Category Archives: Literatura

El otro yo (primera parte).

Jonathan Alcalá

“Vi todos los espejos del planeta y ninguno me reflejó.”

Jorge Luis Borges. El Aleph.

Después de su muerte, tuvieron que pasar treinta y tres días para poder entrar a la habitación de mi padre sin sufrir un ataque de llanto. A pesar de que su cuerpo había sido consumido por dos enfermedades implacables: el cáncer y la vejez, los meses de dolor y hospitales no fueron suficientes para tener lo que llaman: “una pronta resignación”. Sabía que él iba a morir, incluso antes de que enfermara, pero dicha certeza no hizo menos oscuro el camino, ni menos doloroso, la única diferencia fue que el cómo y el cuándo se habían reducido a unas pocas posibilidades.  Cuando comencé a desocupar el cuarto, me encontré con muchos recuerdos y con algunas cintas grabadas por él, una en especial llamó mi atención, llevaba por título “1986”, esto, para la obsesión y meticulosidad de mi padre, no decía mucho, así que la separé del resto con el propósito de escucharla después.

            Vaciar cajones y descolgar ropa de un armario no es un ejercicio sencillo cuando el viaje no tiene regreso. Acumulamos tantas cosas durante nuestra vida, que damos una tarea penosa y cansada a los que permanecen en el mundo material. El apego a las posesiones, así como el sentimentalismo, hacen que deshacernos del más mínimo objeto sea causa de culpa, como si insultáramos la memoria del ser querido al tirar lo que  no nos es útil, cosas que sólo sirven para abrazarlas mientras sollozamos o para acumularlas como acumulamos tantas otras, llenando repisas y libreros, cuando en realidad lo que queremos es aminorar el hueco que ha quedado en nuestra alma. No es que desconfiemos de nuestra memoria, simplemente creo que a veces queremos conservar algo que nuestra vista y nuestro tacto nos lleve de inmediato a la figura inmutable de los muertos.  No le veo algo de malo a conservarlas, pero hay una delgada línea entre la obsesión y el recuerdo que deseamos que permanezca tangible, a final de cuentas, el amor y la obsesión se confunden con regularidad, pero eso no hace menos cierto que el lujo más grande al que podemos aspirar, sea al poder prescindir de todo.

            Dos días me bastaron para separar aquellas cosas que quise quedarme y las que no, con una mezcla de sensatez y remordimiento, dejé para mí unas cuantas camisas, un reloj de pulsera, la mayor parte de las fotografías y la cinta que había despertado mi curiosidad. El resto, lo clasifiqué entre lo que pudiese interesar y no a la única hermana de mi padre con quien tenía contacto. Un eslabón suelto de una cadena de sangre que se había roto muchos años atrás. Agotado, pero satisfecho, me recosté en la habitación que ahora parecía un tanto vacía y donde se respiraba un aire cargado de una tristeza más sutil, casi imperceptible, semejante a una felicidad muy simple, esa que adolece de éxtasis. Observé las pocas fotografías de mi padre cuando era joven, lo amarillento del papel o la falta de color me hicieron pensar en una época muy distante a la mía, donde mi existencia no significaba nada aún. Pensé en mi padre como un hombre joven y atlético, bien vestido, impecable y alegre, un hombre al que yo no conocí, muy distinto al ser maduro que me engendró, mal encarado, poseedor de un cuerpo al que el paso de los años y los malos hábitos habían vuelto un tanto ancho y laxo, un cuerpo que el cáncer carcomió en apenas dos meses y cuya morada es ahora una inmóvil sepultura bajo la tierra. Cuando yo nací, él tenía ya treinta y cinco años, si a eso añadimos que la primera etapa de nuestra vida carece de una conciencia tal cual la conocemos después, mi padre tenía alrededor de cuarenta cuando le conocí. Su juventud había transcurrido ya y estaba lejos de mi alcance, tuvo para mí un rol único e inamovible, una superficial dinámica de padre e hijo, alejados por su trabajo diurno, nuestro carácter y mi costumbre por apresurar la noche y dormir temprano, casi cuando él llegaba a casa.

 

Oscar.

Jonathan Alcalá

En el verano del año dos mil yo tenía dieciséis años y cursaba segundo semestre de bachillerato. Estaba en una modesta escuela privada, ya que no aprobé el examen de admisión de una universidad pública. A pesar de que es inútil pensar en el pasado imaginando cambiar un hecho para fantasear con las infinitas posibilidades del presente, es algo que hacemos a menudo; el fracaso de mi primer intento por estar en una escuela pública se convirtió en un triunfo que cambió mi vida. Sólo por eso, no cambiaría nada de dicho pasado.

            Era poco después de las nueve de la mañana, la clase de matemáticas estaba por comenzar. El profesor llegó con el ceño fruncido y un poco más irritable de lo acostumbrado, formuló preguntas que todavía tiene eco en mi mente: “¿Alguien ha leído La Divina Comedia?”. Silencio, ninguno de nosotros sabía de qué estaba hablando. “¿Alguien de aquí ha leído un libro de literatura?”.  Los casi treinta alumnos que estábamos frente al maestro no pudimos contestar con una afirmación. “¿Alguien sabe cómo son los excrementos de los conejos?”. Más de uno sabíamos la respuesta. Algunos la dijeron, yo me quedé callado. Esa pregunta y su respuesta abrieron todo un tema de conversación en el aula de clase. Casi todos teníamos algo qué comentar respecto al excremento de animal, pasando por vacas, perros, cabras, palomas, etc. Y cuando ya no hubo algo que mencionar, el profesor dijo lo siguiente: “¿Ya ven? Yo sólo puedo hablar de mierda con ustedes.” Dichas palabras me llenaron de vergüenza, sentí como una especie de aturdimiento y el resto de la mañana no existe más en mi memoria. Cuando llegué a casa, lo primero que hice fue buscar un libro y leerlo.

            El Retrato de Dorian Gray fue mi primer acercamiento al universo literario, a pesar de que abrí el libro por vergüenza y por obligación, como una deuda para conmigo mismo, bastó leer las primeras páginas para darme cuenta de que me había perdido de algo importante. No podía creer que existiese tanta belleza, Oscar Wilde fue quien me empujó hacia el laberinto infinito de las letras, leer su obra fue todo un deslumbramiento, una revelación. A partir de ese momento mi vida dejó de ser mediocre. Encontré en Oscar una perspectiva distinta de las cosas y en el uso del lenguaje algo más que el camino para comunicarnos.

            Jorge Luis Borges dijo en una conferencia sobre James Joyce, que no ha existido un escritor que haya pensado y sentido tanto como Oscar Wilde, tal vez esa es la razón por la cual le encuentro en todas partes. Sus frases son tan precisas que no es difícil darles un sentido personal. “Un verdadero amigo te apuñala de frente”, es verdad, cuando me acosté con la esposa de un amigo, lo traicioné a sus espaldas, negando frente a él dicha sospecha, hacía tiempo que me había dejado de importar su amistad. “No hay nada como el amor de una mujer casada. Es una cosa de la que ningún marido tiene la menor idea”, una doble afirmación. Oscar poseía la capacidad de decir con simpleza y gracia, cosas sumamente complejas y de una pasmosa seriedad; “Lo único capaz de consolar a un hombre por las estupideces que hace, es el orgullo que le proporciona hacerlas”.

