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El adiós

LUIS IGNACIO ESCOBEDO

4 de febrero del 2017, ha sido la fecha elegida para poner punto final a una de las carreras más importantes del toreo en México. La historia de Eulalio López “Zotoluco” es y será una de las trayectorias más trascendentales del toreo contemporáneo. Trazada a base de esfuerzo, sacrificio, valor, poder y fidelidad a su concepto del toreo.

Ver decir adiós a un torero no es grato. Es una profesión en la que retirarse no da gusto. Independientemente del miedo, los sacrificios y las heridas, la cornada más grande que puede recibir un torero es aquella que lo quita  de torear, es esa que no es forzosamente física, pero produce más dolor, es esa que queda grabada en el corazón y no cicatriza nunca; me refiero a ese momento en el que te das cuenta que no puedes o debes seguir en activo, seguir toreando.

Enfundarse por última vez el traje de luces sintiendo esa sensación de despedida, esa que se siente cuando le dices adiós a tu ser más querido; quitarse de los toros, de los ruedos, del público, es quitarle el sentido a la vida misma. Ya lo decía David Silveti “Torear es una necesidad y vivir, una circunstancia”

No es lo mismo que cuando un abogado se retira de los estrados, ya que puede no hacerlo nunca, y el torero tiene que hacerlo cuando las facultades o las oportunidades se merman. El  abogado o arquitecto, pensó por mucho tiempo qué debía ser y después estudió para serlo. El torero nace torero y dedica la vida para serlo. Bueno, malo o regular, un torero está dispuesto a entregar la vida para la creación de un momento inolvidable en la mente de alguna persona.

Torero nunca se deja de ser, no es ex-torero, sino torero en el retiro, porque el torero así como nace torero, muere torero.

Conchita Cintrón publicó en 1977 un libro titulado “¿Por qué vuelven los toreros?” ahora mi pregunta es ¿Por qué se quitan los toreros? La respuesta a ambas cuestiones es básicamente la misma. Más allá del dinero, la fama, el protagonismo; porque aparte no todos los toreros consiguen esas cosas. El no dejar de torear o volver a torear, es por el hecho de sentirnos toreros, poder expresar de una forma lo que sentimos, tener esa subida de adrenalina que se vuelve adictiva. En pocas palabras es porque torear es vivir, y sin torear la vida no es igual. Un torero sólo se quita de torero cuando no tiene más remedio, cuando las facultades físicas ya no dan para más, cuando una cornada le limita alguna función motriz, cuando su situación profesional se encuentra mal y no tiene a donde orillarse, o bien, simple y sencillamente, cuando se pierde la ilusión, esa llama que motiva al torero a jugarse la vida.

Pero casi siempre, tarde o temprano, busca el modo de volver a sentir eso que se siente cuando se es TORERO.

México: en gordos problemas

ANA GABY DE LA TORRE

La obesidad y el sobrepeso son una epidemia mundial, y para nuestra mala suerte, uno de sus focos rojos, se encuentra en México. Entre todos los países de la OCDE (Organización para la Cooperación y Desarrollo Económicos), solo Estados Unidos nos gana en cuanto a obesidad.

A pesar de que el problema es bastante grande y representa pérdidas tanto humanas como económicas, no creo que exista suficiente conciencia entre la sociedad mexicana acerca de la gravedad del asunto, ya que el 30% de los mexicanos creen que “andar pasado de kilos” es normal.

La cruda realidad…

Vivimos en un país, en el que según la última Encuesta Nacional de Salud y Nutrición, (ENSANUT2012) 7 de cada 10 mexicanos adultos, 4 de cada 10 adolescentes, y 1 de cada 3 niños, son obesos. Las estadísticas no mienten, y también nos muestran que mujeres y niñas la padecemos más que hombres y niños, la gente de la ciudad más que la del campo, y los norteños más que los sureños.

La gravedad del asunto no radica en ser mexicanos “gorditos” o “pasados de kilos”, si no en las serias consecuencias y secuelas de la obesidad, que hoy en día se han convertido en las principales causas de mortalidad en México, ¿cuáles son estas consecuencias? bueno, están las enfermedades cardiovasculares como la hipertensión y los infartos, algunos tipos de cáncer, o la diabetes, por la cual en noviembre del año pasado, la Secretaría de Salud Federal declaró emergencia epidemiológica ante la magnitud de casos de diabetes mellitus en el país, que solo en 2015 cobró la vida de 98 mil 521 mexicanos (la mayor mortalidad en Latinoamérica, según la Organización Panamericana de la Salud). Este dato es sumamente alarmante ya que por primera vez en la historia se lanzó una alerta por un tipo de enfermedad no transmisible (normalmente se declaran alertas por enfermedades infecciosas).

Kilos de más, pesos de menos…

No solo estamos hablando de muertes y del deterioro de la salud de los mexicanos, si no también de grandes pérdidas económicas para el país.

El Instituto Mexicano para la Competitividad (IMCO), realizó un estudio en 2012 acerca de los costos de la obesidad en México, en él se encontró que la obesidad representa un costo entre los 82 y 98 mil millones de pesos  lo cual equivale al 73% y 87% del presupuesto anual programado en salud.

El IMCO también estimó que las pérdidas económicas al año por la obesidad equivalen a $840 por persona, y que por el contrario, la implementación de acciones integrales como campañas en medios masivos, información nutrimental, etiquetado, restricción de publicidad y políticas fiscales únicamente representarían un costo de $40.85 al año por persona, lo cual significa que invertir en la prevención de la obesidad es mucho más barato que pagar por sus consecuencias.

Claramente la obesidad genera altas pérdidas económicas al erario público para poder tratar sus enfermedades asociadas y también reduce la competitividad de la población al generarles mayores gastos y una pérdida de calidad de vida.

Por fortuna, esto es algo que al gobierno mexicano no le ha pasado totalmente inadvertido, por lo cual se han tomado ya algunas medidas preventivas, tales como el nuevo etiquetado frontal de los alimentos, el impuesto sobre los refrescos y las bebidas azucaradas e incluso la restricción de publicidad infantil en productos chatarra, entre otras.

