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Regresando

J. Jesús Reyes R. del Cueto

Ya fue suficiente de vacaciones, de inactividades y descansos. Ahora hay que regresar a la vida normal, a la rutina y a la actividad. Por eso regreso en mis colaboraciones a Voces Cruzadas, esperando renovar (tal vez renacer) el espíritu que vio nacer este proyecto. Y hacerlo tal vez es más fácil con un par de reflexiones después de nuestro tiempo de descanso.

¿Qué ha pasado desde que nos fuimos?

Pues mi inactividad comenzó por un viaje, ya por muchos años deseado, a las tierras hermanas de Sudamérica. El objetivo final era Brasil, la samba, carnaval, Rio de Janeiro y fútbol; pero primero había que conocer ese magnífico continente.

En Lima conocí el esplendor de una gastronomía casi desconocida en el resto del mundo y vi como un río, por más pequeño que sea, puede dividir a una ciudad enorme y bloquear el desarrollo. En Cuzco aprendí a esperar a las dos de la mañana, aún a pesar del frío y vi el bien que una policía verdaderamente comunitaria puede hacer por toda una comunidad. En Machu Picchu conocí el esplendor Inca, que aún después de tantos siglos sigue sorprendiendo a los turistas de todo el mundo y también conocí la debilidad de mis propias rodillas, que si bien son jóvenes ya están bastante gastadas.

En Bolivia pude ver lo que la falta de acceso al mar hace para evitar el desarrollo de un país y como la orografía de un lugar lo destina, para bien o para mal, a siglos de bienestar o pobreza, desarrollo o estancamiento.  En el Lago Titicaca se conjuntan esplendor y subdesarrollo y al llegar a La Paz uno vislumbra la “gran olla” repleta de desarrollos urbanos desordenados y a sus espaldas los nevados y magnificentes Andes. En Sucre las mujeres le temen a las fotos y los balazos son constantes pero pude encontrar chocolate mejor que el suizo y de los mejores panes y galletas que he probado. Y por último en Santa Cruz se ve, se huele y se siente la separación casi emocional del polo muy pequeño de desarrollo a encontrar en esa nación andina, ahí donde Evo no es tan popular.

Buenos Aires me enseño que no tienes que ir a Europa para verla, sentirla y respirarla, de este lado del atlántico también hay ciudades equiparables a París, Londres y Barcelona. También me dejo con sentimientos encontrados respecto a su gente; mucho menos sangrona de lo que esperaba pero más experta en crimen organizado y mercados negros de lo que podía imaginar, pero eso fue solo mi experiencia. Sin duda regresaría con enormes ganas de ir a Boca, recorrer caminito, pararme frente al obelisco y comer alfajores frente a la casa rosada; pero tal vez con un poco más de precaución, eso que se te olvida cuando estas, literalmente, de turista. Ahí te sorprende ver que un dólar es más barato en un hotel de cinco estrellas de franquicia norteamericana que con un cambista en la avenida de mayo.

Uruguay y Montevideo me enseñaron una lección en geografía, ya que sin saber que viajaba al sur, después (de la lectura del gran Benedetti) me enteré que la capital de este pequeño país es la más austral del planeta. Así que resulta que de Buenos Aires a Montevideo uno viaja al sur, pero no sin antes pasar por la espléndida Colonia de Sacramento, donde el tiempo parece estarse quieto y a uno se le antoja quedarse ahí a invitarle un helado. Después logre experimentar el Tango tan famoso, aquí y no en Buenos Aires y experimenté, sin entenderla del todo, la sombra argentina bajo la cual viven los uruguayos.

Finalmente vino Brasil, sus  mercados, sus playas, sus mujeres, sus protestas, su futbol, su arquitectura y con todo esto su magia; la magia de un país que te recibe con brazos abiertos a presenciar su identidad escondida entre selvas y samba. Sao Paolo tiene los mejores pasteles en el mejor mercado, Rio de Janeiro la mejor Picaña y las mejores fiestas, Pipa las mejores playas con los mejores delfines y Olinda las más pintorescas iglesias.

Y futbolísticamente los mexicanos íbamos a encontrar nuestro destino; aproximadamente 40,000 nos dimos cita en ese país con los ánimos altos, pero las esperanzas no tanto aunque siempre las lográbamos levantar con unas cuantas cervezas o caipirinhas. Bajo la lluvia torrencial en Natal vimos a Giovani querer ser héroe y a un árbitro colombiano que no lo dejo, así como también vimos a Oribe meter el gol que justificaría su mundial. Superamos a Camerún e íbamos a Fortaleza a enfrentar a un gigante. Ahí le hicimos la vida difícil a Neymar y sus diez compañeros y Ochoa se creció para llevarnos al empate que todos queríamos. Después vino el partido más difícil en Recife y nos enfrentamos con garra y táctica a un buen equipo Croata, y gracias al buen planteamiento del Piojo y los goles de Márquez, Guardado y el “Chicharito” logramos salir victoriosos.

Venía el más fatídico y más importante partido, nos había tocado a Holanda y regresábamos a Fortaleza para enfrentarnos a nuestra suerte. Ahí, en ese estadio, con esa gente, entre esos gritos y cánticos, al ver ese gol de Giovani, ese desplome del equipo mexicano y ese #Noerapenal que, aunque me acusen de traidor a la patria, tengo que decir que si lo era; ahí vi una vez más el exorbitante e indebido peso que le damos como pueblo al fútbol y aprendí, con su debida decepción, que en la conciencia colectiva del mexicano pesa más un clavado de Robben que el despojo por parte del gobierno en turno del recurso natural más importante del país.

Pero así son las cosas, y eventualmente, tarde o temprano, después de ese partido u ocho años después por haber acosado a una brasileña y golpeado a su marido, tenemos que regresar a la realidad que es México, y nos encontramos con que Televisa sigue recolectando poder y mágicamente ya no es preponderante y al mismo tiempo “nuestro” petróleo, ya no es tan “nuestro”.

A seguir escribiendo y reflexionando sobre estas y tantas otras realidades…

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