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México: en gordos problemas

ANA GABY DE LA TORRE

La obesidad y el sobrepeso son una epidemia mundial, y para nuestra mala suerte, uno de sus focos rojos, se encuentra en México. Entre todos los países de la OCDE (Organización para la Cooperación y Desarrollo Económicos), solo Estados Unidos nos gana en cuanto a obesidad.

A pesar de que el problema es bastante grande y representa pérdidas tanto humanas como económicas, no creo que exista suficiente conciencia entre la sociedad mexicana acerca de la gravedad del asunto, ya que el 30% de los mexicanos creen que “andar pasado de kilos” es normal.

La cruda realidad…

Vivimos en un país, en el que según la última Encuesta Nacional de Salud y Nutrición, (ENSANUT2012) 7 de cada 10 mexicanos adultos, 4 de cada 10 adolescentes, y 1 de cada 3 niños, son obesos. Las estadísticas no mienten, y también nos muestran que mujeres y niñas la padecemos más que hombres y niños, la gente de la ciudad más que la del campo, y los norteños más que los sureños.

La gravedad del asunto no radica en ser mexicanos “gorditos” o “pasados de kilos”, si no en las serias consecuencias y secuelas de la obesidad, que hoy en día se han convertido en las principales causas de mortalidad en México, ¿cuáles son estas consecuencias? bueno, están las enfermedades cardiovasculares como la hipertensión y los infartos, algunos tipos de cáncer, o la diabetes, por la cual en noviembre del año pasado, la Secretaría de Salud Federal declaró emergencia epidemiológica ante la magnitud de casos de diabetes mellitus en el país, que solo en 2015 cobró la vida de 98 mil 521 mexicanos (la mayor mortalidad en Latinoamérica, según la Organización Panamericana de la Salud). Este dato es sumamente alarmante ya que por primera vez en la historia se lanzó una alerta por un tipo de enfermedad no transmisible (normalmente se declaran alertas por enfermedades infecciosas).

Kilos de más, pesos de menos…

No solo estamos hablando de muertes y del deterioro de la salud de los mexicanos, si no también de grandes pérdidas económicas para el país.

El Instituto Mexicano para la Competitividad (IMCO), realizó un estudio en 2012 acerca de los costos de la obesidad en México, en él se encontró que la obesidad representa un costo entre los 82 y 98 mil millones de pesos  lo cual equivale al 73% y 87% del presupuesto anual programado en salud.

El IMCO también estimó que las pérdidas económicas al año por la obesidad equivalen a $840 por persona, y que por el contrario, la implementación de acciones integrales como campañas en medios masivos, información nutrimental, etiquetado, restricción de publicidad y políticas fiscales únicamente representarían un costo de $40.85 al año por persona, lo cual significa que invertir en la prevención de la obesidad es mucho más barato que pagar por sus consecuencias.

Claramente la obesidad genera altas pérdidas económicas al erario público para poder tratar sus enfermedades asociadas y también reduce la competitividad de la población al generarles mayores gastos y una pérdida de calidad de vida.

Por fortuna, esto es algo que al gobierno mexicano no le ha pasado totalmente inadvertido, por lo cual se han tomado ya algunas medidas preventivas, tales como el nuevo etiquetado frontal de los alimentos, el impuesto sobre los refrescos y las bebidas azucaradas e incluso la restricción de publicidad infantil en productos chatarra, entre otras.

Considero que estas medidas, aunque acertadas, no han sido proporcionales a la magnitud del problema, y no creo siquiera que hayan sido suficientes para frenar las cifras crecientes de obesidad en el país,  este año se esperan los resultados de la ENSANUT 2016, y ya veremos que datos arrojan, pero por lo pronto, mantengo un pronóstico reservado al respecto, aunque claro, me encantaría ver las cifras disminuidas.

Por último, les comparto el siguiente video sobre Poncho, una historia real acerca de la obesidad infantil en México.

No es normal que un niño de 12 años caiga fulminado en el patio de su escuela a causa de un infarto, no es normal que hombres y mujeres en edad adulta pasen los mejores años de sus vidas dependiendo de medicamentos para la presión o para la diabetes, no es normal que 3 de cada 4 camas de hospital estén ocupadas por pacientes con enfermedades y complicaciones relacionadas a la obesidad. Creo que las medidas que tanto el poder Ejecutivo como el Legislativo puedan tomar en un futuro, podrán contribuir a frenar el problema, sin embargo soy de la idea de que está en cada uno de nosotros tomar responsabilidad sobre nuestra salud y tomar mejores decisiones respecto a nuestro estilo de vida. No esperemos a que otros hagan las cosas por nosotros.

Les invito a hacer conciencia y a tomar acciones en nuestro beneficio y el de nuestras familias. Gracias por leer y ¡hasta la próxima!

 

Este no es otro post sobre San Valentín

Queridos lectores:
Bienvenidos a Febrero, ya sé que hoy es 8 pero quería mencionarlo.
Principalmente se me había ocurrido escribir mi opinión sobre la cultura de los viajeros en México, pero ¿para qué amargarlos con eso ahorita en el mes del amor? Mejor luego…

Y bueno, vamos a platicar sobre los sentimientos. Ahhhh el amor, es hermoso el amor, bien dijo Jesucristo nuestro señor que amemos al prójimo como a nosotros mismos. No me voy a meter al tema del amor propio porque eso ya sería irme como enredadera en pared, ni tampoco quiero hablar exclusivamente del amor en pareja -del cual conozco muy poquito- pero quiero recordarles de ser muy atentos y prestar atención a todas las muestras de amor que estoy segura diario se nos presentan y que muchas veces ignoramos.

