Author Archives: Marcela

Mis hilos rojos.

Marcela.

Mentiría si escribo que fui una niña típica porque no fue así; mi sed de protagonismo, desde entonces, ya era mucha y siempre buscaba destacar de cualquier manera. Y lo lograba.

En lo que sí era común, de las pocas cosas que recuerdo, era en eso del valor amistoso. Y es que cuando estaba en primaria nunca faltaron cartitas que intercambiaba con mis amigas. Creí que sería para siempre porque en el mundo rosa en el que -a pesar de ser yo- vivía, se estilaba ese pensar. No fue así. Mis mejores amigas de educación básica no sé dónde quedaron y a muchos ni siquiera los reconocería si los veo en la calle. Algunas veces han hecho reuniones de ex-compañeros pero yo no sé qué hacer con esa gente con la que dejé de interactuar y muchas veces no asisto, sólo tengo contacto con una y fue porque seguí viéndola hasta la universidad. Cambié yo, cambiamos todos.

Entrando a la preparatoria, cuando se supone las hormonas ya despertaron, comenzó mi vínculo con el sexo opuesto. Al principio creí que era a conveniencia, porque a los 14 era listilla todavía y hacía eso, y estar cerca y ser más afín a los hombres facilitaría si, más adelante, buscara un momento con alguno que me agradara. Funcionó de maravilla, pero no. Resultó que resulté buenísima para congeniar con los hombres porque eran más divertidos, menos chismosos, menos complicados y, creía, me evitaría envidias porque entre hombres eso no lo notaba; y así era, el problema eran los celos de las novias de con quienes me llevaba bien. De esa etapa sólo tres eran mujeres y, sino mal recuerdo, fácilmente tendría más de veinte hombres con los que podía contar si me quedaba tirada borracha en mis pininos de esos viciosos menesteres. De ese gran número de amigos, al momento puedo decir que me quedan tres o cuatro, y duele ver que la amistad no es para siempre -que no era como mi yo de 10 años pensaba- pero lo pasé.

Entramos a la universidad (dos en mi caso) y me volví más selectiva. Hombres también, siempre dos o tres amigas, no necesitaba más. Cuando más llegué a tener, amistades mujeres, fue en mi segunda universidad, donde no puedo negar que me divertí como chango en drogas pero sí, también cambiamos. Fuera de la escuela, a pesar de convivir mucho -aún sin estar en clases-, comencé a conocer gente con la que tenía un sinfín de cosas en común, con quien sentía conexión, con quien podía hablar de los temas que de verdad me interesaban y no los que ponían en el plato porque era lo que había. Estudié administración -carrera que odio por cierto- y de repente por azares del destino, me envolví en un mundo de estudiantes y egresados de humanidades y sociales. Dejé de sentirme rara por pensar por mí misma y poder compartirlo con otros que también se llegaron a sentir raros en algún momento, y sí, hice nuevos amigos. De la universidad rescato a cuatro personas a las que considero cercanos; a los demás los aprecio, los quiero, agradezco y estimo pero ya no somos lo que fuimos; los mejores amigos de cuando teníamos veintes siempre, pero en los treintas ese filtro se volvió poco poroso que no permitió pasar a muchos.

Entonces sales al monstruoso mundo laboral y te agarras fuerte de los que te son cercanos porque –como todo lo nuevo- tienes miedo; y vas renuente a encontrar personas que consideres valen la pena como para verlas fuera de lo establecido. Y pasan años y conoces y conoces, y cumples años y conoces; y dejas relaciones y conoces; y viajas y conoces; y entras a Internet y conoces; y los que fueron se quedaron en el tiempo en el que se conjugó el verbo fue: en el pasado, y vienen otros cientos, que pasan y se van, que crees que se van a quedar y se van, que no creías que estuvieran y se quedan.

Hace seis años aproximadamente, uno de mis mejores amigos que aún conservo, mientras estábamos en un coche comiendo un pastel entre tres y tomábamos leche, preguntaba cuánto creíamos que íbamos a durar siendo amigos, así como lo somos ahora -mucho más enredados y rotos, claro-, cuando lo hizo me puse a llorar porque creí que él no me consideraba suficiente como para ser amigos eternos pero tenía razón; la gente cambia, los amigos dejan de ser confidentes y se vuelven conocidos a los que quieres; el tiempo no perdona y hace notorias las cosas en las que ya no se es compatible, las hace notorias de manera gigante, hasta darte cuenta que ya no eres el mejor amigo de esa persona porque esa persona tampoco es quien fue cuando se divertían juntos. Y no es malo, son simples transiciones. Eres el mejor amigo de la Sandra de veinte años pero no sabes nada de la Sandra de 32, es normal y no es tu culpa; así como tampoco es culpa de Sandra no saber de ti porque no es obligatorio estar ahí.

Siguen siendo días difíciles y a veces no quiero escribir sólo por ser responsable pero invariablemente sale algo. Siempre he dicho que escribir me drena es como vomitar sin lastimarme la tráquea: me vacía. Lo anterior fue porque me sentí sola y me puse a pensar con quién cuento y con quién no, escuché una canción llamada “Los Amigos Que Perdí” y comencé a llorar no de tristeza, tal vez nostalgia y añoranza de tiempos mejores, sino porque me di cuenta que hoy tengo personas que yo no sabía que ahí estaban y saltaron por mí cuando me vieron cayendo; personas que quizá serán recordados como los mejores amigos de la Sandra de 32 y a los 40 ya no estaremos juntos, o quizá sí, cada vez nos volvemos más pasajeros pero, a su vez, más estables y cuidadosos para elegir.

Con los años, vas filtrando y depurando. La gente que te conoció de niña o adolescente, cuando eres adulto dice que antes no eras de tal forma pero no, simplemente no podemos ser los mismos que fuimos quince o veinte años atrás. Porque todo cambia y uno debe ajustarse o se lo come la vida y no al revés. Yo sólo puedo decir gracias a quien alguna vez estuvo conmigo y me permitió ser parte de sus memorias, porque citando porque, otra vez, no vaya siendo “lo bueno casi no se cuenta, pero cuenta mucho”.

Porque los hilos rojos que van de los dedos de las personas que he conocido a los míos pueden hacerse nudo, atorarse, estirar y aflojar, pero nunca se van a romper.

¿Y todo para qué?

