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El adiós

LUIS IGNACIO ESCOBEDO

4 de febrero del 2017, ha sido la fecha elegida para poner punto final a una de las carreras más importantes del toreo en México. La historia de Eulalio López “Zotoluco” es y será una de las trayectorias más trascendentales del toreo contemporáneo. Trazada a base de esfuerzo, sacrificio, valor, poder y fidelidad a su concepto del toreo.

Ver decir adiós a un torero no es grato. Es una profesión en la que retirarse no da gusto. Independientemente del miedo, los sacrificios y las heridas, la cornada más grande que puede recibir un torero es aquella que lo quita  de torear, es esa que no es forzosamente física, pero produce más dolor, es esa que queda grabada en el corazón y no cicatriza nunca; me refiero a ese momento en el que te das cuenta que no puedes o debes seguir en activo, seguir toreando.

Enfundarse por última vez el traje de luces sintiendo esa sensación de despedida, esa que se siente cuando le dices adiós a tu ser más querido; quitarse de los toros, de los ruedos, del público, es quitarle el sentido a la vida misma. Ya lo decía David Silveti “Torear es una necesidad y vivir, una circunstancia”

No es lo mismo que cuando un abogado se retira de los estrados, ya que puede no hacerlo nunca, y el torero tiene que hacerlo cuando las facultades o las oportunidades se merman. El  abogado o arquitecto, pensó por mucho tiempo qué debía ser y después estudió para serlo. El torero nace torero y dedica la vida para serlo. Bueno, malo o regular, un torero está dispuesto a entregar la vida para la creación de un momento inolvidable en la mente de alguna persona.

Torero nunca se deja de ser, no es ex-torero, sino torero en el retiro, porque el torero así como nace torero, muere torero.

Conchita Cintrón publicó en 1977 un libro titulado “¿Por qué vuelven los toreros?” ahora mi pregunta es ¿Por qué se quitan los toreros? La respuesta a ambas cuestiones es básicamente la misma. Más allá del dinero, la fama, el protagonismo; porque aparte no todos los toreros consiguen esas cosas. El no dejar de torear o volver a torear, es por el hecho de sentirnos toreros, poder expresar de una forma lo que sentimos, tener esa subida de adrenalina que se vuelve adictiva. En pocas palabras es porque torear es vivir, y sin torear la vida no es igual. Un torero sólo se quita de torero cuando no tiene más remedio, cuando las facultades físicas ya no dan para más, cuando una cornada le limita alguna función motriz, cuando su situación profesional se encuentra mal y no tiene a donde orillarse, o bien, simple y sencillamente, cuando se pierde la ilusión, esa llama que motiva al torero a jugarse la vida.

Pero casi siempre, tarde o temprano, busca el modo de volver a sentir eso que se siente cuando se es TORERO.

Como quisiera que me vieras.

Claudia Tostado
Desde que conocí a Sandra, supe que me metería en problemas. Ella es caos hecho mujer. Su mirada transmite todo lo opuesto a la calma.
Cuando empecé a verla, ella estaba en ruinas. Acababa de perderlo todo y sólo buscaba que las protegieran. No le pusimos nombre a lo que éramos. Una amiga, tal vez. Compañía. Poco a poco, las cosas se complicaron más y más. Y no fue casualidad. Le dio miedo perderme, y no lo digo con orgullo. Mientras estaba conmigo yo sabía que no era el único, por eso, nunca la pude querer.
La mañana que salí decidido a decirle que no íbamos a continuar con lo que sea que fuera eso, me lo dijo.
Pasé días sin dormir, después de mucho tiempo, volví a llorar. No la amo. No quiero estar con ella. Voy a tener que partir mi vida en más pedazos. A mi hijo lo voy a amar, por supuesto, y eso nada lo va a cambiar. Siento que me ahogo y que no tengo a dónde huir.
A pesar de todo eso, hay una luz que hace que por lo menos la mitad del día no sea tan devastadora.
Es la primera persona que veo cada mañana. La saludo con un beso que trato de que parezca amistoso. Me pregunta que cómo amanecí. Le miento. Ella no me cree. Hablamos unos minutos, tan pocos como puedo para que nadie note que es el único lugar en el que quiero estar. Sé con seguridad que no le soy indiferente. Me lo dice su mirada. Tiene los ojos más bonitos que haya visto jamás. Su sonrisa ni siquiera me atrevo a describirla.
Como un niño busco cualquier pretexto para estar con ella, para pasar junto a ella, para verla y para que me vea.
Tengo miedo. De que se salga de mi control esta sensación. Empecé a rozar mi mano con la suya cada vez que puedo. Empecé a jugar con ella para poder tocar su cabello, su cara. Su perfume me hace pensar en un campo de un millón de flores. Es todo. No hay más. Aunque pudiera, no me atrevería a pedirle que estuviera conmigo. Es un alma tan pura. Es totalmente transparente.
Hay días que no puede ocultar que algo le pasa. Que hay algo que la pone triste. Esos días mi única misión es hacerla sonreír.  Saco conejos blancos de sombreros con tal de que le regale al mundo la música que hace su risa.
Ojalá pudiera protegerla a ella. Del frío, del dolor, del miedo, de todo. Ojalá estuviera en mis manos hacerla feliz. Ojalá yo fuera su primer pensamiento en las mañanas. Ojalá cada uno de sus latidos dijera mi nombre. Ojalá que se vaya de aquí.
Ojalá que se vaya de aquí y ojalá que no regrese. Ojalá que cuando esté lejos, yo la olvide y ojalá no la recuerde más.
Su luz hace que toda mi oscuridad sea más profunda. Su luz hace que mis esfuerzos por ser un buen hombre parezcan absurdos. Ojalá que nunca, por ningún motivo, tenga la oportunidad de besarla, porque entonces, entonces voy a perder la razón.