            A medida que me adentraba en la literatura, pasando de un autor a otro, Wilde se hacía presente incluso en otras obras. García Márquez lo menciona en El amor en los tiempos del cólera; Rosa Montero tuvo conciencia de la muerte cuando pensó que aquel autor de esos bellos cuentos ya no estaba más entre nosotros. Rubén Darío hizo su parte también; Borges tradujo al castellano uno de sus cuentos cuando apenas tenía nueve años de edad. El cine, con el filme “Wilde”, trató de transmitir con la mayor precisión posible el encanto e inteligencia de dicha celebridad, así como su esplendor y decadencia. Winston Churchill no dudó en mencionar a Oscar Wilde cuando se le preguntó con qué personaje le hubiese gustado conversar. Sus obras de teatro siguen siendo representadas una y otra vez, tal vez más que las de Shakespeare. La importancia de llamarse Ernesto está hecha para disfrutarse más de una ocasión. Sus cuentos me divierten y conmueven cada que los leo de nuevo; El fantasma de Canterville; El Ruiseñor y la Rosa; El gigante egoísta; son obras que llegaron demasiado tarde a mi vida, porque todo lo hedónico siempre llega después, nunca a tiempo.  De Profundis dio a mi vida y a mis emociones la claridad necesaria para para saber cuán desastroso puede ser el amor o peor aún, un capricho, “Una vez que lograste adueñarte de mi vida, no supiste qué hacer con ella. No podías saberlo. Era algo demasiado maravilloso para tus manos.”

            Mi vida, tan simple y uniforme como cualquier otra, comenzó a tener destellos de gracia cuando citaba a Oscar en mis conversaciones. Mis amigos y conocidos me hacían burlas amistosas en ocasiones, sabían que de un momento a otro iba mencionaría: “Oscar Wilde dijo…”. No creo que existía o existe una obsesión al respecto, pero sí una profunda admiración y un sentimiento semejante al amor. Porque a pesar de no conocerle más allá de sus obras y unas cuantas fotografías, así como algunos datos sueltos sobre su vida, Wilde es alguien que me ha acompañado durante muchos años, desde mi adolescencia hasta mi inmadura adultez. Semejante a una amistad íntima, con la ventaja de que él no puede decidir no ser mi amigo.

            Existes múltiples hechos que han marcado mi vida con respecto a mi autor favorito y yo, sobre esta relación entre Oscar y yo. Hace tiempo, mi amiga Elizabeth estaba de paseo por Dublín, se acordó de mí y fue a conocer la escultura de Wilde que está en su ciudad natal. Meses después, otro amigo mío, Fernando, estaba en París, fue a Père-Lachaise y me envió algunas fotografías de la tumba de Oscar Wilde, llena de besos, flores y cartas. Lloré, lloré mucho al ver el lugar donde están sus restos, su materia, lloré porque está muerto y porque sus últimos años fueron difíciles. Lloré al imaginarme ahí, hablándole, agradecido por su legado, desesperado por decirle inútilmente lo significativo de su existencia en mi vida, como artista, como maestro, como amigo.

            De todas las cosas que cambiaría de mi pasado para fantasear con un mejor presente, las que no alteraría son aquellas que me llevaron a leer El Retrato de Dorian Gray, ya que es un antes y un después en mi vida, un principio que no tiene fin.

De Ciudades Desiertas a Me Estás Matando Susana

Daniela Rivera

Hace unas semanas fui al cine a ver una interesante y esperada película, “Me estás matando Susana” de Roberto Sneider. Mucho escuché hablar de ella cuando supe la polémica que estaba generando al ser una adaptación cinematográfica del libro “Ciudades desiertas” de José Agustín, que como sabemos es una causa de opinión y discusión necesaria, si porque no le llega a la calidad literaria, si es una película más en el cine mexicano o si lo único que busca son espectadores y públicos comerciales. De primera impresión creo que esperaba pasármela bien [el póster con la figura de Gael García era un primer gancho], el nombre que al haber cambiado del de la novela original, también representaba un atractivo visual [gran tipografía, rosa y con el nombre explícito de una mujer] y claro, la carta abierta de que el director había sido el mismo de Arráncame la vida [novela poblana por excelencia], en fin corrí a verla a dos días del estreno.

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Y cuál sería mi sorpresa que la película no me decepcionó en nada y creo que además atrapa a nuevas generaciones, a neonatos en las letras de José Agustín, a parejas que se encuentran consigo mismas y a escépticos del nuevo cine mexicano. La novela se centra en la relación de Susana y Eligio en 1984. Ambientada en la Ciudad de México, comienza narrando la vida de Susana, quien decide ir a Estados Unidos para participar en un curso de escritores por 4 meses. Se va por su cuenta, sin avisar a nadie, ni a su familia o Eligio, su marido, por lo que éste hace todo lo posible por saber a dónde se fue, hasta que tres meses después llega de sorpresa a la academia para encontrarse con la noticia de que ella tiene un romance con uno de sus compañeros.

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Así de fuerte y una situación cotidiana, del antes y del ahora, donde las mujeres también podemos tomar el papel de la traición, el engaño y donde los deseos se apoderen de las acciones. Ahora combínenlo con el machismo mexicano y la forma tan tradicionalista con la que solemos ver y opinar de las cosas en México. Eligio utiliza un lenguaje coloquial en sus interacciones, además de resaltar aspectos muy mexicanos en cada una de las actividades que realiza, sus apariciones en los lugares de reunión  o en la interacción con las personas de los distintos sitios que integran la academia. José Agustín nos muestra personajes con aspectos y características de jóvenes, que dejan entrever la influencia del autor en la literatura del momento.

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Debido al año en que se realizó esta obra, fue también una fuerte crítica social, ya que es difícil “entender” por qué Susana es tan liberal, por qué se va cuando quiere, mientras que Eligio lanza mentadas de madre, le busca pleito al amante de su esposa y Susana, aunque lo quiera, no puede evitar hacer cosas (buenas o malas) para buscarse a sí misma, ya que se siente estancada.

Vale mucho la pena leer antes la novela porque la película no se centra en la década de los ochenta, sino en la contemporaneidad, en el tiempo actual, en un México nuevo y con personajes que podemos conocer, con los que nos identificamos y con situaciones que muchos nos quedamos callados, sea o no por verse en un espejo o por reconocer y percibir que las relaciones afectivas cambian y hacen crear esos silencios incómodos al levantarse de su butaca.

 

Por donde rompen las olas.

