Category Archives: Cultura

El adiós

LUIS IGNACIO ESCOBEDO

4 de febrero del 2017, ha sido la fecha elegida para poner punto final a una de las carreras más importantes del toreo en México. La historia de Eulalio López “Zotoluco” es y será una de las trayectorias más trascendentales del toreo contemporáneo. Trazada a base de esfuerzo, sacrificio, valor, poder y fidelidad a su concepto del toreo.

Ver decir adiós a un torero no es grato. Es una profesión en la que retirarse no da gusto. Independientemente del miedo, los sacrificios y las heridas, la cornada más grande que puede recibir un torero es aquella que lo quita  de torear, es esa que no es forzosamente física, pero produce más dolor, es esa que queda grabada en el corazón y no cicatriza nunca; me refiero a ese momento en el que te das cuenta que no puedes o debes seguir en activo, seguir toreando.

Enfundarse por última vez el traje de luces sintiendo esa sensación de despedida, esa que se siente cuando le dices adiós a tu ser más querido; quitarse de los toros, de los ruedos, del público, es quitarle el sentido a la vida misma. Ya lo decía David Silveti “Torear es una necesidad y vivir, una circunstancia”

No es lo mismo que cuando un abogado se retira de los estrados, ya que puede no hacerlo nunca, y el torero tiene que hacerlo cuando las facultades o las oportunidades se merman. El  abogado o arquitecto, pensó por mucho tiempo qué debía ser y después estudió para serlo. El torero nace torero y dedica la vida para serlo. Bueno, malo o regular, un torero está dispuesto a entregar la vida para la creación de un momento inolvidable en la mente de alguna persona.

Torero nunca se deja de ser, no es ex-torero, sino torero en el retiro, porque el torero así como nace torero, muere torero.

Conchita Cintrón publicó en 1977 un libro titulado “¿Por qué vuelven los toreros?” ahora mi pregunta es ¿Por qué se quitan los toreros? La respuesta a ambas cuestiones es básicamente la misma. Más allá del dinero, la fama, el protagonismo; porque aparte no todos los toreros consiguen esas cosas. El no dejar de torear o volver a torear, es por el hecho de sentirnos toreros, poder expresar de una forma lo que sentimos, tener esa subida de adrenalina que se vuelve adictiva. En pocas palabras es porque torear es vivir, y sin torear la vida no es igual. Un torero sólo se quita de torero cuando no tiene más remedio, cuando las facultades físicas ya no dan para más, cuando una cornada le limita alguna función motriz, cuando su situación profesional se encuentra mal y no tiene a donde orillarse, o bien, simple y sencillamente, cuando se pierde la ilusión, esa llama que motiva al torero a jugarse la vida.

Pero casi siempre, tarde o temprano, busca el modo de volver a sentir eso que se siente cuando se es TORERO.

Este no es otro post sobre San Valentín

Queridos lectores:
Bienvenidos a Febrero, ya sé que hoy es 8 pero quería mencionarlo.
Principalmente se me había ocurrido escribir mi opinión sobre la cultura de los viajeros en México, pero ¿para qué amargarlos con eso ahorita en el mes del amor? Mejor luego…

Y bueno, vamos a platicar sobre los sentimientos. Ahhhh el amor, es hermoso el amor, bien dijo Jesucristo nuestro señor que amemos al prójimo como a nosotros mismos. No me voy a meter al tema del amor propio porque eso ya sería irme como enredadera en pared, ni tampoco quiero hablar exclusivamente del amor en pareja -del cual conozco muy poquito- pero quiero recordarles de ser muy atentos y prestar atención a todas las muestras de amor que estoy segura diario se nos presentan y que muchas veces ignoramos.

Vámonos por el principio, para ustedes ¿qué es el amor? ¿qué les enseñaron sus padres que era? ¿cuál es el primer recuerdo que tienen de haberlo sentido? Este es el punto decisivo para crear el concepto que usarán por el resto de sus vidas. Tal vez ninguno sea correcto o incorrecto, más bien se trata de encontrar la plenitud del corazón.

Solo como ejemplo, mi concepto se basa más en la apreciación que en la posesión, y me es de suma importancia mantenerlo libre y puro, tal cual es, porque si no se echa a perder y opaca la maravillosa esencia que lo conforma.
Verlo de esa manera ha hecho mi vida muy simple y feliz, y aún que yo soy pésima para expresar amor, no soy tan mala para sentirlo.

Entonces mi consejo para ustedes es que amen mucho, sean felices. Amen su trabajo, amen la música, a su familia, sus intereses propios, amen el arte, a sus amigos, a los animales, a ustedes mismos, a la comida, a la vida misma, y por su puesto, a otra persona.

All you need is love.

El Laberinto del Mundo. Marguerite Yourcenar.  

Jonathan Alcalá

            Marguerite Yourcenar dijo que escribiría hasta que la pluma cayera de sus manos. Así fue. ¿Qué? La eternidad, es una obra inconclusa. Encuentro un encanto teñido de tristeza, que una mujer que creía que el tiempo es maleable a nuestro antojo, haya dejado su cuerpo sin poner punto final a un libro. La existencia de Yourcenar de alguna manera se sigue escribiendo, a final de cuentas, ella dijo que el diagrama de la vida humana se compone de tres líneas que se pierden en el infinito: “lo que un hombre ha creído ser, lo que ha querido ser, y lo que fue.” Así como el corazón de Adriano late con vitalidad a través de sus memorias, la sensibilidad y erudición de Marguerite se renueva cada vez que alguien lee y se deslumbra con sus palabras. Nos ha dejado como herencia El laberinto del mundo, tres libros que hablan sobre su vida y sobre la vida misma, ya que la condición de una sola persona es la de todas las personas. Las diferencias que hay entre dos seres humanos son el segundo plano de su retrato, antes, podríamos ver y enumerar sus semejanzas, el modo en que lloran, ríen, aman, sueñan, nutren sus cuerpos, el dolor y la felicidad que padecen, el placer. Las emociones y sensaciones que experimentamos de forma paralela, son el hilo que más debemos cuidar, de ese modo, el otro, podría dejar de ser tan ajeno a nosotros.

