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El acoso y el autocontrol

Por F. Mifune

Aunque cada vez se ejercen más acciones contra el acoso sexual, aunque cada vez se endurecen más los castigos contra los acosadores y aunque cada vez hay más y más campañas públicas para combatir el acoso, éste continúa al alza, ¿por qué?

Vale la pena considerar que el problema del acoso sexual se está abordando de manera incorrecta en la medida en que no se penetra en el fondo de éste, sino que se anda alrededor de él y atendemos no las causas, sino las consecuencias. Separar a hombres y mujeres en el transporte público, incrementar los años de cárcel a los violadores, hasta la exhibición pública de los acosadores hoy posible gracias a las tecnologías de las redes sociales, son ejemplos de acciones emergencistas, es decir, de cuando las cosas ya pasaron, mas no las evitan. Se ha hecho, pues, con el problema del acoso sexual algo parecido con lo que se hiciera con una persona alcohólica al amarrarle las manos y sellarle la boca con cinta adhesiva: lo contenemos, no bebe (mientras no se suelte) pero, evidentemente, no se le ha quitado el alcoholismo por convicción propia.

Se dice, y con justa razón, que lo que hace falta es mayor educación. El problema es saber qué clase de educación se necesita para educar en hábitos e ideas contra el acoso sexual. Valdría la pena considerar que los hábitos e ideas que se necesitan para educar contra el acoso están profundamente relacionados con nuestra capacidad de controlar nuestras apetencias corpóreas. Buena parte del problema del acoso sexual radica en que el acosador es una persona que no puede contenerse y se lanza, física o verbalmente, contra su víctima. No sabe contener su mirada o sus palabras, incluso sus manos, y se abalanza sobre su víctima con la única intención de satisfacer un deseo sexual que le surge en ese momento. Es peor si el deseo no la surgido en el momento, sino que viene arrastrándolo de tiempo atrás, sin abandonarle, al grado de hacerle planear una violación.

Este problema, el problema de la falta de control sobre los deseos del cuerpo, ha acompañado a la humanidad a lo largo de su historia. Precisamente porque es un problema ancestral, la humanidad ha buscado medios con los cuales combatirlo, lo cual se hace evidente al repasar las acciones que las diferentes sociedades y culturas han realizado para contrarrestar el deseo de satisfacer los caprichos del cuerpo.

El testimonio más remoto y más claro de la lucha contra la necesidad de satisfacer las apetencias corpóreas lo encontramos en la lírica griega. Los antiguos griegos se servían de sus poemas y tragedias para educarse en el arte de contenerse. Un ejemplo elocuente de la educación en la continencia es el de la anécdota de Odiseo y las sirenas. Las sirenas de la isla de Artemisa tenían un canto que embrujaba a los hombres y los raptaba para que se quedaran hasta la muerte ahí en la isla. Odiseo, quien tenía que pasar su barco cerca de la isla de las sirenas para poder llegar a su casa en Ítaca, pidió a su tripulación que todos se taparan los oídos con cera y, también por voluntad propia, pidió que lo amarraran fuertemente a él con un lazo, para que no pudiera dirigirse al llamado de las sirenas. Al pasar cerca de las sirenas, éstas cantaron, pero Odiseo no pudo acudir a su encanto, pues estaba fuertemente atado. De esta manera Odiseo aprendió (y con su historia enseñaba) que el ser humano es débil contra los deseos placenteros del cuerpo, pero muchas veces es mejor pelear contra dichos deseos.