Jonathan Alcalá

He vuelto a este lugar, las olas siguen cantando la misma canción desde hace siglos, el viento parece ser el mismo, tan lleno de añoranza. Volví envuelto en un cuerpo a punto de marchitarse, tan enfermo como mi alma. Y es que a pesar de la tristeza y desesperación, mi carne se mantuvo a flote aunque mi mente se hundió junto contigo. He venido otra vez, años después de que el mar se tragara nuestro hogar y al parecer, nuestras vidas. Me di a la estéril tarea de irme en busca del olvido, cruzando las fronteras inventadas por los hombres y cayendo en sopores cuyos sueños no eran mejores que la realidad. He vuelto porque me di cuenta de lo inútil que ha sido huir, estás en todos lados.

            A las pocas horas de tu partida, después de regresar del cementerio contemplé el suicidio como una posibilidad, sin embargo no fui capaz de tomar una cuerda y colgarme con ella, supe entonces que si no lo hice en ese momento, no lo haría jamás. Me convertí en un rehén de la vida, confundido como un perro extraviado, semejante a un huérfano a quien nadie reclama. Los júbilos se habían acabado, las risas y el placer adquirieron un desabrido sabor. Juro que todo esto no fue deliberado, intenté hallar la felicidad por todos los medios que se me ocurrieron, e incluso, quise dar la espalda a tu memoria y no pude.

            Se me aconsejó que buscara alivio a través la oración y la lectura, pero la mansedumbre nunca fue mi fuerte, menos aún la resignación. Lloré y hablé frente una silla vacía, me despedí decenas de veces de ti para aliviar mis emociones. Pasé horas arrodillado en la oscuridad, con mis manos juntas, palma con palma, vacías y solitarias. Una vez que creí haber superado la pérdida, después de caminar con lentitud los pasos del duelo, me alejé lo más posible de las costas. Quise que el sol que brilla sobre mi cabeza fuese de un color distinto al que conocimos tú y yo. Subí algunas montañas, caminé entre bosques que parecían tan inmensos como el mar. Vivía el silencio antes del temblor, la quietud que precede a la catástrofe. Sentí sobre mi piel el frío del clima y de tu abandono. Tus manos, cómo extrañé tus manos sobre mí, mientras estaba entre  pinos tu calor me hizo falta. Con ironía, tu ausencia física trajo consigo una presencia que me llenó de tormento. Puse empeño en arrebatarte los pensamientos que cada vez me pertenecían menos. Di la espalda al Dios que no respondió a mis plegarias.  Jugué el juego de la lujuria y el alcohol. Quise sanar mi alma por medio de los excesos del cuerpo, tratando de emborracharme con licor para poder escapar de la ebriedad que me causaba el eco de tu voz. El libertinaje no me dio la libertad que anhelaba, procuré rendir culto al placer y lo conseguí, por momentos de éxtasis grité como un hombre rebosante de vida, pero así como es efímero el orgasmo, así se esfumaba de mí esa dicha momentánea. Agotado como el endemoniado que lucha en un exorcismo, de esa manera padecí los finales de las largas jornadas en las que dispuse de muchas personas para perderme entre su desnudez. A media luz, cuando todos dormían, las sombras llenaban la habitación, tú eras todas y ninguna, supe una vez más lo terrible que es amar a alguien que ya no posee un cuerpo.

            Es verdad que logré tener períodos de paz, de silencio y de sonrisas. El mundo se transformaba mientras recorría sus caminos, escuché lenguas distintas a las que conocía, hablé con muchas personas, tomé brebajes dulces y amargos; me incliné ante otros dioses y tuve visiones que me llevaron a mundos diferentes que habitan dentro del nuestro; probé alimentos que sabían a la tierra donde caminaba, plantas y hierbas tan llenas de vida y de agua, comí carne que seguía agonizando, ese trueque de la muerte por la vida me pareció grotesco por vez primera, y cansado del género humano, de la violenta naturaleza y de los estragos de la civilización, me fui otra vez.

            Así como el hijo del hombre fue al desierto, me alejé yo también de la gente y sus vestigios, me aventuré a la soledad más profunda, sentí hambre y sed, y pasados cuarenta días y cuarenta noches, no fue el Príncipe de este mundo quien se manifestó, sino tú y tus terribles ojos negros. Me percaté de que la muerte era una dulce y lejana promesa, algo que no sucedería por mi propia voluntad, mi destino estaba trazado ya, por más que me moviera de un lugar a otro, estaba dentro de un círculo que nada  podía alterar. Fue entonces cuando tomé la decisión de volver al origen de todo, a los palmares donde nos conocimos, a la arena que servía de nuestra cama, donde yo recostaba mi cabeza entre tus manos y ponía mi oído pegado a tu pecho para escuchar ese latido que nos llenaba de vida. No me fue difícil invocar tu imagen, tú rostro seguía inmutable y el recuerdo de tu cuerpo provocó mi deseo.

            He vuelto a este lugar, tan lleno de ti como el resto de la tierra, pero con los olores y sabores que compartimos, con los recuerdos más precisos. He venido para morir por segunda vez, ignorando si una vez que mi materia sea devorada por el mar, mi existencia se dilate como la tuya, hasta ser infinita. Regresé exhausto, dispuesto a pensarte día y noche, hasta que estos se transformen en uno mismo.

Ella me envía gatos

Jonathan Alcalá

El mundo se ha vuelto pequeño, los muchos siglos que tiene a cuestas lo han convertido en una minúscula esfera que flota en medio de una inmensidad oscura que lanza destellos de luces de colores. Las distancias ya no son razones para no verse y conversar, para no sentir y conocer. Ella me envía gatos a través de una pantalla hecha de óxido de algún elemento de la tabla periódica, pero qué sé yo de esas cosas, lo que me interesa es compartir palabras y gatos; los hay de distintos colores: blancos, marrones, negros, pero me gustan más los grises, como su Luna, esa gatita coqueta y soberbia que parece que posa ante el lente de la cámara; tiene una mirada azul felina y un cuerpo delicado de elegante fiereza.

Me encanta leer sus “buenos días” y sus “buenas noches”, los saludos siempre me han parecido un hábito encantador, un detalle, una atención pequeña que logra grandes cosas; casi a diario me desea  un excelente día y una linda noche, no importa cuán terribles resulten las cosas, ella es una artista que dibuja sonrisas genuinas, esas que parecen un acto reflejo, como si me tocaran el alma para hacerme cosquillas. Observo sus ojos de color nocturno, sus labios húmedos por el rocío de la belleza eterna de los cuerpos vivos. Las miradas van a la velocidad de la luz, pero las palabras tardan un poco más; palabras y gatos con corazones rosados sobre sus cabezas, gatos moviendo las patitas, gatos verdes vestidos de frac y gatos grises agitando una cuchara dentro de una taza de café o de chocolate caliente; nuestras risas que viajas a través de ondas electromagnéticas, yo y mis citas de escritores, con comillas, tildes, puntos y comas, por amor a la precisión y a la pretensión. Nuestra plática que fluye como si no fuéramos dos perfectos desconocidos.