Vámonos por el principio, para ustedes ¿qué es el amor? ¿qué les enseñaron sus padres que era? ¿cuál es el primer recuerdo que tienen de haberlo sentido? Este es el punto decisivo para crear el concepto que usarán por el resto de sus vidas. Tal vez ninguno sea correcto o incorrecto, más bien se trata de encontrar la plenitud del corazón.

Solo como ejemplo, mi concepto se basa más en la apreciación que en la posesión, y me es de suma importancia mantenerlo libre y puro, tal cual es, porque si no se echa a perder y opaca la maravillosa esencia que lo conforma.
Verlo de esa manera ha hecho mi vida muy simple y feliz, y aún que yo soy pésima para expresar amor, no soy tan mala para sentirlo.

Entonces mi consejo para ustedes es que amen mucho, sean felices. Amen su trabajo, amen la música, a su familia, sus intereses propios, amen el arte, a sus amigos, a los animales, a ustedes mismos, a la comida, a la vida misma, y por su puesto, a otra persona.

All you need is love.

Otoño

Alejandra Rodríguez

Creo que mi vida cíclica ha sido determinada por el otoño, siempre es en esta estación del año cuando decido soltar, cerrar, dejar ir, volver a comenzar y establecer nuevos objetivos; ni siquiera sé por qué espero hasta esta época para ultimar mis agasajes emocionales, quizá sea el frío que comienza a escabullirse por los huecos que hay entre la puerta y el piso quien me susurra inspiración o podría ser ese particular aroma que tiene el viento el que estremece a mi corazón, quizá sean todas esas bellas tonalidades que adquieren los árboles al irse secando sus hojas lo cual visualmente me provoca un acercamiento al confrontamiento personal, no lo sé, lo único que tengo claro es que sucede y es en está precisa época.

Me proyecto como esas hojas caídas por el paso del tiempo; aquellas que no envejecen si no que están terminando su estadía en lo alto del árbol y ahora danzan en libertad siguiendo el ritmo del viento, quien por medio de varios discursos persuasivos las lleva a terminar su feliz viaje en el suelo y como ellas, sin adherencia, me creo en el interior la necesidad de tomar decisiones.

El tiempo es mucho más poderoso que nosotros, nunca valoramos ésto porque vivimos paralelo a él y sentimos que todo lo podemos controlar con el menester prestado de su transcurrir a nuestro favor, nos confiamos de que lo tenemos a disposición pero no medimos la realidad finita de ésto y las circunstancias pueden cambiar en cualquier momento, así sin aviso previo las hojas comenzaron a bajar su mirar desde lo alto; para nosotros sucede lo mismo, consecuentemente nuestros ciclos van concluyendo pero quizá necesitemos un tiempo y espacio determinado para hacerlo consiente, como me sucede a mi, que hasta la llegada del otoño es cuando medito los porqués y cómos de mis conclusiones cíclicas.

Disfruto del otoño por sus colores naranjas, esa belleza que maquilla las calles es disfrutable y efímera, pero sobretodo me gusta porque al apreciar este desapego natural por la vida mi mirada se convierte en un parteaguas mental en donde sintetizo pensamientos y los convierto en desenlaces para mejorar, crecer, seguir adelante y prepararme para el invierno tan crudo, tan solitario que se avecina; porque, de ser posible, el superar al siguiente invierno entonces la primavera será una delicia y esta apetencia especial radica en que es una época para destinarme tiempo, tiempo para pensar cómo estoy, cómo he hecho hasta ahora; contrapuesto a lo que debería ser todo el año, pero hay algo en el aire otoñal que me inspira a hacerlo, me incita a tomarme un momento para reflexionar sobre mi propia existencia; es ahora cuando estoy lo suficientemente en contacto con mi propio corazón y alma para saber cómo me siento y para saber cómo expresarlo.

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Daniel, el pato de soporte emocional.

Gisel Alvarado

Buenas noches queridísimos lectores, el día de hoy les vengo a platicar un poco sobre los animales de servicio dentro de un avión, el más típico y común es el perro lazarillo; ya todos sabemos que su función principal es ser los ojos de la persona con dificultades visuales a cargo de él, normalmente son perros de raza grande y por ello ocupan casi siempre los primeros asientos del avión para que puedan ir cómodamente junto a sus amos. Cuando he tenido el honor de transportarlos, me he dado cuenta que son animales extremadamente educados, y aún que no me pueda resistir el querer acariciarlos, es muy importante respetar el hecho de que se encuentran trabajando y no deben ser distraídos (muchos incluso traen consigo ese anuncio escrito en el arnés).

Por otro lado, tenemos a los animales de soporte emocional; la función de estas criaturitas del señor es mantener estables emocionalmente al pasajero en cuestión. Muchas de las veces, éstas personas sufren algún tipo de trastorno o incluso alguna capacidad diferentes que los obliga a mantener a sus mascotas cerca para sentirse tranquilos.

-Alguna vez me tocó el caso de una persona que sufrió un asalto de manera muy violenta y después de acudir a terapias, se le aconsejó llevar consigo siempre un animal que lo hiciera sentir seguro.-

La mayoría de las aerolíneas normalmente maneja a los animales de soporte emocional estrictamente como perros y gatos, pero ¿quiénes son ellos para limitar la opción de las personas para elegir a su compañero fiel? A continuación les mostraré unas fotos de Daniel, el pato de soporte emocional que alguien llevó a su vuelo, además trae puesto un pañal ¿no es lo más adorable del mundo mundial? Que tengan un excelente inicio de semana.