            Recordatorios es la primera parte de la trilogía, el linaje materno que se ha tejido en la actual Bélgica. El distanciamiento se sí misma para poder narrar con precisión el nacimiento del ser a quién llama “yo”. Su llegada al mundo es el punto de partida de una cascada que nos lleva al pasado, para enseñarnos, que el hombre casi siempre está preso en la cárcel de su tiempo y las circunstancias que le rodean. Yourcenar logra hallar el hilo de su sangre hasta poco después de la Edad Media. Dibuja a sus antepasados de la misma manera que lo ha hecho con los personajes ficticios de sus relatos; nos ilustra  a través de ellos, que los vicios y las virtudes de las familias poco han cambiado en centenares de años. Probablemente el pertenecer a la burguesía sitúa la historia en algunas particularidades. Recordatorios tiene a dos personajes que sobresalen: Fernande, la madre de Marguerite, y Octave Pirmez, tío de la autora, que también poseyó un destino literario y cuya vida, notable en algunos sentidos, ocupa parte importante del ayer que nos quiso contar ella.

“Hijo del magnánimo Tideo, ¿por qué te informas sobre mi linaje?

Cual generación de las hojas, así la de los hombres.”,

Ilíada, VII, 145-146.

            Ese es el telón de Archivos del Norte, es turno ahora de la red paterna. Esta vez Yourcenar va más atrás en el tiempo, nos explica que antes de la intempestiva llegada del hombre a la región boscosa donde nació su padre, los habitantes eran enormes árboles de follaje oscuro, de ahí el nombre de la propiedad que fue parte de la familia hasta principios del siglo XX, el Mont-Noir. Lugar que sirve como escenario de parte importante de la historia, hasta la llegada de Michel, padre de Marguerite, que resulta ser un hombre entrañable, dado a la aventura y la pasión, casi en la misma proporción que a la cultura. Rebelde, escapó de su casa para llenarse del mundo, también lo hizo así del ejército, acto que le valió el destierro de Francia, hallando entonces en Inglaterra un segundo hogar, “siempre se está mejor en otro lado”, era su filosofía. Si el placer es una forma de pecado, entonces no hay placer que no lleve una penitencia, así la vida de Michel se tiñe de claros y oscuros todo el tiempo, el transcurso de años que jamás son grises, pasando de un amor a otro, de un lugar a otro, como el gran lector que termina un libro al mismo tiempo que comienza el siguiente. En circunstancias inesperadas, Fernande y él se conocen para casarse, sin saberlo siquiera, la sonrisa que se ofrecieron mutuamente el día que se conocieron, fue la chispa que comenzó el gran fuego que es la vida de una de las escritoras más brillantes del siglo pasado.

            ¿Qué? La eternidad. La niñez puede estar llena de falsos recuerdos, pero aun así, la autora se las arregla para darnos una impresión lúcida de lo ocurrido.  Los primeros años de nuestra existencia tienen una impostura más obvia que la de nuestra juventud y adultez. Marguerite tuvo la fortuna de ser acogida por un padre que le heredó la tradición de los libros, tanto, que ella menciona que los libros son una de sus patrias. Sin llevar a cuestas el peso de una educación tradicional, Yourcenar encuentra en la naturaleza una belleza más abundante que en los juguetes. También fue una mujer rebelde como Michel, lectora en una época en la que leer  generalmente era cosa de hombres, capaz de aceptar y explorar la sensualidad y el erotismo que duerme en nosotros mientras somos niños, contemplativa ante las grandes maravillas del mundo, como el océano. Vivió una plenitud en tiempos en los que la tecnología parecía tener como objetivo la matanza y la destrucción. Tiempos de dos guerras que parecían eternas y que nos daba la impresión de que nada podía ser peor que ese presente. Yourcenar nos relata la historia de Jeanne, amiga íntima de su madre y amante de su padre, su matrimonio nos hizo pensar en Alexis y Mónica, de Alexis o el tratado del inútil combate, un hombre lleno de virtudes que flotaban en el río cuya profundidad eran apetitos poco aceptados en esa época, y vergonzosamente, todavía algunos no los aceptan en la nuestra. ¿Qué? La eternidad, termina sin concluir, ya que el propósito era relatar la muerte de Michel, de Jeanne y otros acontecimientos más.

            El laberinto del mundo, es en resumen, la historia de una mujer y del parte del mundo, un proyecto que se escribió durante veinticinco años, en donde nos demuestra que la vida es hermosa a pesar de las amarguras y sinsabores y que nuestro pasado, presente y futuro, son una misma dimensión a la que tenemos acceso si no lo proponemos.

 

 

Día de Muertos en México

Daniela Rivera

Una de las tradiciones más significativas en el patrimonio cultural de México es la que se celebra con fervor y tradicionalismo ritual: el Día de Muertos. En ella, los mexicanos nos mostramos a arraigadas expresiones artísticas y únicas en su género para conmemorar la visita de nuestros muertos. Siendo una festividad indígena que se conserva desde tiempos prehispánicos y que ha encontrado un lugar en la urbe de las ciudades sin olvidar su legado histórico – cultural y que en gran medida ha añadido símbolos desde la cultura española hasta adaptarse a los tiempos de actualidad.