Ella y su nombre de origen griego, y es que de un tiempo acá lo que vino de Grecia acapara parte de mi atención, parece que ya lo han dicho todo y lo han dicho bien para colmo. Ella y el arte que está implícito en su vida y en su apellido; su recomendación de William Blake, los poemas y las pinturas que me provocan escalofríos; pero el juicio final se ve distante cuando mis ojos se posan frente a su mirada que no me ve, mirada teñida de  ausencia de color, mirada que debe interrumpirse para continuar con lo que llamamos vida, aunque siempre me las arreglo para leerla un poco, ya sea de pie, sentado o caminando; las distancias son pequeñas ya a esta altura de la historia, casi nada me impide sentir y pensar. Nuestro pequeño planeta gira solitario en medio de una multitud de estrellas y de otros planetas, mientras tanto, yo me regocijo con la compañía de alguien que veo a través de una pantalla que guardo en el bolsillo de mi pantalón, me envía gatos y  yo a ella; gatos blancos, marrones, negros, pero me gustan más los grises, como su Luna.

Equivocación metafísica; una meditación de Karen Armstrong sobre mythos, logos y religión

Jonathan Alcalá

Después de una larga ausencia (la ausencia siempre es prolongada cuando amamos algo), en esta ocasión cedo mi espacio a un texto traducido por F. Mifune.

Equivocación metafísica; una meditación de Karen Armstrong sobre mythos, logos y religión

El extraordinario y excéntrico énfasis actual en las “creencias” de la cristiandad es efecto de un accidente de la historia que ha distorsionado nuestra comprensión de las verdades de la religión. Llamamos a la gente religiosa “creyentes”, como pensando que el aceptar un conjunto de doctrinas fuera su principal actividad, y antes de comprometerse con la vida religiosa, muchos se sienten obligados a satisfacerse a sí mismos con las afirmaciones metafísicas de la iglesia, mismas que no pueden ser probadas racionalmente porque se encuentran más allá del alcance de cualquier dato empírico.

La mayoría de las otras tradiciones premia la práctica por encima de la ortodoxia del credo: budistas, hinduistas, confucianistas, judíos y musulmanes dirían que la religión es algo que tú haces, y que no puedes entender las verdades de la fe hasta que estás comprometido con un modo de vida transformador que te lleve más allá del lente del egoísmo. Todas las enseñanzas de las religiones de Dios —incluyendo las doctrinas cristianas de la Trinidad o la encarnación— básicamente son invocaciones a la acción. Pero en lugar de ser educados a actuar sobre ellas de manera creativa, muchos cristianos modernos sienten que es más importante “creer” en ellas. ¿Por qué?

En la mayoría de las culturas premodernas había dos modos reconocidos para alcanzar la verdad. Los griegos los llamaban mythos y logos. Ambos eran cruciales y cada uno tenía su particular esfera de competencia. El logos (traducido como “razón” y “ciencia”) fue el modo pragmático de pensar que nos permitía controlar nuestro ambiente y funciones en el mundo. Por lo tanto, el logos tenía que corresponder exactamente con las realidades externas. Pero el logos no podía calmar el dolor humano ni decirle a la gente de manera íntima que sus vidas tienen sentido. Por tal motivo, los griegos se volcaron al mythos, una forma temprana de psicología, con el que trataban los aspectos más elusivos de la experiencia humana.

Las historias de héroes descendiendo al inframundo no fueron consideradas principalmente como hechos “reales”, sino porque enseñaban a la gente cómo negociar con las oscuras regiones de la psique. En ese sentido, el propósito del mytho de la creación fue terapéutico; antes del periodo moderno, ninguna persona sensata pensó jamás dar cuenta exacta de los orígenes de la vida. Una cosmología era recitada sólo en tiempos de crisis o enfermedad, cuando la gente necesitaba un influjo simbólico de energía creativa que les trajera algo desde la misma nada. Así, el mytho del Génesis, sutil polémica contra la religión de Babilonia, fue un bálsamo para los espíritus lastimados de los israelitas que habían sido derrotados y deportados por las armas de Nabucodonosor durante el siglo VI a.C. No se le solicitaba a nadie que “creyera” en el mytho; como la mayoría de la gente, los israelitas tenían otro tanto de historias mutuamente excluyentes de la creación, y hasta el siglo XVI, los judíos no creían nada sobre inventar un nuevo mito de la creación que no guardara relación con el Génesis, excepto aquél que hablara más directamente de sus trágicas circunstancias del momento.

Después de todo, el mytho era un programa de acción. Cuando una narración mítica era simbólicamente reinterpretada, ello traía a la luz, junto con el interpretador, algo “verdadero” acerca de la vida humana y del modo en que la humanidad funciona, incluso si esta manera de ver, así como en el arte, no puede ser probada racionalmente. Si tú no has actuado sobre el mytho, éste permanecerá incomprensible y abstracto —como las reglas de un juego de mesa, que parecen imposibles, complejas, aburridas y sin sentido hasta que comienzas a jugar.

La verdad de la religión es, por lo tanto, una especie de conocimiento práctico. Como nadar, no aprendemos a hacerlo en abstracto, tenemos que arrojarnos en la alberca y adquirir la experiencia a través de la práctica esmerada. Las doctrinas de la religión son producto de observancias rituales y éticas, y no tienen sentido hasta que son acompañados por ejercicios espirituales tales como el yoga, el rezo, la liturgia y un modo de vida constantemente compasivo. La práctica experta en estas disciplinas puede llevarnos a un conocimiento íntimo de una trascendencia que podemos llamar Dios, Nirvana, Brahman o Dao. Sin esa práctica constante, estas palabras permanecen incoherentes, increíbles e incluso absurdas.

Pero durante el periodo moderno, el logos cientificista llegó a ser tan exitoso que el mytho fue desacreditado, el logos del racionalismo científico se volvió el único camino válido para alcanzar la verdad, y Newton y Descartes afirmaron que era posible probar la existencia de Dios. Algunos viejos teólogos judíos, cristianos y musulmanes rechazaron vigorosamente estas afirmaciones. Pero los cristianos aceptaron esta teología científica, y algunos se embarcaron en la predestinada aventura de transformar la fe de sus mythos en logos.

Fue durante el siglo XVII cuando la concepción occidental de la verdad se volvió algo más conceptual y la palabra “creencia” cambió su significado. Antes, bileve [origen del término anglosajón belief-creencia] significaba “amor, lealtad, compromiso”. Estaba relacionado con el latín libido [amor], y era usado en la Biblia del Rey Juan para traducir el griego pistis (“verdad, confianza, involucramiento”). Por ello, en demanda de pistis, Jesús solicitaba compromiso, no credulidad: la gente debía darlo todo a los pobres, siguiéndolo a él hasta el fin, y comprometiéndose totalmente con el reino de Dios.