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*las restricciones para animales de soporte emocional varía entre una aerolínea y otra.

*fotos cortesía de Twitter.

El acoso y el autocontrol

Por F. Mifune

Aunque cada vez se ejercen más acciones contra el acoso sexual, aunque cada vez se endurecen más los castigos contra los acosadores y aunque cada vez hay más y más campañas públicas para combatir el acoso, éste continúa al alza, ¿por qué?

Vale la pena considerar que el problema del acoso sexual se está abordando de manera incorrecta en la medida en que no se penetra en el fondo de éste, sino que se anda alrededor de él y atendemos no las causas, sino las consecuencias. Separar a hombres y mujeres en el transporte público, incrementar los años de cárcel a los violadores, hasta la exhibición pública de los acosadores hoy posible gracias a las tecnologías de las redes sociales, son ejemplos de acciones emergencistas, es decir, de cuando las cosas ya pasaron, mas no las evitan. Se ha hecho, pues, con el problema del acoso sexual algo parecido con lo que se hiciera con una persona alcohólica al amarrarle las manos y sellarle la boca con cinta adhesiva: lo contenemos, no bebe (mientras no se suelte) pero, evidentemente, no se le ha quitado el alcoholismo por convicción propia.

Se dice, y con justa razón, que lo que hace falta es mayor educación. El problema es saber qué clase de educación se necesita para educar en hábitos e ideas contra el acoso sexual. Valdría la pena considerar que los hábitos e ideas que se necesitan para educar contra el acoso están profundamente relacionados con nuestra capacidad de controlar nuestras apetencias corpóreas. Buena parte del problema del acoso sexual radica en que el acosador es una persona que no puede contenerse y se lanza, física o verbalmente, contra su víctima. No sabe contener su mirada o sus palabras, incluso sus manos, y se abalanza sobre su víctima con la única intención de satisfacer un deseo sexual que le surge en ese momento. Es peor si el deseo no la surgido en el momento, sino que viene arrastrándolo de tiempo atrás, sin abandonarle, al grado de hacerle planear una violación.

Este problema, el problema de la falta de control sobre los deseos del cuerpo, ha acompañado a la humanidad a lo largo de su historia. Precisamente porque es un problema ancestral, la humanidad ha buscado medios con los cuales combatirlo, lo cual se hace evidente al repasar las acciones que las diferentes sociedades y culturas han realizado para contrarrestar el deseo de satisfacer los caprichos del cuerpo.

El testimonio más remoto y más claro de la lucha contra la necesidad de satisfacer las apetencias corpóreas lo encontramos en la lírica griega. Los antiguos griegos se servían de sus poemas y tragedias para educarse en el arte de contenerse. Un ejemplo elocuente de la educación en la continencia es el de la anécdota de Odiseo y las sirenas. Las sirenas de la isla de Artemisa tenían un canto que embrujaba a los hombres y los raptaba para que se quedaran hasta la muerte ahí en la isla. Odiseo, quien tenía que pasar su barco cerca de la isla de las sirenas para poder llegar a su casa en Ítaca, pidió a su tripulación que todos se taparan los oídos con cera y, también por voluntad propia, pidió que lo amarraran fuertemente a él con un lazo, para que no pudiera dirigirse al llamado de las sirenas. Al pasar cerca de las sirenas, éstas cantaron, pero Odiseo no pudo acudir a su encanto, pues estaba fuertemente atado. De esta manera Odiseo aprendió (y con su historia enseñaba) que el ser humano es débil contra los deseos placenteros del cuerpo, pero muchas veces es mejor pelear contra dichos deseos.

También los griegos antiguos tenían en la filosofía herramientas para educarse en el control de los placeres corpóreos. Aristóteles, en su Ética a Nicómaco, aborda largamente el problema de la akrasia, es decir, el problema de hacer algo que sabemos que no debe hacerse, pero aun así lo hacemos. Aristóteles discute el tema de la incontinencia, y habla de modo específico del incontinente con los placeres del cuerpo, opone la incontinencia con la templanza, lo que le lleva a juzgarla como un desequilibrio, algo propio de un vicioso. También Platón alude al problema de los placeres corpóreos en diversos momentos de su obra, pero, curiosamente, lo aborda no con argumentos racionales, sino con construcciones poéticas. Uno de esos momentos es el mito del carro alado, en el diálogo Fedro, donde propone que el alma humana es como un carruaje conducido por dos caballos, uno de ellos busca ascender hacia las cosas elevadas, a las que otorgan verdadera felicidad; el otro busca a toda costa satisfacerse de las cosas bajas en la tierra, entre ellas los placeres de la carne.

En general, para la filosofía griega la satisfacción incesante de los deseos corpóreos difícilmente podía conducir a la felicidad, pues, para decirlo con las palabras de Sócrates, el cuerpo es como un tonel sin fondo, al que una vez que le ofrecemos un placer, va a consumirlo a la brevedad y va a querer otro, y otro, así en una incesante persecución por más y más placeres. Hasta el filósofo por excelencia del placer, Epicuro, reconocía que los placeres tenían jerarquías, y entre los más altos estaban el de la amistad y la conversación, dejando en segundo término los placeres del cuerpo.

