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Como no te voy a Querer

JESÚS REYES

Como ya lo supieron desde mi último post, soy un gran aficionado de los deportes. Lo que no les dije es que mi pasión más grande en este respecto son los Pumas de la Universidad Nacional Autónoma de México. Sé que para algunos de ustedes saber esto de mí hará que tal vez no les interese tanto mi persona, tal vez para otros los atraerá más hacia mis escritos. Sin embargo, es algo que no puedo ni quiero esconder; es algo que me define y me hace quien soy, no solo porque amo al equipo de futbol sino también por lo que, para mí, representa esta afición.

Le voy no solo a los Pumas, sino al equipo de la máxima casa de estudios y para mí esto es un orgullo; le voy al equipo que en mi opinión representa la educación superior en nuestro país, la intelectualidad, la academia, el conocimiento, la razón. Muchos dirán que los Pumas representan todo lo contrario, a los porros, los rebeldes, los hippies universitarios que no estudian, le sacan lo que pueden al sistema y se la pasan drogados o alcoholizados; no voy a debatir con esta opinión, lo más probable es que como todo en la vida, haya un poco de las dos versiones.

A pesar de todo esto, mi pasión por este equipo es inquebrantable y tal vez de manera un poco literaria quisiera describirles porque. Este domingo tuve la fortuna de poder ir al Estado Olímpico Universitario, una joya arquitectónica de la capital y del país entero. Entrar a ese recinto es para un Puma como su servidor lo que para un católico sería entrar a la capilla Sixtina. Las paredes de afuera, los canticos al entrar, los rugidos que se oyen en el sistema de audio, todo el conjunto de sensaciones hacen de esta experiencia algo mágico.

Ya colocado en el asiento de la sección de pebetero, ese esplendoroso recipiente que hace ya casi cincuenta años fue utilizado para sostener el fuego olímpico, uno escucha los gritos de la gente al momento en que los jugadores vestidos de blanco y oro emergen a la cancha. Después se escucha una canción ya antigua, de esas que la generación de hoy ya no canta pero sin embargo todos a mi alrededor la cantan con una enjundia incomparable; el himno de la UNAM: “Oh Universidad escucha con que ardor, entonan hoy tus hijos este himno en tu honor” y termina con el clásico Goya universitario.

Justo al terminar esta ceremonia, apenas va a comenzar el novato himno de la Liga MX, el sonido es cancelado por una onda de trompetas y tambores que comienzan a ingresar a la sección: “Ya va llegando la banda, ya comienza el carnaval”. Y entra una de las porras (o barras si quiere usar el término negativo) más fieles, apasionadas y, hay que decirlo, violentas de México. Pero si uno tiene puesta una playera de los Pumas, uno es parte de esa familia y así lo hacen sentir. Desde ahí comienzan los bailes, los brincos, los canticos, los gritos y no terminan hasta media hora después de acabado el partido, cuando los policías por fin permiten la salida a las personas en esta sección, una vez que todo el estadio y sus inmediaciones están absolutamente vacíos.

Al final, no todo se puede tener en la vida, los Pumas parece que no pueden ganar fácilmente en Ciudad Universitaria y terminan perdiendo 2 a 1 en un duelo de mala fortuna ya que el equipo universitario propuso más pero por un error defensivo que culminó en autogol, los del Pedregal tuvieron que enfrentar la derrota.

Pero no pasa nada, la afición ahí seguirá hoy y siempre, como lo demuestran varios de sus porras: “Aunque pasen los años, siempre estaré a tu lado. No importa donde vayas, siempre vamos a estar. Les hemos enseñado a todas las hinchadas, como en los malos ratos se tiene que alentar”. Incluso le demuestran su apoyo al jugador del autogol gritando al final del partido: “Ole ole ole ole, Verón, Verón”.

Y con eso me quedo, con el apoyo incondicional, con la unión de todos los presentes en esa sección del estadio, con la garra que en ocasiones entrega más la porra que los jugadores, con todo eso que para mí es la máxima expresión de querer a un equipo.