaciones que tuve con mi abuela y mi tía abuela. He propiciado dejar de lado las disputas y enemistades que surgieron por simplezas y malos entendidos, saberlo me ha posibilitado comprender ciertos distanciamientos, pero me enorgullezco de no ser partícipe de ninguna confrontación vulgar como una pelea de hermanos al grado de desearse la muerte. De por sí la vida se asemeja más a una batalla que a un idilio, nunca he comprendido la afición de algunas personas por hacer de las relaciones humanas un camino sinuoso y áspero. Nadie me garantiza que los recuerdos que han pasado a mis manos sean ciertos, las personas que pudiesen corroborarlos están ahora bajo la tierra o sus cenizas están en el mar. Ninguno de mis antepasados tuvo nunca una afición por la escritura, así que debo confiar en sus palabras, tomando como reserva esa tendencia que tenemos por aumentar y disminuir aspectos de la verdad. Los recuerdos son en ocasiones engañosos, quien cree que el pasado es estático se equivoca, depende del presente, es como una pintura que cambia cuando la vemos de distintos ángulos, se decolora y restaura también, nada es estático en este universo cambiante.

El otro yo (segunda parte).

Jonathan Alcalá

Intenté trazar en mi mente un retrato más preciso de mi padre, evoqué algunas pocas pláticas sobre su vida de soltero y pocas anécdotas de su niñez, le imaginé caminando por las mismas calles que caminó durante años, en el mismo vecindario que fue testigo de su llegada al mundo y de su partida, con la juventud puesta sobre su piel, como un traje que sólo el tiempo nos despoja; caminaba sin tomar de la mano al niño tímido que lleva mi nombre, ni del brazo de la mujer a quien llamo mamá. Fui más atrás todavía, lo vi subiendo los árboles en el enorme patio de la casa materna, árboles que conocí por sus retoños y que ahora no existen más que en el recuerdo, pude observarle haciendo bromas en la escuela, travesuras a un lado de su compañero Héctor, quien en ese momento no era más que eso, pero como el mundo a veces se comporta semejante a un lugar pequeño y caprichoso, su mismo amigo de la escuela sería después el tío de su esposa. Tuve una visión de cómo se las arreglaba para saciar su hambre a pesar del abandono de sus padres, trabajando aquí y allá después de ir a la escuela, cargado bolsos de las señoras de casa, llenos de vegetales y legumbres, lustrando zapatos, ganándose una moneda revendiendo refrigerios para los asistentes del Cinema el Roble.  Traté de fantasear con aquel encanto perdido que en más de una ocasión me dijo mi madre que tenía, sus detalles de conquistador, las canciones que dedicaba, lo espléndido que fue con la familia de su futura esposa; su estilo sobrio para vestir que llevó hasta que ya no pudo sostenerse por su propio pie. No me fue posible llegar muy lejos, cada parte de su vida que yo conocía era un pequeño fragmento del todo, casi insignificante, recorrer el sendero de su vida era una impostura, partía de nada o de casi nada; incluso desconocía si los episodios más emotivos y los más amargos que viví con él, significaron algo en su existencia.

            Mi padre fue un desconocido, abandoné la ocupación como arquitecto del pasado, pensé que las biografías estaban destinadas a otro tipo de personas, menos sencillas, menos ordinarias. El calificativo de “gran hombre” se aplica en otro tipo de hombres, no en gente cuya tarea es ser padres de familia y empleados de una empresa. Supongo que los biógrafos e historiadores cincelan con cierto idealismo las figuras que renacen en sus manos, las grandes lagunas que representan los episodios en los que no saben nada sobre el personaje, probablemente están llenas de suposiciones a partir de datos que se presumen como verdaderos, lo cual se entiende, yo mismo pensé en mi padre como un niño feliz y un joven fuerte, en ningún momento lo vi llorando, tampoco desanimado y triste en ese pasado que inventé. A pesar de que nuestra relación tuvo terribles episodios de distanciamiento debido a riñas escandalosas y sumamente violentas,  la muerte parece resarcir la vida perdida, sus desventuras, los defectos que odié, nuestros desacuerdos, el choque generacional que hubo entre nosotros, sus notables deficiencias como padre, lucen ahora más tenues,  el desagradable presente de antaño es ahora un pasado aceptable. Apreciar la vida es equivalente a apreciar el pasado, ya que el presente es sólo un instante que muere pronto, por lo tanto, debemos procurar hacernos de buenos recuerdos, eso es lo que llamo felicidad.