A la entrada de la religión judeocristiana al mundo, la teología también buscó modos de evitar la desenfrenada persecución de los placeres corpóreos. Desde Agustín de Hipona (Confesiones) hasta Tomás de Aquino (Suma Teológica), la búsqueda incesante de los placeres fue rechazada. El giro entre el pensamiento antiguo y el pensamiento teológico con relación al control de los deseos radica en la entrada de la fe: mientras que los antiguos aprendían sobre el autocontrol razonando los argumentos de la filosofía, o bien imitando constantemente las lecciones de la poesía hasta llegar a hacer un hábito moderado, la sociedad judeocristiana introdujo la fe y la autoridad para ayudar a las personas a conducirse en el autocontrol, pues si no entendían las ventajas de éste (con filosofía) o no eran capaces de imitarlo (como en la poesía griega), tenían la autoridad de Dios a la cual bastaba obedecer para saber que estaban haciendo lo correcto al practicar el control sobre los deseos del cuerpo.

La modernidad, que podríamos decir que comienza con René Descartes, arriba entonces y trae consigo ciertas paradojas que afectan crucialmente en la educación sobre el autocontrol. Por una parte, filósofos como Nicolás Maquiavelo (El Príncipe) y Thomas Hobbes (Leviathan) formulan que la naturaleza humana es egoísta por naturaleza, lo que explica por qué las personas buscan sin cesar el cumplimiento de sus deseos. Por otra parte, los ilustrados como Immanuel Kant (¿Qué es la ilustración?) argumentan que se deben buscar los fundamentos del actuar humano sólo y únicamente en la razón, evitando acudir a principios que estén más allá de la razón, como en la poesía, la autoridad o la fe.

Así, pues, la modernidad y la ilustración inauguran una contradicción inédita, es decir, la contradicción entre la naturaleza humana egoísta y la razón como fundamento exclusivo del actuar humano. Si, por una parte, es natural que las personas quieran satisfacer los deseos del cuerpo, y, por otra, la razón, mi razón en particular, no me llegara a ser suficiente para conducirme de manera respetuosa con mis semejantes mientras satisfago mis deseos, ¿entonces qué se debe hacer? La solución del pensamiento de la modernidad (específicamente del contractualismo) es el uso de la fuerza. Prácticamente todos los filósofos de la modernidad, (Maquiavelo, Hobbes, Montesquieu, Locke…) apoyan el uso de la fuerza del estado y castigos duros para aquellas personas que pretendan pasar el límite mientras buscan satisfacer sus deseos. Pero, ¿esto realmente resuelve el problema del incontinente? ¿No habíamos quedado en otra cosa con el ejemplo del alcohólico? ¿No hablaban los fundadores de la modernidad de no hacer las cosas sino por medio de la razón? ¿Es la fuerza una solución racional?

A la contradicción anterior hay que sumar el problema que inauguran Freud y la revolución sexual. Sigmund Freud es el primer pensador que relaciona explícitamente la sexualidad con la naturaleza humana. Si bien los pensadores de la modernidad ya indicaban que es natural que el ser humano busque constantemente satisfacer sus deseos, Freud subraya el tono sexual que estos deseos tienen. Así, pues, con Freud el argumento de la modernidad se hace más específico: es natural que el ser humano busque satisfacer sus deseos sexuales.

Las ideas de Freud, aunadas al espíritu de revolución que circulaba el mundo a finales del siglo XIX y principios del XX (efecto del pensamiento marxista), dieron paso a la revolución sexual. La revolución sexual implica, entre otras cosas, que, dado que la sexualidad y los deseos que ésta incita en el ser humano son naturales, todos somos libres de vivir nuestra sexualidad según nuestros propios deseos siempre que estos no molesten a terceros. Así, como heredera del pensamiento moderno e ilustrado que es, la revolución sexual echa abajo toda comprensión de la sexualidad (ya sea religiosa o considerada moralmente caduca) y apela a la razón como fundamento del comportamiento sexual.

Sin embargo, la contradicción entre la naturaleza egoísta y la razón no ha sido resuelta, y sobre esa contradicción se levantó la revolución sexual. De este modo, se establece una paradoja en el mundo moderno: se tienen los derechos de la revolución sexual, pero no se tiene la educación para saber usarlos. Por una parte, se proclama que las mujeres tienen derecho a vivir su sexualidad y todo lo relacionado con ella de la manera que ellas decidan; por otra parte, desde la modernidad quedó pendiente la solución ante el problema de la incapacidad de la razón (al menos en el sentido de que no todos tienen la misma capacidad racional para entender cómo deben comportarse con respecto a sus apetencias corpóreas). Esta paradoja se expresa en el mundo contemporáneo en diversos modos, por ejemplo, cuando las mujeres visten faldas cortas, pero se enfrentan contra un público nunca educado en los deseos del cuerpo, encomendado únicamente a su propia razón y que muestra, la mayoría de las veces, que su razón le es insuficiente; todavía es más grave en otros casos, por ejemplo, cuando una mujer sale de noche a la calle (¿no tendría derecho a hacerlo?), pero se enfrenta con un mundo sin educación en la continencia, acostumbrado al cálculo de ventajas y beneficios con un precario sistema de seguridad ciudadana al fondo (“nadie me va a descubrir, y si me descubren, mi vida no corre peligro, no pasa de que me metan a la cárcel, donde no estaré peor que fuera de ella, ¿por qué he de contenerme?”).

