Category Archives: Arte

El adiós

LUIS IGNACIO ESCOBEDO

4 de febrero del 2017, ha sido la fecha elegida para poner punto final a una de las carreras más importantes del toreo en México. La historia de Eulalio López “Zotoluco” es y será una de las trayectorias más trascendentales del toreo contemporáneo. Trazada a base de esfuerzo, sacrificio, valor, poder y fidelidad a su concepto del toreo.

Ver decir adiós a un torero no es grato. Es una profesión en la que retirarse no da gusto. Independientemente del miedo, los sacrificios y las heridas, la cornada más grande que puede recibir un torero es aquella que lo quita  de torear, es esa que no es forzosamente física, pero produce más dolor, es esa que queda grabada en el corazón y no cicatriza nunca; me refiero a ese momento en el que te das cuenta que no puedes o debes seguir en activo, seguir toreando.

Enfundarse por última vez el traje de luces sintiendo esa sensación de despedida, esa que se siente cuando le dices adiós a tu ser más querido; quitarse de los toros, de los ruedos, del público, es quitarle el sentido a la vida misma. Ya lo decía David Silveti “Torear es una necesidad y vivir, una circunstancia”

No es lo mismo que cuando un abogado se retira de los estrados, ya que puede no hacerlo nunca, y el torero tiene que hacerlo cuando las facultades o las oportunidades se merman. El  abogado o arquitecto, pensó por mucho tiempo qué debía ser y después estudió para serlo. El torero nace torero y dedica la vida para serlo. Bueno, malo o regular, un torero está dispuesto a entregar la vida para la creación de un momento inolvidable en la mente de alguna persona.

Torero nunca se deja de ser, no es ex-torero, sino torero en el retiro, porque el torero así como nace torero, muere torero.

Conchita Cintrón publicó en 1977 un libro titulado “¿Por qué vuelven los toreros?” ahora mi pregunta es ¿Por qué se quitan los toreros? La respuesta a ambas cuestiones es básicamente la misma. Más allá del dinero, la fama, el protagonismo; porque aparte no todos los toreros consiguen esas cosas. El no dejar de torear o volver a torear, es por el hecho de sentirnos toreros, poder expresar de una forma lo que sentimos, tener esa subida de adrenalina que se vuelve adictiva. En pocas palabras es porque torear es vivir, y sin torear la vida no es igual. Un torero sólo se quita de torero cuando no tiene más remedio, cuando las facultades físicas ya no dan para más, cuando una cornada le limita alguna función motriz, cuando su situación profesional se encuentra mal y no tiene a donde orillarse, o bien, simple y sencillamente, cuando se pierde la ilusión, esa llama que motiva al torero a jugarse la vida.

Pero casi siempre, tarde o temprano, busca el modo de volver a sentir eso que se siente cuando se es TORERO.

Arquitectura y Bacardí

Por Andrea Mantecon

Para Claudia y su Bacardí,
para Edgar y su Mies Van der Rohe
y para Stephanie, mi cubanita preferida.

Estoy segura que la palabra Bacardi tiene aunada para cada uno una memoria distintiva, pero pocos saben que cada botella del suave ron que a muchos nos ha hecho pasar noches enteras bailando viene cargada de lucha por libertad, arte, arquitectura y sentir cubano.

La compañía, que ahora es la más grande empresa familiar de bebidas alcohólicas, fue fundada en Cuba en 1862 por Facundo Bacardí Massó, quien refinó la bebida preferida de obreros, marineros e isleños logrando un ron suave para todos. En 1868 sus hijos Emilio y Facundo apoyaron públicamente la insurrección independentista y Emilio, antiimperialista y progresista, después de varios encarcelamientos fue exiliado de Cuba por pelear en la armada rebelde en contra de España.

La primera pelea por la independencia cubana duró diez años y no logró su cometido, pero años más tarde en 1895 el pueblo volvió a levantarse en armas. Esta vez, Estados Unidos peleó también y Cuba logró la independencia de España. Los soldados americanos y rebeldes cubanos que celebraban en un bar tomando Bacardí bautizaron la bebida acompañada de refresco de coca como La Cuba Libre.

En la Cuba libre, Emilio Bacardí fue el primer alcalde republicano de Santiago de Cuba quien además de pavimentar gran parte del casco urbano y extender la electrificación ciudadana, impulsó fuertemente las artes, la literatura y la arquitectura.