Considero que estas medidas, aunque acertadas, no han sido proporcionales a la magnitud del problema, y no creo siquiera que hayan sido suficientes para frenar las cifras crecientes de obesidad en el país,  este año se esperan los resultados de la ENSANUT 2016, y ya veremos que datos arrojan, pero por lo pronto, mantengo un pronóstico reservado al respecto, aunque claro, me encantaría ver las cifras disminuidas.

Por último, les comparto el siguiente video sobre Poncho, una historia real acerca de la obesidad infantil en México.

No es normal que un niño de 12 años caiga fulminado en el patio de su escuela a causa de un infarto, no es normal que hombres y mujeres en edad adulta pasen los mejores años de sus vidas dependiendo de medicamentos para la presión o para la diabetes, no es normal que 3 de cada 4 camas de hospital estén ocupadas por pacientes con enfermedades y complicaciones relacionadas a la obesidad. Creo que las medidas que tanto el poder Ejecutivo como el Legislativo puedan tomar en un futuro, podrán contribuir a frenar el problema, sin embargo soy de la idea de que está en cada uno de nosotros tomar responsabilidad sobre nuestra salud y tomar mejores decisiones respecto a nuestro estilo de vida. No esperemos a que otros hagan las cosas por nosotros.

Les invito a hacer conciencia y a tomar acciones en nuestro beneficio y el de nuestras familias. Gracias por leer y ¡hasta la próxima!

 

Mis hilos rojos.

Marcela.

Mentiría si escribo que fui una niña típica porque no fue así; mi sed de protagonismo, desde entonces, ya era mucha y siempre buscaba destacar de cualquier manera. Y lo lograba.

En lo que sí era común, de las pocas cosas que recuerdo, era en eso del valor amistoso. Y es que cuando estaba en primaria nunca faltaron cartitas que intercambiaba con mis amigas. Creí que sería para siempre porque en el mundo rosa en el que -a pesar de ser yo- vivía, se estilaba ese pensar. No fue así. Mis mejores amigas de educación básica no sé dónde quedaron y a muchos ni siquiera los reconocería si los veo en la calle. Algunas veces han hecho reuniones de ex-compañeros pero yo no sé qué hacer con esa gente con la que dejé de interactuar y muchas veces no asisto, sólo tengo contacto con una y fue porque seguí viéndola hasta la universidad. Cambié yo, cambiamos todos.

Entrando a la preparatoria, cuando se supone las hormonas ya despertaron, comenzó mi vínculo con el sexo opuesto. Al principio creí que era a conveniencia, porque a los 14 era listilla todavía y hacía eso, y estar cerca y ser más afín a los hombres facilitaría si, más adelante, buscara un momento con alguno que me agradara. Funcionó de maravilla, pero no. Resultó que resulté buenísima para congeniar con los hombres porque eran más divertidos, menos chismosos, menos complicados y, creía, me evitaría envidias porque entre hombres eso no lo notaba; y así era, el problema eran los celos de las novias de con quienes me llevaba bien. De esa etapa sólo tres eran mujeres y, sino mal recuerdo, fácilmente tendría más de veinte hombres con los que podía contar si me quedaba tirada borracha en mis pininos de esos viciosos menesteres. De ese gran número de amigos, al momento puedo decir que me quedan tres o cuatro, y duele ver que la amistad no es para siempre -que no era como mi yo de 10 años pensaba- pero lo pasé.

Entramos a la universidad (dos en mi caso) y me volví más selectiva. Hombres también, siempre dos o tres amigas, no necesitaba más. Cuando más llegué a tener, amistades mujeres, fue en mi segunda universidad, donde no puedo negar que me divertí como chango en drogas pero sí, también cambiamos. Fuera de la escuela, a pesar de convivir mucho -aún sin estar en clases-, comencé a conocer gente con la que tenía un sinfín de cosas en común, con quien sentía conexión, con quien podía hablar de los temas que de verdad me interesaban y no los que ponían en el plato porque era lo que había. Estudié administración -carrera que odio por cierto- y de repente por azares del destino, me envolví en un mundo de estudiantes y egresados de humanidades y sociales. Dejé de sentirme rara por pensar por mí misma y poder compartirlo con otros que también se llegaron a sentir raros en algún momento, y sí, hice nuevos amigos. De la universidad rescato a cuatro personas a las que considero cercanos; a los demás los aprecio, los quiero, agradezco y estimo pero ya no somos lo que fuimos; los mejores amigos de cuando teníamos veintes siempre, pero en los treintas ese filtro se volvió poco poroso que no permitió pasar a muchos.

Entonces sales al monstruoso mundo laboral y te agarras fuerte de los que te son cercanos porque –como todo lo nuevo- tienes miedo; y vas renuente a encontrar personas que consideres valen la pena como para verlas fuera de lo establecido. Y pasan años y conoces y conoces, y cumples años y conoces; y dejas relaciones y conoces; y viajas y conoces; y entras a Internet y conoces; y los que fueron se quedaron en el tiempo en el que se conjugó el verbo fue: en el pasado, y vienen otros cientos, que pasan y se van, que crees que se van a quedar y se van, que no creías que estuvieran y se quedan.

Hace seis años aproximadamente, uno de mis mejores amigos que aún conservo, mientras estábamos en un coche comiendo un pastel entre tres y tomábamos leche, preguntaba cuánto creíamos que íbamos a durar siendo amigos, así como lo somos ahora -mucho más enredados y rotos, claro-, cuando lo hizo me puse a llorar porque creí que él no me consideraba suficiente como para ser amigos eternos pero tenía razón; la gente cambia, los amigos dejan de ser confidentes y se vuelven conocidos a los que quieres; el tiempo no perdona y hace notorias las cosas en las que ya no se es compatible, las hace notorias de manera gigante, hasta darte cuenta que ya no eres el mejor amigo de esa persona porque esa persona tampoco es quien fue cuando se divertían juntos. Y no es malo, son simples transiciones. Eres el mejor amigo de la Sandra de veinte años pero no sabes nada de la Sandra de 32, es normal y no es tu culpa; así como tampoco es culpa de Sandra no saber de ti porque no es obligatorio estar ahí.