            Pasé de la construcción de una vida abstracta, a una que en teoría debía ser concreta, la mía. Esto sucedió después de escuchar la cinta que había conservado, por alrededor de dos minutos oí el intento de conversación entre mi padre y un niño pequeño, sospeché que se trataba de mí. Mi madre confirmó esto, no pude saber más al respecto, ya que ella conserva pocos vestigios de nuestra vida. Una enfermedad le arrebató muchos de sus recuerdos. Escuché mi propia voz cuando tenía dos años de edad, me pareció graciosa y dulce, podía ya entonces articular algunas palabras con cierta claridad, otras eran inteligibles, pero la risa es igual en todos los idiomas y siempre es contagiosa, me reí de mi propia risa. No me sorprendió no reconocerme, ya que incluso eso sucede cuando somos adultos, escuchar nuestra propia voz como la oyen los demás siempre es extraño, incluso, vergonzoso. El resto de la cinta estaba vacía, esos pocos segundos me dieron la oportunidad de conocer algo de mí que había olvidado, una de mis tantas voces. Hice uso nuevamente de las fotografías, me di cuenta de que mi pasado era igual de ajeno que el de mi padre, no podía dudar de que ese niño fuera yo, ya que al hacer eso debía entonces de dudar de todo lo demás. Aquel pequeño, de cabello castaño un poco más claro que el de ahora, de sonrisa fácil, capaz de ver todo con claridad sin necesidad de usar un par de anteojos, de piel tersa pegada a los huesos, era yo.

 

El otro yo (primera parte).

Jonathan Alcalá

“Vi todos los espejos del planeta y ninguno me reflejó.”

Jorge Luis Borges. El Aleph.

Después de su muerte, tuvieron que pasar treinta y tres días para poder entrar a la habitación de mi padre sin sufrir un ataque de llanto. A pesar de que su cuerpo había sido consumido por dos enfermedades implacables: el cáncer y la vejez, los meses de dolor y hospitales no fueron suficientes para tener lo que llaman: “una pronta resignación”. Sabía que él iba a morir, incluso antes de que enfermara, pero dicha certeza no hizo menos oscuro el camino, ni menos doloroso, la única diferencia fue que el cómo y el cuándo se habían reducido a unas pocas posibilidades.  Cuando comencé a desocupar el cuarto, me encontré con muchos recuerdos y con algunas cintas grabadas por él, una en especial llamó mi atención, llevaba por título “1986”, esto, para la obsesión y meticulosidad de mi padre, no decía mucho, así que la separé del resto con el propósito de escucharla después.

            Vaciar cajones y descolgar ropa de un armario no es un ejercicio sencillo cuando el viaje no tiene regreso. Acumulamos tantas cosas durante nuestra vida, que damos una tarea penosa y cansada a los que permanecen en el mundo material. El apego a las posesiones, así como el sentimentalismo, hacen que deshacernos del más mínimo objeto sea causa de culpa, como si insultáramos la memoria del ser querido al tirar lo que  no nos es útil, cosas que sólo sirven para abrazarlas mientras sollozamos o para acumularlas como acumulamos tantas otras, llenando repisas y libreros, cuando en realidad lo que queremos es aminorar el hueco que ha quedado en nuestra alma. No es que desconfiemos de nuestra memoria, simplemente creo que a veces queremos conservar algo que nuestra vista y nuestro tacto nos lleve de inmediato a la figura inmutable de los muertos.  No le veo algo de malo a conservarlas, pero hay una delgada línea entre la obsesión y el recuerdo que deseamos que permanezca tangible, a final de cuentas, el amor y la obsesión se confunden con regularidad, pero eso no hace menos cierto que el lujo más grande al que podemos aspirar, sea al poder prescindir de todo.