Marcela

Mi papá hace unos meses hizo el horrible descubrimiento -para el adulto mayor- del botón compartir en Facebook. No sería tan fatalista por este hecho si hasta ahí hubiese llegado; pero no. A partir de ese día se dedicó a darle share a cada artículo que leía sobre medicina alternativa (probándola y poniéndose en riesgo, por supuesto); dignificación de las etnias; tumbar al gobierno (con la perspectiva de Aristegui y sus allegados: gente nada imparcial); y todo lo que yo, como Sandra, no soporto entre mis contactos de tal red pero ¿Qué haces cuando es tu papá al que lo muerde el zombie de la tecnología? Nada. Lo regañas y regañas y regañas para que no le dé aceptar a todo; que no crea todo lo que lee; que verifique primero la fuente (porque me tocó leer, incluso, fotos de niños que ya habían sido encontrados. De hace 5 años); que dale compartir para que los ositos polares se tropicalicen y puedan habitar en Zacatecas; y un etcétera muy largo. Como buen papá de 64 años, me ignoró y siguió haciéndolo.

No sé si fue la semana pasada o la anterior cuando mi mamá me comentó sobre un artículo que, supongo le mostró mi papá, sobre los nietos que son criados por los abuelos y no por los padres, como ‘se supone’ debería ser. En mi familia esta situación existe; recuerdo, de hecho, que alguna vez leí esa publicación que mamá mencionó, bajo mi juicio y dándole la razón a dicho artículo “sí, sí, a huevo, que los hijos no sean encajosos, que cuiden a los propios, que blahblah”, así fue pensando en el cansancio de mis padres… Hasta que vi a mi mamá triste porque me dijo que de “mensa” no la bajaban por cuidar a sus nietas. Le pregunté quién y me respondió “todos, hasta el internet”, luego se le quebró la voz y creyó que no me di cuenta pero comenzó a llorar. Se fue al patio a hacer cualquier cosa para que no la viera y ahí quedó.

Entonces la que lloró fui yo. Porque vi que me convertí en los que enjuician y lapidan porque algo no es como ellos lo harían. Del tipo de personas de los que no me importaba lo que pensaran; de esos de los que me daba igual si existían o no. Es horrible, por una parte, tener criterio.

Nunca pensé -cuando leí esa nota- en lo que mis papás piensan o sienten al ser figuras para mis sobrinas. Ignoré las caras de mis sobrinas al ver que mi papá llegaba por ellas a la escuela o cuando traía elotes (sus favoritos) al llegar a casa. Dejé pasar de largo los gritos y cantos de mi mamá cuando se pone a ver videos y a jugar con ellas. Olvidé y omití los detalles que los hacen sentirse niños que protegen pero se divierten a pesar de las tristes infancias que vivieron; el sentirse adultos funcionales; el sentirse productivos y hasta necesarios para el desarrollo de lo que más quieren.

También pensé en no sé cuántos artículos habré leído donde dan un punto de vista similar al mío; dándoles la razón, sin nunca detenerme a ver la parte acusada, o acosada. Como las veces que tildé de pendejas a las personas que estaban dentro de una relación destructiva y no salían de ahí, y una opinión de un post en el mismo Facebook me hizo pensar en lo cierto que es cuando una persona está involucrada en un ciclo de este tipo, porque es lo que conocen; porque están manipulados; porque son vulnerables; por N número de razones que no recuerdo bien. Y empecé a sentir vergüenza. Y culpa. Y no supe a quién más pedir perdón por mis comentarios de “mujer luchona nada dejada todas las puedo” que no debieron ser.

Y sigo leyendo, pero a conciencia; pensando y no acusando. Acusando y no externando. Sin dejar que mis piensos lleguen a expresarse vocalmente porque ya tengo 32 y es hora de medir mis palabras por muy cortitas que sean.

Tampoco este escrito tiene mucho sentido. O ya no sé, traigo la razón medio nublada pero creo que lo único aquí es pensar antes de hablar; y analizar si lo que se va a decir lleva algo bueno en él; sino ¿Como para qué?

En contexto de tecnología, aplico ya los changuitos de Whatsapp “No ver el mal, no oír el mal, no hablar el mal”.

“Si nosotros somos tan dados a juzgar a los demás, es debido a que temblamos por nosotros mismos” – O. Wilde.

Ah, sí. Por abrir CADA nota que leía en Facebook, el celular de mi papá tomó cientos de virus y ya no sirve, creo que no hay mejor moraleja de vida que esa.

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AMORES PERROS

Marcela

Hoy pretendí ser irresponsable y no escribir nada. ¿Por qué? Por eso; por irresponsable. Y por hastío, hartazgo, frustración, tristeza, apatía, decepción y un tumulto de sentimientos negativos que permití me llegaran a la vista, a los oídos, a mi corazón; en una palabra: todo mi ser, esto gracias a las hermosas redes sociales. Soy un blanco fácil vulnerable a todo lo que circule por la red. Porque creo que no terminé la telesecundaria y SIEMPRE veo lo que sé que me afectará; sí: porque el morbo es cabrón y yo demasiado estúpida al permitirlo poseerme.

Estaba tirada en jueves por la noche, a sabiendas de que me corresponde escribir los viernes. Viendo hacia el techo; pensando en todo y en nada (traducción: en lo jodido del mundo); desesperanzada, -como diría Girondo- con la lágrima viva, principalmente porque ya no le hallo a este mundo y me siento perdida desde hace varios meses. Minutos después, unas almohaditas se me trepan al estómago, una lengua empieza a lamer mi agua salada de las mejillas y ¡Kaboom! ¡Habemus tema!

Sí, lo que no me permite retirarme de internet, y muy descaradamente lo acepto: PERRITOS.

Y es que mi amor por los animales, muchas veces, sobrepasa el que siento por la humanidad. Tampoco me avergüenza aceptarlo.

Hace unas semanas, alguien en mi time line en Twitter, hablaba sobre cómo dormirían a su perro. Se me estrujó algo y la impotencia de no poder hacer nada, ni siquiera dar ánimos a esa persona a la que no conoces, con el paso de las horas se vuelve más grande.

El domingo pasado, Gene, el perro de uno de mis amigos, después de 14 años murió y, personalmente, fue una triste pérdida. Sin contar la pena de la familia de G y de él mismo. Nos quedamos -hablo en plural porque lo conocí también- con una despedida tranquila después de un tiempo de sufrimiento y dificultades para una vida plena.

En casa tengo tres perros, en verdad son de mi novio pero somos un tipo de familia y los quiero mucho. Antier, una amiga llegó llorando y uno de ellos no podía dejarla e intentar lamerle la cara, quería lágrimas; los perros aman los fluidos corporales, no los culpen si les dejan la puerta del sanitario abierta y cuando vuelven a casa encuentran un caos; es darle dulces a un niño diabético.