Sin embargo, en el siglo XVII, los filósofos y los científicos comenzaron a usar la palabra “creencia” para señalar el asentimiento intelectual de una proposición más o menos dudosa. Y nosotros usualmente asumimos que lo “moderno” significa “superior”, y mientras esto sea así gracias a la ciencia y la tecnología, toda idea sobre la religión permanecerá velada para nosotros. En el pasado, la gente entendía que era imprudente confundir mythos con logos, pero hoy nosotros leemos los mythoi de las Escrituras con un literalismo sin precedentes, y junto con nuestras “ciencias de la creación” tenemos mala ciencia y religión inepta. La pregunta es: ¿cómo podemos liberarnos nosotros mismos de nuestro callejón sin salida religioso en el que entramos hace 300 años?

Texto original:

https://www.theguardian.com/commentisfree/belief/2009/jul/12/religion-christianity-belief-science

 

De cartas y personajes cercanos: Anaïs Nin

Daniela Rivera

Hay una actividad que vemos lejana y sin embargo persiste y ahora es vista como un objeto de arte: las cartas. En lo personal, soy fanática de los timbres postales, de la dinámica de escribir a mano un escrito cualquiera, de comprar sobres, de acudir al servicio postal y de que a veces días o meses después sean recibidas por mi familia y/o amigos. Me impresiona más el hecho de que son productos viajeros en el tiempo, de aquellos que provocan leer y releer lo que mis escritores predilectos se escribían con otros, lo que artistas de diferentes épocas pensaban y el método que se utilizaba para ser vistas por sus receptores.

Hace poco, la revista Proceso publicó un artículo especial donde anuncian una nueva entrada en su portal: Toledo Lee. Una sección con viñetas surgidas de sus lecturas más entrañables, todo esto y aunado a mis gustos por ellas decidí equilibrar mis propios tiempos dedicados a la lectura con el regreso a estos objetos personales que nos conectan con lo más íntimo de una persona, las cartas.

Hoy en mi primer recuerdo y como inicio de una serie de entregas postales, un amoroso y pasional relato de Anaïs Nin, escritora que surgió por dicha correspondencia y que se hizo famosa gracias a la publicación de sus diarios, los cuales la consolidaron como una de las pocas mujeres en tocar temas de literatura erótica. Esta carta la dirige a Henry Miller, eterno amante y compañero de Nin y en quien se inspiró para escribir cartas que conforman dos de sus más importantes libros: Fuego (1934 – 1937)  y Una pasión literaria: correspondencia de Anaïs Nin y Henry Miller (1932 – 1953). 

 

Anaïs Nin en 1934

Anaïs Nin en 1934

 Louveciennes, 13 de febrero de 1932

Por favor entiende, Henry, que estoy en plena rebelión contra mi propia mente, y cuando “vivo”, lo hago por impulso, por pasión; June lo entendió. Mi mente no “existía” cuando paseábamos insensatamente por París, ajenos a la gente, al tiempo, al lugar, a los demás. Tampoco existía la primera vez que leí a Dostoievski en la habitación de mi hotel, y reímos y lloramos juntos, y no podía dormir, ni sabía en dónde me encontraba […] “pero más tarde”, entiéndeme, cuando todos los fundamentos, toda la conciencia, todo el control de mi ser había sido eliminado, “después” hice el enorme esfuerzo de “sobreponerme” de nuevo, para no caer ya nunca más, para no seguir sufriendo o abrazándome, y  me aferré a todo, a June y a Dostoievski, y “reflexioné”. Tú recibiste mis reflexiones. ¿Por qué haría semejante esfuerzo? Porque tengo “miedo” de ser “exactamente” como June, estoy en contra del caos total.

Deseo poder vivir con June en la locura total, pero también quiero ser capaz de entender después, de captar lo que he vivido desde el principio hasta el final.

Puedo estar equivocada. Como ves puedo darte una prueba de que la “locura en vida” es más inapreciable para mí que mis propios pensamientos: por mucho que piense en ti no pude “ofrecerte” las “emociones” que he vivido con June. Puedo darte explicaciones, contarte las conversaciones que tuvimos, pero no puedo ofrecer las “emociones” mismas. También puedo ofrecerte la única crítica que pude hacer de Dostoievski, y en mi diario hay cuatro páginas con mis incoherentes sentimientos acerca de la lectura de “Los endemoniados”. ¿Puedes entender eso? El pensamiento sólo aflora a la superficie, aunque muy a menudo, cuando tu carta me conmueve, como te dije la primera vez, estoy casi dispuesta a dártelo, como aquel día en que estaba tan preocupada y fuera de mí -el primer día que viniste- y estuve a punto de leerte todo lo que había escrito en mi diario, porque tu propia desesperación despertó mi confianza en ti.

Perdóname. ¿Recuerdas qué fue lo primero que hicimos? Salimos; me entusiasmaron las propiedades “curativas” de la plaza. Daban que reír.

Nosotros no pretendíamos que nos curaran, pero yo procuré recuperar el juicio. Sabía que estabas padeciendo torturas; eludí la zambullida, porque suponía también zambullirme en mi propia tortura. Una vez más dije que debía estar equivocada. Sí, estoy equivocada. Hoy estallé, recelándome tremendamente contra el análisis. Aún cuando el segundo movimiento en todas mis sonatas consistía en liberarme a mí misma del caos, aún cuando haya en mí mucho de Gide, y algún día pueda, como Lawrence, dar media vuelta y escribir mis propias explicaciones de mis libros (porque la explicación de otros acerca de lo que el artista se imagina en estado de ebullición me pone enferma), aún cuando lo haga, entiéndeme, para mí lo primero es el artista, el sentimiento a través de la emoción, esa “envahissement” de sensaciones que siento y que me hace trizas.

Pides cosas imposibles y contradictorias. Quieres saber qué sueños, qué impulsos, qué deseos ha tenido June.

Jamás lo sabrás, al menos de “ella”.

No, ella no podría contártelo. Pero ¿te das cuenta del placer que experimentó June cuando le conté cuáles eran nuestros sentimientos, con aquel lenguaje especial? ¿Cómo pude hacer aquello? Porque… porque no estoy todo el tiempo “hundida”, no siempre estoy simplemente viva, dejándome llevar sencillamente por todas mis fantasías. Porque busco un poco de aire, de comprensión. Deslumbré a June porque cuando nos sentamos juntas no me emborrachó lo maravilloso del momento; lo viví con la conciencia del poeta, en realidad, no la conciencia en la que a los muy formularios psicoanalistas les gustaría meter sus manos clínicas; no, ésa no; una conciencia de “sensaciones” agudas (más agudas que las producidas por las drogas). Llegamos al límite de nuestras dos imaginaciones. Morimos juntas.