El Día de Muertos ha sido una tradición de fastuosa admiración internacional, que provoca extrañeza y curiosidad ante cualquier extranjero que desee conocer el significado de su celebración. Al tiempo que al paso de los años, los mexicanos conservamos la cosmovisión de transmitir a otras generaciones, las acciones que llevan a cabo como parte de su idiosincrasia, de su identidad y de la forma que tienen para conectar el mundo de los vivos y los muertos y acrecentar así las manifestaciones artísticas y culturales que de su representación, de las que surgen puestas de ofrendas, arte mortuorio, festivales y un sinfín de rituales.

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“El solitario mexicano ama las fiestas y las reuniones públicas. Cualquier pretexto es bueno para interrumpir la marcha del tiempo y celebrar con festejos y ceremonias hombres y acontecimientos. Somos un pueblo ritual” Octavio Paz

El Día de Muertos en México crea una interpretación ante el mundo sobre la concepción que se tiene sobre la muerte, lo ubica como un país único, culturalmente enriquecido con creencias de origen prehispánico, culturas de gran importancia para su formación y, sobre todo, diferente a los dos países que lo han dominado a lo largo de su historia: España y Estados Unidos. España desde haber colonizado el país ha estado presente en las tradiciones, costumbres, religión e idioma; mientras que Estados Unidos al ser la primera potencia mundial y por su cercanía, aprovecha insumos que florecen en México y aculturiza al país con algunas de sus festividades como el Halloween.

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Ofrenda dedicada a David Bowie en el Black Cat Bones en Puebla

En Mesoamérica se encuentra información sobre los ritos mortuorios prehispánicos en los estudios de los arqueólogos y antropólogos. Otra fuente de información es la amplia descripción de los cronistas que llegaron a la Nueva España y relataron episodios de la vida cotidiana de la población indígena, incluyendo la concepción de la muerte y los rituales celebrados alrededor de ella.

En México la concepción de la muerte se toma con una postura de indiferencia, como un proceso que se lleva a cabo en el ciclo natural de cada ser humano. Mientras que en otras culturas es vista como un tema tabú, en nuestro país se le festeja, se celebra y es representada con júbilo al ser el paso transitorio con sus parientes vivos, los cuales aún llevan el recuerdo y el arraigo cultural con sus tradiciones.

Y en estos dos días una de esas tradiciones que re crean el sentido de identidad y pertenencia es la ofrenda, en donde a través de un altar recordamos a nuestros difuntos parientes. De muchos tamaños, colores, elementos e inspiraciones, las casas mexicanas se llenan de homenajes a quienes en vida nos acompañaron y fueron una importante parte de nuestras vidas.

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La anatomía del duelo

Andrea Mantecón

El 13 de septiembre inauguró en Park Avenue Armory la esperada instalación de la artista Taryn Simon, en colaboración con Shohei Shigematsu, socio de la firma OMA, dirigida por Rem Koolhas. Simon, ha realizado extensiva investigación en temas como el poder de la estructura de la secrecía, la vulnerabilidad emocional, el exilio y la irracionalidad logrando desde su recopilación de información un entendimiento de la anatomía del duelo. Shigematsu en esta ocasión buscó dar forma a la arquitectura de dicho duelo, al escenario e instrumento en el que los dolientes pueden expresar sus lamentos. Como parte de la instalación, una serie de artistas al atardecer interpretan lamentos de distintas culturas.
Al entrar al espacio como un visitante, una escalera reducida en un costado del edificio lleva hasta una puerta elevada, de donde se accede a un espacio casi completamente oscuro. Una vez dentro pueden visualizarse 11 cilindros de concreto expuesto, con un corte sesgado en la parte superior y una pequeña apertura en la parte inferior. Aún sin saber la trayectoria de la artista, o el propósito de la instalación, la geometría de los elementos, su escala, su configuración y la iluminación hacen casi de forma inmediata que uno se sienta espiritual, abierto y de alguna manera expuesto, pero también diminuto. Unas escaleras en la oscuridad llevan hasta el centro de los cilindros que están dispuestos en medio círculo y a partir de ahí once rampas de concreto guían a los visitantes a cualquiera de los cilindros. Dentro de estos monumentos, a la altura de una banca, se encuentra una laja semicircular, donde uno puede tomar asiento por unos minutos o por un largo tiempo. Al voltear hacia arriba, y ver la superficie cilíndrica que se extiende hasta perderse, uno siente una protección y una anonimidad especial. La acústica del espacio alienta los lamentos, y aún sin saber nada de la exposición o de la artista, uno inmediatamente siente el deseo de gritar, de llorar, de rogar, de decir entre susurros o entre sollozos que uno ha pasado tantas cosas.

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Entré ahí sin saber de la exposición lo que ahora sé. Me senté con el acompañante con el que iba y en cuestión de minutos, ambos habíamos dicho cosas profundas, de nuestra infancia, de nuestro pasado, de nuestros fantasmas. Miedos del futuro, y duelos del presente. Mientras los decíamos, uno a uno se iban absorbiendo en el concreto y acababan por esfumarse en la oscuridad. Protegidos por la geometría estuvimos unos minutos en silencio, casi como esperando que algún proceso finalizara. Antes de salir del lugar volteamos hacia atrás desde una plataforma y nos dimos cuenta que ahora, este monumento tenía para nosotros algo sagrado.