Mi feedback de Facebook y mi muro más que nada (he elegido bien a mis contactos), tiene al menos una publicación por día de algún animal haciendo el ridículo. O haciendo nada. Existiendo; siendo flojos, cariñosos, gordos, dormilones, torpes o respirando, siendo perfectos.

No han sido buenos días; ni semanas; menos meses. Aquí sigue sin llover más que en los ojos y yo estoy llena de todo lo malo que podría enlistar. Entonces necesito terapia de perro y vengo a casa de mis padres a abrazar todo lo que pueda a la mía, misma de la cual perdí derechos cuando me mudé de ciudad dos años y medio y decidimos que, por su bien, está mejor en donde la cuidaron en mi ausencia.

Mi esponja de penas, le digo. Es una french poodle ridícula, malencarada y desdeñosa, me hace todos los desplantes que puede pero nunca se aleja de mí. He llegado a pensar que en su otra vida fue gato, la verdad no lo sabría porque nunca he tenido uno. Ella llegó a rescatarme cuando, otra vez, hace cinco años estaba rota. Llegó por motivos que ya no me cuestiono, sólo sé que es lo mejor que me ha pasado en mucho tiempo. Sé que ahí conocí de verdad lo que es querer sin condiciones. Que siempre hay alguien que me espera sin importar mi humor o mis ganas de hacer explotar al mundo. Que no le importa si estoy desempleada, si he engordado, si el banco me llama todos los días, si soy la más perdedora de todo mi mundo porque para ella soy eso: su mundo, y parece que se divierte. En este momento la veo dormir y sí estoy loca pero no, no es mi perrhijo, es mi perra o yo de ella, ya no sé qué. Mi papá me pidió que le escribiera algo a mi perra pero no puedo. El sentimiento es tan grande que mi corazón se llena cuando le pienso; cuando la abrazo no existen preocupaciones y no tengo la cabeza en otro lado más que en sentir su corazoncito latir acelerado porque se quiere zafar de mi abrazo estrujante; de estar cerca de ese bulto de odio color mugre que me quiere de la manera más extraña que he conocido.

Estopa. La llamé así porque cuando la rescataron eso parecía, sin comer por dos semanas, temblorosa pero agradecida se volvió no sé si el centro, pero sí uno de los puntos más débiles de mi universo.

No, papá. No puedo escribirle algo porque no lo entiende y no hay letras que puedan expresarle todo el agradecimiento y el amor que le tengo. Me basta con verle sus ojos de botón y que se acerque a mí con la intención que le rasque detrás de la oreja. Me basta con saber que respira. Me basta con transmitirle tranquilidad y mucho, mucho querer. A veces me pongo más cursi que de costumbre y sí, no sé qué daría porque siquiera un día en su vida, tal vez previo a su muerte, todos los animales sintieran que alguien los quiso como yo a esa borla de desprecio que me espera hasta que apague la computadora para ir a dormir.

También vi el tráiler de “Hachiko”. Se cayó de mi librero “Tombuctú” de Paul Auster y recordé que presté “La Huella de Un Beso” y no me lo devolvieron.

TODO indicaba a que escribiera sobre perros. No. Todo indicaba a que escribiera sobre mi perra. O a que el humano no es humano sino hasta que le da cariño a un animal. O mis cosas de gente que come pasto y abraza árboles que quiere pensar que nos ayudan a ser mejores personas con su convivencia.

Hace un escrito se me criticó por lo que escribí y sin rodeos, me dijeron que no pasaría de ser una opinión del montón y sólo leída por mis 3 mil followers. No. Soy ordinaria, me encanta ser del montón. Y no, no soy escritora tampoco, no espero ser publicada ni encontrar el hilo negro de algún estilo literario o escribir el best seller, que se convertirá en película para adolescentes, en algún momento. ¡Vamos! Ni siquiera quiero dejar de ser medio anónima. Entonces no hay de qué preocuparse. Escribiría este párrafo al principio para que se evitaran tanto letrerío pero… Gracias por llegar a leer hasta aquí. Otro texto más que no tiene sentido porque así es la vida a veces, sin sentido.


“Como dijo un cachondo ingeniosamente a Willy en un bar de Chicago cuatro o cinco veranos atrás: -¿Quieres saber cuál es la filosofía de la vida que tienen los perros, amigo? Se reduce a una breve frase: Si no vale para comer ni para joder, échale una meada.”
— Tombuctú, Paul Auster.

Buen día.

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#LoveIsLove

Marcela


“Armados con la bandera del arco iris, símbolo de la diversidad humana, están revolucionando uno de los legados más siniestros del pasado. Los muros de la intolerancia están empezando a desmoronarse. Esta afirmación de la dignidad, que nos dignifica todo, nace del coraje de ser diferente”

Eduardo Galeano

En este lapso, entre un escrito y otro, donde se supone (sean o no admiradores, yo sí y es mi escrito por lo que me siento con derecho) la muerte de El Divo De Juárez, debió de haber -sí, más- llenado las portadas; las redes sociales; las páginas centrales de los medios impresos; los programas de TV abierta o de paga, entre muchos otros medios que no se me vienen a la mente. Me entristece, viéndolo desde un punto poco objetivo porque sí puedo decirme fan, que hayan bastado quince días para robarle reflectores, o atención, a quien más que todo -insisto: nos guste o no- se convirtió en un ícono de la cultura mexicana; la cultura pop y (no me linchen, que esto es lo de menos) un estandarte de la cultura gay y de la lucha por representar la identidad, sin ningún tipo de armas, más que con letras y comentarios elocuentes pero bien acertados “lo que se ve no se pregunta” de un hombre que vivió como quiso y, mejor aún, nos hizo vivir como a él le dio la gana. Hasta ahí, mis respetos y mi pequeño, pero muy sincero, reconocimiento a Alberto Aguilera.