Siguen siendo días difíciles y a veces no quiero escribir sólo por ser responsable pero invariablemente sale algo. Siempre he dicho que escribir me drena es como vomitar sin lastimarme la tráquea: me vacía. Lo anterior fue porque me sentí sola y me puse a pensar con quién cuento y con quién no, escuché una canción llamada “Los Amigos Que Perdí” y comencé a llorar no de tristeza, tal vez nostalgia y añoranza de tiempos mejores, sino porque me di cuenta que hoy tengo personas que yo no sabía que ahí estaban y saltaron por mí cuando me vieron cayendo; personas que quizá serán recordados como los mejores amigos de la Sandra de 32 y a los 40 ya no estaremos juntos, o quizá sí, cada vez nos volvemos más pasajeros pero, a su vez, más estables y cuidadosos para elegir.

Con los años, vas filtrando y depurando. La gente que te conoció de niña o adolescente, cuando eres adulto dice que antes no eras de tal forma pero no, simplemente no podemos ser los mismos que fuimos quince o veinte años atrás. Porque todo cambia y uno debe ajustarse o se lo come la vida y no al revés. Yo sólo puedo decir gracias a quien alguna vez estuvo conmigo y me permitió ser parte de sus memorias, porque citando porque, otra vez, no vaya siendo “lo bueno casi no se cuenta, pero cuenta mucho”.

Porque los hilos rojos que van de los dedos de las personas que he conocido a los míos pueden hacerse nudo, atorarse, estirar y aflojar, pero nunca se van a romper.

¿Y todo para qué?

Marcela

Mi papá hace unos meses hizo el horrible descubrimiento -para el adulto mayor- del botón compartir en Facebook. No sería tan fatalista por este hecho si hasta ahí hubiese llegado; pero no. A partir de ese día se dedicó a darle share a cada artículo que leía sobre medicina alternativa (probándola y poniéndose en riesgo, por supuesto); dignificación de las etnias; tumbar al gobierno (con la perspectiva de Aristegui y sus allegados: gente nada imparcial); y todo lo que yo, como Sandra, no soporto entre mis contactos de tal red pero ¿Qué haces cuando es tu papá al que lo muerde el zombie de la tecnología? Nada. Lo regañas y regañas y regañas para que no le dé aceptar a todo; que no crea todo lo que lee; que verifique primero la fuente (porque me tocó leer, incluso, fotos de niños que ya habían sido encontrados. De hace 5 años); que dale compartir para que los ositos polares se tropicalicen y puedan habitar en Zacatecas; y un etcétera muy largo. Como buen papá de 64 años, me ignoró y siguió haciéndolo.

No sé si fue la semana pasada o la anterior cuando mi mamá me comentó sobre un artículo que, supongo le mostró mi papá, sobre los nietos que son criados por los abuelos y no por los padres, como ‘se supone’ debería ser. En mi familia esta situación existe; recuerdo, de hecho, que alguna vez leí esa publicación que mamá mencionó, bajo mi juicio y dándole la razón a dicho artículo “sí, sí, a huevo, que los hijos no sean encajosos, que cuiden a los propios, que blahblah”, así fue pensando en el cansancio de mis padres… Hasta que vi a mi mamá triste porque me dijo que de “mensa” no la bajaban por cuidar a sus nietas. Le pregunté quién y me respondió “todos, hasta el internet”, luego se le quebró la voz y creyó que no me di cuenta pero comenzó a llorar. Se fue al patio a hacer cualquier cosa para que no la viera y ahí quedó.

Entonces la que lloró fui yo. Porque vi que me convertí en los que enjuician y lapidan porque algo no es como ellos lo harían. Del tipo de personas de los que no me importaba lo que pensaran; de esos de los que me daba igual si existían o no. Es horrible, por una parte, tener criterio.

Nunca pensé -cuando leí esa nota- en lo que mis papás piensan o sienten al ser figuras para mis sobrinas. Ignoré las caras de mis sobrinas al ver que mi papá llegaba por ellas a la escuela o cuando traía elotes (sus favoritos) al llegar a casa. Dejé pasar de largo los gritos y cantos de mi mamá cuando se pone a ver videos y a jugar con ellas. Olvidé y omití los detalles que los hacen sentirse niños que protegen pero se divierten a pesar de las tristes infancias que vivieron; el sentirse adultos funcionales; el sentirse productivos y hasta necesarios para el desarrollo de lo que más quieren.

También pensé en no sé cuántos artículos habré leído donde dan un punto de vista similar al mío; dándoles la razón, sin nunca detenerme a ver la parte acusada, o acosada. Como las veces que tildé de pendejas a las personas que estaban dentro de una relación destructiva y no salían de ahí, y una opinión de un post en el mismo Facebook me hizo pensar en lo cierto que es cuando una persona está involucrada en un ciclo de este tipo, porque es lo que conocen; porque están manipulados; porque son vulnerables; por N número de razones que no recuerdo bien. Y empecé a sentir vergüenza. Y culpa. Y no supe a quién más pedir perdón por mis comentarios de “mujer luchona nada dejada todas las puedo” que no debieron ser.

Y sigo leyendo, pero a conciencia; pensando y no acusando. Acusando y no externando. Sin dejar que mis piensos lleguen a expresarse vocalmente porque ya tengo 32 y es hora de medir mis palabras por muy cortitas que sean.

Tampoco este escrito tiene mucho sentido. O ya no sé, traigo la razón medio nublada pero creo que lo único aquí es pensar antes de hablar; y analizar si lo que se va a decir lleva algo bueno en él; sino ¿Como para qué?

En contexto de tecnología, aplico ya los changuitos de Whatsapp “No ver el mal, no oír el mal, no hablar el mal”.

“Si nosotros somos tan dados a juzgar a los demás, es debido a que temblamos por nosotros mismos” – O. Wilde.

Ah, sí. Por abrir CADA nota que leía en Facebook, el celular de mi papá tomó cientos de virus y ya no sirve, creo que no hay mejor moraleja de vida que esa.