 

 

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De Ciudades Desiertas a Me Estás Matando Susana

Daniela Rivera

Hace unas semanas fui al cine a ver una interesante y esperada película, “Me estás matando Susana” de Roberto Sneider. Mucho escuché hablar de ella cuando supe la polémica que estaba generando al ser una adaptación cinematográfica del libro “Ciudades desiertas” de José Agustín, que como sabemos es una causa de opinión y discusión necesaria, si porque no le llega a la calidad literaria, si es una película más en el cine mexicano o si lo único que busca son espectadores y públicos comerciales. De primera impresión creo que esperaba pasármela bien [el póster con la figura de Gael García era un primer gancho], el nombre que al haber cambiado del de la novela original, también representaba un atractivo visual [gran tipografía, rosa y con el nombre explícito de una mujer] y claro, la carta abierta de que el director había sido el mismo de Arráncame la vida [novela poblana por excelencia], en fin corrí a verla a dos días del estreno.

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Y cuál sería mi sorpresa que la película no me decepcionó en nada y creo que además atrapa a nuevas generaciones, a neonatos en las letras de José Agustín, a parejas que se encuentran consigo mismas y a escépticos del nuevo cine mexicano. La novela se centra en la relación de Susana y Eligio en 1984. Ambientada en la Ciudad de México, comienza narrando la vida de Susana, quien decide ir a Estados Unidos para participar en un curso de escritores por 4 meses. Se va por su cuenta, sin avisar a nadie, ni a su familia o Eligio, su marido, por lo que éste hace todo lo posible por saber a dónde se fue, hasta que tres meses después llega de sorpresa a la academia para encontrarse con la noticia de que ella tiene un romance con uno de sus compañeros.

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Así de fuerte y una situación cotidiana, del antes y del ahora, donde las mujeres también podemos tomar el papel de la traición, el engaño y donde los deseos se apoderen de las acciones. Ahora combínenlo con el machismo mexicano y la forma tan tradicionalista con la que solemos ver y opinar de las cosas en México. Eligio utiliza un lenguaje coloquial en sus interacciones, además de resaltar aspectos muy mexicanos en cada una de las actividades que realiza, sus apariciones en los lugares de reunión  o en la interacción con las personas de los distintos sitios que integran la academia. José Agustín nos muestra personajes con aspectos y características de jóvenes, que dejan entrever la influencia del autor en la literatura del momento.

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Debido al año en que se realizó esta obra, fue también una fuerte crítica social, ya que es difícil “entender” por qué Susana es tan liberal, por qué se va cuando quiere, mientras que Eligio lanza mentadas de madre, le busca pleito al amante de su esposa y Susana, aunque lo quiera, no puede evitar hacer cosas (buenas o malas) para buscarse a sí misma, ya que se siente estancada.

Vale mucho la pena leer antes la novela porque la película no se centra en la década de los ochenta, sino en la contemporaneidad, en el tiempo actual, en un México nuevo y con personajes que podemos conocer, con los que nos identificamos y con situaciones que muchos nos quedamos callados, sea o no por verse en un espejo o por reconocer y percibir que las relaciones afectivas cambian y hacen crear esos silencios incómodos al levantarse de su butaca.

 

Empleado o empleador

por Bruno Zarazúa

“Al interior de cada desilución
se encuentra la gema sin precio de la sabiduría.”
Robert Kiyosaki

Es bastante atractiva la idea de emprender, poder ser nuestro propio jefe y tener en nuestras manos la posibilidad de desarrollar un proyecto desde la nada, hasta el punto en que sea una empresa verdaderamente sostenible y rentable. ¿A quién no le atrae hacer lo que le gusta y que aparte le paguen por esto?, seguramente a varios nos ha pasado por la cabeza el comenzar algún tipo de negocio, pero antes de tomar una decisión de tal importancia deberíamos de responder sinceramente algunas interrogantes, ¿cuál es la motivación que tengo para emprender?, ¿Tengo la experiencia necesaria para administrar un negocio?, ¿conozco realmente el mercado al que pretendo incursionar?

Hago un pequeño paréntesis que sirva de aclaración  (la intención de estas líneas lejos de desalentar  a quienes están pensando en emprender es dar algunos puntos de reflexión para que antes de comenzar la aventura rumbo a la independencia económica, puedan hacer algunas consideraciones y conscientemente se tomen las mejores decisiones).

La primera de las interrogantes es vital, ¿cuál es la motivación que tengo para emprender?, pues si tenemos la motivación adecuada haremos los esfuerzos necesarios y daremos los extras que se requieran para lograr el objetivo de sacar el proyecto a flote, de lo contrario será muy fácil caer en desesperación y desanimo, provocando por consiguiente el desistir y abandonar ese sueño.

Entonces, ¿cuál es nuestra motivación para emprender?, si nuestra motivación es porque no soportamos a nuestro jefe actual, o porque nos sentimos menospreciados en nuestro trabajo, a lo mejor porque lo que actualmente realizamos no es de nuestro completo agrado, o tal vez porque estamos desempleados y no encontramos otra vía posible para obtener ingresos. Sí es así, debemos de tener algunas consideraciones, pues si bien es cierto que soñar es gratis, la renta, la energía eléctrica, el internet, los proveedores y los empleados no lo son, y que lo que queda después de pagar por insumos y prestación de servicios podrá considerarse como “ganancia”, lo escribo entre comillas porque aún nos falta pagar impuestos y destinar un tanto a reinversión para poder crecer nuestro negocio, claro partiendo de la primicia que en ese periodo tuvimos los ingresos suficientes.