No me permitieron que me metiera en otro cliché sobre temas de actualidad debido a la sarta de comentarios, unos más hirientes que otros; y digo hirientes porque más que lo genio o no musicalmente que haya sido, las fibras de lo sentimental se tocaron puesto que Juan Gabriel era el puente que lograba unir generaciones y llegó a ser la amalgama que une recuerdos de familias, amigos, etc…

Primero; un periodista/escritor, al que respeto mucho como tal, no tanto como persona, escribió una columna en Milenio llamada “No me gusta Juan Gabriel (lo que le viene guango)”, enardeciendo a la turba de admiradores que, muchos hemos equiparado al haber perdido a un Pedro Infante, estaban recién dolidos por la perdida de algo que, para unos más; para otros menos, marcó algo en la vida de aquellos que todavía le siguen llorando; los que le lloraron y los que nos escondimos para sollozar para guardar las apariencias. Dicho escritor emitió una serie de críticas, de opinión propia; sí, pero hirientes y despectivas hacia el recién fallecido Juan Gabriel, diría -otra vez- mi abuela “es que no se esperan ni a que se enfríe el muertito”, tal vez eso fue lo que más lastimó a gran parte de la multitud. En mi punto de persona razonable (haciendo mucho esfuerzo para no leerme fanática) puede darme coraje que se haya expresado así pero no es mi foco rojo; el que se haya asumido como clasista siendo director del canal de la universidad más grande e importante de México; sí. No otra cosa, no lo malentiendan y hay qué aprender a discernir, pero si representas a una institución como es la UNAM, pues creo que el saber cuándo y qué decir, sería lo más sensato ¿no?

Es triste que un funcionario, al aceptar el cargo y aunque no esté en alguna cláusula, deba saber que lleva implícito el que no pueda separar la opinión propia a la de la empresa/marca/institución que encabeza. Nos falta mucho para que el público aprenda a saber separar lo público de lo íntimo. En una entrevista con López Dóriga, Nicolás Alvarado, donde dice lo siguiente (cito, ya saben): “Me disculpo por haber publicado ese texto en ese momento, en esa oportunidad, fui insensible, fue cruel, fue naco, porque todos somos potencialmente clasistas y de eso se trata el texto, de descubrir mi clasismo, lamentarlo y exhibirlo”; nunca lo hace por haberlo escrito porque, nos guste o no, es su opinión y punto admirabilísimo para él, mismo que le aplaudo, es el haber renunciado antes de sentirse coartado respecto a lo que puede o no escribir, siendo ex-Director de TV UNAM, puede volver a lo suyo; no sé si todos felices y contentos, pero al menos, supongo, que él ya puede respirar a gusto, sin pensar en si puede o no escribir tal cosa sin importarle si afecta vulnerabilidades. Eso sí, bajó un poco de mi altar -como periodista cultural- desde que tuvo que explicar en vivo lo que quiso decir por escrito, y eso me deja mucho qué desear de la calidad como tal puesto que pongo en tela de juicio su capacidad para involucrar al lector en un texto sin necesidad de una cámara o un audio de por medio.

Segundo; en lo que se supone tendría que ser (no escribo yo; es mi fanatismo) la quincena; el mes; el año de Juan Gabriel, sale la cosa más espantosa que no creí haber atestiguado: la convocatoria a una marcha por la negación de derechos de igualdad y equidad de la comunidad LGTB por parte del Frente Nacional de la Familia, en mi hermoso país. Me provoca mucha pena que en 2016, sigan pasando estas cosas; en grandes urbes; con gente que tiene poder y que no sabemos qué puedan lograr. No sé si como humanidad, me provoca más tristeza que horror ver tanta intolerancia y discriminación hacia no hombres ni mujeres, sino personas, el género es lo de menos. Utilizan el HT #AMisHijosLosEducoYo y #NoTeMetasConMisHijos, entre algunos otros que he visto por ahí colados en las redes, menos relevantes pero no por ello menos peligrosos. Dentro de mis círculos, o no lo he visto, no he encontrado nadie que apoye dicha causa, mucho menos que asistirá a esa marcha y eso me hace pensar que las nuevas generaciones todavía nos vamos a educar mejor.

Y al Frente Nacional de la Familia sólo me resta decirles una cosa, en caso de que algún adepto llegara a leer esto: #NoTeMetasConMisHijos porque lo que menos quisiera es que tus vástagos se cruzaran con los míos; mucho menos tú.

Lo bueno de todo es que love wins y que love is love, y se chingan.

loveislove

Pronto lloverá en la milpa.

Marcela

Aquí voy a mencionar dos anécdotas en un sólo escrito, con el mismo fin, tampoco soy tan dispersa. O sí, pero no hoy.

1.

En días pasados, una persona en quien confío mucho profesionalmente, me envió un mensaje diciéndome que ahora sí comenzáramos a plantearnos un proyecto. Sin titubear le dije que sí. De ahí partió la plática que hizo que derive lo que viene en párrafos más adelante.

Mis padres son de rancho y eso se refleja mucho en la forma de cómo escribo, por lo tanto, será muy frecuente que me lean citar frases o dichos propios que quizá muchos no conozcan, pero ese tampoco es el punto. Decía mi abuela que no contara mis planes porque la envidia tiene oídos; porque se salan; porque la gente es así y uno muy escéptico a todo, más porque soy capricornio y no creo en cosas que no estén comprobadas por la ciencia, de cualquier modo se cuida y evita contar lo menos posible hasta que se concreta.

Nuestros mensajes son muy delatadores y ojalá nadie nos hackeé pero después de llover ideas sobre lo que queremos, y divagar mucho, llegamos a esa plática donde hablamos sobre lo celoso, egoísta e hijoeputa que es el mundo de las letras. Parafraseando a mi interlocutora, con comillas porque no vaya siendo, “Dante debió incluir al círculo literario como uno de los círculos del infierno”, debido a que aquí en Zacatecas, la élite dentro de ciertos medios, aquí apuntamos al cultural, es malditamente cerrada y si no eres de su agrado o no te consideran digno de ellos, simplemente, no funcionas. A pesar de que ella es licenciada en letras, lo reconoce. Y entonces vienen a mi mente todos los fuchis que he recibido de parte de ese gremio, y de todos los que no tengan qué ver con RRHH y administración, por ser una egresada del área económico-administrativa.

La experiencia más traumática en mi haber, fue un taller impartido por la UNAM (Versal), traído por el Instituto Zacatecano de Cultura donde había cupo limitado, yo me enteré por algún chismoso pero la convocatoria sólo se había difundido en carreras de humanidades de la Universidad Autónoma de Zacatecas. Debías mostrar currículum, portafolio (book) y carta de exposición de motivos. Lo hice, creí que no tendría oportunidad pero bendito lo que sea, me quedé. No lo creía pero no la rechazaba y ahí empezó mi semana tortuosa. Yo, Sandra, acostumbrada a que no me rechacen, a ser la graciosa, el centro de atención y a la simpatía de la gente; era la apestada del grupo porque ¿Qué tenía qué hacer ella en un grupo donde sólo había licenciados y maestros en letras y filosofía? ¿Cómo me atrevía a robarle el espacio a alguien a quien sí le competía ese taller? ¿Cómo es posible que me hubieran aceptado si sólo era una licenciadilla en administración? Y sí. A los 28 años por primera vez sentí el rechazo escolar; prácticas donde me tenía que acomodar el profesor porque nadie me juntaba en sus equipos; trabajos donde yo sólo tenía que presentar porque para eso había estudiado, sin tomar en cuenta mi opinión; minimización de mi intelecto porque ¿Qué iba yo a saber de tal autor si no lo había llevado en la retícula? Y, *inserte sonido del violín más pequeño del mundo*, lo que más me entristeció fue que en el convivio final, donde partieron un pastel y dieron postre, a mí, sentada entre otros dos del gremio, me saltaron y no me dieron mi respectiva porción. Así, como cuando eres el único al que no invitan al cumpleaños de Lupita cuando estás en segundo de primaria, así me sentí y fueron los hermosos, humildes, cálidos y humanos egresados de letras y filosofía los que lo lograron.