            Dos días me bastaron para separar aquellas cosas que quise quedarme y las que no, con una mezcla de sensatez y remordimiento, dejé para mí unas cuantas camisas, un reloj de pulsera, la mayor parte de las fotografías y la cinta que había despertado mi curiosidad. El resto, lo clasifiqué entre lo que pudiese interesar y no a la única hermana de mi padre con quien tenía contacto. Un eslabón suelto de una cadena de sangre que se había roto muchos años atrás. Agotado, pero satisfecho, me recosté en la habitación que ahora parecía un tanto vacía y donde se respiraba un aire cargado de una tristeza más sutil, casi imperceptible, semejante a una felicidad muy simple, esa que adolece de éxtasis. Observé las pocas fotografías de mi padre cuando era joven, lo amarillento del papel o la falta de color me hicieron pensar en una época muy distante a la mía, donde mi existencia no significaba nada aún. Pensé en mi padre como un hombre joven y atlético, bien vestido, impecable y alegre, un hombre al que yo no conocí, muy distinto al ser maduro que me engendró, mal encarado, poseedor de un cuerpo al que el paso de los años y los malos hábitos habían vuelto un tanto ancho y laxo, un cuerpo que el cáncer carcomió en apenas dos meses y cuya morada es ahora una inmóvil sepultura bajo la tierra. Cuando yo nací, él tenía ya treinta y cinco años, si a eso añadimos que la primera etapa de nuestra vida carece de una conciencia tal cual la conocemos después, mi padre tenía alrededor de cuarenta cuando le conocí. Su juventud había transcurrido ya y estaba lejos de mi alcance, tuvo para mí un rol único e inamovible, una superficial dinámica de padre e hijo, alejados por su trabajo diurno, nuestro carácter y mi costumbre por apresurar la noche y dormir temprano, casi cuando él llegaba a casa.

 

Oscar.

Jonathan Alcalá

En el verano del año dos mil yo tenía dieciséis años y cursaba segundo semestre de bachillerato. Estaba en una modesta escuela privada, ya que no aprobé el examen de admisión de una universidad pública. A pesar de que es inútil pensar en el pasado imaginando cambiar un hecho para fantasear con las infinitas posibilidades del presente, es algo que hacemos a menudo; el fracaso de mi primer intento por estar en una escuela pública se convirtió en un triunfo que cambió mi vida. Sólo por eso, no cambiaría nada de dicho pasado.

            Era poco después de las nueve de la mañana, la clase de matemáticas estaba por comenzar. El profesor llegó con el ceño fruncido y un poco más irritable de lo acostumbrado, formuló preguntas que todavía tiene eco en mi mente: “¿Alguien ha leído La Divina Comedia?”. Silencio, ninguno de nosotros sabía de qué estaba hablando. “¿Alguien de aquí ha leído un libro de literatura?”.  Los casi treinta alumnos que estábamos frente al maestro no pudimos contestar con una afirmación. “¿Alguien sabe cómo son los excrementos de los conejos?”. Más de uno sabíamos la respuesta. Algunos la dijeron, yo me quedé callado. Esa pregunta y su respuesta abrieron todo un tema de conversación en el aula de clase. Casi todos teníamos algo qué comentar respecto al excremento de animal, pasando por vacas, perros, cabras, palomas, etc. Y cuando ya no hubo algo que mencionar, el profesor dijo lo siguiente: “¿Ya ven? Yo sólo puedo hablar de mierda con ustedes.” Dichas palabras me llenaron de vergüenza, sentí como una especie de aturdimiento y el resto de la mañana no existe más en mi memoria. Cuando llegué a casa, lo primero que hice fue buscar un libro y leerlo.