También los griegos antiguos tenían en la filosofía herramientas para educarse en el control de los placeres corpóreos. Aristóteles, en su Ética a Nicómaco, aborda largamente el problema de la akrasia, es decir, el problema de hacer algo que sabemos que no debe hacerse, pero aun así lo hacemos. Aristóteles discute el tema de la incontinencia, y habla de modo específico del incontinente con los placeres del cuerpo, opone la incontinencia con la templanza, lo que le lleva a juzgarla como un desequilibrio, algo propio de un vicioso. También Platón alude al problema de los placeres corpóreos en diversos momentos de su obra, pero, curiosamente, lo aborda no con argumentos racionales, sino con construcciones poéticas. Uno de esos momentos es el mito del carro alado, en el diálogo Fedro, donde propone que el alma humana es como un carruaje conducido por dos caballos, uno de ellos busca ascender hacia las cosas elevadas, a las que otorgan verdadera felicidad; el otro busca a toda costa satisfacerse de las cosas bajas en la tierra, entre ellas los placeres de la carne.

En general, para la filosofía griega la satisfacción incesante de los deseos corpóreos difícilmente podía conducir a la felicidad, pues, para decirlo con las palabras de Sócrates, el cuerpo es como un tonel sin fondo, al que una vez que le ofrecemos un placer, va a consumirlo a la brevedad y va a querer otro, y otro, así en una incesante persecución por más y más placeres. Hasta el filósofo por excelencia del placer, Epicuro, reconocía que los placeres tenían jerarquías, y entre los más altos estaban el de la amistad y la conversación, dejando en segundo término los placeres del cuerpo.

A la entrada de la religión judeocristiana al mundo, la teología también buscó modos de evitar la desenfrenada persecución de los placeres corpóreos. Desde Agustín de Hipona (Confesiones) hasta Tomás de Aquino (Suma Teológica), la búsqueda incesante de los placeres fue rechazada. El giro entre el pensamiento antiguo y el pensamiento teológico con relación al control de los deseos radica en la entrada de la fe: mientras que los antiguos aprendían sobre el autocontrol razonando los argumentos de la filosofía, o bien imitando constantemente las lecciones de la poesía hasta llegar a hacer un hábito moderado, la sociedad judeocristiana introdujo la fe y la autoridad para ayudar a las personas a conducirse en el autocontrol, pues si no entendían las ventajas de éste (con filosofía) o no eran capaces de imitarlo (como en la poesía griega), tenían la autoridad de Dios a la cual bastaba obedecer para saber que estaban haciendo lo correcto al practicar el control sobre los deseos del cuerpo.

La modernidad, que podríamos decir que comienza con René Descartes, arriba entonces y trae consigo ciertas paradojas que afectan crucialmente en la educación sobre el autocontrol. Por una parte, filósofos como Nicolás Maquiavelo (El Príncipe) y Thomas Hobbes (Leviathan) formulan que la naturaleza humana es egoísta por naturaleza, lo que explica por qué las personas buscan sin cesar el cumplimiento de sus deseos. Por otra parte, los ilustrados como Immanuel Kant (¿Qué es la ilustración?) argumentan que se deben buscar los fundamentos del actuar humano sólo y únicamente en la razón, evitando acudir a principios que estén más allá de la razón, como en la poesía, la autoridad o la fe.

Así, pues, la modernidad y la ilustración inauguran una contradicción inédita, es decir, la contradicción entre la naturaleza humana egoísta y la razón como fundamento exclusivo del actuar humano. Si, por una parte, es natural que las personas quieran satisfacer los deseos del cuerpo, y, por otra, la razón, mi razón en particular, no me llegara a ser suficiente para conducirme de manera respetuosa con mis semejantes mientras satisfago mis deseos, ¿entonces qué se debe hacer? La solución del pensamiento de la modernidad (específicamente del contractualismo) es el uso de la fuerza. Prácticamente todos los filósofos de la modernidad, (Maquiavelo, Hobbes, Montesquieu, Locke…) apoyan el uso de la fuerza del estado y castigos duros para aquellas personas que pretendan pasar el límite mientras buscan satisfacer sus deseos. Pero, ¿esto realmente resuelve el problema del incontinente? ¿No habíamos quedado en otra cosa con el ejemplo del alcohólico? ¿No hablaban los fundadores de la modernidad de no hacer las cosas sino por medio de la razón? ¿Es la fuerza una solución racional?