Terminó el taller y me sentí aliviada porque ya no tenía que lidiar con la tensión de sortearlos, esperando que diera una respuesta equivocada para comenzar a cuchichear. Una cosa bonita que hizo el maestro, porque siempre me veía sentada desde antes a la hora de la comida (comía sola *violín más pequeño, otra vez*), fue decirme que yo le gustaba porque iba en blanco, sin aspiraciones o pretensiones de querer sorprender a los demás. Y así lo era.

2.

Los recuerdos de Facebook me mostraron que, hace cuatro años, salía de una entrevista para una agencia cotizadísima en exDF para manejo de redes sociales. Aunque sólo iba por un par de meses a un taller de redacción, ahora sí aplica lo de “por diversión”, mandé mi currículum.

Recibieron casi 300 CV (o eso nos dijeron)
La vacante era para sexo masculino.
Pedían experiencia comprobable; yo sólo tenía algunos artículos de revistas de música que había escrito, Twitter y Blogspot.
Quedamos 17; 3 éramos mujeres.
El perfil solicitado era mercadotecnia/publicidad/comunicaciones/afines. Yo era la única administradora del grupo.
También era la única que no era del exDF, y egresada de escuela pública.
Fue la entrevista laboral más pesada, estresante y difícil que he tenido.
La paga, en ese tiempo, eran $22 mil pesos libres mensuales.
Salí fumando -yo no fumo- y con el cerebro al borde del colapso.

Mi tiempo de volver a Zacatecas había llegado y ellos no entregaron resultados cuando quedaron sino hasta dos semanas después, yo ya estaba en casa y un lunes, recibí la llamada. El puesto era mío.
No lo tomé por miedo, por sexto sentido, por tonta, por lo que haya sido. No me arrepiento, vinieron muchas experiencias que nada puede costearlas, ni esa buena paga de hace cuatro años.

PD. Hace una semana recibí una oferta de trabajo de $3 mil pesos mensuales aquí. En 2016. En donde estoy necia de querer quedarme. Por pura dignidad (y regaño de mi papá si lo tomaba) no lo acepté. Sigo desempleada.
PD2. Desde entonces respeto mucho a los CMs y creadores de contenido; también creo que, aunque soy buena, ya no quiero jugar a eso.
PD3. Que le digan que no, no implica que no se pueda.

A veces parece que todo está en nuestra contra; los NO van a inclinarse en la balanza y los NO PUEDO serán también pesadísimos; la presión social tampoco ayudará y, sin decirte nada, te susurrará que te rindas. Ignoren todo. Yo -ahora- quizá no tenga autoridad moral para darles ánimos porque estoy a punto de colgar la toalla pero todavía me queda algo que me dice que no es el momento. A veces es bueno tomarse un rechazo como personal para coger impulso. Podría escribir un libro de fracasos que no lo fueron pero ya después será.

“Ya pronto te lloverá en tu milpa, Sandra María”, dirían mis siempre sabios rancheros.

PD4. Todos somos geniales en algún aspecto, yo más, pero todos lo somos.

Díganle a Miguel Ángel Cornejo que ya me suelte y que me regrese mi amargura.

Lo bueno, lo malo y lo feo.

Siempre me tocan las fechas comunes que me hacen caer en los lugares más o menos iguales.

Otra vez luché conmigo misma para no escribir sobre Río 2016 pero la realidad v2.0 insiste en atacarme y, yo que soy tan fácil, me dejo enredar en los temas hasta que tengo algo que opinar. Que podría guardármelo pero no me caracterizo por eso y aquí estoy, quince días después escribiendo sobre de lo que más material tengo.

Ha habido N cantidad de personajes, accidentes y anécdotas durante la transmisión de los Juegos Olímpicos pero me centraré en lo propio; México.

Si bien sabemos que no somos un país que brilla por su desempeño deportivo, en ninguna de las disciplinas, independientemente si cuenta con apoyo ya sea de patrocinadores como por la propia Conade, considero pertinente aplaudir lo digno de; y escupir lo digno de, también.

Mi autoproclamación de opinóloga certificada, sobre cualquier tema, que me dan nueve años en Twitter, me permite expresar mi sentir, casi siempre (y espero así seguir) sin consecuencias, me lleva a mencionar lo bueno; lo malo; lo feo y las secciones que le quiera copiar a un programa de deportes que pasa -o pasaba- Televisa.

Lo bueno:

Los representantes de la Delegación Mexicana, incluyendo todas las disciplinas. Sí, aunque tiene mucha ventaja por sobre todas, también a los de futbol, que no sé si mandarlos al rincón una semana sin Nintendo por su desempeño mediero puesto que son los que más recursos reciben para su preparación al contrario de los demás.

El temple de Alexa Moreno, única representante de gimnasia, para no mandar matar (somos del norte; somos legión) al internet por algo que doy por hecho ya todos sabemos y mencionaré dentro de lo malo.

En serio, la paciencia y el amor a lo que hacen de la mayor parte de la Delegación Mexicana con todas las trabas que les fueron impuestas para hacer un buen papel. A los futbolistas no los junto en este párrafo porque no quiero, se lo merezcan o no.

Lo malo:

La ignorancia de, no generalizo, los mexicanos. Decirle a un gordo que es gordo no es malo, es la verdad; así como decirle a un imbécil que es un imbécil tampoco lo es si es cierto. El caso de acoso hacia Alexa se salió de la raya haciendo quedar como verdaderos idiotas, a quienes hicieron mofa de su complexión, en redes sociales. Incluso yo que sólo me he instruido por la TV sé que es normal desarrollar un cuerpo así. A lo anterior, se suma la dificultad de que ese deporte se lleve a cabo en nuestro país y no me refiero a la parte física sino a la falta de espacios, entrenadores, etc… Que posee. Un ejemplo cercano -y triste-; en mi ciudad no ha cumplido ni 15 años el lugar donde se puede practicar.