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AMORES PERROS

Marcela

Hoy pretendí ser irresponsable y no escribir nada. ¿Por qué? Por eso; por irresponsable. Y por hastío, hartazgo, frustración, tristeza, apatía, decepción y un tumulto de sentimientos negativos que permití me llegaran a la vista, a los oídos, a mi corazón; en una palabra: todo mi ser, esto gracias a las hermosas redes sociales. Soy un blanco fácil vulnerable a todo lo que circule por la red. Porque creo que no terminé la telesecundaria y SIEMPRE veo lo que sé que me afectará; sí: porque el morbo es cabrón y yo demasiado estúpida al permitirlo poseerme.

Estaba tirada en jueves por la noche, a sabiendas de que me corresponde escribir los viernes. Viendo hacia el techo; pensando en todo y en nada (traducción: en lo jodido del mundo); desesperanzada, -como diría Girondo- con la lágrima viva, principalmente porque ya no le hallo a este mundo y me siento perdida desde hace varios meses. Minutos después, unas almohaditas se me trepan al estómago, una lengua empieza a lamer mi agua salada de las mejillas y ¡Kaboom! ¡Habemus tema!

Sí, lo que no me permite retirarme de internet, y muy descaradamente lo acepto: PERRITOS.

Y es que mi amor por los animales, muchas veces, sobrepasa el que siento por la humanidad. Tampoco me avergüenza aceptarlo.

Hace unas semanas, alguien en mi time line en Twitter, hablaba sobre cómo dormirían a su perro. Se me estrujó algo y la impotencia de no poder hacer nada, ni siquiera dar ánimos a esa persona a la que no conoces, con el paso de las horas se vuelve más grande.

El domingo pasado, Gene, el perro de uno de mis amigos, después de 14 años murió y, personalmente, fue una triste pérdida. Sin contar la pena de la familia de G y de él mismo. Nos quedamos -hablo en plural porque lo conocí también- con una despedida tranquila después de un tiempo de sufrimiento y dificultades para una vida plena.

En casa tengo tres perros, en verdad son de mi novio pero somos un tipo de familia y los quiero mucho. Antier, una amiga llegó llorando y uno de ellos no podía dejarla e intentar lamerle la cara, quería lágrimas; los perros aman los fluidos corporales, no los culpen si les dejan la puerta del sanitario abierta y cuando vuelven a casa encuentran un caos; es darle dulces a un niño diabético.

Mi feedback de Facebook y mi muro más que nada (he elegido bien a mis contactos), tiene al menos una publicación por día de algún animal haciendo el ridículo. O haciendo nada. Existiendo; siendo flojos, cariñosos, gordos, dormilones, torpes o respirando, siendo perfectos.

No han sido buenos días; ni semanas; menos meses. Aquí sigue sin llover más que en los ojos y yo estoy llena de todo lo malo que podría enlistar. Entonces necesito terapia de perro y vengo a casa de mis padres a abrazar todo lo que pueda a la mía, misma de la cual perdí derechos cuando me mudé de ciudad dos años y medio y decidimos que, por su bien, está mejor en donde la cuidaron en mi ausencia.

Mi esponja de penas, le digo. Es una french poodle ridícula, malencarada y desdeñosa, me hace todos los desplantes que puede pero nunca se aleja de mí. He llegado a pensar que en su otra vida fue gato, la verdad no lo sabría porque nunca he tenido uno. Ella llegó a rescatarme cuando, otra vez, hace cinco años estaba rota. Llegó por motivos que ya no me cuestiono, sólo sé que es lo mejor que me ha pasado en mucho tiempo. Sé que ahí conocí de verdad lo que es querer sin condiciones. Que siempre hay alguien que me espera sin importar mi humor o mis ganas de hacer explotar al mundo. Que no le importa si estoy desempleada, si he engordado, si el banco me llama todos los días, si soy la más perdedora de todo mi mundo porque para ella soy eso: su mundo, y parece que se divierte. En este momento la veo dormir y sí estoy loca pero no, no es mi perrhijo, es mi perra o yo de ella, ya no sé qué. Mi papá me pidió que le escribiera algo a mi perra pero no puedo. El sentimiento es tan grande que mi corazón se llena cuando le pienso; cuando la abrazo no existen preocupaciones y no tengo la cabeza en otro lado más que en sentir su corazoncito latir acelerado porque se quiere zafar de mi abrazo estrujante; de estar cerca de ese bulto de odio color mugre que me quiere de la manera más extraña que he conocido.

Estopa. La llamé así porque cuando la rescataron eso parecía, sin comer por dos semanas, temblorosa pero agradecida se volvió no sé si el centro, pero sí uno de los puntos más débiles de mi universo.

No, papá. No puedo escribirle algo porque no lo entiende y no hay letras que puedan expresarle todo el agradecimiento y el amor que le tengo. Me basta con verle sus ojos de botón y que se acerque a mí con la intención que le rasque detrás de la oreja. Me basta con saber que respira. Me basta con transmitirle tranquilidad y mucho, mucho querer. A veces me pongo más cursi que de costumbre y sí, no sé qué daría porque siquiera un día en su vida, tal vez previo a su muerte, todos los animales sintieran que alguien los quiso como yo a esa borla de desprecio que me espera hasta que apague la computadora para ir a dormir.

También vi el tráiler de “Hachiko”. Se cayó de mi librero “Tombuctú” de Paul Auster y recordé que presté “La Huella de Un Beso” y no me lo devolvieron.

TODO indicaba a que escribiera sobre perros. No. Todo indicaba a que escribiera sobre mi perra. O a que el humano no es humano sino hasta que le da cariño a un animal. O mis cosas de gente que come pasto y abraza árboles que quiere pensar que nos ayudan a ser mejores personas con su convivencia.

Hace un escrito se me criticó por lo que escribí y sin rodeos, me dijeron que no pasaría de ser una opinión del montón y sólo leída por mis 3 mil followers. No. Soy ordinaria, me encanta ser del montón. Y no, no soy escritora tampoco, no espero ser publicada ni encontrar el hilo negro de algún estilo literario o escribir el best seller, que se convertirá en película para adolescentes, en algún momento. ¡Vamos! Ni siquiera quiero dejar de ser medio anónima. Entonces no hay de qué preocuparse. Escribiría este párrafo al principio para que se evitaran tanto letrerío pero… Gracias por llegar a leer hasta aquí. Otro texto más que no tiene sentido porque así es la vida a veces, sin sentido.