            El Retrato de Dorian Gray fue mi primer acercamiento al universo literario, a pesar de que abrí el libro por vergüenza y por obligación, como una deuda para conmigo mismo, bastó leer las primeras páginas para darme cuenta de que me había perdido de algo importante. No podía creer que existiese tanta belleza, Oscar Wilde fue quien me empujó hacia el laberinto infinito de las letras, leer su obra fue todo un deslumbramiento, una revelación. A partir de ese momento mi vida dejó de ser mediocre. Encontré en Oscar una perspectiva distinta de las cosas y en el uso del lenguaje algo más que el camino para comunicarnos.

            Jorge Luis Borges dijo en una conferencia sobre James Joyce, que no ha existido un escritor que haya pensado y sentido tanto como Oscar Wilde, tal vez esa es la razón por la cual le encuentro en todas partes. Sus frases son tan precisas que no es difícil darles un sentido personal. “Un verdadero amigo te apuñala de frente”, es verdad, cuando me acosté con la esposa de un amigo, lo traicioné a sus espaldas, negando frente a él dicha sospecha, hacía tiempo que me había dejado de importar su amistad. “No hay nada como el amor de una mujer casada. Es una cosa de la que ningún marido tiene la menor idea”, una doble afirmación. Oscar poseía la capacidad de decir con simpleza y gracia, cosas sumamente complejas y de una pasmosa seriedad; “Lo único capaz de consolar a un hombre por las estupideces que hace, es el orgullo que le proporciona hacerlas”.

            A medida que me adentraba en la literatura, pasando de un autor a otro, Wilde se hacía presente incluso en otras obras. García Márquez lo menciona en El amor en los tiempos del cólera; Rosa Montero tuvo conciencia de la muerte cuando pensó que aquel autor de esos bellos cuentos ya no estaba más entre nosotros. Rubén Darío hizo su parte también; Borges tradujo al castellano uno de sus cuentos cuando apenas tenía nueve años de edad. El cine, con el filme “Wilde”, trató de transmitir con la mayor precisión posible el encanto e inteligencia de dicha celebridad, así como su esplendor y decadencia. Winston Churchill no dudó en mencionar a Oscar Wilde cuando se le preguntó con qué personaje le hubiese gustado conversar. Sus obras de teatro siguen siendo representadas una y otra vez, tal vez más que las de Shakespeare. La importancia de llamarse Ernesto está hecha para disfrutarse más de una ocasión. Sus cuentos me divierten y conmueven cada que los leo de nuevo; El fantasma de Canterville; El Ruiseñor y la Rosa; El gigante egoísta; son obras que llegaron demasiado tarde a mi vida, porque todo lo hedónico siempre llega después, nunca a tiempo.  De Profundis dio a mi vida y a mis emociones la claridad necesaria para para saber cuán desastroso puede ser el amor o peor aún, un capricho, “Una vez que lograste adueñarte de mi vida, no supiste qué hacer con ella. No podías saberlo. Era algo demasiado maravilloso para tus manos.”

            Mi vida, tan simple y uniforme como cualquier otra, comenzó a tener destellos de gracia cuando citaba a Oscar en mis conversaciones. Mis amigos y conocidos me hacían burlas amistosas en ocasiones, sabían que de un momento a otro iba mencionaría: “Oscar Wilde dijo…”. No creo que existía o existe una obsesión al respecto, pero sí una profunda admiración y un sentimiento semejante al amor. Porque a pesar de no conocerle más allá de sus obras y unas cuantas fotografías, así como algunos datos sueltos sobre su vida, Wilde es alguien que me ha acompañado durante muchos años, desde mi adolescencia hasta mi inmadura adultez. Semejante a una amistad íntima, con la ventaja de que él no puede decidir no ser mi amigo.