Los hombres de mis mujeres.

Jonathan Alcalá

La raíz. 

“Lo único capaz de consolar a un hombre por las estupideces que hace,

es el orgullo que le proporciona hacerlas.”

Oscar Wilde

 

En el mismo instante en el que Ulises trazaba el boceto de un mueble de sala que construiría en los próximos siete días, yo besaba a su novia en el elevador del edificio donde trabajábamos juntos. Y el día en que me acosté con Jossiane por vez primera, él estaba con sus amigos bebiendo cerveza, pensando que no estaba la suficientemente fría y que el sabor era un poco más agrio que otras veces. Por mi mente había un torbellino de cosas, el placer, por más egoísta que pueda llegar a ser, no lograba despojarme de la compleja situación en la que vivía, creyendo haber hallado el amor más puro y prodigioso, fruto de una traición y un mar de mentiras.

            Ulises tenía veinticinco años de edad, trabajaba como diseñador industrial en una modesta fábrica de muebles de madera, cuyo dueño era su tío político. Cuando le vi me pareció demasiado alto y demasiado delgado; su tez era clara, cabello rizado y ojos inocentes, casi infantiles, un contraste demasiado notable para su nariz larga y su sonrisa burlona. Me pregunté cómo alguien tan simple y ordinario a simple vista y según las descripciones de Jossiane, había conquistado a una mujer tan soberbia; la mediocridad que vi en ella llegó muchos años después, en ese momento, el amor y el deseo me hacían verle como un ser único y maravilloso, irresistible tal vez porque había una distancia moral entre nosotros. No descubrí en él a un rival o a un enemigo, lo único que yo quería es que saliera de mi vida de la misma manera en la que yo entré en la suya. Llevaba tres años de relación con Jossiane, pasando altibajos cada vez más prolongados, tanto, que las grietas de su amorío se convirtieron en un abismo de aparente indiferencia donde pude pasar sin muchos obstáculos. Ella tenía diecinueve años y la belleza ingenua de la juventud, se sabía una mujer hermosa, sin embargo era demasiado insegura y le faltaba una pizca de frivolidad para sacar provecho de su naturaleza; compartíamos gustos semejantes en cuanto a música y libros se refiere, encontré entonces la conjugación precisa entre alguien que motiva tu carne casi a la par que motiva tu razón. Esa mujer se convirtió en una diosa viva para mí. Yo tenía veintidós años y creía que mi vida estaría resuelta apenas terminara con mis estudios universitarios. Ninguna de las dos cosas llegó según mis cálculos. Entendí que mi vida terminará antes de resolverse y los asuntos académicos junto con sus instituciones están lejos de mis objetivos desde hace años.

            El día que Jossiane decidió terminar su relación con Ulises, él lloró y tuvo nauseas durante horas; me pareció patético, pero eso es natural, siempre el sufrimiento y el goce del amor ajeno tiene un sabor a patetismo y ridiculez. Aunque tarde o temprano todas las personas pasamos por situaciones análogas, más pronto de lo pensado, era yo el que iba a llorar y a humillarse. Ella ponía como excusas las emociones de él y lo apresurado de nuestra complicidad, para no dar una etiqueta al vínculo sentimental que había entre nosotros, navegamos durante algunos meses en las inquietas aguas de lo que podría llamarse triángulo amoroso, dándonos sólo lo que el otro nos permitía dar, fingiendo cada quien a su manera, avanzando y perdiendo terreno cada día. Toda batalla que se prolonga demasiado tiempo termina por derrotar a ambas partes,  aun el victorioso tuvo demasiadas pérdidas, así que para el día en que ella tenía la libertad de estar conmigo, nuestros disgustos y riñas habían fracturado y minado lo que intentábamos construir. El falso idilio llegaba a su fin de la peor manera. Los tres nos quedamos con las manos vacías, agotados y dolidos. Ulises se quedó como una palabra más en la lista de los nombres que tienen múltiples significados.

 

El Laberinto del Mundo. Marguerite Yourcenar.  