“Como dijo un cachondo ingeniosamente a Willy en un bar de Chicago cuatro o cinco veranos atrás: -¿Quieres saber cuál es la filosofía de la vida que tienen los perros, amigo? Se reduce a una breve frase: Si no vale para comer ni para joder, échale una meada.”
— Tombuctú, Paul Auster.

Buen día.

doggie-smile

#LoveIsLove

Marcela


“Armados con la bandera del arco iris, símbolo de la diversidad humana, están revolucionando uno de los legados más siniestros del pasado. Los muros de la intolerancia están empezando a desmoronarse. Esta afirmación de la dignidad, que nos dignifica todo, nace del coraje de ser diferente”

Eduardo Galeano

En este lapso, entre un escrito y otro, donde se supone (sean o no admiradores, yo sí y es mi escrito por lo que me siento con derecho) la muerte de El Divo De Juárez, debió de haber -sí, más- llenado las portadas; las redes sociales; las páginas centrales de los medios impresos; los programas de TV abierta o de paga, entre muchos otros medios que no se me vienen a la mente. Me entristece, viéndolo desde un punto poco objetivo porque sí puedo decirme fan, que hayan bastado quince días para robarle reflectores, o atención, a quien más que todo -insisto: nos guste o no- se convirtió en un ícono de la cultura mexicana; la cultura pop y (no me linchen, que esto es lo de menos) un estandarte de la cultura gay y de la lucha por representar la identidad, sin ningún tipo de armas, más que con letras y comentarios elocuentes pero bien acertados “lo que se ve no se pregunta” de un hombre que vivió como quiso y, mejor aún, nos hizo vivir como a él le dio la gana. Hasta ahí, mis respetos y mi pequeño, pero muy sincero, reconocimiento a Alberto Aguilera.

No me permitieron que me metiera en otro cliché sobre temas de actualidad debido a la sarta de comentarios, unos más hirientes que otros; y digo hirientes porque más que lo genio o no musicalmente que haya sido, las fibras de lo sentimental se tocaron puesto que Juan Gabriel era el puente que lograba unir generaciones y llegó a ser la amalgama que une recuerdos de familias, amigos, etc…

Primero; un periodista/escritor, al que respeto mucho como tal, no tanto como persona, escribió una columna en Milenio llamada “No me gusta Juan Gabriel (lo que le viene guango)”, enardeciendo a la turba de admiradores que, muchos hemos equiparado al haber perdido a un Pedro Infante, estaban recién dolidos por la perdida de algo que, para unos más; para otros menos, marcó algo en la vida de aquellos que todavía le siguen llorando; los que le lloraron y los que nos escondimos para sollozar para guardar las apariencias. Dicho escritor emitió una serie de críticas, de opinión propia; sí, pero hirientes y despectivas hacia el recién fallecido Juan Gabriel, diría -otra vez- mi abuela “es que no se esperan ni a que se enfríe el muertito”, tal vez eso fue lo que más lastimó a gran parte de la multitud. En mi punto de persona razonable (haciendo mucho esfuerzo para no leerme fanática) puede darme coraje que se haya expresado así pero no es mi foco rojo; el que se haya asumido como clasista siendo director del canal de la universidad más grande e importante de México; sí. No otra cosa, no lo malentiendan y hay qué aprender a discernir, pero si representas a una institución como es la UNAM, pues creo que el saber cuándo y qué decir, sería lo más sensato ¿no?

Es triste que un funcionario, al aceptar el cargo y aunque no esté en alguna cláusula, deba saber que lleva implícito el que no pueda separar la opinión propia a la de la empresa/marca/institución que encabeza. Nos falta mucho para que el público aprenda a saber separar lo público de lo íntimo. En una entrevista con López Dóriga, Nicolás Alvarado, donde dice lo siguiente (cito, ya saben): “Me disculpo por haber publicado ese texto en ese momento, en esa oportunidad, fui insensible, fue cruel, fue naco, porque todos somos potencialmente clasistas y de eso se trata el texto, de descubrir mi clasismo, lamentarlo y exhibirlo”; nunca lo hace por haberlo escrito porque, nos guste o no, es su opinión y punto admirabilísimo para él, mismo que le aplaudo, es el haber renunciado antes de sentirse coartado respecto a lo que puede o no escribir, siendo ex-Director de TV UNAM, puede volver a lo suyo; no sé si todos felices y contentos, pero al menos, supongo, que él ya puede respirar a gusto, sin pensar en si puede o no escribir tal cosa sin importarle si afecta vulnerabilidades. Eso sí, bajó un poco de mi altar -como periodista cultural- desde que tuvo que explicar en vivo lo que quiso decir por escrito, y eso me deja mucho qué desear de la calidad como tal puesto que pongo en tela de juicio su capacidad para involucrar al lector en un texto sin necesidad de una cámara o un audio de por medio.

Segundo; en lo que se supone tendría que ser (no escribo yo; es mi fanatismo) la quincena; el mes; el año de Juan Gabriel, sale la cosa más espantosa que no creí haber atestiguado: la convocatoria a una marcha por la negación de derechos de igualdad y equidad de la comunidad LGTB por parte del Frente Nacional de la Familia, en mi hermoso país. Me provoca mucha pena que en 2016, sigan pasando estas cosas; en grandes urbes; con gente que tiene poder y que no sabemos qué puedan lograr. No sé si como humanidad, me provoca más tristeza que horror ver tanta intolerancia y discriminación hacia no hombres ni mujeres, sino personas, el género es lo de menos. Utilizan el HT #AMisHijosLosEducoYo y #NoTeMetasConMisHijos, entre algunos otros que he visto por ahí colados en las redes, menos relevantes pero no por ello menos peligrosos. Dentro de mis círculos, o no lo he visto, no he encontrado nadie que apoye dicha causa, mucho menos que asistirá a esa marcha y eso me hace pensar que las nuevas generaciones todavía nos vamos a educar mejor.

Y al Frente Nacional de la Familia sólo me resta decirles una cosa, en caso de que algún adepto llegara a leer esto: #NoTeMetasConMisHijos porque lo que menos quisiera es que tus vástagos se cruzaran con los míos; mucho menos tú.