La familia Bacardí conoció al arquitecto Mies Van der Rohe en 1929 en la exposición Internacional de Barcelona donde los dos ganaron premios, Mies por su pabellón y Bacardí por su suave ron. En 1957, el entonces presidente de la compañía José Bosch contrató a Mies para diseñar la oficina central de la empresa en Santiago de Cuba y una planta en la ciudad de México. Bosh le dijo al arquitecto que quería una oficina sin paredes, donde todos pudieran verse unos a otros.

En 1960 se desató la revolución cubana que buscaba derrocar a Fulgencio Batista quien había instaurado una dictadura militar. La familia Bacardí apoyó la revolución, sin embargo cuando esta triunfó y el poder comunista comenzó a radicalizarse, la relación del régimen con la familia Bacardí cambió. Al nacionalizarse las empresas, la familia Bacardí tuvo que exiliarse y encontrar una nueva ubicación para su sede central. El diseño del arquitecto Mies Van der Rohe no pudo construirse en Santiago de Cuba y fue años más tarde que un proyecto similar vió la luz en Berlín, y que ha sido aclamada por muchos como la obra maestra de Van der Rohe.

Bacardí logró conservar su marca internacional pero perdió fábricas y cultivos y la familia exiliada de Cuba, construyó oficinas en Miami, Bermuda, Puerto Rico y México, y en cada una manifestó su amor por las artes y por Cuba. En 1960 se completó el diseño de Mies Van der Rohe para las oficinas administrativas de Bacardí en México. El proyecto, un clásico del arquitecto es un volumen de cristal suspendido en dos grandes volúmenes recubiertos de mármol y columnas delgadas de acero.

Mientras tanto en Palo Alto, Puerto Rico el arquitecto cubano Enrique Gutiérrez y el puertorriqueño Luis Saenz le agregaron a las oficinas de Bacardí un pabellón de concreto soportado sólo en cuatro puntos para celebrar el centenario de la empresa. La delgada superficie se compone de dos paraboloides hiperbólicas que actúan de manera óptima estructuralmente. 

En 1963, Gutiérrez diseñó también el edificio de Bacardí en Miami que se ha convertido en uno de los íconos de la ciudad. El edificio presenta un mural pintado en las fachadas de azulejo por el artista brasileño Francisco Brennand y convierte al proyecto en una mezcla perfecta entre modernismo y artesanía.

Algunos años más tarde se agregó al primer edificio un segundo pabellón, un volumen suspendido en un soporte central con vitrales en las cuatro fachadas. Este pabellón, referido a veces como la cajita de joyas, es una continuación del maridaje de arte delicado y geometría moderna.

La familia Bacardí le dió a Miami uno de sus más bellos iconos, a México su único edificio del gran Mies Van der Rohe, a Cuba una lucha constante por libertad y al mundo le transmitió su amor por Cuba y la expresión. ¡Salud por las buenas noches de Bacardí y su legado al mundo!

La anatomía del duelo

Andrea Mantecón

El 13 de septiembre inauguró en Park Avenue Armory la esperada instalación de la artista Taryn Simon, en colaboración con Shohei Shigematsu, socio de la firma OMA, dirigida por Rem Koolhas. Simon, ha realizado extensiva investigación en temas como el poder de la estructura de la secrecía, la vulnerabilidad emocional, el exilio y la irracionalidad logrando desde su recopilación de información un entendimiento de la anatomía del duelo. Shigematsu en esta ocasión buscó dar forma a la arquitectura de dicho duelo, al escenario e instrumento en el que los dolientes pueden expresar sus lamentos. Como parte de la instalación, una serie de artistas al atardecer interpretan lamentos de distintas culturas.
Al entrar al espacio como un visitante, una escalera reducida en un costado del edificio lleva hasta una puerta elevada, de donde se accede a un espacio casi completamente oscuro. Una vez dentro pueden visualizarse 11 cilindros de concreto expuesto, con un corte sesgado en la parte superior y una pequeña apertura en la parte inferior. Aún sin saber la trayectoria de la artista, o el propósito de la instalación, la geometría de los elementos, su escala, su configuración y la iluminación hacen casi de forma inmediata que uno se sienta espiritual, abierto y de alguna manera expuesto, pero también diminuto. Unas escaleras en la oscuridad llevan hasta el centro de los cilindros que están dispuestos en medio círculo y a partir de ahí once rampas de concreto guían a los visitantes a cualquiera de los cilindros. Dentro de estos monumentos, a la altura de una banca, se encuentra una laja semicircular, donde uno puede tomar asiento por unos minutos o por un largo tiempo. Al voltear hacia arriba, y ver la superficie cilíndrica que se extiende hasta perderse, uno siente una protección y una anonimidad especial. La acústica del espacio alienta los lamentos, y aún sin saber nada de la exposición o de la artista, uno inmediatamente siente el deseo de gritar, de llorar, de rogar, de decir entre susurros o entre sollozos que uno ha pasado tantas cosas.