Jonathan Alcalá

            Marguerite Yourcenar dijo que escribiría hasta que la pluma cayera de sus manos. Así fue. ¿Qué? La eternidad, es una obra inconclusa. Encuentro un encanto teñido de tristeza, que una mujer que creía que el tiempo es maleable a nuestro antojo, haya dejado su cuerpo sin poner punto final a un libro. La existencia de Yourcenar de alguna manera se sigue escribiendo, a final de cuentas, ella dijo que el diagrama de la vida humana se compone de tres líneas que se pierden en el infinito: “lo que un hombre ha creído ser, lo que ha querido ser, y lo que fue.” Así como el corazón de Adriano late con vitalidad a través de sus memorias, la sensibilidad y erudición de Marguerite se renueva cada vez que alguien lee y se deslumbra con sus palabras. Nos ha dejado como herencia El laberinto del mundo, tres libros que hablan sobre su vida y sobre la vida misma, ya que la condición de una sola persona es la de todas las personas. Las diferencias que hay entre dos seres humanos son el segundo plano de su retrato, antes, podríamos ver y enumerar sus semejanzas, el modo en que lloran, ríen, aman, sueñan, nutren sus cuerpos, el dolor y la felicidad que padecen, el placer. Las emociones y sensaciones que experimentamos de forma paralela, son el hilo que más debemos cuidar, de ese modo, el otro, podría dejar de ser tan ajeno a nosotros.

            Recordatorios es la primera parte de la trilogía, el linaje materno que se ha tejido en la actual Bélgica. El distanciamiento se sí misma para poder narrar con precisión el nacimiento del ser a quién llama “yo”. Su llegada al mundo es el punto de partida de una cascada que nos lleva al pasado, para enseñarnos, que el hombre casi siempre está preso en la cárcel de su tiempo y las circunstancias que le rodean. Yourcenar logra hallar el hilo de su sangre hasta poco después de la Edad Media. Dibuja a sus antepasados de la misma manera que lo ha hecho con los personajes ficticios de sus relatos; nos ilustra  a través de ellos, que los vicios y las virtudes de las familias poco han cambiado en centenares de años. Probablemente el pertenecer a la burguesía sitúa la historia en algunas particularidades. Recordatorios tiene a dos personajes que sobresalen: Fernande, la madre de Marguerite, y Octave Pirmez, tío de la autora, que también poseyó un destino literario y cuya vida, notable en algunos sentidos, ocupa parte importante del ayer que nos quiso contar ella.

“Hijo del magnánimo Tideo, ¿por qué te informas sobre mi linaje?

Cual generación de las hojas, así la de los hombres.”,

Ilíada, VII, 145-146.

            Ese es el telón de Archivos del Norte, es turno ahora de la red paterna. Esta vez Yourcenar va más atrás en el tiempo, nos explica que antes de la intempestiva llegada del hombre a la región boscosa donde nació su padre, los habitantes eran enormes árboles de follaje oscuro, de ahí el nombre de la propiedad que fue parte de la familia hasta principios del siglo XX, el Mont-Noir. Lugar que sirve como escenario de parte importante de la historia, hasta la llegada de Michel, padre de Marguerite, que resulta ser un hombre entrañable, dado a la aventura y la pasión, casi en la misma proporción que a la cultura. Rebelde, escapó de su casa para llenarse del mundo, también lo hizo así del ejército, acto que le valió el destierro de Francia, hallando entonces en Inglaterra un segundo hogar, “siempre se está mejor en otro lado”, era su filosofía. Si el placer es una forma de pecado, entonces no hay placer que no lleve una penitencia, así la vida de Michel se tiñe de claros y oscuros todo el tiempo, el transcurso de años que jamás son grises, pasando de un amor a otro, de un lugar a otro, como el gran lector que termina un libro al mismo tiempo que comienza el siguiente. En circunstancias inesperadas, Fernande y él se conocen para casarse, sin saberlo siquiera, la sonrisa que se ofrecieron mutuamente el día que se conocieron, fue la chispa que comenzó el gran fuego que es la vida de una de las escritoras más brillantes del siglo pasado.

            ¿Qué? La eternidad. La niñez puede estar llena de falsos recuerdos, pero aun así, la autora se las arregla para darnos una impresión lúcida de lo ocurrido.  Los primeros años de nuestra existencia tienen una impostura más obvia que la de nuestra juventud y adultez. Marguerite tuvo la fortuna de ser acogida por un padre que le heredó la tradición de los libros, tanto, que ella menciona que los libros son una de sus patrias. Sin llevar a cuestas el peso de una educación tradicional, Yourcenar encuentra en la naturaleza una belleza más abundante que en los juguetes. También fue una mujer rebelde como Michel, lectora en una época en la que leer  generalmente era cosa de hombres, capaz de aceptar y explorar la sensualidad y el erotismo que duerme en nosotros mientras somos niños, contemplativa ante las grandes maravillas del mundo, como el océano. Vivió una plenitud en tiempos en los que la tecnología parecía tener como objetivo la matanza y la destrucción. Tiempos de dos guerras que parecían eternas y que nos daba la impresión de que nada podía ser peor que ese presente. Yourcenar nos relata la historia de Jeanne, amiga íntima de su madre y amante de su padre, su matrimonio nos hizo pensar en Alexis y Mónica, de Alexis o el tratado del inútil combate, un hombre lleno de virtudes que flotaban en el río cuya profundidad eran apetitos poco aceptados en esa época, y vergonzosamente, todavía algunos no los aceptan en la nuestra. ¿Qué? La eternidad, termina sin concluir, ya que el propósito era relatar la muerte de Michel, de Jeanne y otros acontecimientos más.