Lo bueno de todo es que love wins y que love is love, y se chingan.

loveislove

Dos políticos de papel maché

J. Jesús Reyes R. del Cueto

Esta semana, México volvió a recibir devastadoras noticias. No, no estoy exagerando; la noticia de una invitación presidencial al candidato republicano, Donald Trump, es algo devastador para el país.

Después de uno de los meses más violentos en el gobierno de Enrique Peña Nieto, más escándalos de casas y propiedades de la familia presidencial adquiridas por métodos sospechosos, una economía que no levanta y empieza a decaer en el pasado cuarto del año y la noticia de que el presidente plagió una gran parte de su tesis profesional, después de todo esto, México no podría tener más malas noticias.

Sin embargo esta invitación y la sola presencia del candidato en territorio mexicano, dando un discurso enfrente de nuestra bandera y atrás de nuestro símbolo patrio probablemente fue el más duro de los golpes.

Muchos analistas políticos en ambos lados de la frontera no pudieron encontrar explicación lógica y razonable para dicha invitación. Para muchos, lo que vimos enfrente de nuestros monitores fue un movimiento táctico y diplomático por parte de la presidencia de la república que no esperaban fuera respondido de manera tan tácita, directa e inmediata por uno de los dos candidatos que fueron invitados, el más controversial y menos bienvenido por la población en general.

Lo que yo vi el miércoles pasado fue un intento desesperado de dos hombres, extraordinariamente pequeños en habilidades intelectuales y de liderazgo, de salvar y echar a flote dos barcos que se les están hundiendo bajo su comando, sin avistamientos de una mejor situación en el horizonte.

Por un lado tenemos al xenófobo e improvisado Donald Trump. Un personaje con un ego del tamaño del mundo que hará lo que sea necesario para mejorar su imagen e imponer ante la sociedad la idea de que es un triunfador nato. Trump ha hecho millones a través de algunos negocios exitosos pero también a través del fraude y el embaucamiento de miles de personas que han confiado en él y en su nombre. Su más reciente reto es tratar de convertirse, por su propia voluntad en la persona más poderosa del mundo.

El sistema político estadounidense se encuentra tan roto y corrompido que estuvo cerca de lograrlo; sobre todo gracias al completo desastre en el que se encuentra el partido republicano, una oposición conservadora reaccionaria y recalcitrante que ha pasado los últimos ocho años oponiéndose y bloqueando cualquier acción presidencial por parte de Barack Obama, principalmente por razones ideológicas e incluso racistas estúpidas y cortoplacistas.

Esta partido ha sembrado una plataforma de odio en los cada vez menos norteamericanos que concuerdan con su visión retrograda de las cosas. Lo que ha conseguido es despertar los sentimientos más oscuros de racismo y xenofobia de la clase media y baja de descendencia europea y color blanco que piensan que las razones por las que no han podido crecer y prosperar económicamente son las minorías raciales y especialmente los migrantes. Explotar estos miedos en una gran parte de la población, le sirvió a Trump para lograr su primer objetivo, ganar la nominación del partido republicano.

Sin embargo, poco a poco, este personaje se viene dando cuenta que no le va a alcanzar para ganar la presidencia, que los tiempos han cambiado, que el voto latino importa e importa mucho y que la mayoría de los estadounidenses (y sobre todo la mayoría en los estados más importantes) no lo respaldará en la elección general de noviembre. Ante esta posibilidad, el improvisado político se ve desesperado para evitar la catástrofe, ser derrotado cuando su plataforma se basó en ser un eterno ganador. Por eso suaviza sus posiciones en el asunto migratorio y acepta la invitación sorpresiva de un presidente mexicano inmiscuido en sus propios problemas; para verse diplomático, presidencial, de altura. Algo de esto logró al dar su discurso junto a Peña Nieto, pero no le va a alcanzar para ganar la elección.

Por el otro lado tenemos al que rehúso llamar “nuestro presidente”. Alguien desesperado, entre tanta crisis, de levantar la percepción de su administración o cuando menos mejorar las posibilidades de cualquier candidato priista en el 2018. Castigado el PRI en las elecciones estatales, el presidente y sus consejeros están dispuestos a intentar lo que sea para evitar perder nuevamente la presidencia y pensaron que invitar a Trump, ponérsele al tú por tú, decirle que no habrá muro en su cara, lograría que los mexicanos vieran a Peña Nieto como el defensor de todos los mexicanos y mejoraran su opinión de él. “Tal vez sea un corrupto, un copión, tal vez hasta un asesino, pero de que nos defiende nos defiende”, pensaron que iba a ser la reacción del pueblo de México.

Pero nuevamente les falló, como tanto les ha fallado. No pudieron anticipar el enojo, la traición, la indignación sentida por los mexicanos al ver que alguien que nos ha ofendido y amenazado es bienvenido a Los Pinos y tratado como jefe de estado y no como el candidato de pacotilla que en realidad es.

Estos dos hombres demasiado pequeños poco lograrán salvar. Uno, desgraciadamente ya gobierna, el otro nunca lo hará. En México, como siempre, el daño ya está hecho; pero el despertar del pueblo mexicano está más cerca de lo que parece y por más que quieran evitarlo con sus aves marías y jugadas inesperadas de último minuto, no lo van a lograr.

Empleado o empleador

por Bruno Zarazúa

“Al interior de cada desilución
se encuentra la gema sin precio de la sabiduría.”
Robert Kiyosaki

Es bastante atractiva la idea de emprender, poder ser nuestro propio jefe y tener en nuestras manos la posibilidad de desarrollar un proyecto desde la nada, hasta el punto en que sea una empresa verdaderamente sostenible y rentable. ¿A quién no le atrae hacer lo que le gusta y que aparte le paguen por esto?, seguramente a varios nos ha pasado por la cabeza el comenzar algún tipo de negocio, pero antes de tomar una decisión de tal importancia deberíamos de responder sinceramente algunas interrogantes, ¿cuál es la motivación que tengo para emprender?, ¿Tengo la experiencia necesaria para administrar un negocio?, ¿conozco realmente el mercado al que pretendo incursionar?