La falta de apoyo de parte del mexicano hacia el mismo mexicano. Ganamos; perdieron. Lo de siempre.

La logística. Halterofilistas sin uniformes; golfistas sin palos para practicar; gente sin madre juzgando lo que no sabe, en fin.

El apapacho a la selección de futbol.

Lo feo:

La Conade. La Conade. La Conade. La Conade. La Conade.

Lo negro:

La Conade.

Hasta aquí mi reporte. Mi respeto y admiración a todos los deportistas, menos que a los demás para los futbolistas pero también, que contra corriente deciden representar a un país que les pone más piedras que puentes para cruzar su camino; a pesar de una Comisión que sólo los reconoce cuando es tiempo de competencias; un pueblo que les da la espalda cuando no obtienen preseas y un sinfín de cosas que podría enlistar pero estamos en días de guarda y mejor no.

Y no te preocupes, Alexa, yo tengo 32 y nunca he podido dar una vuelta en el pasamanos.

De ladies y lords.

Marcela

Me negué hasta donde pude para subirme al tren de lo que está en boga -respecto a este tema porque siempre termino haciéndolo-. Ya saben, hay que manejar el tema de moda, el de actualidad; para la damita, el caballero, el niño, la niña y Estopa (mi perra).

Quise mantenerme al margen del tema “ladies y lords” porque todos, sin excepción, hemos tenido momentos de exasperación por algún mal servicio, mal trato y, ¿por qué no? mal rato, pero con esto de que el futuro ya nos alcanzó, todos los días me persigno para que no me dé por hacer un berrinche y que alguien más listillo que yo me grabe con su celular y me convierta en la nueva #ladydesempleada o algo por el estilo.

Dicen por donde quiera, incluso mis padres que están fuera de todo lo que tenga un on/off, que debemos dejar de engrandecer a los tontos, haciendo que otros -más tontos que ellos- crean que eso es lo correcto, ahí lo peligroso.

Retomo. Después de mofarme y hacer muchos corajes con un sinfín de ladies y lords que salían cada día, al fin hubo una que nos puso en el mapa. ¡SÍ! Zacatecas ya no es sólo la tierra de los migrantes, el frijol, El Perro Aguayo y Antonio Aguilar; también nos salió una lady que hizo que el público más joven asiduo a Internet buscara un mapa y ubicara nuestro estado: #LadyFrancesa.

Una señorita con un apellido pomposo de la sociedad política zacatecana, que hasta donde tengo sabido ya sólo le queda el apellido porque pocas, pero muy pocas mujeres quieren contender a esos títulos, mucho menos si pertenecen a las altas esferas locales, tuvo la gracia de -educadamente- invitar a la gente a no reproducirse si sus genes no son agraciados y no tendrán descendencia aria con ojos turquesa, puesto que la habían confundido en Colombia con una francesa porque creían que en México todos somos prietitos y feos. Y puede que tenga razón porque de hecho sí nos ven con sombrero y a caballo en el extranjero; el punto aquí es que hablamos de la reina de una de las principales ciudades del estado, una figura pública que, si tienes dos dedos de frente o algo de sentido común, debes saber que hay que cuidar lo que dices, lo que escribes y hasta lo que piensas porque a veces el cerebro no conecta con la boca y como dijo mi Cady ¡VÓMITO VERBAL!

(Hago un paréntesis, literal, en lo que a mí concierne, la señorita es simpática, amable y, hasta donde vi, nunca hizo un desplante o se portó grosera. Ni siquiera estoy poniendo, esta vez, en el ojo el tinte clasista o racista de la publicación por la que la atacan; yo voy por el punto de cuidar lo que dices y haces si eres un representante popular)

Si no mal recuerdo, @elgoberdezac (afamado personaje en Twitter y Facebook) fue el primero en subir la captura de pantalla haciéndolo viral; cayendo de inmediato en manos de El Deforma, sitio que bien deben ubicar si son adictos a la luz que emite el celular y la computadora. Sin nombrar a cientos de espacios que se dieron a la tarea de informar sobre esta simpática muchachita.

Aquí hay muchas cosas muy interesantes porque, si bien la señorita es agraciada -ahora-, en el momento del casting para pretender ser candidata a Reina de la Feria de La Virgen 2015, en Guadalupe, Zacatecas, como la mayoría, dejaba mucho qué desear. Estilo, gusto, ademanes, etiqueta, por decirlo burdamente “mundo”; tuvimos la fortuna de ver a las candidatas en bruto (tome como quiera esa palabra), sin pulir; sin saber pisar tacón, con raíces sin retocar, maquillaje excesivo y ropa desfavorecedora (para su cuerpo). Hago acotación en que yo no tengo autoridad en comparación de muchas que asistieron ahí pero esta no es una crítica a su físico, sino a la manera de manejarse.

Total, yo no sé qué haría en Colombia; vacaciones, está bien, es su dinero que puede gastar en lo que sea pero después de esto, decidió cerrar sus redes sociales y, espero, considere contratar un publirrelacionista que le ayude a dar send a lo que piensa (estoy desempleada, me ofrezco, mi reina). Y es que, como mencioné antes, el problema no es hablar o escribir tontada y media, yo lo hago todo el tiempo; el problema es que -quiera o no- es una soberana (de feria regional, pero lo es) y debe tener cierto recato porque vivimos en una época donde lapidan a la primer provocación.

En cierta parte, es triste, porque en mis tiempos, sí, en mis tiempos, hace unos años, el concepto de lady o lord eran dignos de ser honrados y no para hacer burla de tan elegante nombramiento; quedando en el anonimato los que de verdad merecen ser reconocidos gracias a lo efímero que se le ocurrió hacer a otro.

A mí Chabelo me dijo que en el reino del revés nadaba el pájaro y volaba el pez pero nunca mencionó que una lady sería famosa por alguna grosería mientras los admirables observan cómo los primeros obtenían atención de los reflectores, aunque fuera por una semana. Ni te has muerto, Chabelo, pero estoy enojada porque no me explicaste bien.

lady

Umberto Eco dijo lo siguiente y aunque ésto puede ser un arma de doble filo (des o informar), sí me provoca algo de temor:

“Las redes sociales le dan el derecho de hablar a legiones de idiotas que primero hablaban sólo en el bar después de un vaso de vino, sin dañar a la comunidad. Ellos eran silenciados rápidamente y ahora tienen el mismo derecho a hablar que un premio Nobel. Es la invasión de los idiotas”

No es un escrito más sobre Pokemon.