            El laberinto del mundo, es en resumen, la historia de una mujer y del parte del mundo, un proyecto que se escribió durante veinticinco años, en donde nos demuestra que la vida es hermosa a pesar de las amarguras y sinsabores y que nuestro pasado, presente y futuro, son una misma dimensión a la que tenemos acceso si no lo proponemos.

 

 

El otro yo (cuarta parte).

Jonathan Alcalá

Si debo dudar de la memoria de las personas y tener como cierto que siempre habrá omisiones y añadiduras, ¿existe una certeza de que mis recuerdos sean precisos o también debo cuestionarlos? Una niña que camina apresurada en medio de una sala de estar es mi  evocación más vieja. Ella tiene el cabello castaño y con algunos rizos. Su rostro no me es permitido verlo, pero adivino que es blanco y sonriente. Veo sus brazos que se agitan al correr torpe y gracioso que tanto conmueve a los adultos. Tiene puesto un vestido blanco con pequeños lunares, no sé si azules o negros, la neblina del pasado no deja distinguirlos. Tal descripción coincide con el de mi prima Marisol, quien se fue del país cuando tenía tres años edad. Ahora sé que nació un mes y medio antes que yo, por lo tanto, mi memoria se remonta a cuando yo era un niño de menos de tres años. Recuerdo con nitidez mi primer día de escuela, incluso puedo decir el nombre de cada uno de mis compañeros de clase; tengo en mi mente las navidades que festejamos en casa de mi bisabuela y los regalos que estaban debajo del árbol luminoso. Recuerdo el embarazo de mi madre después de un viaje a la playa donde enterré un juguete debajo de un cocotero y no lo pude hallar después. La imagen de mi padre jugando entre las olas mientras mi hermana hacía un hoyo en la arena me provoca una nostálgica felicidad. Decir que recuerdo el sabor salado del agua marina podría ser una mentira, lo recuerdo porque conozco su sabor y la he probado en muchas ocasiones; tal vez de ese modo se construyen algunas cosas, toman como base un pasado remoto y las piezas que hacen falta son puestas a partir de un pasado menos lejano, tal vez la niña a la que hice alusión no tenía un vestido blanco con lunares oscuros, probablemente era azul o rosa, pero mi cerebro se las arregló para que la figura estuviera completa, a final de cuentas, ella es una persona real en un lugar que sí existió. El color de las paredes, los adornos del vestido y la textura de los muebles no son significativos, no en esta ocasión.

             Pareciera que existen dos yo, uno que habita en la plenitud del presente y tiene consciencia de su cuerpo en un lugar del tiempo y del espacio determinados; y otro que está en las fotografías, en la memoria de otras personas y en la propia. Ese bebé que llora casi de forma silenciosa y a quien no le gusta que lo abracen demasiado, poco tiene que ver con el adulto que ahora gusta de ser mimado a un punto casi ridículo; el niño que tiene una apariencia saludable, delgado y que su madre disfraza en cada cumpleaños, soy yo, sigo siendo el mismo, a medida que esta expresión es posible, ya que la huella del tiempo y los golpes de la vida y sus inevitables decepciones y sinsabores, así como las intermitentes dichas me han transformado en el hombre que soy ahora. Es casi imposible no sentirnos sucios y decepcionados cuando pensamos en el niño que fuimos. A menos que nuestra vida de adultos esté llena de belleza y sublimidad, en donde hayamos superado obstáculos y mejorado nuestra condición de vida, crecer es una derrota que aceptamos con naturalidad; no es complicado pensar que a lo que se refería aquel célebre judío cuando dijo que el reino de Dios es para los niños.

            Se le atribuye a Confucio la siguiente cita, “la tinta más pálida es más confiable que la memoria más brillante”. ¿Cuántos recuerdos y cuántas vidas han sido tragados por la oscuridad del olvido? Para aquellos que no tuvieron la oportunidad de imprimir su imagen en papel fotográfico y también los que nunca tuvieron como hábito el bolígrafo y el papel para escribir diarios y memorias, están ahora en un terreno relegado. Hay personas que pasaron por la vida sin pena ni gloria, tal vez existan reflejos e imágenes de su vida, pero en un sentido frívolo podríamos decir que mucha gente pasó sin dejar una pisada en este mundo, por lo menos, no una muy significativa. Amados en su tiempo, tal vez odiados, sucumbieron a la muerte e hicieron su parte al heredar al mundo otros individuos de carne y hueso cuya vida tendrá un destino semejante. No creo que sea malo no ser recordado o no poseer evidencia del pasado, es simplemente mediocre, y la mediocridad en ocasiones es cómoda, tanto, que se asemeja a la felicidad. No dudo que también hayan existido seres extraordinarios y no sepamos nada de ellos ahora, probablemente por lo anterior es que muchos notables han hecho un ejercicio de inmortalidad, en papel, lienzo o piedra, ya que los recuerdos y los sueños están hechos de una materia semejante, demasiado maleable para confiar en ellos como ya lo he mencionado. Pero el vestigio tampoco es sinónimo de grandeza, hay muchos retratos que valen la pena ser olvidados y muchos escritos que no merecen ser leídos, y contrario a lo que muchos freudianos defienden, hay personas, lugares, filmes, canciones, y eventos que no merecen un lugar en nuestra mente. Recordar todo sería abrumador e inútil, es verdad que hay emociones escondidas, tan reprimidas que son como un tumor que hay que extirpar, pero no todo es maligno ni necesario.