file_002

Entré ahí sin saber de la exposición lo que ahora sé. Me senté con el acompañante con el que iba y en cuestión de minutos, ambos habíamos dicho cosas profundas, de nuestra infancia, de nuestro pasado, de nuestros fantasmas. Miedos del futuro, y duelos del presente. Mientras los decíamos, uno a uno se iban absorbiendo en el concreto y acababan por esfumarse en la oscuridad. Protegidos por la geometría estuvimos unos minutos en silencio, casi como esperando que algún proceso finalizara. Antes de salir del lugar volteamos hacia atrás desde una plataforma y nos dimos cuenta que ahora, este monumento tenía para nosotros algo sagrado.

 

 

El pase de diapositivas requiere JavaScript.

De cosmovisiones y cortes de papel

Andrea Mantecón

Recientemente asistí al Museo de Arte Moderno en Nueva York para observar una exposición temporal de las obras de papel cortado de Henri Matisse. Estas obras fueron realizadas por el pintor en el final de su vida en lo que algunos medios han llamado el brillante capítulo final del artista. Eran realmente maravillosas. Al observar de cerca, se veían irregularidades en el papel causadas por la longitud limitada de las tijeras. Con estas irregularidades se podía casi sentir la velocidad del corte, la posición de las manos que detenían el papel y la intención segura que marcaba el camino de las tijeras, dejando también un poco a ambos, el papel y la herramienta, complementar el proceso.

La exposición me hizo pensar en que Henri Matisse, quien desde mucho antes de esta fase, dominaba con maestría la técnica de la pintura, decidió al final de su vida expresarse en una técnica que podría asociarse con niños pequeños. Y entonces, me pregunté lo que nos hemos preguntado todos alguna vez: ¿qué hace a esto arte a diferencia de los cortes de papel de un niño?

Hay miles y más respuestas a esta pregunta, pero ese día en el museo pensé en una. Una más. Pensé en el arte como la capacidad de ganar años, educarse en técnica y observar a la sociedad y aún conservar una cosmovisión pura y distinta a la de los demás. Pienso que todos nacemos con una forma distinta de ver el mundo que con el paso de los años, nuestras interacciones sociales y la educación que recibimos, se homogeneizan en una cosmovisión mayoritariamente compartida, y a veces, tristemente censurada.

Los niños, quienes tienen aún su cosmovisión pura, no tienen los conocimientos técnicos o la capacidad para expresar observaciones superiores. Y son los genios como Matisse o Van Gogh que han podido conservar intacta su cosmovisión y a través de la técnica que lograron dominar, expresarla, muchos de ellos viviendo en una dualidad entre ese mundo alterno y la realidad de los demás.

En el caso específico de los cortes de papel de Matisse, y que creo que se extiende a varias otras obras como los dibujos de Jean-Michel Basquiat o las obras de Dalí, creo que lo que lograron fue conservar su visión de niños, con su conocimiento técnico y su experiencia observando a la vida, y expresarse con la libertad de quien no se ha convertido en lo que los demás. Parece fácil, tomar unas tijeras y cortar flores de colores, sin embargo, al hacerlo, resulta verdaderamente difícil expresarse en bellas composiciones sin perder la sencillez de un niño, y más difícil aún hacer sentir a quien los ve, como niños también, asombrados y a la vez familiares con lo que ven.

0665ac4c9c7fd7377e3623f4aae1aff6

La definición textual de arquitectura dice que es el arte y la técnica de proyectar, diseñar, construir y modificar el hábitat humano. Arte y técnica. En el lado de la técnica, es lógico todo lo que hay que tener perfectamente resuelto, sin embargo en el lado del arte, es la capacidad de crear un mundo alternativo lo que hace maravillosos espacios, un mundo que va directo del espacio al corazón sin pasar por la cabeza, como estas obras de Matisse, y como los atardeceres de color rosa.