En este punto es muy importante distinguir entre auto empleo y una empresa, el primero se relaciona con las habilidades y destrezas propias de cada individuo, que le llevan a ser autosuficiente económicamente, esto gracias a que pone a disposición del público en general sus servicios profesionales y/o productos hechos por sus manos. Por lo tanto como el auto empleo depende de lo que hago y se hacer, cuando lo dejo de hacer dejo de ganar. Una empresa por otro lado es una organización establecida de la cual no necesariamente es vital nuestra presencia y puede funcionar con supervisión del emprendedor, para llegar a este punto se requiere de delegar y sobre todo confiar en el trabajo de los demás. Cabe señalar que actualmente varias grandes empresas transnacionales tuvieron sus inicios como fuente de autoempleo o empresa familiar.

Ahora que si lo que nos motiva a emprender es que después de haber encontrado una oportunidad en el mercado para que nuestro producto o servicio triunfe, basando esta afirmación en un plan de negocios concienzudo, y aparte el proyecto verdaderamente nos agrada (no es lo mismo que nos guste hornear cupcakes cada quince días, a tener que hacer y vender 100 pastelitos diarios para poder pagar la renta), entonces tenemos una gran ventaja y ya tenemos lo necesario para seguir con la siguiente pregunta.

El segundo punto para considerar, se relaciona con la experiencia, ese cúmulo de conocimientos y habilidades que muchas veces se vuelve un dolor de cabeza sobre todo para los más jóvenes, pues es contradictorio que en todos los empleos la pidan, cuando nadie les da la oportunidad y así no logran obtenerla. En fin, algo que aprendí a lo largo de los años es que cualquier tipo de trabajo nos da la oportunidad de aprender y sobre todo nos da la oportunidad de equivocarnos, nos da la opción de atrevernos a innovar sin el riesgo que representa equivocarse sobre el propio patrimonio. Es por eso que me atrevería a decir que si nunca has trabajado en nada, o nunca has tenido algún tipo de responsabilidad laboral así fuera en algún negocio familiar, te recomendaría mejor esperar y enfocar en un inicio los esfuerzos a buscar algún trabajo relacionado con tu proyecto que te permita conocer un poco más sobre el terreno que pretendes pisar. Muchos emprendedores en la actualidad obtuvieron la experiencia en el negocio de sus padres, de tal forma que ellos fueron sus mentores y cuando se equivocaban hubo alguien que les advertía y les ayudaba a solucionar.

El tercer y último punto, que aquí se aborda se refiere al conocimiento del mercado, es decir, muchas veces tienes una buena idea, pero esto no basta, tienes que saber cómo comunicarla y así lograr venderla, para esto es que existe el plan de negocios, que entre otros tiene un capítulo de estudio de mercado, en donde se hace un análisis de las tendencias del mercado al que nos dirigimos, y se plantean las opciones de cómo acceder a este, y aun así tener un plan de negocios bien elaborado no nos garantiza el éxito, en varias ocasiones habrá que improvisar sobre la marcha, pues una de las principales características de los mercados es su variabilidad, pero el tener un plan te permite tener un panorama más amplio y así talvez  anticipar los posibles cambios.

Si después de responder con sinceridad a las preguntas anteriores decidimos seguir con la intención de emprender, y terminamos de elaborar nuestro plan de negocios, el cual nos da confianza al arrojarnos resultados de rentabilidad. Es momento de dar el siguiente paso, el cuál es uno de los más importantes y complicados, pero no imposibles, el financiamiento. Pero este lo dejaremos para la próxima entrega.

Tan solo para finalizar, es cierto que el emprendimiento no es para todos, así como también es cierto que esta no es la única opción rentable para lograr ser un profesionista exitoso, muchos han elegido hacer carrera dentro de una empresa u organización, y han alcanzado varios logros tanto personales como para organización. De hecho el integrarse a un equipo ya consolidado es una muy buena opción para desarrollo personal y profesional, ser empleado no tiene nada de malo. Pero también es cierto que las opciones para emplearse pueden ser escasas para dar abasto a la demanda de la población. Es así que se requiere de los dos, y todo depende de los objetivos que te propongas.

Gracias por su lectura, hasta la próxima.

Equivocación metafísica; una meditación de Karen Armstrong sobre mythos, logos y religión

Jonathan Alcalá

Después de una larga ausencia (la ausencia siempre es prolongada cuando amamos algo), en esta ocasión cedo mi espacio a un texto traducido por F. Mifune.

Equivocación metafísica; una meditación de Karen Armstrong sobre mythos, logos y religión

El extraordinario y excéntrico énfasis actual en las “creencias” de la cristiandad es efecto de un accidente de la historia que ha distorsionado nuestra comprensión de las verdades de la religión. Llamamos a la gente religiosa “creyentes”, como pensando que el aceptar un conjunto de doctrinas fuera su principal actividad, y antes de comprometerse con la vida religiosa, muchos se sienten obligados a satisfacerse a sí mismos con las afirmaciones metafísicas de la iglesia, mismas que no pueden ser probadas racionalmente porque se encuentran más allá del alcance de cualquier dato empírico.

La mayoría de las otras tradiciones premia la práctica por encima de la ortodoxia del credo: budistas, hinduistas, confucianistas, judíos y musulmanes dirían que la religión es algo que tú haces, y que no puedes entender las verdades de la fe hasta que estás comprometido con un modo de vida transformador que te lleve más allá del lente del egoísmo. Todas las enseñanzas de las religiones de Dios —incluyendo las doctrinas cristianas de la Trinidad o la encarnación— básicamente son invocaciones a la acción. Pero en lugar de ser educados a actuar sobre ellas de manera creativa, muchos cristianos modernos sienten que es más importante “creer” en ellas. ¿Por qué?

