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¿Cuánta pobreza está dispuesta a soportar México?

Eduardo Ernesto Hernández Castañeda

Retomo esta pregunta planteada por José Woldenberg en una reciente conferencia que ofreció en nuestro Estado. Lo planteaba en el sentido de entender en qué momento se pudiera dar un cambio radical en el ámbito democrático de nuestra nación, y viene a colación, dado el contexto de crisis social y política que en ella permea.

Parece ser que el único “sector social” que no está dispuesto a reconocer esta crisis, es el de los gobernantes, que aparentemente instalados en una realidad alterna, se niegan a dar fe de los hechos y por ende erran en el diagnóstico de los problemas públicos y en consecuencia, en la propuesta de soluciones: las políticas públicas.

Ese mismo entorno social y político, es evidencia clara del escaso nivel de ciudadanía del mexicano, dada la apatía ya no solo por conocer sus derechos, sino por ejercerlos y más allá, luchar por ellos. En este sentido, el ciudadano erra también en el diagnóstico de los efectos de su ausencia en el ejercicio político y en consecuencia frecuentemente erra en la apatía e incluso rechazo hacia los movimientos sociales que se mantienen luchando dadas determinadas coyunturas políticas; por citar algunos, el #YoSoy132, la CNTE, en su momento el SME, el mismo EZLN, entre otros.

Es cierto que estos movimientos tienen características importantes de radicalismo, pero también es cierto que en su naturaleza propia de lucha antisistémica, no se pueden entender y/o concebir de una manera distinta; quién trata de pintarlos de otra forma, miente o usa la demagogia como herramienta para orientar la opinión pública.

Es cierto que sus medidas de presión política causan complicaciones y en ocasiones, daños al entorno cotidiano social: sus bloqueos, manifestaciones y confrontaciones entre otras; es cierto que con ello dan origen a buena parte del rechazo social; es cierto que detrás de su lucha por el bien común (v.gr. la defensa de la educación pública en el caso de la CNTE) se esconden intereses particulares (v.gr. la defensa de los derechos laborales de sus agremiados y de los grandes privilegios y prebendas económicas y políticas de la CNTE), es cierto que en la misma coyuntura, grupos políticos se adhieren o se apropian de la lucha, en la mayoría de los casos, restando aún más, algún grado de legitimidad (v.gr. AMLO y la CNTE).

Todo ello es cierto, pero también lo es, que ante el agravio continuo que la incorrecta implementación de políticas públicas, ha traído para una importante porción de la población mexicana, este tipo de movimientos representa un viso de esperanza para promover un eventual cambio que mitigue los efectos de la creciente concentración de la riqueza y la marginación de los sectores más vulnerables, provocados por la cada vez mayor corrupción que impera en la gestión pública y la apropiación de los bienes públicos por parte de los privados, dado el modelo económico al que como dijera en una ocasión Paul Krugman, pareciera no permitírsele cuestionamientos, pues admitirlos implicaría de facto reconocer sus falencias.

No soy partidario de estos movimientos radicales, pero reconozco en ellos la importancia de la lucha y resistencia social ante lo que es percibido como agravios del sistema; más aún, reconozco en ellos la importancia de convertirse en un factor coyuntural de cohesión social para despertar a la sociedad del letargo democrático en que se encuentra y de su apatía por el bienestar común y su abrazo incuestionable al individualismo.

¿Cuánta injusticia seguirá soportando México? ¿Cuánta pobreza y desigualdad? ¿Cuánta corrupción? ¿Cuánto enriquecimiento ilícito de gobernantes? ¿Cuánta violencia? ¿Cuánta aplicación selectiva de la Ley, que permita juzgar con distintos parámetros al líder de la CNTE y por ejemplo al del Sindicato Petrolero? ¿Cuánto tienen que caer las finanzas públicas para que se genera la voluntad política y ciudadana para promover el cambio?

¿Podría ello desencadenar una revolución o guerra civil? Sinceramente espero que no , pero no dejo de reconocer que de seguir ejerciendo una gestión pública inercial, tarde o temprano será inevitable. Sin embargo, antes de ello, apelo a un ejercicio de cohesión social no solo con estos movimientos radicales, sino con la ciudadanía en general, que más allá de luchar por el bien particular, deberá entender la importancia de crear un entorno social que promueva el verdadero bienestar para su desarrollo; un entorno de coparticipación, en el que el pastel deje de repartirse en rebanadas enormes para los poderos y migajas para los desprotegidos; un entorno en el que gobierno y sociedad ejerzan de manera conjunta el poder público; un entorno en el que se ejerza una verdadera democracia y haya una sociedad con ideología.

Cito a Barack Obama: “No hay soluciones sencillas; no hay atajos. Tenemos que educar mejor y eso requiere tiempo; tenemos que hacer más dinámico el sector manufacturero, eso lleva tiempo; tenemos que crear un sistema tributario justo; tenemos que aumentar el salario mínimo; tenemos que reestructurar y reformar el sector financiero para evitar que destruyan el sistema, dejando sin empleo a miles de personas.

Son tantos los pendientes, que esperemos se atiendan antes de que México llegue al límite del grado de pobreza que puede soportar.

La recomendación musical del día de hoy, corre a cargo nuevamente del grandioso Al Di Meola, con la interpretación de Señor Mouse, escrita por Chick Corea y grabada en su paso conjunto por la genial agrupación “Return to Forever”. Que la disfruten. (https://www.youtube.com/watch?v=5P25itL5ZfE)

Pasaron las elecciones. ¿Qué nos falta?