 

Escondites de sábanas

Andrea Mantecón

A veces pienso que los niños entienden todo un poco mejor que uno, que son a los que deberíamos de escuchar cuando estamos buscando soluciones a los problemas más grandes, y a los que deberíamos de observar cuando queremos respuestas de la naturaleza humana. Cuando se es niño, no hay nada más emocionante que construir un fuerte a base de sábanas, almohadas, escobas y demás objetos; apilar un montón de cajas cerca de una esquina y tener un rinconcito en donde esconderse a jugar; o construir una casita en el árbol a la que solo tienen acceso unos cuantos. Estas construcciones protegidas de los adultos y demás invasores logran su cometido a través de ser espacios que, por la dificultad de su acceso o su tamaño reducido, filtran a quienes no deberían estar por ahí. Se caracterizan por su intimidad e inclusive la misticidad que se genera a través de estar resguardado. Van casi acompañados de susurros y risillas.

Al verlo así, resalta llanamente que estamos programados de forma tan simple, que nuestros deseos se remontan a nuestra supervivencia en tiempos prehistóricos. Las cavernas eran  lugares pequeños a donde no tenían acceso los depredadores más grandes o donde los hombres podían esconderse de la vista de sus presas antes de cazarlas. Es interesante observar que cuando no había peligro de ser atacados, los humanos ocupaban espacios que los protegieran del clima, más estuvieran abiertos y ventilados, y donde pudieran reunirse alrededor del fuego. Sin embargo, cuando se deseaba cazar o protegerse de un depredador se resguardaban en las cuevas más pequeñas o recónditas.

Pienso que en los adultos sigue existiendo la necesidad de ambos escenarios. Es clara la necesidad de espacios altos, iluminados y abiertos resguardados del clima. Es lógico el deseo de ventanales grandes que nos conecten con el contexto, el deseo de terrazas abiertas en donde reunirse con amigos y de espacios de doble altura que nos hacen sentir libres, sin embargo creo que también es lógica y menos atendida la necesidad de pasar tiempos, a lo mejor cortos, en espacios reducidos, que nos abracen y nos protejan aún cuando no haya peligro. Constantemente me encuentro buscando espacios pequeños y escondidos en donde tomar una llamada larga, o acomodo todas las almohadas en mi cama de forma que hacen casi un nido cuando quiero leer sin que nadie me distraiga, o cuando voy a un restaurante y hay una mesa dentro de un recoveco, la escojo si la ocasión es la adecuada.

La arquitectura siendo la escenografía de nuestras mentes tan complejas y tan simples a la vez, debería atender todas estas necesidades humanas e incluir espacios que satisfagan tanto las necesidades más prácticas como los deseos más básicos e instintivos aún cuando sean inconscientes. Si bien es cierto que la cocina, la terraza, la sala y los vestidores deben funcionar impecablemente, también es la tarea de un arquitecto encontrar en su clientes los pequeños deseos escondidos aún para ellos mismos, y proveer espacios que los abracen, los transformen, los reten, los calmen, los hagan imaginar, o inclusive, como en el caso de los recovecos, los hagan niños otra vez, escondidos un ratito de la vida, abrazados por las paredes, el piso y el techo.

aHR0cCUzQSUyRiUyRjQwLm1lZGlhLnR1bWJsci5jb20lMkY2Y2EzZWJkM2E2NzViZGUyYWQ5MjVjZjQ0YzY1OTk2OCUyRnR1bWJscl9ubWZvemQ5QXdFMXJmZjFpZW8xXzUwMC5qcGc=

Caín (parte II).