En la mayoría de las culturas premodernas había dos modos reconocidos para alcanzar la verdad. Los griegos los llamaban mythos y logos. Ambos eran cruciales y cada uno tenía su particular esfera de competencia. El logos (traducido como “razón” y “ciencia”) fue el modo pragmático de pensar que nos permitía controlar nuestro ambiente y funciones en el mundo. Por lo tanto, el logos tenía que corresponder exactamente con las realidades externas. Pero el logos no podía calmar el dolor humano ni decirle a la gente de manera íntima que sus vidas tienen sentido. Por tal motivo, los griegos se volcaron al mythos, una forma temprana de psicología, con el que trataban los aspectos más elusivos de la experiencia humana.

Las historias de héroes descendiendo al inframundo no fueron consideradas principalmente como hechos “reales”, sino porque enseñaban a la gente cómo negociar con las oscuras regiones de la psique. En ese sentido, el propósito del mytho de la creación fue terapéutico; antes del periodo moderno, ninguna persona sensata pensó jamás dar cuenta exacta de los orígenes de la vida. Una cosmología era recitada sólo en tiempos de crisis o enfermedad, cuando la gente necesitaba un influjo simbólico de energía creativa que les trajera algo desde la misma nada. Así, el mytho del Génesis, sutil polémica contra la religión de Babilonia, fue un bálsamo para los espíritus lastimados de los israelitas que habían sido derrotados y deportados por las armas de Nabucodonosor durante el siglo VI a.C. No se le solicitaba a nadie que “creyera” en el mytho; como la mayoría de la gente, los israelitas tenían otro tanto de historias mutuamente excluyentes de la creación, y hasta el siglo XVI, los judíos no creían nada sobre inventar un nuevo mito de la creación que no guardara relación con el Génesis, excepto aquél que hablara más directamente de sus trágicas circunstancias del momento.

Después de todo, el mytho era un programa de acción. Cuando una narración mítica era simbólicamente reinterpretada, ello traía a la luz, junto con el interpretador, algo “verdadero” acerca de la vida humana y del modo en que la humanidad funciona, incluso si esta manera de ver, así como en el arte, no puede ser probada racionalmente. Si tú no has actuado sobre el mytho, éste permanecerá incomprensible y abstracto —como las reglas de un juego de mesa, que parecen imposibles, complejas, aburridas y sin sentido hasta que comienzas a jugar.

La verdad de la religión es, por lo tanto, una especie de conocimiento práctico. Como nadar, no aprendemos a hacerlo en abstracto, tenemos que arrojarnos en la alberca y adquirir la experiencia a través de la práctica esmerada. Las doctrinas de la religión son producto de observancias rituales y éticas, y no tienen sentido hasta que son acompañados por ejercicios espirituales tales como el yoga, el rezo, la liturgia y un modo de vida constantemente compasivo. La práctica experta en estas disciplinas puede llevarnos a un conocimiento íntimo de una trascendencia que podemos llamar Dios, Nirvana, Brahman o Dao. Sin esa práctica constante, estas palabras permanecen incoherentes, increíbles e incluso absurdas.

Pero durante el periodo moderno, el logos cientificista llegó a ser tan exitoso que el mytho fue desacreditado, el logos del racionalismo científico se volvió el único camino válido para alcanzar la verdad, y Newton y Descartes afirmaron que era posible probar la existencia de Dios. Algunos viejos teólogos judíos, cristianos y musulmanes rechazaron vigorosamente estas afirmaciones. Pero los cristianos aceptaron esta teología científica, y algunos se embarcaron en la predestinada aventura de transformar la fe de sus mythos en logos.

Fue durante el siglo XVII cuando la concepción occidental de la verdad se volvió algo más conceptual y la palabra “creencia” cambió su significado. Antes, bileve [origen del término anglosajón belief-creencia] significaba “amor, lealtad, compromiso”. Estaba relacionado con el latín libido [amor], y era usado en la Biblia del Rey Juan para traducir el griego pistis (“verdad, confianza, involucramiento”). Por ello, en demanda de pistis, Jesús solicitaba compromiso, no credulidad: la gente debía darlo todo a los pobres, siguiéndolo a él hasta el fin, y comprometiéndose totalmente con el reino de Dios.

Sin embargo, en el siglo XVII, los filósofos y los científicos comenzaron a usar la palabra “creencia” para señalar el asentimiento intelectual de una proposición más o menos dudosa. Y nosotros usualmente asumimos que lo “moderno” significa “superior”, y mientras esto sea así gracias a la ciencia y la tecnología, toda idea sobre la religión permanecerá velada para nosotros. En el pasado, la gente entendía que era imprudente confundir mythos con logos, pero hoy nosotros leemos los mythoi de las Escrituras con un literalismo sin precedentes, y junto con nuestras “ciencias de la creación” tenemos mala ciencia y religión inepta. La pregunta es: ¿cómo podemos liberarnos nosotros mismos de nuestro callejón sin salida religioso en el que entramos hace 300 años?

Texto original:

https://www.theguardian.com/commentisfree/belief/2009/jul/12/religion-christianity-belief-science

 

De cosmovisiones y cortes de papel

Andrea Mantecón

Recientemente asistí al Museo de Arte Moderno en Nueva York para observar una exposición temporal de las obras de papel cortado de Henri Matisse. Estas obras fueron realizadas por el pintor en el final de su vida en lo que algunos medios han llamado el brillante capítulo final del artista. Eran realmente maravillosas. Al observar de cerca, se veían irregularidades en el papel causadas por la longitud limitada de las tijeras. Con estas irregularidades se podía casi sentir la velocidad del corte, la posición de las manos que detenían el papel y la intención segura que marcaba el camino de las tijeras, dejando también un poco a ambos, el papel y la herramienta, complementar el proceso.