Eduardo Ernesto Hernández Castañeda

Del proceso electoral que alcanzara su clímax en la jornada del pasado domingo, mucho se puede decir y a cada especialista corresponderá su análisis a consciencia. El objetivo de este “profano” no es analizar con rigor científico ninguna de sus perspectivas; es más bien expresar una serie de reflexiones acerca de lo que como ciudadano percibo como origen el problema y a su vez, áreas de oportunidad para el cambio.

  1. No cabe duda que el grado de perversión (tanto perverso como pervertido) que ha alcanzado nuestro sistema político, está llevando al límite la elasticidad de la tolerancia ciudadana. Es un sistema que más allá de no sumar, resta en el desarrollo de la política en sí y en su interacción con la sociedad. Con ello se percibe una creciente polarización, que eventualmente repercute en conflictos sociales tanto como en la disminución de la cohesión social. Circulo vicioso y pernicioso.
  2. Ante la perversión del sistema, se presenta una luz de esperanza al observar que bajo ciertas circunstancias y en ciertas regiones del país, la sociedad puede manifestar su hartazgo a través del voto de castigo (amén del partido que gobierne), generando con ello una alternancia en los gobiernos, que dirán(o diremos) algunos “conspiranóicos”, bien puede ser negociada y que en el fondo, representa quizás solo una alternancia oligárquica, recordándonos constantemente la “Ley de Hierro de la Oligarquía”, de Robert Michels. No obstante, esperanza al fin.
  3. Hay muchos que aun confían en un eventual cambio en el sistema, promovido por la vía institucional, es decir, desde dentro o en la periferias del sistema en sí; en tanto otros debido a la experiencia propia, no lo perciben más que en una manifestación antisistémica, tal es el caso de aquellos que fieles al ideario de la Sexta Declaración de la Selva Lacandona, que entre otras cosas, deciden no votar para no formar parte de la farsa democrática que el ejercicio electoral, desde su perspectiva representa, siendo quizás los únicos que a pesar del radicalismo, son capaces de hace latente su inconformidad.

En cierto sentido ambas alternativas han mostrado sus falencias, ya que por un lado, el primer grupo no ha logrado el arraigo y arrastre necesario para generar alternativas o llevar al poder a quien dentro del putrefacto sistema sea concebido como una alternativa de cambio viable; en tanto el segundo grupo con su ausencia, fomenta de facto la permanencia en el poder de aquellos partidos con mayor infraestructura y capacidad de movilización del voto duro. Lo cierto es que difícilmente una dictadura (formal o informal) puede abatirse de no ser a través del uso de las armas, pero ¿tiene México la capacidad de soportar una guerra civil? Paradoja Mayúscula.

  1. En tanto no se construya ciudadanía de alta intensidad (aquella que conoce y ejerce sus derechos), ni se intensifique la participación de la sociedad civil organizada, pocos cambios se podrán lograr, debido a que ante su ausencia, se cede completamente el ejercicio del poder a las corruptas cúpulas enquistadas en las entrañas del sistema político, que sin vigilancia ciudadana, han demostrado velar exclusivamente por intereses particulares, que no por el bienestar público. Todo sistema democrático medianamente exitoso, lo es por el involucramiento intenso de su sociedad civil. Lamentable Ausencia.
  2. Ante esta ausencia de participación civil en el ejercicio de la política y principalmente de un grupo tan importante como los denominados “Milenials”, van ganando terreno las “juventudes partidistas” que en muchos casos, herederas de la pervertida concepción del ejercicio del poder, representan un potencial peligro para la sociedad en el futuro próximo. Son ellos quienes quizás nos gobiernen en los próximos años, con todo y el desaliento y preocupación que provoca su visión frívola de la política y el egocentrismo que les caracteriza, asumiéndose en gran parte como grandes intelectuales de la teoría política y por tanto, como potenciales redentores de la nación. Un movimiento así, aun con las mejores intenciones, necesita un contrapeso civil. Batalla Urgente.

En esta corta visión del que hoy escribe, se entiende la inconformidad siempre visible ante los resultados electorales en nuestro país. No importa quién gane, no importa quien pierda; la fragilidad actual del sistema político y su entramado institucional, provocará incertidumbre al final de sus procesos; el perdedor manifestará siempre su inconformidad ante los resultados, el proceso carecerá de legitimidad y el vencedor, ciertamente llegará sea como sea, en una posición de legitimidad política endeble y con poca representatividad (dado el amplio abstencionismo), en tanto las instituciones pierden y pierden credibilidad y la sociedad se aísla y se muestra cada vez más apática ante la obligación que debería tener de hacer política.

Ahí la tarea para comenzar un cambio, porque contrario a lo que un gran sector manifiesta, considero que el cambio no está “en uno mismo”, el cambio está en la colectividad, pues el ser humano es por naturaleza un ente de sociedad, un ente colectivo que necesita encontrar un ecosistema de bienestar social para aspirar a su desarrollo.

Muy a pesar de todo, aún hay esperanza. La tarea no es de gobernantes y partidos políticos; la tarea es de México.

Para cerrar, la recomendación musical, nuevamente en las virtuosas manos del grandioso Al Di Meola. Midnigth Tango, con la fusión de jazz y ritmos mediterráneos que caracterizan la estupenda creatividad del genial guitarrista. (https://www.youtube.com/watch?v=u5rx1vomQSM)