            Existes múltiples hechos que han marcado mi vida con respecto a mi autor favorito y yo, sobre esta relación entre Oscar y yo. Hace tiempo, mi amiga Elizabeth estaba de paseo por Dublín, se acordó de mí y fue a conocer la escultura de Wilde que está en su ciudad natal. Meses después, otro amigo mío, Fernando, estaba en París, fue a Père-Lachaise y me envió algunas fotografías de la tumba de Oscar Wilde, llena de besos, flores y cartas. Lloré, lloré mucho al ver el lugar donde están sus restos, su materia, lloré porque está muerto y porque sus últimos años fueron difíciles. Lloré al imaginarme ahí, hablándole, agradecido por su legado, desesperado por decirle inútilmente lo significativo de su existencia en mi vida, como artista, como maestro, como amigo.

            De todas las cosas que cambiaría de mi pasado para fantasear con un mejor presente, las que no alteraría son aquellas que me llevaron a leer El Retrato de Dorian Gray, ya que es un antes y un después en mi vida, un principio que no tiene fin.

Por donde rompen las olas.

Jonathan Alcalá

He vuelto a este lugar, las olas siguen cantando la misma canción desde hace siglos, el viento parece ser el mismo, tan lleno de añoranza. Volví envuelto en un cuerpo a punto de marchitarse, tan enfermo como mi alma. Y es que a pesar de la tristeza y desesperación, mi carne se mantuvo a flote aunque mi mente se hundió junto contigo. He venido otra vez, años después de que el mar se tragara nuestro hogar y al parecer, nuestras vidas. Me di a la estéril tarea de irme en busca del olvido, cruzando las fronteras inventadas por los hombres y cayendo en sopores cuyos sueños no eran mejores que la realidad. He vuelto porque me di cuenta de lo inútil que ha sido huir, estás en todos lados.

            A las pocas horas de tu partida, después de regresar del cementerio contemplé el suicidio como una posibilidad, sin embargo no fui capaz de tomar una cuerda y colgarme con ella, supe entonces que si no lo hice en ese momento, no lo haría jamás. Me convertí en un rehén de la vida, confundido como un perro extraviado, semejante a un huérfano a quien nadie reclama. Los júbilos se habían acabado, las risas y el placer adquirieron un desabrido sabor. Juro que todo esto no fue deliberado, intenté hallar la felicidad por todos los medios que se me ocurrieron, e incluso, quise dar la espalda a tu memoria y no pude.

            Se me aconsejó que buscara alivio a través la oración y la lectura, pero la mansedumbre nunca fue mi fuerte, menos aún la resignación. Lloré y hablé frente una silla vacía, me despedí decenas de veces de ti para aliviar mis emociones. Pasé horas arrodillado en la oscuridad, con mis manos juntas, palma con palma, vacías y solitarias. Una vez que creí haber superado la pérdida, después de caminar con lentitud los pasos del duelo, me alejé lo más posible de las costas. Quise que el sol que brilla sobre mi cabeza fuese de un color distinto al que conocimos tú y yo. Subí algunas montañas, caminé entre bosques que parecían tan inmensos como el mar. Vivía el silencio antes del temblor, la quietud que precede a la catástrofe. Sentí sobre mi piel el frío del clima y de tu abandono. Tus manos, cómo extrañé tus manos sobre mí, mientras estaba entre  pinos tu calor me hizo falta. Con ironía, tu ausencia física trajo consigo una presencia que me llenó de tormento. Puse empeño en arrebatarte los pensamientos que cada vez me pertenecían menos. Di la espalda al Dios que no respondió a mis plegarias.  Jugué el juego de la lujuria y el alcohol. Quise sanar mi alma por medio de los excesos del cuerpo, tratando de emborracharme con licor para poder escapar de la ebriedad que me causaba el eco de tu voz. El libertinaje no me dio la libertad que anhelaba, procuré rendir culto al placer y lo conseguí, por momentos de éxtasis grité como un hombre rebosante de vida, pero así como es efímero el orgasmo, así se esfumaba de mí esa dicha momentánea. Agotado como el endemoniado que lucha en un exorcismo, de esa manera padecí los finales de las largas jornadas en las que dispuse de muchas personas para perderme entre su desnudez. A media luz, cuando todos dormían, las sombras llenaban la habitación, tú eras todas y ninguna, supe una vez más lo terrible que es amar a alguien que ya no posee un cuerpo.