A la contradicción anterior hay que sumar el problema que inauguran Freud y la revolución sexual. Sigmund Freud es el primer pensador que relaciona explícitamente la sexualidad con la naturaleza humana. Si bien los pensadores de la modernidad ya indicaban que es natural que el ser humano busque constantemente satisfacer sus deseos, Freud subraya el tono sexual que estos deseos tienen. Así, pues, con Freud el argumento de la modernidad se hace más específico: es natural que el ser humano busque satisfacer sus deseos sexuales.

Las ideas de Freud, aunadas al espíritu de revolución que circulaba el mundo a finales del siglo XIX y principios del XX (efecto del pensamiento marxista), dieron paso a la revolución sexual. La revolución sexual implica, entre otras cosas, que, dado que la sexualidad y los deseos que ésta incita en el ser humano son naturales, todos somos libres de vivir nuestra sexualidad según nuestros propios deseos siempre que estos no molesten a terceros. Así, como heredera del pensamiento moderno e ilustrado que es, la revolución sexual echa abajo toda comprensión de la sexualidad (ya sea religiosa o considerada moralmente caduca) y apela a la razón como fundamento del comportamiento sexual.

Sin embargo, la contradicción entre la naturaleza egoísta y la razón no ha sido resuelta, y sobre esa contradicción se levantó la revolución sexual. De este modo, se establece una paradoja en el mundo moderno: se tienen los derechos de la revolución sexual, pero no se tiene la educación para saber usarlos. Por una parte, se proclama que las mujeres tienen derecho a vivir su sexualidad y todo lo relacionado con ella de la manera que ellas decidan; por otra parte, desde la modernidad quedó pendiente la solución ante el problema de la incapacidad de la razón (al menos en el sentido de que no todos tienen la misma capacidad racional para entender cómo deben comportarse con respecto a sus apetencias corpóreas). Esta paradoja se expresa en el mundo contemporáneo en diversos modos, por ejemplo, cuando las mujeres visten faldas cortas, pero se enfrentan contra un público nunca educado en los deseos del cuerpo, encomendado únicamente a su propia razón y que muestra, la mayoría de las veces, que su razón le es insuficiente; todavía es más grave en otros casos, por ejemplo, cuando una mujer sale de noche a la calle (¿no tendría derecho a hacerlo?), pero se enfrenta con un mundo sin educación en la continencia, acostumbrado al cálculo de ventajas y beneficios con un precario sistema de seguridad ciudadana al fondo (“nadie me va a descubrir, y si me descubren, mi vida no corre peligro, no pasa de que me metan a la cárcel, donde no estaré peor que fuera de ella, ¿por qué he de contenerme?”).

Los griegos tenían educación en la continencia (la poesía, el teatro griego, la filosofía), el mundo medieval también la tuvo (en la autoridad de Dios y la fe); incluso el mundo oriental tiene religiones, pensamientos y doctrinas populares que hablan de la conveniencia del autocontrol, (el budismo, el islam, el taoísmo, el Hare-Krishna, etc.). Nosotros, los herederos del occidentalismo moderno, estamos educados precisamente en lo contrario. Crecemos con la tenaz convicción de que no hay problema en perseguir y satisfacer todos y cada uno de nuestros deseos corpóreos, siempre y cuando no afectemos a terceros, pero nunca se nos invita a reflexionar en cuánto daño podemos hacernos a nosotros mismos. Por todos lados se intenta persuadirnos de que vayamos tras nuestras apetencias; pero, paradójicamente, también por todos lados vemos los efectos de esto: nos inunda la publicidad del alcohol, el refresco y el sexo seguro, al mismo tiempo que se hacen públicos los problemas que causan la diabetes, los accidentes automovilísticos por estado de ebriedad y los embarazos no deseados.

 

Imagen: mural “Círculo del infierno” en Egipto.