Jonathan Alcalá

         Alguien se percató de la mirada de aquel extranjero y dio aviso a los demás, hombres y mujeres corrieron por sus armas, sin embargo él no dio ningún paso atrás, se acercó con las manos desnudas, consciente de que nadie podía dañarle. Un anciano le observó y supo quién era, le dijo que no era bienvenido, que regresara al jardín y sus alrededores,  ya que ellos nada tenían que ver con el Dios que le condenó, pero aun así respetarían el acuerdo de no matarle. Sin decir palabra, Caín tomó distancia y no se fue, no quiso asumir el riesgo de estar solo nuevamente, al cabo de poco tiempo vio que los nómadas se alistaban para partir, recelosos y callados, ignorando a medida de lo posible la presencia del hijo de Adán. Les siguió durante muchos días, se instalaba cerca de ellos, lo más alejado de sus ojos, adoptó sus métodos e intentó depositar en el olvido su vida pasada. Cambió sus pesadillas por sueños más tranquilos, extrañaba cultivar la tierra, tomaba lo que podía de ella, sobrevivía de la mejor manera.

          Así como el prisionero que se acostumbra a las paredes, así aquellas mujeres y hombres que no nacieron del Edén se acostumbraron a Caín. Vivían lejos de esa tierra, sabían de la existencia de las demás cosas, pero nunca pensaban en ello. No sintieron la necesidad de adorar a ningún dios, ni de edificar algo que les atara a un lugar determinado. Poco a poco el hombre con la marca se fue acercando a ellos, miró con deseo a una  mujer, pues su condición de maldito o demonio no era mayor a su condición de hombre. Y así como todo ser lleno de vida prescinde de la muerte, dieron continuidad a las cosas y ambos obedecieron a sus instintos. Nombraron Enoc a su primer hijo, pero éste caminó solo y con el correr del tiempo, sí conoció la muerte.

            La unión de Caín y esa mujer significó la unión de otras cosas, decidieron también adoptar un modo de vida diferente, fundaron una ciudad y le pusieron por nombre el de su primogénito. A medida que los seres humanos se multiplicaron, la tierra se volvió menos grande; muchos hijos de Adán recorrieron el sinuoso camino de Caín y notaron la belleza de las hijas de los hombres, fueron seducidos también por sus sentidos. El destino del hombre que asesinó a su hermano, se perdió entre la multitud, su marca se volvió invisible en su descendencia, pero continuaba ahí, en la sustancia que es precursora de la vida, esa que se hereda de generación en generación. Sus hijos estuvieron dotados de habilidades distintas a la del cultivo de la tierra: criaron animales, moldearon el metal y también pudieron emular los sonidos de la naturaleza por medio de instrumentos.

            Muchos hombres y mujeres nacieron de la semilla de Caín, nadie supo las circunstancias del final de su existencia. Tal parece que ninguno sufrió siete veces la venganza de su muerte. Su estirpe, cuyas vidas eran ajenas a su origen divino, se olvidó de Dios. El único culto que rindieron fue a la carne, por lo tanto, su creador se arrepintió de la naturaleza de su propia obra y pensó en rehacer al hombre. Fue entonces, muchos años después de la muerte de Abel, que la sangre derramada fue lavada con el agua que cayó del cielo por vez primera, durante cuarenta días y cuarenta noches.

 

Caín (parte I).

Jonathan Alcalá

 

“Y él le dijo: ¿Qué has hecho? La voz de la sangre de tu hermano clama a mí desde la tierra.

Ahora, pues, maldito seas tú de la tierra, que abrió su boca para recibir de tu mano la sangre de tu hermano.” Génesis 4:10 – 11.

Caín caminó errante sobre tierras desiertas, aprendió a escuchar el oleaje del océano y el canto de las aves; durmió cobijado por el calor del fuego, acompañado de rumores nocturnos y el recuerdo de su hermano. El hombre marcado tuvo que caminar muchos días y muchas noches sin rumbo fijo, lo más alejado posible de los hijos de Adán, en lugares de naturaleza distinta a la que sus ojos conocían. Probó nuevos frutos de los árboles, observó bestias diferentes a las ya descubiertas y se encontró hundido en una soledad profunda y callada.

            El sueño de Caín estaba acompañado de recurrentes pesadillas, el pálido cuerpo de Abel sobre la tierra, un charco rojo que poco a poco iba creciendo y el espíritu de Dios como un viento frío que arrastró consigo nubes negras en el cielo. Caín lavaba con desesperación la sangre que manchó sus manos y respondía con insensatez los cuestionamientos que venían desde lo alto. Despertaba con un sudor frío sobre su cuerpo,  la luz de las estrellas le imposibilitaban perderse en la oscuridad deseada.