Pero June continúa viviendo y muriendo, y yo (¡oh, Dios!, odio mi propia obra, preferiría con mucho vivir simplemente), yo me siento y trato de “contarte”… de contarte que preferiría -frente a todo lo demás- seguir viviendo en éxtasis y sin conocerte, y tú te estrellas la cabeza con el muro de nuestro mundo, sí, y esto sucede a causa de mi demoníaco poder creativo para realizar y coordinar el misterio, yo que deseo desgarrar velos. Pero no todavía. No lo necesito. Amo mi misterio, amo el mundo abstracto y “fuyant” en el que vivo mientras no comienzo mis obras, la conversión de las delicadas, profundas, vagas, oscuras, voluptuosamente mudas, sensaciones en algo de lo que pueda echar mano, tal vez nunca. Tal vez renuncie a mi mente, a mis obras, a mis tentativas y simplemente viva, sufra, me revuelque, evite tu compañía, tu “secuestro” de June o de mí.

“Tú” quieres más claridad, más conocimiento -no dices sé si de Dostoievski- y agradeces a Dios el caos viviente.

¿Por qué quieres, entonces, saber más acerca de June? Porque eres también escritor, y los misterios te inspiran aunque deban ser dominados, conquistados.

Es un poco gracioso. Fue el escritor quien proporcionó a June las palabras con las que ella me elogió y describió. Algo así como: “Su figura guarda un ligero parecido con las bellas mariposas nocturnas bizantinas de seda e incrustaciones”. Lo encontré en tu primera novela. Para los pintores yo había sido siempre una “bizantina”. Me asombró la extraña descripción que hizo June del “esplendor de sutil sofisticación oriental”, etc.

June había prometido escribirme mucho. No me ha escrito. ¿Te ha escrito a ti? ¿Puedes darme alguna dirección suya? Sí, quiero escribirle.

No te preocupes por haber corregido mi inglés. Nada podría hacerme “consciente” de eso. Pero no serás recompensado porque en días como hoy te escribiría de todas formas, y realmente no me importa, mientras puedas entenderme. No me interesa la belleza o la perfección de mi inglés. Si me sale perfecto o bello, estupendo, estoy deseando trabajar, pero no me “preocupa demasiado” -estoy tan plena, tan excitada, tan febril- que el lenguaje me distraiga siempre y me retrase. No he vuelto a leer todavía las cartas que te escribí. ¡Pobres oídos ingleses tuyos, tan sensibles! Me doy cuenta de la amabilidad de tu ayuda.

Por favor, compra más carbón y más leña.

Contestaré al resto de tu carta mañana.

     Anaïs

Anaïs Nin y Henry Miller

Anaïs Nin y Henry Miller

Las despedidas

A Diego: 
“Yo sufrí dos accidentes graves en mi vida, uno fue el tranvía, el otro fuiste tú.
Tu eres de lejos el peor.” 
-Frida Kahlo

 Ale Rodríguez

Amores imposibles y no encontrados son todos aquellos que no poseemos, son todos esos que no pueden estar en nuestras vidas, así nos aferremos a la idea de ellos y queramos cambiar a alguien para hacerlo, encajar en nuestras circunstancias personales, ellos no necesariamente pertenecen al mismo lugar y nosotros, en el fondo lo sabemos.

¿Por qué nos cuesta tanto comprender esto? Es una complicación que ni la misma lógica entiende, las relaciones humanas están basadas en reacciones químicas que ocurren en nuestro organismo y son prácticamente incontrolables, tan incomprensibles como el hecho atroz de romperle el corazón a alguien que se quiere. Eso es la contradicción misma, es el momento doloroso en el que las partes de un todo ya no están funcionando juntas y quieren necesariamente separase. Es tan destructivo y tenaz que cuando uno se enamora jamás espera que algo así suceda, jamás imaginas que vendrá de la persona que profesa amor hacia ti; la ilusión de la nueva relación disfraza todo, nos involucramos tan rápido y sin medida, sin temor a nada, entregamos lo que somos con tal de agradarle a la otra parte ¿Y todo para qué? Para que un buen día el compañero nos diga que no le interesa más estar a nuestro lado, que le parecemos ya pasado de tópico o que simplemente se dio cuenta de que no le gustabas tanto como él pensaba al principio de todo. Esto sucede porque los seres humanos somos libres de voluntad y de albedrío , hay que hacer todo lo que queramos hacer, nadie nos obliga a nada, sin embargo, nuestras decisiones dentro de una relación tienen tanto peso que en cualquier momento infringes dolor a esa supuesta persona especial, he aquí la contradicción del argumento “amor”. Esto ocurre porque estúpida y desmedidamente entregamos todo desde el inicio y nos exponemos sin cuidado, tristemente en este juego del amor nunca nos damos cuenta de qué tan grave podría haber sido esa situación hasta que ya estamos muriendo de tristeza.

Recordando todo esto sobre la libertad personal y el daño interrelacionar que coexiste en un corazón próximamente roto, un alma enamorada jamás será libre y es, con esta premisa, que decido liberar, desde mi pensamiento, a todos aquellos corazones que siguen siendo privados de su libertad por estar esperando a alguien que decidió retirarse, alguien que se despidió hace tiempo y pidió disculpas por el daño irreparable que causaría, las cicatrices que dejaría y los momentos de crecimiento que evocaría. Somos todas esas almas que aún permanecemos amarradas al recuerdo, al imposible pasado las que debemos continuar y cerrar el capítulo, recoger nuestros pedazos de corazón roto y  retirarnos con dignidad, porque un nuevo comienzo nos espera o al menos eso es lo que aspiramos vislumbrar.

Todas las despedidas son duras y al mismo tiempo especiales, porque quedarán en tu memoria para siempre. Yo, en lo personal, admiro a los que deciden despedirse con cariño, esos que al momento de la despedida les susurran al oído… “tú estás para grandes cosas, por ejemplo, escribir un libro; vuela, sé libre, tu capacidad es infinita como para que te limites a la mía”… es en ese momento en el que quieres enamorarte más de la persona que te está rompiendo el corazón y, al mismo tiempo, la comienzas a odiar. Al final, esto de las relaciones amorosas es como un juego de mesa, un día lo juegas y tu competidor es aquel que has amado especialmente y al siguiente domingo ya está jugando con otro amor.

Valeria Luiselli y yo

Daniela Rivera

Todos hemos estado enganchados por alguna lectura, un escritor en particular o un género literario, tanto que vamos a las librerías a buscar sus diferentes títulos, investigamos biografías en internet o tratamos de saber más al grado de obsesionarnos. Eso me paso hace unos meses con Valeria Luiselli y de la que he querido escribir sin parar pero con el bloqueo de no saber cómo expresar mi acercamiento a sus letras.

Su nombre desde un principio se me hizo muy familiar, quizá por saber cuántos premios había estado ganando en el extranjero, asociarla con ser mexicana, identificarme con ella por ser mujer… No lo sé, pero fue un nombre que se me impregno en la mente por meses. Después, una amiga muy cercana me propuso una serie de conversatorios, en los que habláramos sobre el papel de la mujer en la literatura pero dividiéndolo en diferentes épocas y corrientes. Volvió a salir su nombre en uno de los temas: “De las Adelitas a Valeria Luiselli”. ¿Qué quería Valeria Luiselli de mí? o ¿Qué buscaba yo en Valeria Luiselli?, ¿Por qué todo a mi alrededor me estaba llevando hacía ella?, quizá sus recientes premios le valieron estar en las mesas de novedades, sí, tal vez todos los libreros la recomendaban por la pulcritud y simpatía que causaban sus letras, pero aún así yo me sentí en una persecución necesaria por leerla.