Hago un pequeño paréntesis que sirva de aclaración  (la intención de estas líneas lejos de desalentar  a quienes están pensando en emprender es dar algunos puntos de reflexión para que antes de comenzar la aventura rumbo a la independencia económica, puedan hacer algunas consideraciones y conscientemente se tomen las mejores decisiones).

La primera de las interrogantes es vital, ¿cuál es la motivación que tengo para emprender?, pues si tenemos la motivación adecuada haremos los esfuerzos necesarios y daremos los extras que se requieran para lograr el objetivo de sacar el proyecto a flote, de lo contrario será muy fácil caer en desesperación y desanimo, provocando por consiguiente el desistir y abandonar ese sueño.

Entonces, ¿cuál es nuestra motivación para emprender?, si nuestra motivación es porque no soportamos a nuestro jefe actual, o porque nos sentimos menospreciados en nuestro trabajo, a lo mejor porque lo que actualmente realizamos no es de nuestro completo agrado, o tal vez porque estamos desempleados y no encontramos otra vía posible para obtener ingresos. Sí es así, debemos de tener algunas consideraciones, pues si bien es cierto que soñar es gratis, la renta, la energía eléctrica, el internet, los proveedores y los empleados no lo son, y que lo que queda después de pagar por insumos y prestación de servicios podrá considerarse como “ganancia”, lo escribo entre comillas porque aún nos falta pagar impuestos y destinar un tanto a reinversión para poder crecer nuestro negocio, claro partiendo de la primicia que en ese periodo tuvimos los ingresos suficientes.

En este punto es muy importante distinguir entre auto empleo y una empresa, el primero se relaciona con las habilidades y destrezas propias de cada individuo, que le llevan a ser autosuficiente económicamente, esto gracias a que pone a disposición del público en general sus servicios profesionales y/o productos hechos por sus manos. Por lo tanto como el auto empleo depende de lo que hago y se hacer, cuando lo dejo de hacer dejo de ganar. Una empresa por otro lado es una organización establecida de la cual no necesariamente es vital nuestra presencia y puede funcionar con supervisión del emprendedor, para llegar a este punto se requiere de delegar y sobre todo confiar en el trabajo de los demás. Cabe señalar que actualmente varias grandes empresas transnacionales tuvieron sus inicios como fuente de autoempleo o empresa familiar.

Ahora que si lo que nos motiva a emprender es que después de haber encontrado una oportunidad en el mercado para que nuestro producto o servicio triunfe, basando esta afirmación en un plan de negocios concienzudo, y aparte el proyecto verdaderamente nos agrada (no es lo mismo que nos guste hornear cupcakes cada quince días, a tener que hacer y vender 100 pastelitos diarios para poder pagar la renta), entonces tenemos una gran ventaja y ya tenemos lo necesario para seguir con la siguiente pregunta.

El segundo punto para considerar, se relaciona con la experiencia, ese cúmulo de conocimientos y habilidades que muchas veces se vuelve un dolor de cabeza sobre todo para los más jóvenes, pues es contradictorio que en todos los empleos la pidan, cuando nadie les da la oportunidad y así no logran obtenerla. En fin, algo que aprendí a lo largo de los años es que cualquier tipo de trabajo nos da la oportunidad de aprender y sobre todo nos da la oportunidad de equivocarnos, nos da la opción de atrevernos a innovar sin el riesgo que representa equivocarse sobre el propio patrimonio. Es por eso que me atrevería a decir que si nunca has trabajado en nada, o nunca has tenido algún tipo de responsabilidad laboral así fuera en algún negocio familiar, te recomendaría mejor esperar y enfocar en un inicio los esfuerzos a buscar algún trabajo relacionado con tu proyecto que te permita conocer un poco más sobre el terreno que pretendes pisar. Muchos emprendedores en la actualidad obtuvieron la experiencia en el negocio de sus padres, de tal forma que ellos fueron sus mentores y cuando se equivocaban hubo alguien que les advertía y les ayudaba a solucionar.

El tercer y último punto, que aquí se aborda se refiere al conocimiento del mercado, es decir, muchas veces tienes una buena idea, pero esto no basta, tienes que saber cómo comunicarla y así lograr venderla, para esto es que existe el plan de negocios, que entre otros tiene un capítulo de estudio de mercado, en donde se hace un análisis de las tendencias del mercado al que nos dirigimos, y se plantean las opciones de cómo acceder a este, y aun así tener un plan de negocios bien elaborado no nos garantiza el éxito, en varias ocasiones habrá que improvisar sobre la marcha, pues una de las principales características de los mercados es su variabilidad, pero el tener un plan te permite tener un panorama más amplio y así talvez  anticipar los posibles cambios.

Si después de responder con sinceridad a las preguntas anteriores decidimos seguir con la intención de emprender, y terminamos de elaborar nuestro plan de negocios, el cual nos da confianza al arrojarnos resultados de rentabilidad. Es momento de dar el siguiente paso, el cuál es uno de los más importantes y complicados, pero no imposibles, el financiamiento. Pero este lo dejaremos para la próxima entrega.

Tan solo para finalizar, es cierto que el emprendimiento no es para todos, así como también es cierto que esta no es la única opción rentable para lograr ser un profesionista exitoso, muchos han elegido hacer carrera dentro de una empresa u organización, y han alcanzado varios logros tanto personales como para organización. De hecho el integrarse a un equipo ya consolidado es una muy buena opción para desarrollo personal y profesional, ser empleado no tiene nada de malo. Pero también es cierto que las opciones para emplearse pueden ser escasas para dar abasto a la demanda de la población. Es así que se requiere de los dos, y todo depende de los objetivos que te propongas.

Gracias por su lectura, hasta la próxima.

Pronto lloverá en la milpa.

Marcela

Aquí voy a mencionar dos anécdotas en un sólo escrito, con el mismo fin, tampoco soy tan dispersa. O sí, pero no hoy.

1.

En días pasados, una persona en quien confío mucho profesionalmente, me envió un mensaje diciéndome que ahora sí comenzáramos a plantearnos un proyecto. Sin titubear le dije que sí. De ahí partió la plática que hizo que derive lo que viene en párrafos más adelante.