            Es verdad que logré tener períodos de paz, de silencio y de sonrisas. El mundo se transformaba mientras recorría sus caminos, escuché lenguas distintas a las que conocía, hablé con muchas personas, tomé brebajes dulces y amargos; me incliné ante otros dioses y tuve visiones que me llevaron a mundos diferentes que habitan dentro del nuestro; probé alimentos que sabían a la tierra donde caminaba, plantas y hierbas tan llenas de vida y de agua, comí carne que seguía agonizando, ese trueque de la muerte por la vida me pareció grotesco por vez primera, y cansado del género humano, de la violenta naturaleza y de los estragos de la civilización, me fui otra vez.

            Así como el hijo del hombre fue al desierto, me alejé yo también de la gente y sus vestigios, me aventuré a la soledad más profunda, sentí hambre y sed, y pasados cuarenta días y cuarenta noches, no fue el Príncipe de este mundo quien se manifestó, sino tú y tus terribles ojos negros. Me percaté de que la muerte era una dulce y lejana promesa, algo que no sucedería por mi propia voluntad, mi destino estaba trazado ya, por más que me moviera de un lugar a otro, estaba dentro de un círculo que nada  podía alterar. Fue entonces cuando tomé la decisión de volver al origen de todo, a los palmares donde nos conocimos, a la arena que servía de nuestra cama, donde yo recostaba mi cabeza entre tus manos y ponía mi oído pegado a tu pecho para escuchar ese latido que nos llenaba de vida. No me fue difícil invocar tu imagen, tú rostro seguía inmutable y el recuerdo de tu cuerpo provocó mi deseo.

            He vuelto a este lugar, tan lleno de ti como el resto de la tierra, pero con los olores y sabores que compartimos, con los recuerdos más precisos. He venido para morir por segunda vez, ignorando si una vez que mi materia sea devorada por el mar, mi existencia se dilate como la tuya, hasta ser infinita. Regresé exhausto, dispuesto a pensarte día y noche, hasta que estos se transformen en uno mismo.

Ella me envía gatos

Jonathan Alcalá

El mundo se ha vuelto pequeño, los muchos siglos que tiene a cuestas lo han convertido en una minúscula esfera que flota en medio de una inmensidad oscura que lanza destellos de luces de colores. Las distancias ya no son razones para no verse y conversar, para no sentir y conocer. Ella me envía gatos a través de una pantalla hecha de óxido de algún elemento de la tabla periódica, pero qué sé yo de esas cosas, lo que me interesa es compartir palabras y gatos; los hay de distintos colores: blancos, marrones, negros, pero me gustan más los grises, como su Luna, esa gatita coqueta y soberbia que parece que posa ante el lente de la cámara; tiene una mirada azul felina y un cuerpo delicado de elegante fiereza.

Me encanta leer sus “buenos días” y sus “buenas noches”, los saludos siempre me han parecido un hábito encantador, un detalle, una atención pequeña que logra grandes cosas; casi a diario me desea  un excelente día y una linda noche, no importa cuán terribles resulten las cosas, ella es una artista que dibuja sonrisas genuinas, esas que parecen un acto reflejo, como si me tocaran el alma para hacerme cosquillas. Observo sus ojos de color nocturno, sus labios húmedos por el rocío de la belleza eterna de los cuerpos vivos. Las miradas van a la velocidad de la luz, pero las palabras tardan un poco más; palabras y gatos con corazones rosados sobre sus cabezas, gatos moviendo las patitas, gatos verdes vestidos de frac y gatos grises agitando una cuchara dentro de una taza de café o de chocolate caliente; nuestras risas que viajas a través de ondas electromagnéticas, yo y mis citas de escritores, con comillas, tildes, puntos y comas, por amor a la precisión y a la pretensión. Nuestra plática que fluye como si no fuéramos dos perfectos desconocidos.