La nostalgia vende y compra, pero nunca regatea.

Hace pocos días salió al mercado una de esas cosas nuevas -como diría mi abuela- “del diablo” llamada Pokemon Go. De inmediato salieron fans y detractores para hablar sobre los pros y contras de dicho juego. En un mundo donde el ser humano se está deshumanizando, un juego puso de cabeza a millones de personas, desplazando a los reyes del top respecto a actividad digital, pasando por encima de Facebook, Twitter y, gravísimo, Pornhub. Sí, ¡la gente dejó de coger por jugar Pokemon Go! Sin alguna estadística concreta o una fuente fehaciente, me atrevería a decir que quizá ha tenido que ver con el control de natalidad en los últimos días.

Alrededor de esto, veo/leo varios comentarios desagradables para mi percepción de los superiorcillos morales que comenzaron a molestarse por el auge de este juego sin tomar en cuenta siquiera las muchas de las virtudes que sacó a flote su exhibición; entre las más destacadas (que yo vi) saltaron títulos tan sencillos pero poco comunes como “la gente está saliendo a la calle a cazar pokemon (pokemones, dicen que no se usa en plural pero yo no sé cómo sea correcto)”; sí, están dejando el sillón para encontrar criaturitas digitales y, más o menos, están ejercitándose y ¿por qué no? dejaron de mirar para observar. Prueba de ello son las miles de capturas de pantalla que circulan por la red en situaciones chuscas y otras no tanto, sin contar los fotomontajes que nos han robado una que otra sonrisa. Otro artículo relevante -para mí y mi lado girly-, cursi, meloso y enternecedor, dejando de lado el cariño por algo que marcó la infancia de muchos, mencionaba que algunas personas habían hecho match con otros usuarios que hacían lo mismo, en distintas partes del mundo; esto es -imagino- como hallar un sentido de pertenencia para muchos que quizá no lo tuvieron en su debido momento encontrándolo varios años después; además de la empatía generada gracias a la afinidad que un inocente (y millonario) juego ha provocado. Entonces corrijo lo del párrafo anterior porque es posible que la tasa de natalidad no esté tan controlada y la gente vuelva a tener sexo para -en nueve meses- tener una historia qué contar sobre cómo lograron concebir gracias a que dos personas se toparon cazando el mismo Pokemon, platicaron y ¡pum! salió el bollo, mejor llamado bebé. Si así será: ¡felicidades a los papás de Pikachu Pérez Ramírez!

Como si fuera poco el costal de nostalgias que nos han estado lanzando a los consumidores que sólo necesitamos una dosis de ohsweetchildo’mine para sentirnos mejor en cualquier momento de nuestra vida, porque no sé ustedes pero mi mejor época sí fue la infancia, aparte de la sarta de películas para amantes de los comics y caricaturas de los noventa, hace unas horas (hoy, 14 de julio del 2016) Nintendo dio la noticia de su lanzamiento al mercado -noviembre para ser exactos- del Mini Nintendo Nes con los que, también, saltan esos a los que nada les cabe para alzar su puñito al cielo gritando en contra del consumismo y los buitres de la nostalgia que se aprovechan de los adultos que añoran sus lugares felices dentro de tanto tiradero que traemos en nuestros existencialismos mileniales.

En fin, yo ni fan de de Pokemon era pero es hermoso verlos emocionados por algo que los hace disfrutar y olvidarse un rato de lo que sea que les aqueje. Es cosa de que regrese el Micro Hornito, pero el bueno, el de antes, no el que tienen mis sobrinas (que nunca me trajo el maldito Santa) para que mi cara de emoticón feliz esté completa. Mientras tanto, relájense, disfruten y recen porque vuelva lo que les gustaba antes de que la amargura y el pensar consciente y maduro se apoderara de ustedes, imaginen que sabe a casco de napolitano de Danesa 33 y listo.

Perdón, papá, por haber escrito coger y Pokemon en un mismo texto.

 

Y ya, vamo a calmarno.

Squirtle

El pasado, repasa

Marcela

Cuando tenía 17 y recién entré a la universidad, conocí a un tipo del que si no me enamoré, fue lo más cercano al primer amor que tuve. Él tenía 23 años y creo que eso era lo que más me atrajo; había vivido en otra ciudad con su pareja, le gustaba fumar marihuana, el blues y viajar de mochilazo, era todo lo que yo no era pero quería, en mi inconsciente, llegar a ser. Meses después iniciamos una relación sin ser -tradicionalmente- novios aunque nuestros círculos sabían que estábamos juntos. Me llegué a sentir soñada porque me convertí en la nonovia‘ del chico rudo que no iba con la moda de aquel entonces.

Todo iba bien hasta que un día uno de sus amigos llegó a preguntarme qué había pasado porque Omar era novio de X (así se llama) y sí, saliendo conmigo comenzó un noviazgo con otra persona. No recibí una explicación, sólo muchas disculpas años después.

En una de las edades más difíciles de una persona; donde no eres ni adolescente ni adulto y quedas en el limbo de las etapas, me vi enredada en una maraña de preguntas sin respuestas, inseguridades y de hubieras… Muchos hubieras. Fue entonces que empezó mi pasatiempo favorito. vomitar.

Siempre fui fácil de asquear pero al fin tenía un motivo, no lo busqué -a conciencia- pero fue tan fácil desayunar a las 10:15 am e ir a vomitar antes de volver al aula con la excusa de no ir al baño entre clases; comer, vomitar, comer, vomitar, comer, vomitar, hasta hacerlo de manera mecánica, sistemática, cíclica. Al año ya no podía dejar de hacerlo más no me hice caso, no me dolía nada, no me sentía mal a pesar de que dejé de reglar y se me caía el pelo y uñas; me sentía bien, sentía que me drenaba -literalmente-, que me purificaba cada que lo hacía, sin contar que tenía la falsa ilusión de adelgazar y ser más bonita (no hagan eso, no, ¡niñas, no!) porque creía que por eso se había ido sin decirme nada. Lo superé a él pero no mi problema que acepté hasta 9 años después. Así estuve de los 18 a los 21, luego mis papás decidieron llevarme a hacer estudios porque les parecía raro que vomitara tan seguido con el argumento -mío- de hacerlo sin intención, y así era, después de tres años ya era sin voluntad. Fueron las palabras mágicas de un médico que “me chantajeó” cuando pidió hablar a solas conmigo como, prácticamente, comencé a tragarme el vómito para dejar de hacerlo a cambio de no decirles.

