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MI DECEPCIÓN (Y LA DE MUCHOS ZACATECANOS)

J. Jesús Reyes R. del Cueto

Llegó el 2016 y con él una de las jornada de elecciones estatales más grande en nuestro país. En Junio, 12 estados elegirán nuevo gobernador y el nuestro, Zacatecas, es uno de ellos. Con esta nueva elección se vienen nuevas campañas en donde todos los partidos y ahora también ciudadanos independientes inundaran las calles con su propaganda y, en la medida de lo posible, los medios de comunicación con sus mensajes y, ojala, también propuestas. Ya habrá tiempo de hablar del futuro y de lo que se viene para nuestro estado en Junio y más allá, pero por el momento me gustaría hablar de los seis años anteriores y la administración del gobernador que dejará el cargo, administración en la cual trabajé y me desempeñé profesionalmente.

Hace aproximadamente seis años, muchos zacatecanos nos unimos a un proyecto que creíamos, llevaría a Zacatecas a un rumbo diferente y mejor. Lo creíamos porque el líder de ese proyecto era una persona joven, con buenas e innovadoras ideas, que se había probado en la administración municipal y como legislador local. Muchos decían que estaba “verde” y que le faltaba experiencia, pero muchos identificaban esa experiencia con la malicia y corrupción de los viejos entronados en el poder. Pero no solamente creíamos en el proyecto por Miguel Alonso, creíamos en el proyecto porque la toma de decisiones parecía diferente, más horizontal y desde nuestra moderada distancia se veía una disponibilidad y deseo de escuchar diversas voces, incluso algunas críticas.

Cuando se cerraron las puertas de la supuesta izquierda a este proyecto, en lo personal vi con malos ojos el salto al PRI. Era, es y seguirá siendo un partido autoritario, corrupto, clientelista y como un amigo lo puso tan elocuentemente: “un cáncer para México”. Pero aun así seguimos adelante dada la confianza que le teníamos al liderazgo. Muchos dirán que los que seguimos fuimos ingenuos o inocentes; que no conocíamos los alcances de los tentáculos priistas y puede ser que tengan razón pero en ese momento, mi optimismo juvenil me indicaba que podíamos realizar un cambio real en nuestro estado y que el partido solo sería el vehículo para llegar a este objetivo.

Seis años después, puedo honestamente decir que me equivoqué y que mi análisis fue el erróneo. Seis años después, el estado se encuentra en igual o peor circunstancias debido a la pobre y mediocre administración de los últimos seis años. No puedo acertadamente decir porque fue que esta administración falló de la manera en que lo hizo. Mi mejor estimado indica que fueron una combinación de factores: 1. El cáncer que es el PRI; 2. La falta de decisión y experiencia política del Gobernador y 3. El conformismo y cortoplacismo que invade la administración local.

No pude verlo de manera correcta hace seis años, pero ahora, después de haber trabajado en varias campañas y una administración priista, puedo asegurar que el PRI es un cáncer político en México y el hecho de buscar “buenos candidatos” entre sus filas es un ejercicio inútil. De que hay personas valiosas en el PRI, las hay; conozco a muchas de ellas, pero la cultura política que promueve tanto en campañas como desde el gobierno es algo muy difícil de combatir. Llena las filas de la administración pública de gente arribista que busca solo el puesto. Muchos dirán que esto pasa en todos los partidos y en parte es cierto, pero toda esta cultura política originó y fue puesta en acción por primera vez por el PRI.

Sin embargo, el PRI no es el único culpable. Miguel Alonso Reyes tendrá que responder por su incapacidad para cumplir sus promesas, instalar un gobierno efectivo y tomar decisiones fuertes y necesarias en los momentos correctos. Por más que esperamos acciones decisivas y de cambio de rumbo estas nunca llegaron. La corrupción que tanto se criticó de la gobernadora anterior y su hija fue replicada y aumentada por la familia del Gobernador a diestra y siniestra. En posiciones de poder instaló a personajes de la antigua y corrupta vieja guardia, algunos efectivos, pero en su gran mayoría viciados e ineficientes. No sé si la búsqueda del poder fue lo importante y una vez lograda los objetivos fueron olvidados o si simplemente fue una tremenda falta de preparación política para afrontar lo que significa ser gobernador de un estado. Tal vez nunca hubo la voluntad de cambiar las cosas; el personaje creo que sigue siendo bien intencionado (tal vez) pero profundamente vanidoso y egoísta; alguien que le interesa en demasía su imagen y que antepone está a cualquier intento de promover buenas políticas públicas.

Por último, hay que aceptar que la administración local en sí también deja mucho que desear ya que tiende a ser lenta y resistente a los cambios, algo muy difícil de transformar aun desde la oficina del gobernador. En este aspecto, Alonso Reyes intentó hacer algo al promover una nueva ley de la administración pública, pero al final se preocupó más en dejar su marca que en diseñar algo verdaderamente efectivo y eficaz para gobernar y administrar los recursos de todos los zacatecanos.

Desde el interior de esta administración pude ver como las decisiones se tomaban en cúpula y era poca la libertad que teníamos los servidores públicos de promover un cambio de rumbo. Lamentablemente la memoria es corta y tiende a olvidar de una administración a otra; los altos funcionarios probablemente encontrarán donde acomodarse o esconderse por suficiente tiempo, pero Miguel Alonso tendrá muchas respuestas que dar al haber defraudado por completo la confianza de millones de Zacatecanos.