            Los adelantos tecnológicos ya no nos asombran como antaño, posiblemente es porque desde hace tiempo hemos descubierto que cada paso que damos no necesariamente es para mejorar las circunstancias de nuestra vida. Cada avance pereciera tener como destino el consumo y no el bienestar, y cuando lo segundo fuese el objetivo inicial, nuestra especie es experta en arreglárselas para usar la tecnología en perjuicio de otros. No creo que los hermanos Wright hayan inventado el avión con el propósito de dejar caer desde el cielo, pesadas bombas que pondrían fin a la vida de millones de personas. La era digital nos ha despojado del papel y la tinta, la fotografía es ahora diversión y vanidad, lejos de la solemnidad de aquellos retratos familiares a blanco y negro que nos parecen fantasmales, y lo son. El olvido  en teoría debería ser menos sencillo, los diagramas de la vida humana se trazan con relativa facilidad por medio de hábitos de consumo, gustos, opiniones e imágenes que nos dicen en donde hemos estado.

Por mi parte, veo mi vida como tres líneas próximas que rara vez se tocan una con la otra, en una me encuentro yo: lo que fui, lo que soy y lo que seré, con toda la complejidad que implica el “ser”, y en la otras dos, algo que se asemeja al reflejo que vemos en el agua de un río: lo que creo ser y lo que quiero ser.

Esperanza.

Claudia Tostado

“Love can’t exist without fear. If the thought of losing someone doesn’t scare the shit out of you, then it’s not love”

-Penelope Ward.

 

No podían estar juntos. Y él la culpaba a ella, y ella lo culpaba a él. No entendían. No podían escuchar. No querían esperar.

No podíamos estar juntos. Él me culpaba a mí, y yo lo culpaba a él. No entendíamos. No podíamos escuchar. No queríamos esperar.

No podíamos estar juntos. Tú me culpabas a mí, y yo te culpaba a ti. No entendíamos. No podíamos escuchar. No queríamos esperar. Y no era algo tan difícil. No era que alguno estuviera preso por un crimen que no cometió en una cárcel rodeada de tiburones en medio del mar, ni que fuéramos dos líneas paralelas, imposibles de juntarse en algún punto.

A pesar de que ninguno estábamos dispuesto a ceder, siempre teníamos la esperanza de que el otro lo hiciera. La esperanza. La esperanza que va de la mano con la incertidumbre. La incertidumbre, la maldita incertidumbre. Porque eso de que “la esperanza muere al último”, puede que sea cierto, pero no es algo bonito. Es terrible. Es creer que algo puede ser, pero que al mismo tiempo no está siendo. El futuro no existe. Míranos… siempre nos decíamos que estaríamos juntos en el futuro. No estamos juntos. El futuro no existe.

Sé que me querías tanto como yo a ti. Que te dolía tanto como a mí que no estuviéramos juntos. ¿Pero qué iba a hacer? No podía hacer todo yo. Tampoco esperaba que lo hicieras todo tú. Fue esa necesidad del ser humano de que nos demuestren que nos quieren, de que nos conquisten, de que nos ganen. Era una competencia implícita, un juego de ver quién quería más, un juego en donde los dos perdimos.

Y la respuesta no es tan complicada. Fue miedo, ¿no? Teníamos miedo. Miedo a darnos en la madre. Miedo a que no funcionara. Miedo a que funcionara. Miedo a sufrir. Miedo a dejar de sufrir. Miedo a tener que dar explicaciones. Miedo a tener a quien darle explicaciones. Miedo.

No fuimos valientes. No pudimos, no quisimos. Ninguno de los dos lo intentó lo suficiente. No llegamos al punto de decir ‘no hay absolutamente nada más que pueda hacer, lo hice todo’. ¿Y si lo hubiéramos hecho los dos? ¿Y si los dos hubiéramos hecho absolutamente todo lo que podíamos hacer?

¿Te gusta cómo se escucha en pasado? Como si ya se hubiera acabado el tiempo y no quedara nada por hacer. A mí tampoco.

No podemos estar juntos. Tú me culpas a mí, y yo te culpo a ti. No entendemos. No podemos escuchar. No queremos esperar. Y no es algo tan difícil. No es que alguno esté preso por un crimen que no cometió en una cárcel rodeada de tiburones en medio del mar, ni que seamos dos líneas paralelas, imposibles de juntarse en algún punto.

A pesar de que ninguno estamos dispuesto a ceder, siempre tenemos la esperanza de que el otro lo haga. La esperanza. La esperanza que va de la mano con la incertidumbre. La incertidumbre, la maldita incertidumbre. Porque eso de que “la esperanza muere al último”, puede que sea cierto, pero no es algo bonito. Es terrible. Es creer que algo puede ser, pero que al mismo tiempo no está siendo. ¿Existe el futuro? Míranos… siempre nos decimos que estaremos juntos en el futuro. ¿Estaremos juntos? ¿Existe el futuro?