Al fin lo hice, y no comencé con el premiado libro “La historia de mis dientes” (Sexto Piso, 2013) sino que me lleve, “Papeles Falsos” (Sexto Piso, 2010) [su primera publicación] y “Los Ingrávidos” (Sexto Piso, 2011) [“Lo leerás y disfrutarás mucho” – me dijo el librero] y bueno, así salí cargada con la colección Luiselli. Me costó mucho trabajo abrir Papeles Falsos y no pensar en mí. El libro es una serie de ensayos narrativos de diversos temas, conexiones, la mirada de la autora está puesta en sus vivencias, en el mundo que la rodea y en el que nos obliga a entrar. La cultura literaria que denota es impresionante, ya que introduce nombres y autores que si bien pudieron ser un iconos relevantes en la historia con situaciones cotidianas, cercanas, muy particulares y que van desde lo pertinente a lo desesperado como único lenguaje capaz de dar sentido a una vida que desborda a la voz que lo narra; a través de extrañas explicaciones de la Ciudad de México, una descripción sobre la paciencia o la definición de saudade. Las coincidencias, empatía y conclusiones que proyecta su escritura son pruebas de un personaje en común tiene como necesidad de contarle al otro sus vivencias.

El acercamiento con la literatura de Luiselli es además un acto cercano a mi propia historia familiar. No por el reflejo con personajes en común sino por las circunstancias, escenarios y coincidencias inaudibles que no hacen más que llenarme de recuerdos.

El acercamiento con la literatura de Luiselli es además un acto cercano a mi propia historia familiar. No por el reflejo con personajes en común sino por las circunstancias, escenarios y coincidencias inaudibles que no hacen más que llenarme de recuerdos.

“Es normal que algunos pasajeros lloren cuando los aviones despegan – la gente viene de separaciones y al abrocharse el cinturón siente una última sacudida del desprendimiento-, pero imagino que no es usual ver semejante espectáculo cuando por fin aterriza el vuelo. A mí me ha dado por llorar en algunas llegadas a la Ciudad de México. En cuanto veo el Nabor Carrillo –ese lago imposible, perfectamente cuadrado- me desmorono. Nada estruendoso, sólo un par de lágrimas sueltas. No dudo que más de una vez haya sido esa práctica patética escena motivo de la más sincera compasión de mis compañeros de fila (qué pena, pensarán, ha de ser muy infeliz aquí esta pobre)” Luiselli en el apartado Río Tacubaya del ensayo “Marca de Agua” en Papeles Falsos.

 

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Papeles Falsos reforzó mi idea de que la literatura salva, de no verla sólo del lado cursi, sino que puede ser apreciada como una gran casa, un territorio sin fronteras.

Y claro como todos, tenemos predilección por algunos capítulos, personajes o letras en concreto, en mi caso fue en el ensayo “Mudanzas: volver a los libros” donde se relatan todas las experiencias que giran alrededor de aquellos sagrados objetos que guardan recuerdos, vivencias, historias y hasta tesoros y que van mudando a cada espacio con nosotros. Separadores, notas al margen, pie de páginas, papelitos de recibos, del autobús y hasta el papel de baño son ciertas marcas que dejamos en cada hoja de nuestras lecturas, collages desordenados que crean un catálogo de maravillas.

“Los libros en las estanterías se ven bonitos y sugieren preguntas, es cierto, pero aquellos que han salido de su sueño vertical tienen vida propia. Un libro sobre la cama es un compañero discreto, un amante de paso; otro, en la mesa de noche, un interlocutor; el que está sobre el sillón, una almohada para la siesta; el que lleva una semana en el asiento del copiloto, un fiel compañero de viaje. […] Los pocos que sí leemos, serán lugares a donde regresaremos siempre”.

En fin, Papeles Falsos es un espejo, en el que la metáfora de la literatura es un lugar habitable o una casa permanente, que en lo personal me conectó con la idea de saber que puedes conquistar territorios literarios, espacios imposibles y puntos de encuentro.

Y vienen las novelas, ese género familiar, apapachador y envolvente desde la primera página si conecta con su lector. En mi caso, Los Ingrávidos lo logró. La historia es narrada a dos voces, se interceptan, entrelazan y complementan durante toda la historia, logrando una trama ágil, persuasiva y rebosante de humor y terror. Otro encuentro más con Valeria Luiselli, ya que la primera persona es una mujer del México contemporáneo, una editora que relata sus años de juventud en Nueva York, que posee una curiosidad infinita de saber más, de conocer personas, de obsesionarse con ciertos personajes para esclarecer mapas de vida, los cuales marcan un destino un tanto incierto pero que busca una meta final, se casa, tiene hijos, un matrimonio obsesivo, algo confuso y desconfiado que te sumerge a un mar de contradicciones amorosas; y a la vez, la voz del fantasma del poeta Gilberto Owen, quien la persigue y recuerda al mismo tiempo su juventud durante el Renacimiento.

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Los Ingrávidos es una novela de conexiones, de enigmas, de una lectura fácil que se ubica en la mente como una obra de teatro, donde los personajes cobran vida y donde el lector se convierte en un actor más.

“Volví varias veces a la biblioteca de la Universidad de Columbia, para buscar algún libro, periódico, archivo, lo que fuera que iluminara un poco el período que Owen pasó en Nueva York. Por recomendación de White, empecé a llevar un registro sobre todo lo que tuviera alguna relación con él. Tomaba notas en post – its amarillos y cuando llegaba a mi departamento los colocaba entre las ramas del árbol seco, para no olvidar, para poder regresar a ellas algún día y poner orden. La idea era que cuando el árbol estuviera atiborrado de notas, se empezarían a caer por su propio peso. Yo las recogería en el orden que se fueran cayendo y en ese mismo orden escribiría la vida de Owen. La primera fue:

Nota: El metro de NY se construyó en 1904”

Hay libros del mismo autor que se conectan unos con otros a través de ciertas frases, citas, algún personaje. En este caso, la escritora Marguerite Duras fue el vínculo entre Papeles Falsos y Los Ingrávidos, en los que curiosamente se planta un análisis interesante, ambos párrafos abordan el rostro.

Hay libros del mismo autor que se conectan unos con otros a través de ciertas frases, citas, algún personaje. En este caso, la escritora Marguerite Duras fue el vínculo entre Papeles Falsos y Los Ingrávidos, en los que, curiosamente, se planta un análisis interesante, ambos párrafos abordan el rostro.