Los griegos tenían educación en la continencia (la poesía, el teatro griego, la filosofía), el mundo medieval también la tuvo (en la autoridad de Dios y la fe); incluso el mundo oriental tiene religiones, pensamientos y doctrinas populares que hablan de la conveniencia del autocontrol, (el budismo, el islam, el taoísmo, el Hare-Krishna, etc.). Nosotros, los herederos del occidentalismo moderno, estamos educados precisamente en lo contrario. Crecemos con la tenaz convicción de que no hay problema en perseguir y satisfacer todos y cada uno de nuestros deseos corpóreos, siempre y cuando no afectemos a terceros, pero nunca se nos invita a reflexionar en cuánto daño podemos hacernos a nosotros mismos. Por todos lados se intenta persuadirnos de que vayamos tras nuestras apetencias; pero, paradójicamente, también por todos lados vemos los efectos de esto: nos inunda la publicidad del alcohol, el refresco y el sexo seguro, al mismo tiempo que se hacen públicos los problemas que causan la diabetes, los accidentes automovilísticos por estado de ebriedad y los embarazos no deseados.

 

Imagen: mural “Círculo del infierno” en Egipto.

 

Esperanza.

Claudia Tostado

“Love can’t exist without fear. If the thought of losing someone doesn’t scare the shit out of you, then it’s not love”

-Penelope Ward.

 

No podían estar juntos. Y él la culpaba a ella, y ella lo culpaba a él. No entendían. No podían escuchar. No querían esperar.

No podíamos estar juntos. Él me culpaba a mí, y yo lo culpaba a él. No entendíamos. No podíamos escuchar. No queríamos esperar.

No podíamos estar juntos. Tú me culpabas a mí, y yo te culpaba a ti. No entendíamos. No podíamos escuchar. No queríamos esperar. Y no era algo tan difícil. No era que alguno estuviera preso por un crimen que no cometió en una cárcel rodeada de tiburones en medio del mar, ni que fuéramos dos líneas paralelas, imposibles de juntarse en algún punto.

A pesar de que ninguno estábamos dispuesto a ceder, siempre teníamos la esperanza de que el otro lo hiciera. La esperanza. La esperanza que va de la mano con la incertidumbre. La incertidumbre, la maldita incertidumbre. Porque eso de que “la esperanza muere al último”, puede que sea cierto, pero no es algo bonito. Es terrible. Es creer que algo puede ser, pero que al mismo tiempo no está siendo. El futuro no existe. Míranos… siempre nos decíamos que estaríamos juntos en el futuro. No estamos juntos. El futuro no existe.

Sé que me querías tanto como yo a ti. Que te dolía tanto como a mí que no estuviéramos juntos. ¿Pero qué iba a hacer? No podía hacer todo yo. Tampoco esperaba que lo hicieras todo tú. Fue esa necesidad del ser humano de que nos demuestren que nos quieren, de que nos conquisten, de que nos ganen. Era una competencia implícita, un juego de ver quién quería más, un juego en donde los dos perdimos.

Y la respuesta no es tan complicada. Fue miedo, ¿no? Teníamos miedo. Miedo a darnos en la madre. Miedo a que no funcionara. Miedo a que funcionara. Miedo a sufrir. Miedo a dejar de sufrir. Miedo a tener que dar explicaciones. Miedo a tener a quien darle explicaciones. Miedo.

No fuimos valientes. No pudimos, no quisimos. Ninguno de los dos lo intentó lo suficiente. No llegamos al punto de decir ‘no hay absolutamente nada más que pueda hacer, lo hice todo’. ¿Y si lo hubiéramos hecho los dos? ¿Y si los dos hubiéramos hecho absolutamente todo lo que podíamos hacer?

¿Te gusta cómo se escucha en pasado? Como si ya se hubiera acabado el tiempo y no quedara nada por hacer. A mí tampoco.

No podemos estar juntos. Tú me culpas a mí, y yo te culpo a ti. No entendemos. No podemos escuchar. No queremos esperar. Y no es algo tan difícil. No es que alguno esté preso por un crimen que no cometió en una cárcel rodeada de tiburones en medio del mar, ni que seamos dos líneas paralelas, imposibles de juntarse en algún punto.

A pesar de que ninguno estamos dispuesto a ceder, siempre tenemos la esperanza de que el otro lo haga. La esperanza. La esperanza que va de la mano con la incertidumbre. La incertidumbre, la maldita incertidumbre. Porque eso de que “la esperanza muere al último”, puede que sea cierto, pero no es algo bonito. Es terrible. Es creer que algo puede ser, pero que al mismo tiempo no está siendo. ¿Existe el futuro? Míranos… siempre nos decimos que estaremos juntos en el futuro. ¿Estaremos juntos? ¿Existe el futuro?

Sé que me quieres tanto como yo a ti. Que te duele tanto como a mí que no estemos juntos. ¿Pero qué voy a hacer? No puedo hacer todo yo. Tampoco espero que lo hagas todo tú. Es esa necesidad del ser humano de que nos demuestren que nos quieren, de que nos conquisten, de que nos ganen. Es una competencia implícita, un juego de ver quién quiere más, un juego en donde los dos podemos perder.

Y la respuesta no es tan complicada. Es miedo, ¿no? Tenemos miedo. Miedo a darnos en la madre. Miedo a que no funcione. Miedo a que funcione. Miedo a sufrir. Miedo a dejar de sufrir. Miedo a tener que dar explicaciones. Miedo a tener a quien darle explicaciones. Miedo.

¿No somos valientes? ¿No podemos, no queremos? Ninguno de los dos lo ha intentado lo suficiente. No  hemos llegado al punto de decir ‘no hay absolutamente nada más que pueda hacer, lo hice todo’. ¿Y si lo hacemos los dos? ¿Y si los dos hacemos absolutamente todo lo que podemos hacer?

Mis hilos rojos.

Marcela.

Mentiría si escribo que fui una niña típica porque no fue así; mi sed de protagonismo, desde entonces, ya era mucha y siempre buscaba destacar de cualquier manera. Y lo lograba.