Sé que me quieres tanto como yo a ti. Que te duele tanto como a mí que no estemos juntos. ¿Pero qué voy a hacer? No puedo hacer todo yo. Tampoco espero que lo hagas todo tú. Es esa necesidad del ser humano de que nos demuestren que nos quieren, de que nos conquisten, de que nos ganen. Es una competencia implícita, un juego de ver quién quiere más, un juego en donde los dos podemos perder.

Y la respuesta no es tan complicada. Es miedo, ¿no? Tenemos miedo. Miedo a darnos en la madre. Miedo a que no funcione. Miedo a que funcione. Miedo a sufrir. Miedo a dejar de sufrir. Miedo a tener que dar explicaciones. Miedo a tener a quien darle explicaciones. Miedo.

¿No somos valientes? ¿No podemos, no queremos? Ninguno de los dos lo ha intentado lo suficiente. No  hemos llegado al punto de decir ‘no hay absolutamente nada más que pueda hacer, lo hice todo’. ¿Y si lo hacemos los dos? ¿Y si los dos hacemos absolutamente todo lo que podemos hacer?

El otro yo (tercera parte).

Jonathan Alcalá  

           La imagen que veo en el espejo me dice lo mismo que el escudo de armas que probablemente perteneció a mis antepasados. Y es que nos aferramos a nuestros apellidos como si de ese modo mantuviéramos contacto con el pasado que se ha diluido en el mar de la vida y la muerte. Tomamos un hilo de sangre o su representación, del enorme telar que forma nuestra especie y eso nos da un poco más de seguridad, en la mayoría de los casos, saber sobre el pasado o creer que saber sobre él, se limita a alimentar la vanidad. Nos equivocamos al respecto, ya que sólo conservamos el tallo que representa el apellido paterno, dejando en un segundo término el nombre de nuestras madres y abuelas, como si nos importara más Adán que Eva, pero la mitad de los cromosomas que se enredan en el centro de nuestras células no es suficiente, así que  a pesar de poder conservar la noción de nuestra genealogía, en realidad desconocemos los cientos de antepasados que forman la inmensa red que bien podríamos llamar familia.

           Pensar en las generaciones me da vértigo; pensar en los innumerables ciclos de vida ininterrumpidos que hacen posible que yo esté aquí y ahora, me hace sentir como un minúsculo ser en medio de la totalidad. De tantas tribulaciones, matanzas y migraciones que padecieron otros como yo, algunos pudieron sobrevivir a las guerras y los naufragios. Me gusta pensar que en un momento de la historia, un hombre o una mujer que llegó en un barco hasta este nuevo mundo, al poner sus pies en tierra firme, puso también sus ojos en una mujer o un hombre nacido en este costado de la esfera. El juego azaroso de las moléculas me ha conformado con la piel blanca, pero sé que una de mis tantas tatarabuelas tenía rasgos indígenas, vivió en la antigua Villa Rica de la Vera Cruz, antes que un joven capitán de caballería se la llevara consigo cuando apenas tenía trece años de edad. Hizo una cama con tablas de madera y paja en un vagón militar; mientras el convoy recorría el país llevando y trayendo soldados para restablecer el orden del estado, que no es más que el desorden que implica la inmensa riqueza de pocos y la pobreza de muchos, ellos unían sus vidas para concebir otras. Las guerras trazan caminos y destinos. También sé que mi primer apellido es célebre en personajes, nombres de calles y monumentos en España, pero eso no me convence de algo, nadie me garantiza que un polizonte no se adueñó de tal palabra una vez que se vio a salvo en los parajes del nuevo continente. Sobre mi segundo apellido, pasa algo semejante, la búsqueda superflua que hice me asegura que pertenezco a una notable familia de Burgos tanto como pertenezco a la idea romántica del español o la española que se enamoró con locura de la voluptuosa carne morena y los ojos negros de alguno de los habitantes originales de esta parte del mundo; probablemente la desnudez de ellos, su olor a hierbas y tierra, resultó sumamente seductor para esos aventureros llenos de ropas y mojigatería. El algún momento un primo de mi madre se dio a la tarea de buscar parte de nuestro linaje, halló que Millán, el segundo apellido de mi abuela (que por lo tanto, no lo conservo en mis documentos, pero sí en la sangre), es una castellanización de McMillan, una vieja familia británica que tejía faldas a cuadros color verde, y que por alguna razón uno de sus miembros cruzó el mar e hizo su parte en esta amalgama de sangre. Podría ser este, junto con los otros, uno de tantos hilos rojos que forman el nudo palpitante que está suspendido dentro de mi pecho, tal vez nunca lo sepa con seguridad, pero escudriñar el pasado me aleja más de la oscura y fría caverna que son la ignorancia y la indiferencia.