La exposición me hizo pensar en que Henri Matisse, quien desde mucho antes de esta fase, dominaba con maestría la técnica de la pintura, decidió al final de su vida expresarse en una técnica que podría asociarse con niños pequeños. Y entonces, me pregunté lo que nos hemos preguntado todos alguna vez: ¿qué hace a esto arte a diferencia de los cortes de papel de un niño?

Hay miles y más respuestas a esta pregunta, pero ese día en el museo pensé en una. Una más. Pensé en el arte como la capacidad de ganar años, educarse en técnica y observar a la sociedad y aún conservar una cosmovisión pura y distinta a la de los demás. Pienso que todos nacemos con una forma distinta de ver el mundo que con el paso de los años, nuestras interacciones sociales y la educación que recibimos, se homogeneizan en una cosmovisión mayoritariamente compartida, y a veces, tristemente censurada.

Los niños, quienes tienen aún su cosmovisión pura, no tienen los conocimientos técnicos o la capacidad para expresar observaciones superiores. Y son los genios como Matisse o Van Gogh que han podido conservar intacta su cosmovisión y a través de la técnica que lograron dominar, expresarla, muchos de ellos viviendo en una dualidad entre ese mundo alterno y la realidad de los demás.

En el caso específico de los cortes de papel de Matisse, y que creo que se extiende a varias otras obras como los dibujos de Jean-Michel Basquiat o las obras de Dalí, creo que lo que lograron fue conservar su visión de niños, con su conocimiento técnico y su experiencia observando a la vida, y expresarse con la libertad de quien no se ha convertido en lo que los demás. Parece fácil, tomar unas tijeras y cortar flores de colores, sin embargo, al hacerlo, resulta verdaderamente difícil expresarse en bellas composiciones sin perder la sencillez de un niño, y más difícil aún hacer sentir a quien los ve, como niños también, asombrados y a la vez familiares con lo que ven.

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La definición textual de arquitectura dice que es el arte y la técnica de proyectar, diseñar, construir y modificar el hábitat humano. Arte y técnica. En el lado de la técnica, es lógico todo lo que hay que tener perfectamente resuelto, sin embargo en el lado del arte, es la capacidad de crear un mundo alternativo lo que hace maravillosos espacios, un mundo que va directo del espacio al corazón sin pasar por la cabeza, como estas obras de Matisse, y como los atardeceres de color rosa.

 

De cartas y personajes cercanos: Anaïs Nin

Daniela Rivera

Hay una actividad que vemos lejana y sin embargo persiste y ahora es vista como un objeto de arte: las cartas. En lo personal, soy fanática de los timbres postales, de la dinámica de escribir a mano un escrito cualquiera, de comprar sobres, de acudir al servicio postal y de que a veces días o meses después sean recibidas por mi familia y/o amigos. Me impresiona más el hecho de que son productos viajeros en el tiempo, de aquellos que provocan leer y releer lo que mis escritores predilectos se escribían con otros, lo que artistas de diferentes épocas pensaban y el método que se utilizaba para ser vistas por sus receptores.

Hace poco, la revista Proceso publicó un artículo especial donde anuncian una nueva entrada en su portal: Toledo Lee. Una sección con viñetas surgidas de sus lecturas más entrañables, todo esto y aunado a mis gustos por ellas decidí equilibrar mis propios tiempos dedicados a la lectura con el regreso a estos objetos personales que nos conectan con lo más íntimo de una persona, las cartas.

Hoy en mi primer recuerdo y como inicio de una serie de entregas postales, un amoroso y pasional relato de Anaïs Nin, escritora que surgió por dicha correspondencia y que se hizo famosa gracias a la publicación de sus diarios, los cuales la consolidaron como una de las pocas mujeres en tocar temas de literatura erótica. Esta carta la dirige a Henry Miller, eterno amante y compañero de Nin y en quien se inspiró para escribir cartas que conforman dos de sus más importantes libros: Fuego (1934 – 1937)  y Una pasión literaria: correspondencia de Anaïs Nin y Henry Miller (1932 – 1953). 

 

Anaïs Nin en 1934

Anaïs Nin en 1934

 Louveciennes, 13 de febrero de 1932

Por favor entiende, Henry, que estoy en plena rebelión contra mi propia mente, y cuando “vivo”, lo hago por impulso, por pasión; June lo entendió. Mi mente no “existía” cuando paseábamos insensatamente por París, ajenos a la gente, al tiempo, al lugar, a los demás. Tampoco existía la primera vez que leí a Dostoievski en la habitación de mi hotel, y reímos y lloramos juntos, y no podía dormir, ni sabía en dónde me encontraba […] “pero más tarde”, entiéndeme, cuando todos los fundamentos, toda la conciencia, todo el control de mi ser había sido eliminado, “después” hice el enorme esfuerzo de “sobreponerme” de nuevo, para no caer ya nunca más, para no seguir sufriendo o abrazándome, y  me aferré a todo, a June y a Dostoievski, y “reflexioné”. Tú recibiste mis reflexiones. ¿Por qué haría semejante esfuerzo? Porque tengo “miedo” de ser “exactamente” como June, estoy en contra del caos total.

Deseo poder vivir con June en la locura total, pero también quiero ser capaz de entender después, de captar lo que he vivido desde el principio hasta el final.