           La sangre, esa sustancia que corre por cada rincón de nuestro cuerpo, tan tibia al tacto, siempre escarlata cuando tiene vida y negra cuando muere. Es la sangre el sello de los pactos eternos y de los juramentos, también de las maldiciones, las venganzas y las promesas de una nueva vida. Caín fue expulsado de la presencia de un Dios de sangre, pero el soplido continuaba dentro de su cuerpo, lo abandonaría hasta el día de su muerte.  Fue entonces cuando advirtió un palpitar dentro de su pecho, se concentró tanto en sí mismo que fue capaz de sentir su pulso; observó con detenimiento sus manos, sus brazos y sus piernas, tocó el vello que cubría su rostro y pasó sus dedos por la marca, tratando de formar una imagen en su mente. Tuvo consciencia de su ser tripartita, la fatiga era demasiada, sus pensamientos eran complejos y la realidad se había vuelto opuesta, pero a pesar de todo, decidió continuar.

             El azar lo llevó de la mano a una tierra habitada por otros seres, hombres de una era distinta, cuyo color de piel no era igual a la suya; pensó primero que se trataban de los descendientes de la serpiente, pero descartó esa impresión al ver gracia en sus rostros y acciones. El enemigo no podía tener un aspecto así. Un puñado de niños jugueteaban sobre un charco, hombres y mujeres estaban sumergidos en sus tareas. Hacía tanto que Caín no veía una sonrisa, parecía que su constante caminar duró años, perdido en la naturaleza de la tierra y de su propio cuerpo, escuchando sólo la voz de sus recuerdos, el eco del creador se había ido de todas las cosas, sin embargo la condena de la soledad parecía llegar a su fin.

 

Los antiguos Ticos eran unos loquillos.

Buenas noches queridísimos lectores, hoy vengo a platicarles que últimamente me ha tocado bastante seguido visitar Centroamérica, por ende, me di a la tarea de salir a turistear un poquito por el área, cabe recalcar que si alguna vez tienen el placer de visitar Costa Rica, es importante que se den el tiempo de conocer los volcanes, santuarios de animales y demás reservas naturales ricas en este país. Desafortunadamente por falta de tiempo solo tuve oportunidad de conocer lo más básico, pero en fin, a lo que venía; en la capital San José se encuentra el Museo del Jade. Recordemos que la principal fuente de esta piedra se encuentra en Guatemala, pero debido al nomadismo y esas cosas fue adoptado también en esta región.

Para las culturas prehispánicas de mesoamérica, el jade fue más valioso incluso que el propio oro, y se ultilizaba como adorno para distinguir entre una clase social y otra; era el símbolo de la creación, vida, poder y fertilidad, y tan importante era la fertilidad para esta cultura que tenían un rito de iniciación a la sexualidad mediante instrumentos musicales (porque son grandes amantes de la música desde el 300 a.C.) en forma de penes; y no sólo instrumentos, si no vasijas, cuchillos y demás utensilios de uso cotidiano con esta particular forma que usaban en todo momento y sin vergüenza alguna. Bien ahí.

Para saber más, no se olviden de visitar el Museo del Jade y de la Cultura Precolombina, ni de prestar exclusiva atención a la reacción de los demás visitantes al ver esta colección, es interesante y gracioso a la vez ya que depende de los actuales tapujos de cada quien.

*foto extraída de la cámara de mi teléfono celular, aprécienla mucho.

La inmensidad del mundo.

Jonathan Alcalá

Trajano lloró cuando se dio cuenta de la inmensidad del mundo. El águila de Roma no llegaría hasta el fin de la tierra. El hombre que nunca había llorado dejó caer sus lágrimas en el mar de Persia. El César que trajo nuevas glorias al Imperio, vio su propio cuerpo como una triste masa de músculos, apenas sostenida por unos huesos menos frágiles; las glorias del campo de batalla parecían quedar atrás, más cerca del pasado que del presente, glorias de polvo, gritos y sangre, en las que al galope o marchando junto con las legiones, el emperador desataba el infierno de la guerra.