Mis padres son de rancho y eso se refleja mucho en la forma de cómo escribo, por lo tanto, será muy frecuente que me lean citar frases o dichos propios que quizá muchos no conozcan, pero ese tampoco es el punto. Decía mi abuela que no contara mis planes porque la envidia tiene oídos; porque se salan; porque la gente es así y uno muy escéptico a todo, más porque soy capricornio y no creo en cosas que no estén comprobadas por la ciencia, de cualquier modo se cuida y evita contar lo menos posible hasta que se concreta.

Nuestros mensajes son muy delatadores y ojalá nadie nos hackeé pero después de llover ideas sobre lo que queremos, y divagar mucho, llegamos a esa plática donde hablamos sobre lo celoso, egoísta e hijoeputa que es el mundo de las letras. Parafraseando a mi interlocutora, con comillas porque no vaya siendo, “Dante debió incluir al círculo literario como uno de los círculos del infierno”, debido a que aquí en Zacatecas, la élite dentro de ciertos medios, aquí apuntamos al cultural, es malditamente cerrada y si no eres de su agrado o no te consideran digno de ellos, simplemente, no funcionas. A pesar de que ella es licenciada en letras, lo reconoce. Y entonces vienen a mi mente todos los fuchis que he recibido de parte de ese gremio, y de todos los que no tengan qué ver con RRHH y administración, por ser una egresada del área económico-administrativa.

La experiencia más traumática en mi haber, fue un taller impartido por la UNAM (Versal), traído por el Instituto Zacatecano de Cultura donde había cupo limitado, yo me enteré por algún chismoso pero la convocatoria sólo se había difundido en carreras de humanidades de la Universidad Autónoma de Zacatecas. Debías mostrar currículum, portafolio (book) y carta de exposición de motivos. Lo hice, creí que no tendría oportunidad pero bendito lo que sea, me quedé. No lo creía pero no la rechazaba y ahí empezó mi semana tortuosa. Yo, Sandra, acostumbrada a que no me rechacen, a ser la graciosa, el centro de atención y a la simpatía de la gente; era la apestada del grupo porque ¿Qué tenía qué hacer ella en un grupo donde sólo había licenciados y maestros en letras y filosofía? ¿Cómo me atrevía a robarle el espacio a alguien a quien sí le competía ese taller? ¿Cómo es posible que me hubieran aceptado si sólo era una licenciadilla en administración? Y sí. A los 28 años por primera vez sentí el rechazo escolar; prácticas donde me tenía que acomodar el profesor porque nadie me juntaba en sus equipos; trabajos donde yo sólo tenía que presentar porque para eso había estudiado, sin tomar en cuenta mi opinión; minimización de mi intelecto porque ¿Qué iba yo a saber de tal autor si no lo había llevado en la retícula? Y, *inserte sonido del violín más pequeño del mundo*, lo que más me entristeció fue que en el convivio final, donde partieron un pastel y dieron postre, a mí, sentada entre otros dos del gremio, me saltaron y no me dieron mi respectiva porción. Así, como cuando eres el único al que no invitan al cumpleaños de Lupita cuando estás en segundo de primaria, así me sentí y fueron los hermosos, humildes, cálidos y humanos egresados de letras y filosofía los que lo lograron.

Terminó el taller y me sentí aliviada porque ya no tenía que lidiar con la tensión de sortearlos, esperando que diera una respuesta equivocada para comenzar a cuchichear. Una cosa bonita que hizo el maestro, porque siempre me veía sentada desde antes a la hora de la comida (comía sola *violín más pequeño, otra vez*), fue decirme que yo le gustaba porque iba en blanco, sin aspiraciones o pretensiones de querer sorprender a los demás. Y así lo era.

2.

Los recuerdos de Facebook me mostraron que, hace cuatro años, salía de una entrevista para una agencia cotizadísima en exDF para manejo de redes sociales. Aunque sólo iba por un par de meses a un taller de redacción, ahora sí aplica lo de “por diversión”, mandé mi currículum.

Recibieron casi 300 CV (o eso nos dijeron)
La vacante era para sexo masculino.
Pedían experiencia comprobable; yo sólo tenía algunos artículos de revistas de música que había escrito, Twitter y Blogspot.
Quedamos 17; 3 éramos mujeres.
El perfil solicitado era mercadotecnia/publicidad/comunicaciones/afines. Yo era la única administradora del grupo.
También era la única que no era del exDF, y egresada de escuela pública.
Fue la entrevista laboral más pesada, estresante y difícil que he tenido.
La paga, en ese tiempo, eran $22 mil pesos libres mensuales.
Salí fumando -yo no fumo- y con el cerebro al borde del colapso.

Mi tiempo de volver a Zacatecas había llegado y ellos no entregaron resultados cuando quedaron sino hasta dos semanas después, yo ya estaba en casa y un lunes, recibí la llamada. El puesto era mío.
No lo tomé por miedo, por sexto sentido, por tonta, por lo que haya sido. No me arrepiento, vinieron muchas experiencias que nada puede costearlas, ni esa buena paga de hace cuatro años.

PD. Hace una semana recibí una oferta de trabajo de $3 mil pesos mensuales aquí. En 2016. En donde estoy necia de querer quedarme. Por pura dignidad (y regaño de mi papá si lo tomaba) no lo acepté. Sigo desempleada.
PD2. Desde entonces respeto mucho a los CMs y creadores de contenido; también creo que, aunque soy buena, ya no quiero jugar a eso.
PD3. Que le digan que no, no implica que no se pueda.

A veces parece que todo está en nuestra contra; los NO van a inclinarse en la balanza y los NO PUEDO serán también pesadísimos; la presión social tampoco ayudará y, sin decirte nada, te susurrará que te rindas. Ignoren todo. Yo -ahora- quizá no tenga autoridad moral para darles ánimos porque estoy a punto de colgar la toalla pero todavía me queda algo que me dice que no es el momento. A veces es bueno tomarse un rechazo como personal para coger impulso. Podría escribir un libro de fracasos que no lo fueron pero ya después será.

“Ya pronto te lloverá en tu milpa, Sandra María”, dirían mis siempre sabios rancheros.

PD4. Todos somos geniales en algún aspecto, yo más, pero todos lo somos.

Díganle a Miguel Ángel Cornejo que ya me suelte y que me regrese mi amargura.