En lo que sí era común, de las pocas cosas que recuerdo, era en eso del valor amistoso. Y es que cuando estaba en primaria nunca faltaron cartitas que intercambiaba con mis amigas. Creí que sería para siempre porque en el mundo rosa en el que -a pesar de ser yo- vivía, se estilaba ese pensar. No fue así. Mis mejores amigas de educación básica no sé dónde quedaron y a muchos ni siquiera los reconocería si los veo en la calle. Algunas veces han hecho reuniones de ex-compañeros pero yo no sé qué hacer con esa gente con la que dejé de interactuar y muchas veces no asisto, sólo tengo contacto con una y fue porque seguí viéndola hasta la universidad. Cambié yo, cambiamos todos.

Entrando a la preparatoria, cuando se supone las hormonas ya despertaron, comenzó mi vínculo con el sexo opuesto. Al principio creí que era a conveniencia, porque a los 14 era listilla todavía y hacía eso, y estar cerca y ser más afín a los hombres facilitaría si, más adelante, buscara un momento con alguno que me agradara. Funcionó de maravilla, pero no. Resultó que resulté buenísima para congeniar con los hombres porque eran más divertidos, menos chismosos, menos complicados y, creía, me evitaría envidias porque entre hombres eso no lo notaba; y así era, el problema eran los celos de las novias de con quienes me llevaba bien. De esa etapa sólo tres eran mujeres y, sino mal recuerdo, fácilmente tendría más de veinte hombres con los que podía contar si me quedaba tirada borracha en mis pininos de esos viciosos menesteres. De ese gran número de amigos, al momento puedo decir que me quedan tres o cuatro, y duele ver que la amistad no es para siempre -que no era como mi yo de 10 años pensaba- pero lo pasé.

Entramos a la universidad (dos en mi caso) y me volví más selectiva. Hombres también, siempre dos o tres amigas, no necesitaba más. Cuando más llegué a tener, amistades mujeres, fue en mi segunda universidad, donde no puedo negar que me divertí como chango en drogas pero sí, también cambiamos. Fuera de la escuela, a pesar de convivir mucho -aún sin estar en clases-, comencé a conocer gente con la que tenía un sinfín de cosas en común, con quien sentía conexión, con quien podía hablar de los temas que de verdad me interesaban y no los que ponían en el plato porque era lo que había. Estudié administración -carrera que odio por cierto- y de repente por azares del destino, me envolví en un mundo de estudiantes y egresados de humanidades y sociales. Dejé de sentirme rara por pensar por mí misma y poder compartirlo con otros que también se llegaron a sentir raros en algún momento, y sí, hice nuevos amigos. De la universidad rescato a cuatro personas a las que considero cercanos; a los demás los aprecio, los quiero, agradezco y estimo pero ya no somos lo que fuimos; los mejores amigos de cuando teníamos veintes siempre, pero en los treintas ese filtro se volvió poco poroso que no permitió pasar a muchos.

Entonces sales al monstruoso mundo laboral y te agarras fuerte de los que te son cercanos porque –como todo lo nuevo- tienes miedo; y vas renuente a encontrar personas que consideres valen la pena como para verlas fuera de lo establecido. Y pasan años y conoces y conoces, y cumples años y conoces; y dejas relaciones y conoces; y viajas y conoces; y entras a Internet y conoces; y los que fueron se quedaron en el tiempo en el que se conjugó el verbo fue: en el pasado, y vienen otros cientos, que pasan y se van, que crees que se van a quedar y se van, que no creías que estuvieran y se quedan.

Hace seis años aproximadamente, uno de mis mejores amigos que aún conservo, mientras estábamos en un coche comiendo un pastel entre tres y tomábamos leche, preguntaba cuánto creíamos que íbamos a durar siendo amigos, así como lo somos ahora -mucho más enredados y rotos, claro-, cuando lo hizo me puse a llorar porque creí que él no me consideraba suficiente como para ser amigos eternos pero tenía razón; la gente cambia, los amigos dejan de ser confidentes y se vuelven conocidos a los que quieres; el tiempo no perdona y hace notorias las cosas en las que ya no se es compatible, las hace notorias de manera gigante, hasta darte cuenta que ya no eres el mejor amigo de esa persona porque esa persona tampoco es quien fue cuando se divertían juntos. Y no es malo, son simples transiciones. Eres el mejor amigo de la Sandra de veinte años pero no sabes nada de la Sandra de 32, es normal y no es tu culpa; así como tampoco es culpa de Sandra no saber de ti porque no es obligatorio estar ahí.

Siguen siendo días difíciles y a veces no quiero escribir sólo por ser responsable pero invariablemente sale algo. Siempre he dicho que escribir me drena es como vomitar sin lastimarme la tráquea: me vacía. Lo anterior fue porque me sentí sola y me puse a pensar con quién cuento y con quién no, escuché una canción llamada “Los Amigos Que Perdí” y comencé a llorar no de tristeza, tal vez nostalgia y añoranza de tiempos mejores, sino porque me di cuenta que hoy tengo personas que yo no sabía que ahí estaban y saltaron por mí cuando me vieron cayendo; personas que quizá serán recordados como los mejores amigos de la Sandra de 32 y a los 40 ya no estaremos juntos, o quizá sí, cada vez nos volvemos más pasajeros pero, a su vez, más estables y cuidadosos para elegir.