Dacia, el recuerdo de aquel invierno que fue gentil y un Danubio cuyas aguas son el ensueño de una victoria. Hubo muchas bajas, pero la cruenta batalla se decantó hacia  los hijos de la loba. Las ricas minas de esa nación trajeron alivio para los romanos, sobre todo a los más pobres. Una recompensa por tantos hijos muertos y anteriores batallas fallidas. La sangre derramada contra el reino de Decébalo fue vendida a un alto precio; Trajano fue justo,  usó el oro para el bien de su pueblo, haciendo parecer que la única seducción a la cual era vulnerable el emperador, era la justicia; pero tampoco es que se privara de la voluptuosidad y los vicios del soldado, amaba beber y comer con desmesura. Probablemente las campañas bajo el mando de Domiciano le heredaron por costumbre dar rienda suelta a la carne, después de salvar la propia de la espada del enemigo.  Se embriagaba de vino y de triunfos, ambos resultados de una tarea bien realizada y de paciencia.

            El destino como Príncipe de Roma no fue casualidad, tiempo antes, la astucia y la valentía eran notables en el carácter y el modo de actuar de Trajano; a pesar de ser un general exitoso, supo escapar de la paranoia de Domiciano, quien ofrecía el cuchillo a modo de  recompensa a los hombres que mostraban virtudes suficientes como  poner en riesgo su permanencia en el poder. Era una época en la que las conspiraciones no eran ideas descabelladas, ni tampoco miedos sin fundamento, pero lo notable de Trajano daba firmeza a lo que se habló de él en las guerras contra los Partos. Tal vez alguna vez se le vio con recelo, no obstante lo hábil como guerrero  y su talento militar le generaron lealtad por parte del ejército, atentar contra su vida no hubiese sido un movimiento inteligente.

            Tito Flavio Domiciano fue asesinado, el cobijo que pidió a los dioses y su enfermiza preocupación no fueron suficientes. Tal vez la fama crueldad que le perseguía se confirmó al tener enemigos muy de cerca. Ninguna muerte es honrosa, pero un rey  apuñalado en el mismo suelo de su palacio, lo es aún menos. Las puertas se abrieron para nuevas dinastías. Su cuerpo se redujo a cenizas y el damnatio memoriae ordenado, trajo fuego y martillo para sus monedas y figuras de piedra. Nerva fue elegido como el sucesor, un hombre sabio, pero tal vez demasiado viejo; probablemente su experiencia cercana al poder y su avanzada edad fueron adecuadas para hacer de él una ecuánime transición. Trajano estaba en suelos Germanos cuando ocurrió el atentado y también su adopción, se presume que Adriano dio la noticia, sin saberlo, parte del mundo había elegido a un amo cuyo deseo era mejorar la condición de la gente.

Siempre hay un momento único en el que el hombre alcanza algo semejante a la plenitud, un instante en el que las virtudes de la mente y la fuerza del cuerpo están a la par. Esa etapa de la vida en la que algunos pocos humanos parecieran  capaces de discernir entre el olvido y la eternidad. Y eso no quiere decir que las decisiones encaminadas a la inmortalidad fuesen tomadas con relativa facilidad, las leyendas se forman a partir de grandes glorias, asimismo por grandes catástrofes. Cada paso dado, ya sea con meticulosidad o con atrevimiento, hicieron de Trajano un ser cuyo nombre no sería relegado. Ser Príncipe no es tarea sencilla, se acaba con muchas vidas y se cometen siempre demasiadas injusticias, tal vez es parte de nuestra naturaleza, pero algo era seguro, el sueño de Nerón y de Calígula parecían lo suficientemente lejos. Nadie atacó por la espalda al César, ni el Senado ordenaría una condena a su memoria, por el contrario, le llamarían optimus prínceps, los que antes habían hecho matar a los antiguos monarcas, ahora glorificaban su nombre.

            La angustia de la vejez repentina y la probabilidad de una muerte que se acercaba a paso firme llevaron a la cama al emperador. Se enfermó al saber que el oriente se había alejado más. No dudaba de la victoria, ni de la notoriedad de Roma en el mundo, pero como muchos, cuestionó su propia vida en la recta final de la misma. Trajano se equivocó al pensar que su inmortalidad se había construido a base de piedra en los muchos edificios que se levantaron durante su reinado; su inmortalidad era de un orden distinto, estaría en las letras de los historiadores y más importante aún, en la memoria de la gente. Como otros tantos notables, no tuvo hijos, probablemente fue mejor así, ya que lo deslumbrante de una persona hace parecer mediocre al ser que le precede. Como un lúcido guerrero, el honor de su ascenso y su ocaso le encontraron en las fronteras del Imperio; Plotina le acompañó hasta el momento de su muerte en Asia, ella se aseguró de la buena continuidad de las cosas.