Puedo estar equivocada. Como ves puedo darte una prueba de que la “locura en vida” es más inapreciable para mí que mis propios pensamientos: por mucho que piense en ti no pude “ofrecerte” las “emociones” que he vivido con June. Puedo darte explicaciones, contarte las conversaciones que tuvimos, pero no puedo ofrecer las “emociones” mismas. También puedo ofrecerte la única crítica que pude hacer de Dostoievski, y en mi diario hay cuatro páginas con mis incoherentes sentimientos acerca de la lectura de “Los endemoniados”. ¿Puedes entender eso? El pensamiento sólo aflora a la superficie, aunque muy a menudo, cuando tu carta me conmueve, como te dije la primera vez, estoy casi dispuesta a dártelo, como aquel día en que estaba tan preocupada y fuera de mí -el primer día que viniste- y estuve a punto de leerte todo lo que había escrito en mi diario, porque tu propia desesperación despertó mi confianza en ti.

Perdóname. ¿Recuerdas qué fue lo primero que hicimos? Salimos; me entusiasmaron las propiedades “curativas” de la plaza. Daban que reír.

Nosotros no pretendíamos que nos curaran, pero yo procuré recuperar el juicio. Sabía que estabas padeciendo torturas; eludí la zambullida, porque suponía también zambullirme en mi propia tortura. Una vez más dije que debía estar equivocada. Sí, estoy equivocada. Hoy estallé, recelándome tremendamente contra el análisis. Aún cuando el segundo movimiento en todas mis sonatas consistía en liberarme a mí misma del caos, aún cuando haya en mí mucho de Gide, y algún día pueda, como Lawrence, dar media vuelta y escribir mis propias explicaciones de mis libros (porque la explicación de otros acerca de lo que el artista se imagina en estado de ebullición me pone enferma), aún cuando lo haga, entiéndeme, para mí lo primero es el artista, el sentimiento a través de la emoción, esa “envahissement” de sensaciones que siento y que me hace trizas.

Pides cosas imposibles y contradictorias. Quieres saber qué sueños, qué impulsos, qué deseos ha tenido June.

Jamás lo sabrás, al menos de “ella”.

No, ella no podría contártelo. Pero ¿te das cuenta del placer que experimentó June cuando le conté cuáles eran nuestros sentimientos, con aquel lenguaje especial? ¿Cómo pude hacer aquello? Porque… porque no estoy todo el tiempo “hundida”, no siempre estoy simplemente viva, dejándome llevar sencillamente por todas mis fantasías. Porque busco un poco de aire, de comprensión. Deslumbré a June porque cuando nos sentamos juntas no me emborrachó lo maravilloso del momento; lo viví con la conciencia del poeta, en realidad, no la conciencia en la que a los muy formularios psicoanalistas les gustaría meter sus manos clínicas; no, ésa no; una conciencia de “sensaciones” agudas (más agudas que las producidas por las drogas). Llegamos al límite de nuestras dos imaginaciones. Morimos juntas.

Pero June continúa viviendo y muriendo, y yo (¡oh, Dios!, odio mi propia obra, preferiría con mucho vivir simplemente), yo me siento y trato de “contarte”… de contarte que preferiría -frente a todo lo demás- seguir viviendo en éxtasis y sin conocerte, y tú te estrellas la cabeza con el muro de nuestro mundo, sí, y esto sucede a causa de mi demoníaco poder creativo para realizar y coordinar el misterio, yo que deseo desgarrar velos. Pero no todavía. No lo necesito. Amo mi misterio, amo el mundo abstracto y “fuyant” en el que vivo mientras no comienzo mis obras, la conversión de las delicadas, profundas, vagas, oscuras, voluptuosamente mudas, sensaciones en algo de lo que pueda echar mano, tal vez nunca. Tal vez renuncie a mi mente, a mis obras, a mis tentativas y simplemente viva, sufra, me revuelque, evite tu compañía, tu “secuestro” de June o de mí.

“Tú” quieres más claridad, más conocimiento -no dices sé si de Dostoievski- y agradeces a Dios el caos viviente.

¿Por qué quieres, entonces, saber más acerca de June? Porque eres también escritor, y los misterios te inspiran aunque deban ser dominados, conquistados.

Es un poco gracioso. Fue el escritor quien proporcionó a June las palabras con las que ella me elogió y describió. Algo así como: “Su figura guarda un ligero parecido con las bellas mariposas nocturnas bizantinas de seda e incrustaciones”. Lo encontré en tu primera novela. Para los pintores yo había sido siempre una “bizantina”. Me asombró la extraña descripción que hizo June del “esplendor de sutil sofisticación oriental”, etc.

June había prometido escribirme mucho. No me ha escrito. ¿Te ha escrito a ti? ¿Puedes darme alguna dirección suya? Sí, quiero escribirle.

No te preocupes por haber corregido mi inglés. Nada podría hacerme “consciente” de eso. Pero no serás recompensado porque en días como hoy te escribiría de todas formas, y realmente no me importa, mientras puedas entenderme. No me interesa la belleza o la perfección de mi inglés. Si me sale perfecto o bello, estupendo, estoy deseando trabajar, pero no me “preocupa demasiado” -estoy tan plena, tan excitada, tan febril- que el lenguaje me distraiga siempre y me retrase. No he vuelto a leer todavía las cartas que te escribí. ¡Pobres oídos ingleses tuyos, tan sensibles! Me doy cuenta de la amabilidad de tu ayuda.

Por favor, compra más carbón y más leña.

Contestaré al resto de tu carta mañana.

     Anaïs

Anaïs Nin y Henry Miller

Anaïs Nin y Henry Miller