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Al estar totalmente enganchada con las letras de Valeria, no me podría esperar menos de “La historia de mis dientes”, quizá una secuela de la vida un tanto reflejada de la escritora o de alguna mujer desconocida a punto de salir. Cuál fue mi sorpresa cuando empecé a leer la historia de un cantador de subastas, sí, un tal Carretera que sabía imitar a Janis Joplin, parar un huevo en una mesa y contar hasta ocho en japonés. Un peculiar revolucionario que saltó a la fama tras rescatar de un ataque de pánico a una de sus compañeras de trabajo en una fábrica de jugos, quien conoció mujeres, tuvo a la que quiso y fue suertudo hasta el día en que su hijo “lo compró”; todo esto en su camino por tener la dentadura perfecta: la de Marilyn Monroe.

La historia de mis dientes tiene elementos bellísimos, es una gran novela urbana, de geografías periféricas, arte, objetos y nostalgia. Seis entradas que contiene las parabólicas, hiperbólicas, elípticas, alegóricas y perambulaciones circulares e historia de vida de Gustavo Sánchez Carretera. Una deliciosa novela que utiliza recursos citadinos, fotografías mentales, mapas, árboles genealógicos, etnografía y maravillosas ilustraciones por Daniela Franco.

La historia de mis dientes tiene elementos bellísimos, es una gran novela urbana, de geografías periféricas, arte, objetos y nostalgia. Seis entradas que contienen las parabólicas, hiperbólicas, elípticas, alegóricas y perambulaciones circulares e historia de vida de Gustavo Sánchez Carretera.
Una deliciosa novela que utiliza recursos citadinos, fotografías mentales, mapas, árboles genealógicos, etnografía y maravillosas ilustraciones por Daniela Franco.

No quisiera terminar abruptamente este pequeño artículo sino que “La historia de mis dientes” me parece un fascinante relato que se lee en una sentada, una maravillosa cartografía que he releído tres veces y que me confirma la capacidad de Valeria para generar atmósferas cercanas, llenas de enigmas y sutiles gestos de empatía. La condición humana, la esperanza, el humor y la rabia se reflejan en cada situación escrita, por ello creo que mi acercamiento y posibilidad de recomendación es el poder de la literatura de Valeria para transportarnos en un mundo de cotidianidades, de enseñanzas y acercamientos que valen para engancharte en sus paradigmas literarios.

Sorpresas, similitudes en el antes y ahora: "Un café, un periódico sobre la mesa: salto entre noticias de anteayer. Prendo un cigarro y paso a la sección de cultura.." Valeria Luiselli en Papeles Falsos

Sorpresas, similitudes en el antes y ahora:
“Un café, un periódico sobre la mesa: salto entre noticias de anteayer. Prendo un cigarro y paso a la sección de cultura..” Valeria Luiselli en Papeles Falsos

 

Mi amigo imaginario

Ale Rodríguez

Tú, el que sigue en mi pensamiento porque no lo he querido dejar ir, tú el que se cuela en mis sueños por la madrugada y me atormenta el día con sentimientos de nostalgia, ese a quién le admiro su dorado cabello y su mal genio, aquel que no deja el orgullo por nada, quien se mantiene en alto demostrando lo que lo diferencia, a ti es a quién he decidido convertir en mi amigo imaginario.

Decidí que tú lo serías después de darme cuenta de que eres un fantasma en mi vida, estás enterrado bajo tierra, muerto en la realidad pero en mi corazón como en mis pensamientos sigues flotando y tu presencia no me deja seguir. Nunca tuve un amigo imaginario, ni cuando era pequeña, pero ahora disfruto de imaginarte a ti compartiendo momentos respirables a mi lado, en mi día a día me queda el consuelo de tu recuerdo, de lo que fuimos y ya no seremos más; un amigo imaginario es aquel que siempre está para ti, precisamente en el momento en que tú lo solicitas el aparece, él es tu creación y todas tus necesidades las cubre a perfección porqué está hecho a la medida pero al tú aparecer esporádicamente en mi vida mi solución a la atemporalidad es haberme creado este inexistente personaje; a veces me dueles tanto que castigo a mi imaginación y te sustituyo por otros pensamientos, a veces solo quiero hablar contigo, contarte de mi día, de mis preocupaciones, de mis alegrías, saber que te importo y sentir que me escuchas, pero tú mi amigo imaginario eres tan infiel a mi necesidad que me he llegado a preguntar porque sigo esperando algo de ti si apareces y desapareces a tu conveniencia, los días que tú quieres compartir de tu tiempo son soleados y aquellos días en los que por más que te invoco no consigo me prestes ni un poco de atención, esos días son azules y fríos, considero estás fallando en tu trabajo como amigo imaginario.

Si yo tuviera un poquito de amor propio, no habría necesidad siquiera de hablar de esto, pero mendigar tu amor es lo que se a convertido mi rutina estos últimos meses, cada día que paso buscando a mi amigo imaginario me doy cuenta de que no tengo porque hacerlo, pero por vergonzoso que sea, mi corazón tiene un trauma, situación profunda que no es tan fácil de erradicar, todo por tener jodidos apegos emocionales, pero si vemos la imagen desde afuera, un día tu fuiste mi todo y al siguiente día me lo arrebataste sin detenimiento ni cuidado ¿Cómo le explicas eso a un amor que pensaba estar enamorado en la misma medida que el otro? ¿Cómo decirle a ese inocente sentimiento que ya no es querido ni requerido? Pero a veces apareces y estas constantemente ahí, mi amigo imaginario, esto es jugar a confundir el corazón. Uno debe aprender a vivir con lo que tiene y es que para ser feliz no se necesita de nadie, pero hágale entender eso a una obsesión pasada, es más simple mantener la falsa ilusión de mi amigo imaginario, es la salida fácil al aparente y caduco reconocimiento de ti, por más confuso que parezca.

La vida se construye a base de recuerdos y cuando te ves en situaciones como esta no construyes nada te estancas en la migajas que los pájaros recogen, solo te atormentas y autodestruyes, viviendo así el tiempo apremia y no puedes seguir malgastándote de esta manera, hay dos opciones o te quedas para siempre en color ladrillo o corres el riesgo de olvidar y dejar ir lo que te mantiene atada para seguir trabajando en tu construcción personal donde el desapego será doloroso pero necesario.

Decisión difícil, pero son esas decisiones de la vida que necesitan una respuesta práctica y concisa, un amigo constantemente me dice, siempre que tengas un decisión importante en tu vida y estés complicada por la decisión no tengas miedo y “tira la moneda al aire” te aseguro que eso resolverá el conflicto indeciso de manera rápida, entonces ahora tocará tomar el riesgo de tirar la moneda y ver si dejaremos de recibir sobras sentimentales de otros por lamentarnos en nuestro corazón roto, lo cuál es lo suficientemente cómodo como para desear salir de ahí ó dejarnos de juegos inmaduros, coger valor, tomar “al toro por los cuernos” y seguir adelante con nuestra vida que es tan valiosa y que la estamos desperdiciando a lado de un amigo imaginario.