Con los años, vas filtrando y depurando. La gente que te conoció de niña o adolescente, cuando eres adulto dice que antes no eras de tal forma pero no, simplemente no podemos ser los mismos que fuimos quince o veinte años atrás. Porque todo cambia y uno debe ajustarse o se lo come la vida y no al revés. Yo sólo puedo decir gracias a quien alguna vez estuvo conmigo y me permitió ser parte de sus memorias, porque citando porque, otra vez, no vaya siendo “lo bueno casi no se cuenta, pero cuenta mucho”.

Porque los hilos rojos que van de los dedos de las personas que he conocido a los míos pueden hacerse nudo, atorarse, estirar y aflojar, pero nunca se van a romper.

¿Acaso olvidamos esa capacidad de asombro?

Daniela Rivera 

 

Ayer comencé un año más, uno diferente, de aquellos que te indican que el cambio se siente y se ve llegar de una forma inesperada. Me di cuenta y reflexioné sobre la gran cantidad de cosas que escribía durante la infancia y la adolescencia y lo poco o diferente que lo hacía ahora. ¿Les ocurre lo mismo? Esa feracidad con la que sujetábamos el lápiz, casi rompiendo el papel, esa abundancia de diarios, notas, poemas, canciones, relatos… ¿Dónde se va todo eso? ¿Aún los conservan? Apenas un amigo muy cercano me preguntaba: ¿Acaso olvidamos esa capacidad de asombro hacia todo que tenemos cuando somos niños? ¿Preferimos tomar como pasatiempo lo que de niños veíamos como un castigo? ¿Cómo seguir observando el día a día con esos ojos limpios? Volver a la fertilidad en la escritura, en la mirada, en cualquier tipo de creación. Volver a recuperar el tiempo, ahora sí. Sin duda creo que cada cumpleaños es un pretexto, es una renovación y es una ventana directa a visibilizar ese inmenso mundo que está a nuestro alrededor.

 

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Cada quien tiene el amor que NO merece

Alejandra Rodríguez

Siempre nos preguntamos por qué no tenemos lo que queremos, en realidad esa ecuación no funciona así, lo que se nos otorga en la vida se acepta porque es lo que merecemos, bueno o malo se aprende a vivir con lo que hay porque eso que obtienes es fruto de tu comportamiento anterior y con una mentalidad positiva frente a la vida todo puede ser sumamente disfrutable, en realidad solo necesitamos de nosotros mismos para vivir; solos nacimos y solos nos vamos a ir; nadie es indispensable pero nos gusta ser sociales y compartir, lo cuál es completamente válido, solo hay que saber hacerlo para aceptar completamente lo que obtenemos.

En cuanto al amor hacemos que suceda lo contrario, nunca estamos conformes con nuestras relaciones sentimentales y constantemente nos preguntamos ¿Por qué? Resulta que nuestro sistema neuronal que conecta el raciocinio con el corazón viene defectuoso de fábrica o al menos eso me gusta pensar al respecto de esta fallida funcionalidad humana para poder comprender por qué los seres humanos volvemos tan complejo todo cuando se trata simplemente de mostrar los sentimientos y compartir el amor personal con otra persona a fin.

 Las cosas son simples, me gustas, te gusto, seamos felices dejémonos de prejuicios y etiquetas, construyamos una vida compartiendo nuestras diferencias y enriqueciendo nuestras almas; pero NO, no conformes con esta simple fórmula nos auto saboteamos constantemente.

La raíz de esta complejidad es que nunca sabremos a ciencia cierta quien es la persona indicada para nosotros y nos obstinaos tanto con la idea de encontrar a esa “media naranja” que terminamos fracasando en el amor porque tenemos en incorrecto los fundamentos para elegir una pareja y todo por seguir esquemas sociales establecidos en nuestra mente, entonces los que no queremos encasillarnos en este vaivén de conceptualizaciones adquiridas nos toca vivir al día, disfrutar con quien puedas estar en ese momento y buscar la felicidad en el presente, de otra manera solo frustrarás más tus vivencias por estar buscando a ese ideal para ti que quien sabe y exista realmente.

Aunado a esto, nuestro criterio defectuoso asume y categoriza a las personas en el error y el claro ejemplo de ello es que cuando estamos envueltos en un lío amoroso lo comenzamos aventando una bola pequeña de nieve para iniciar el juego y termina convirtiéndose en una avalancha imparable que en muchas ocasiones nos sobrepasa; es muy común escuchar que “Cuando tu quieres no te quieren, cuando te quieren tu no quieres y cuando se quieren no se puede” ¿Nunca les ha sucedido que tienen a la persona perfecta frente a sus ojos, esta les corresponde en amor e interés y por alguna razón no pueden estar juntos? Es como si el destino conspirara contra nosotros y nos quisiera ver fracasados para siempre; también ocurre que cuando llega una persona a tu vida y te trata como lo mejor que le ha sucedido jamás y quiere hacer hasta lo imposible por hacerte feliz, toda esta belleza ocurre precisamente con la persona que no te gusta, la que no te llena, no te satisface y no le ves un futuro a tu lado. EL peor de todos estos ejemplos es cuando tu estás del otro lado de la moneda, esa persona que admiras, piensas que es todo para tu vida y quieres volcar tu ser completo frente a ella para demostrarle lo perfecto que podrían ser juntos, hasta dejas de ser tu propia prioridad para llamar su atención, buscas cualquier pretexto para sobresalir buscando agradarle y precisamente esa persona por la que tu estas dispuesta a todo es la que no te quiere en su vida, no eres el “ideal” y simplemente te rechaza, estas ironías suceden todos los días aunque parezcan leyes absurdas de Murphy; suceden porque desde nuestra concepción idealista tenemos todos los conceptos acerca del amor mal tergiversados, por eso es que les comentaba que nuestra parte afectiva del cerebro viene con defecto de fábrica ya que todas estas ideas se nos impusieron desde la infancia, crecimos con este aprendizaje de insatisfacción permanente frente a las relaciones amorosas y no pudimos establecer otro criterio frente a ellas, buscamos estereotipos irreales e inalcanzables, por eso nuestros objetivos amorosos están mal planeados y por lo tanto fracasamos, algunos estudios revelan que de lo contrario nos aburriríamos y por eso necesitamos estar reinventándonos constantemente, en mi poca y no amplia comprensión del tema estos esquemas significan que al ser humano le gusta sufrir, complicarse la vida reinventándose para no “aburrirse” y como no le basta hacerlo para si solo involucra a otros, a quienes termina lastimando o hasta declarando guerras de odio de por vida; hay muchas maneras de reinventarse para lograr la satisfacción personal, no necesariamente debemos de estar buscando imposibles y todo esto provocado por pequeñeces que por no ser honestos con nosotros mismos sobrellevamos y terminamos rodando en esta avalancha imparable a la que conocemos hoy en día como amor.