            Trajano con sus numerosos nombres, Imperator Caesar Divi Traianvs Optimvs, fue convertido en deidad gracias a sus logros, sobrevivió también en muchas formas palpables, algunas, no se salvaron del descuido y la falta de sensatez. Lo vemos ahí en el museo, erguido y fuerte, severo, pero justo y firme, lo vemos con las manos rotas, porque como escribió en una ocasión Marguerite Yourcenar, así sufren los dioses la locura de los hombres.

Juan Belmonte, el mito.

LUIS IGNACIO ESCOBEDO

Juan Belmonte García, “El Pasmo de Triana”, nacido en el pintoresco barrio de Triana, Sevilla, España, el 14 de abril de 1892, es probablemente el torero más popular de la historia. Considerado por muchos como el fundador del toreo moderno fue, como mínimo, un revolucionario del arte taurino.

 

Encabezó una época de oro del toreo,  junto con José Gómez, “Joselito” o “Gallito” y el mexicano Rodolfo Gaona. Hubo una fuerte rivalidad entre Belmonte y “Joselito” como toreros, pero fuera del ruedo los unió una gran amistad, que se mantuvo hasta la fatídica fecha en la que “Gallito”, es decir, “Joselito”, sufrió una fatal cornada en Talavera de la Reina, Toledo, España, en 1920.

La rivalidad profesional de estos dos toreros tuvo mucho éxito en todas las plazas de España, era algo nunca visto, se producía una gran expectación por verlos torear juntos. Al morir “Joselito”, Belmonte quedó como el torero más popular.

 

La carrera profesional de Belmonte se desarrolló entre 1913 y 1936, año en el que se retiró. Se había apartado de los toros antes, en 1922 y en 1934, pero la definitiva fue en el 36, año de inicio de la guerra civil española. Fue por muchos años el que más corridas toreaba por temporada.

Cuando era niño, pertenecía a una pandilla de muchachos que, aparte de  las travesuras habituales, gustaban de torear clandestinamente en ganaderías a las afueras de su Sevilla natal. Uno de los emotivos recuerdos que cuenta Belmonte en su autobiografía es cuando hacían “la luna”. Así se le decía cuando toreaban a escondidas, por la noche, a la luz de la luna.

Un personaje importante en la preparación y creación como torero de Juan Belmonte fue un banderillero amigo de su padre; Calderón, de la cuadrilla de Antonio Montes. Calderón le apadrinó en las tertulias, preparó el camino para sus primeras actuaciones y le ayudó a mejorar su técnica. Belmonte aprendió viendo torear y ejerciendo el toreo. Tiempo después, Calderón pasó a ser miembro de su cuadrilla.

Belmonte fue revolucionario en el toreo porque impuso su forma de torear. Antes de él, torear consistía en evadir las embestidas del toro sobre las piernas. Con gracia y valor, sí, pero siempre “por piernas”, es decir, moviéndose, sin quedarse quietos. Su conocimiento o “su ignorancia”, como algunos taurinos de la época decían, lo llevó a torear como nunca antes se había visto; quieto. Su dominio de los terrenos le permitió ejecutar el toreo despacio y poniéndose en terrenos cercanos al toro. Impuso los ahora conocidos tres tiempos del muletazo: parar, templar y mandar. Estableció su famoso dicho “Ni te quitas tú, ni te quita el toro, si sabes torear”, parafraseando al “Lagartijo”, quien decía: “O te quitas tú o te quita el toro”.

Belmonte “impuso” al resto de matadores el torear quietos, pese a que el toro de entonces no siempre lo permitía. Este concepto de toreo se redondeó con la llegada de Manolete, quien alcanzó la quietud total. La aportación de Belmonte al toreo fue la estética, la base del toreo clásico durante todo el siglo XX.

 

Al retirarse de los ruedos, se dedicó al campo; a su ganadería y a los caballos, que tanto le gustaban. El día en que ya no pudo subirse a un caballo, a sus 70 años, Juan Belmonte decidió terminar con su vida, un 8 de Abril de 1962. Para él no poder disfrutar de su campo y sus caballos no era vida. La depresión lo llevó al suicidio.

Siendo en vida un mito del toreo, su muerte lo consolidó como el mítico Juan Belmonte.