Ella y su nombre de origen griego, y es que de un tiempo acá lo que vino de Grecia acapara parte de mi atención, parece que ya lo han dicho todo y lo han dicho bien para colmo. Ella y el arte que está implícito en su vida y en su apellido; su recomendación de William Blake, los poemas y las pinturas que me provocan escalofríos; pero el juicio final se ve distante cuando mis ojos se posan frente a su mirada que no me ve, mirada teñida de  ausencia de color, mirada que debe interrumpirse para continuar con lo que llamamos vida, aunque siempre me las arreglo para leerla un poco, ya sea de pie, sentado o caminando; las distancias son pequeñas ya a esta altura de la historia, casi nada me impide sentir y pensar. Nuestro pequeño planeta gira solitario en medio de una multitud de estrellas y de otros planetas, mientras tanto, yo me regocijo con la compañía de alguien que veo a través de una pantalla que guardo en el bolsillo de mi pantalón, me envía gatos y  yo a ella; gatos blancos, marrones, negros, pero me gustan más los grises, como su Luna.

Equivocación metafísica; una meditación de Karen Armstrong sobre mythos, logos y religión

Jonathan Alcalá

Después de una larga ausencia (la ausencia siempre es prolongada cuando amamos algo), en esta ocasión cedo mi espacio a un texto traducido por F. Mifune.

Equivocación metafísica; una meditación de Karen Armstrong sobre mythos, logos y religión

El extraordinario y excéntrico énfasis actual en las “creencias” de la cristiandad es efecto de un accidente de la historia que ha distorsionado nuestra comprensión de las verdades de la religión. Llamamos a la gente religiosa “creyentes”, como pensando que el aceptar un conjunto de doctrinas fuera su principal actividad, y antes de comprometerse con la vida religiosa, muchos se sienten obligados a satisfacerse a sí mismos con las afirmaciones metafísicas de la iglesia, mismas que no pueden ser probadas racionalmente porque se encuentran más allá del alcance de cualquier dato empírico.

La mayoría de las otras tradiciones premia la práctica por encima de la ortodoxia del credo: budistas, hinduistas, confucianistas, judíos y musulmanes dirían que la religión es algo que tú haces, y que no puedes entender las verdades de la fe hasta que estás comprometido con un modo de vida transformador que te lleve más allá del lente del egoísmo. Todas las enseñanzas de las religiones de Dios —incluyendo las doctrinas cristianas de la Trinidad o la encarnación— básicamente son invocaciones a la acción. Pero en lugar de ser educados a actuar sobre ellas de manera creativa, muchos cristianos modernos sienten que es más importante “creer” en ellas. ¿Por qué?

En la mayoría de las culturas premodernas había dos modos reconocidos para alcanzar la verdad. Los griegos los llamaban mythos y logos. Ambos eran cruciales y cada uno tenía su particular esfera de competencia. El logos (traducido como “razón” y “ciencia”) fue el modo pragmático de pensar que nos permitía controlar nuestro ambiente y funciones en el mundo. Por lo tanto, el logos tenía que corresponder exactamente con las realidades externas. Pero el logos no podía calmar el dolor humano ni decirle a la gente de manera íntima que sus vidas tienen sentido. Por tal motivo, los griegos se volcaron al mythos, una forma temprana de psicología, con el que trataban los aspectos más elusivos de la experiencia humana.