Todo lo anterior sólo fue para estar en contexto y aunque quizá no sea correcto usar una historia tan personal para dar una lección de vida a los que están a tiempo, que prácticamente seríamos todos porque pasado tuvimos y futuro tendremos, entonces para los que vienen, vamos e iremos, escribo este texto.

Duré más de tres años haciendo como que no me hacía daño algo que sabía me estaba perjudicando, para ser honestos, yo no esperaba pasar de los 25 pero lo hice y a los 32 empiezo a pagar lo que debo. Hace tres semanas empecé a tratarme por colitis; malestar que provocó otra cosa que yo ni sabía que existía llamada esofagitis, la doctora nos dijo que había distintas razones por las que pasaba, entre ellas el vómito frecuente.

No me le escapé al pasado y casi doce años después, empiezan a repercutir mis nada sabias e inmaduras decisiones de mucho tiempo atrás. Duele mucho; duele todo. El cuerpo, el orgullo y hasta la cartera se lastiman por las consecuencias de lo que hicimos y creíamos que al tiempo se le olvidarían.

Omar nunca supo lo que una jugarreta de juventud me provocó; mejor dicho, me provoqué porque dejé que llegara muy lejos, pero así fue. Es mi pasado, que ya pasó pero no dejo de pensar en que la que hoy escribe será el pasado de la que no esté muerta en otros doce años y en pensar mejor mis decisiones y cómo pueden afectar a otros; toda acción tiene una reacción ¿a poco creían que la mariposa sólo aletea porque sí?

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Dato morboso: Omar dejó de disculparse a mis 26, un mes antes de casarse, cuatro años atrás le dije que lo perdonaba pero no volvía, hoy parece feliz con su esposa e hijos. No correspondíamos, eso es claro, sólo no se hicieron las cosas correctamente y nos jodimos un pedacito de vida.

Lullaby para desempleados.

Marcela.

Nadie dijo que sería fácil.

Pero tampoco nadie advirtió sobre lo complicado que sería pretender ingresar al concepto ya tan prostituido como es el “emprendimiento”. Y es que al menos en este huso horario, las oportunidades sino es que nulas, son escasas, cíclicas, donde las empresas que registran mayor número de fuerza laboral local son dependencias de gobierno y otras varias donde parafraseando a Arquímedes “dame una palanca y entraré a la UAZ, al IMSS, a la SEC o a cualquier delegación aunque sea por tres años “. Entonces quedamos flotando los que pasamos de los treinta años; los que alguna vez vivimos y trabajamos en otro lugar con mejor nivel de vida (paga); los que estamos sobrecalificados y debemos ocultar cursos y estudios porque somos un mal candidato para el monstruo de la rotación de personal en RRHH; los que no queremos una maestría de pretexto sólo para no comenzar a trabajar; los que queremos hacer un cambio, no sé si para el entorno o para nosotros mismos, pero no queremos quedar dentro del cliché del recién egresado aspirando a lo mismo -y de los que ya tenemos tiempo de haber salido del ilusorio y engañoso mundo universitario-, comenzando a buscar por nuestra cuenta crecer en todos los aspectos posibles que podamos abarcar.

Hace poco más de un mes, me crecieron las alas y me tuve que ir de mi anterior trabajo, aunque aprecio y valoro el tiempo que estuve ahí, sabía que ya no era mi lugar; y es que uno puede no saber a dónde pertenece pero siempre sabrá a dónde no. Me volví un número, parte no significativa, pero componente de una estadística del desempleo. Es ahí el momento que por más que duela; por más que te aplaste el miedo y la incertidumbre; por más que las inseguridades se apoderen de ti, sabes que debes de marcharte. Y me fui. Con el terror en un bolsillo pero la esperanza en el otro.

Ahí comienza lo feo. Despedirse de lo que sea siempre implica un duelo; esta vez era de un recinto laboral y alguna de su gente. Al principio me sentí liberada, como cuando te zafas de algo que te pesa y dejas de cargarlo, te sientes liviano y quieres correr y comerte al mundo. Pasando una semana -quince días a lo mucho- llega la zozobra de pensar qué viene, para qué eres bueno, para qué no y cuestionarte una y otra vez si lo que hiciste fue lo correcto. Después viene la tristeza, a eso que llaman burdamente “cuando te cae el veinte” de todo lo que ya no tienes; una rutina, un pago ‘estable’, para bien o mal (según tu carácter) la convivencia aunque había días en que no quisieras ni hablar con la pared, entre muchas otras cosas. Y para rematar: la desesperación. A quienes estamos acostumbrados al trabajo, nos resulta por demás difícil sabernos improductivos, faltos de talento, tristes, apáticos y una mescolanza de sentimientos negativos que no ayudan a convertirnos en el fénix que creíamos ser.

Nadie dijo que sería fácil. Pero pudieron advertirnos, acepto que el rodearme de gente que navega con la bandera del “sí se puede”, “todo es cuestión de actitud y perseverancia”, “lo logran los que lo desean” y demás frases motivacionales (te odio, Coelho) dichas por gente que vive de decirle a los que no han dejado el chupón -universidad en este caso- palabras bonitas sin un ápice de realidad, me hastió y logró bajarme más por no querer estar dentro de esos círculos, haciéndome creer que sin eso no podré lograr nada, puesto que al menos aquí, las mismas personas están en los mismos lugares; en términos anglos -no estoy de acuerdo con este exceso pero en mi entorno es lo que abunda- los wannapreneurs o peor aún, fakepreneurs. Si ven síntomas de esta fauna, cuéntenselo a quien más confianza le tengan. Y huyan.

Querer comenzar, saber cómo, con quién y por dónde es fácil; arrancar sin combustible no lo es tanto pero los perros deben seguir ladrando porque hay que cabalgar. El primer paso ya se dio, el propósito inicial (ser tu propio jefe) es lo que sigue. El autoempleo pinta de pesadilla, pero no es imposible.

“It always seems impossible until it’s done.” N. Mandela.

fake

Nota al pie: otra vez me tocó fecha cercana a una festividad, el día del padre en este caso, y me propuse no escribir sobre ello, pero no puedo dejar de agradecer -dicho sea de paso- al hombre de mi vida (Freud enloquece por lo anterior) y a todos aquellos que merecen ser llamados padres.

Por si mi papá llega a leer esto: nada de lo malo que me pueda pasar es tu culpa; ni la tristeza, ni la locura, ni la estabilidad, nada. Te adoro.