            Los recuerdos se heredan así como las enfermedades y el color del iris. He sido afortunado en ese sentido, a pesar de que no tenemos como tradición la longevidad, he procurado hacerme de los recuerdos de la familia que está a mi alcance. Algunos son memorias de segunda mano e incluso de tercera. La guerra de principios del siglo pasado, las muertes prematuras, los viajes y los distintos lugares donde se asentaron mis antepasados, son los temas que más sobresalen de las conversaciones que tuve con mi abuela y mi tía abuela. He propiciado dejar de lado las disputas y enemistades que surgieron por simplezas y malos entendidos, saberlo me ha posibilitado comprender ciertos distanciamientos, pero me enorgullezco de no ser partícipe de ninguna confrontación vulgar como una pelea de hermanos al grado de desearse la muerte. De por sí la vida se asemeja más a una batalla que a un idilio, nunca he comprendido la afición de algunas personas por hacer de las relaciones humanas un camino sinuoso y áspero. Nadie me garantiza que los recuerdos que han pasado a mis manos sean ciertos, las personas que pudiesen corroborarlos están ahora bajo la tierra o sus cenizas están en el mar. Ninguno de mis antepasados tuvo nunca una afición por la escritura, así que debo confiar en sus palabras, tomando como reserva esa tendencia que tenemos por aumentar y disminuir aspectos de la verdad. Los recuerdos son en ocasiones engañosos, quien cree que el pasado es estático se equivoca, depende del presente, es como una pintura que cambia cuando la vemos de distintos ángulos, se decolora y restaura también, nada es estático en este universo cambiante.

El exilio de un estado mental

Daniela Rivera

Lugares inexistentes
Voces recurrentes
Recuerdos inborrables
Historias en las que un ciclo no es necesario cerrar

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Canciones conocidas
Sonidos desde las entrañas
Mensajes intermitentes
Señales recurrentes

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Una voz, una silueta
Algunas palabras
¿Una moto?
Sí, el viaje debe seguir…

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Cae de la mesa
Olvida tu castillo
No quiero ser sólo un recuerdo
Navega, vive, despierta

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El otro yo (segunda parte).

Jonathan Alcalá

Intenté trazar en mi mente un retrato más preciso de mi padre, evoqué algunas pocas pláticas sobre su vida de soltero y pocas anécdotas de su niñez, le imaginé caminando por las mismas calles que caminó durante años, en el mismo vecindario que fue testigo de su llegada al mundo y de su partida, con la juventud puesta sobre su piel, como un traje que sólo el tiempo nos despoja; caminaba sin tomar de la mano al niño tímido que lleva mi nombre, ni del brazo de la mujer a quien llamo mamá. Fui más atrás todavía, lo vi subiendo los árboles en el enorme patio de la casa materna, árboles que conocí por sus retoños y que ahora no existen más que en el recuerdo, pude observarle haciendo bromas en la escuela, travesuras a un lado de su compañero Héctor, quien en ese momento no era más que eso, pero como el mundo a veces se comporta semejante a un lugar pequeño y caprichoso, su mismo amigo de la escuela sería después el tío de su esposa. Tuve una visión de cómo se las arreglaba para saciar su hambre a pesar del abandono de sus padres, trabajando aquí y allá después de ir a la escuela, cargado bolsos de las señoras de casa, llenos de vegetales y legumbres, lustrando zapatos, ganándose una moneda revendiendo refrigerios para los asistentes del Cinema el Roble.  Traté de fantasear con aquel encanto perdido que en más de una ocasión me dijo mi madre que tenía, sus detalles de conquistador, las canciones que dedicaba, lo espléndido que fue con la familia de su futura esposa; su estilo sobrio para vestir que llevó hasta que ya no pudo sostenerse por su propio pie. No me fue posible llegar muy lejos, cada parte de su vida que yo conocía era un pequeño fragmento del todo, casi insignificante, recorrer el sendero de su vida era una impostura, partía de nada o de casi nada; incluso desconocía si los episodios más emotivos y los más amargos que viví con él, significaron algo en su existencia.

            Mi padre fue un desconocido, abandoné la ocupación como arquitecto del pasado, pensé que las biografías estaban destinadas a otro tipo de personas, menos sencillas, menos ordinarias. El calificativo de “gran hombre” se aplica en otro tipo de hombres, no en gente cuya tarea es ser padres de familia y empleados de una empresa. Supongo que los biógrafos e historiadores cincelan con cierto idealismo las figuras que renacen en sus manos, las grandes lagunas que representan los episodios en los que no saben nada sobre el personaje, probablemente están llenas de suposiciones a partir de datos que se presumen como verdaderos, lo cual se entiende, yo mismo pensé en mi padre como un niño feliz y un joven fuerte, en ningún momento lo vi llorando, tampoco desanimado y triste en ese pasado que inventé. A pesar de que nuestra relación tuvo terribles episodios de distanciamiento debido a riñas escandalosas y sumamente violentas,  la muerte parece resarcir la vida perdida, sus desventuras, los defectos que odié, nuestros desacuerdos, el choque generacional que hubo entre nosotros, sus notables deficiencias como padre, lucen ahora más tenues,  el desagradable presente de antaño es ahora un pasado aceptable. Apreciar la vida es equivalente a apreciar el pasado, ya que el presente es sólo un instante que muere pronto, por lo tanto, debemos procurar hacernos de buenos recuerdos, eso es lo que llamo felicidad.