Las historias de héroes descendiendo al inframundo no fueron consideradas principalmente como hechos “reales”, sino porque enseñaban a la gente cómo negociar con las oscuras regiones de la psique. En ese sentido, el propósito del mytho de la creación fue terapéutico; antes del periodo moderno, ninguna persona sensata pensó jamás dar cuenta exacta de los orígenes de la vida. Una cosmología era recitada sólo en tiempos de crisis o enfermedad, cuando la gente necesitaba un influjo simbólico de energía creativa que les trajera algo desde la misma nada. Así, el mytho del Génesis, sutil polémica contra la religión de Babilonia, fue un bálsamo para los espíritus lastimados de los israelitas que habían sido derrotados y deportados por las armas de Nabucodonosor durante el siglo VI a.C. No se le solicitaba a nadie que “creyera” en el mytho; como la mayoría de la gente, los israelitas tenían otro tanto de historias mutuamente excluyentes de la creación, y hasta el siglo XVI, los judíos no creían nada sobre inventar un nuevo mito de la creación que no guardara relación con el Génesis, excepto aquél que hablara más directamente de sus trágicas circunstancias del momento.

Después de todo, el mytho era un programa de acción. Cuando una narración mítica era simbólicamente reinterpretada, ello traía a la luz, junto con el interpretador, algo “verdadero” acerca de la vida humana y del modo en que la humanidad funciona, incluso si esta manera de ver, así como en el arte, no puede ser probada racionalmente. Si tú no has actuado sobre el mytho, éste permanecerá incomprensible y abstracto —como las reglas de un juego de mesa, que parecen imposibles, complejas, aburridas y sin sentido hasta que comienzas a jugar.

La verdad de la religión es, por lo tanto, una especie de conocimiento práctico. Como nadar, no aprendemos a hacerlo en abstracto, tenemos que arrojarnos en la alberca y adquirir la experiencia a través de la práctica esmerada. Las doctrinas de la religión son producto de observancias rituales y éticas, y no tienen sentido hasta que son acompañados por ejercicios espirituales tales como el yoga, el rezo, la liturgia y un modo de vida constantemente compasivo. La práctica experta en estas disciplinas puede llevarnos a un conocimiento íntimo de una trascendencia que podemos llamar Dios, Nirvana, Brahman o Dao. Sin esa práctica constante, estas palabras permanecen incoherentes, increíbles e incluso absurdas.

Pero durante el periodo moderno, el logos cientificista llegó a ser tan exitoso que el mytho fue desacreditado, el logos del racionalismo científico se volvió el único camino válido para alcanzar la verdad, y Newton y Descartes afirmaron que era posible probar la existencia de Dios. Algunos viejos teólogos judíos, cristianos y musulmanes rechazaron vigorosamente estas afirmaciones. Pero los cristianos aceptaron esta teología científica, y algunos se embarcaron en la predestinada aventura de transformar la fe de sus mythos en logos.

Fue durante el siglo XVII cuando la concepción occidental de la verdad se volvió algo más conceptual y la palabra “creencia” cambió su significado. Antes, bileve [origen del término anglosajón belief-creencia] significaba “amor, lealtad, compromiso”. Estaba relacionado con el latín libido [amor], y era usado en la Biblia del Rey Juan para traducir el griego pistis (“verdad, confianza, involucramiento”). Por ello, en demanda de pistis, Jesús solicitaba compromiso, no credulidad: la gente debía darlo todo a los pobres, siguiéndolo a él hasta el fin, y comprometiéndose totalmente con el reino de Dios.

Sin embargo, en el siglo XVII, los filósofos y los científicos comenzaron a usar la palabra “creencia” para señalar el asentimiento intelectual de una proposición más o menos dudosa. Y nosotros usualmente asumimos que lo “moderno” significa “superior”, y mientras esto sea así gracias a la ciencia y la tecnología, toda idea sobre la religión permanecerá velada para nosotros. En el pasado, la gente entendía que era imprudente confundir mythos con logos, pero hoy nosotros leemos los mythoi de las Escrituras con un literalismo sin precedentes, y junto con nuestras “ciencias de la creación” tenemos mala ciencia y religión inepta. La pregunta es: ¿cómo podemos liberarnos nosotros mismos de nuestro callejón sin salida religioso en el que entramos hace 300 años?

Texto original:

https://www.theguardian.com/commentisfree/belief/2009/jul/12/religion-christianity-belief-science