 

 

¿Y todo para qué?

Marcela

Mi papá hace unos meses hizo el horrible descubrimiento -para el adulto mayor- del botón compartir en Facebook. No sería tan fatalista por este hecho si hasta ahí hubiese llegado; pero no. A partir de ese día se dedicó a darle share a cada artículo que leía sobre medicina alternativa (probándola y poniéndose en riesgo, por supuesto); dignificación de las etnias; tumbar al gobierno (con la perspectiva de Aristegui y sus allegados: gente nada imparcial); y todo lo que yo, como Sandra, no soporto entre mis contactos de tal red pero ¿Qué haces cuando es tu papá al que lo muerde el zombie de la tecnología? Nada. Lo regañas y regañas y regañas para que no le dé aceptar a todo; que no crea todo lo que lee; que verifique primero la fuente (porque me tocó leer, incluso, fotos de niños que ya habían sido encontrados. De hace 5 años); que dale compartir para que los ositos polares se tropicalicen y puedan habitar en Zacatecas; y un etcétera muy largo. Como buen papá de 64 años, me ignoró y siguió haciéndolo.

No sé si fue la semana pasada o la anterior cuando mi mamá me comentó sobre un artículo que, supongo le mostró mi papá, sobre los nietos que son criados por los abuelos y no por los padres, como ‘se supone’ debería ser. En mi familia esta situación existe; recuerdo, de hecho, que alguna vez leí esa publicación que mamá mencionó, bajo mi juicio y dándole la razón a dicho artículo “sí, sí, a huevo, que los hijos no sean encajosos, que cuiden a los propios, que blahblah”, así fue pensando en el cansancio de mis padres… Hasta que vi a mi mamá triste porque me dijo que de “mensa” no la bajaban por cuidar a sus nietas. Le pregunté quién y me respondió “todos, hasta el internet”, luego se le quebró la voz y creyó que no me di cuenta pero comenzó a llorar. Se fue al patio a hacer cualquier cosa para que no la viera y ahí quedó.

Entonces la que lloró fui yo. Porque vi que me convertí en los que enjuician y lapidan porque algo no es como ellos lo harían. Del tipo de personas de los que no me importaba lo que pensaran; de esos de los que me daba igual si existían o no. Es horrible, por una parte, tener criterio.

Nunca pensé -cuando leí esa nota- en lo que mis papás piensan o sienten al ser figuras para mis sobrinas. Ignoré las caras de mis sobrinas al ver que mi papá llegaba por ellas a la escuela o cuando traía elotes (sus favoritos) al llegar a casa. Dejé pasar de largo los gritos y cantos de mi mamá cuando se pone a ver videos y a jugar con ellas. Olvidé y omití los detalles que los hacen sentirse niños que protegen pero se divierten a pesar de las tristes infancias que vivieron; el sentirse adultos funcionales; el sentirse productivos y hasta necesarios para el desarrollo de lo que más quieren.

También pensé en no sé cuántos artículos habré leído donde dan un punto de vista similar al mío; dándoles la razón, sin nunca detenerme a ver la parte acusada, o acosada. Como las veces que tildé de pendejas a las personas que estaban dentro de una relación destructiva y no salían de ahí, y una opinión de un post en el mismo Facebook me hizo pensar en lo cierto que es cuando una persona está involucrada en un ciclo de este tipo, porque es lo que conocen; porque están manipulados; porque son vulnerables; por N número de razones que no recuerdo bien. Y empecé a sentir vergüenza. Y culpa. Y no supe a quién más pedir perdón por mis comentarios de “mujer luchona nada dejada todas las puedo” que no debieron ser.

Y sigo leyendo, pero a conciencia; pensando y no acusando. Acusando y no externando. Sin dejar que mis piensos lleguen a expresarse vocalmente porque ya tengo 32 y es hora de medir mis palabras por muy cortitas que sean.

Tampoco este escrito tiene mucho sentido. O ya no sé, traigo la razón medio nublada pero creo que lo único aquí es pensar antes de hablar; y analizar si lo que se va a decir lleva algo bueno en él; sino ¿Como para qué?

En contexto de tecnología, aplico ya los changuitos de Whatsapp “No ver el mal, no oír el mal, no hablar el mal”.

“Si nosotros somos tan dados a juzgar a los demás, es debido a que temblamos por nosotros mismos” – O. Wilde.

Ah, sí. Por abrir CADA nota que leía en Facebook, el celular de mi papá tomó cientos de virus y ya no sirve, creo que no hay mejor moraleja de vida que esa.

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