            Pasé de la construcción de una vida abstracta, a una que en teoría debía ser concreta, la mía. Esto sucedió después de escuchar la cinta que había conservado, por alrededor de dos minutos oí el intento de conversación entre mi padre y un niño pequeño, sospeché que se trataba de mí. Mi madre confirmó esto, no pude saber más al respecto, ya que ella conserva pocos vestigios de nuestra vida. Una enfermedad le arrebató muchos de sus recuerdos. Escuché mi propia voz cuando tenía dos años de edad, me pareció graciosa y dulce, podía ya entonces articular algunas palabras con cierta claridad, otras eran inteligibles, pero la risa es igual en todos los idiomas y siempre es contagiosa, me reí de mi propia risa. No me sorprendió no reconocerme, ya que incluso eso sucede cuando somos adultos, escuchar nuestra propia voz como la oyen los demás siempre es extraño, incluso, vergonzoso. El resto de la cinta estaba vacía, esos pocos segundos me dieron la oportunidad de conocer algo de mí que había olvidado, una de mis tantas voces. Hice uso nuevamente de las fotografías, me di cuenta de que mi pasado era igual de ajeno que el de mi padre, no podía dudar de que ese niño fuera yo, ya que al hacer eso debía entonces de dudar de todo lo demás. Aquel pequeño, de cabello castaño un poco más claro que el de ahora, de sonrisa fácil, capaz de ver todo con claridad sin necesidad de usar un par de anteojos, de piel tersa pegada a los huesos, era yo.

 

El personaje oculto de Clarice Lispector

“Escribir es también bendecir una vida que no ha sido bendecida” 
Clarice Lispector

No es una novedad que me encuentre con libros joya [es así como llamo a las publicaciones únicas] en una librería. Entré, caminé y un color morado con pasta dura de la bellísima editorial Siruela llamó mi atención por completo. De la autora había leído algunos libros de cuentos, narrativa, infantiles y todos relacionados con un aire literario melancólico, lleno de ternura y a la vez entereza como una de las voces femeninas más fuertes de Latinoamerica; sin embargo me llevé una gran sorpresa cuando descubrí que esta nueva publicación era una faceta completamente diferente a su perfil.

El libro se llama “Correo Femenino” y es de la escritora brasileña Clarice Lispector. La obra consta de la importante época que Clarice tuvo como columnista en varios periódicos y en la que explica que fue su etapa de desarrollo y autoconocimiento como escritora, ya que de principio no sabía cómo llegar a las que pronuncia, son sus lectoras predilectas, y de lo que se sintiera totalmente confiada. El contenido son una serie de columnas en las páginas de un diario femenino del año 1952 a 1977 y en el que se compilan escritos sobre diferentes temas en relación con el “Ser Mujer”.

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“Escritora conocida y sofisticada, seguramente rechazaría ser la ghost – writer en una página femenina diaria, firmada por la linda estrella de cine y TV Ilka Soares. Para mi sorpresa aceptó con entusiasmo… Clarice no falló un día” Alberto Dines 

Y es que algo curioso es que el ejemplar relata una faceta un tanto desconocida de Clarice, una época como periodista en la que escribe los temas más diversos, desde la educación de los hijos a los tratamientos de belleza; de los remedios contra los ratones a la búsqueda de la felicidad; de la elección de un perfume a los dilemas morales. Hablaba de todo, pasando de lo trivial a lo trascendental y que con una fácil y empática escritura cautiva a mujeres hasta volverlas fieles lectoras y seguidoras de sus relatos. Por su trabajo en la revista Vamos a Leer, Rubem Braga la invita a escribir una página femenina en el periódico “Comício” y en el que al aceptar crea el personaje de Tereza Quadros y con quien empieza a firmar la columna “Entre Mujeres” y como hábil narradora, crea incluso su personalidad <<Es amable, femenina, activa, no tiene la tensión baja, a veces es incluso feminista… en fin, es una buena periodista>>… Y así además de Tereza se permite crear otros dos personajes más, el ya escrito, Ilka Soares y Helen Palmer, lo que denota la mayor característica de su escritura en la ficción: su gusto por lo prohibido, por las entrelíneas y los pequeños detalles, que como objetivo principal tenía conquistar a su público con el tono de confidente y consejera valiéndose de los pequeños textos inofensivos [sobre comida, ropa, cosmética] con los que persuade a su lectora a reflexionar, a pensar, sobre las dos realidades sobre las que se estructura la sociedad: el mundo de la simulación y la verdadera naturaleza de las cosas, ser mujer.

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Con cerca de 450 columnas, esta faceta de Clarice constituye su prestigiosa obra de ficción, se encuentra y refleja la voz experimentada de alguien que conoce los secretos de ser mujer y del camino a la felicidad y que utiliza medios de “fácil acceso” para transmitir su literatura como factor de incentivo a la imaginación y al reflejar y vincular mi sentido de la lectura con el blog y con ustedes, lectoras, como canal de divulgación de textos escritos por increíbles mujeres las invito a seguir siendo curiosas, a buscar más y a leer para informarse, para conocer y para tejer estas importantes redes de creación.