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Como quisiera que me vieras.

Claudia Tostado
Desde que conocí a Sandra, supe que me metería en problemas. Ella es caos hecho mujer. Su mirada transmite todo lo opuesto a la calma.
Cuando empecé a verla, ella estaba en ruinas. Acababa de perderlo todo y sólo buscaba que las protegieran. No le pusimos nombre a lo que éramos. Una amiga, tal vez. Compañía. Poco a poco, las cosas se complicaron más y más. Y no fue casualidad. Le dio miedo perderme, y no lo digo con orgullo. Mientras estaba conmigo yo sabía que no era el único, por eso, nunca la pude querer.
La mañana que salí decidido a decirle que no íbamos a continuar con lo que sea que fuera eso, me lo dijo.
Pasé días sin dormir, después de mucho tiempo, volví a llorar. No la amo. No quiero estar con ella. Voy a tener que partir mi vida en más pedazos. A mi hijo lo voy a amar, por supuesto, y eso nada lo va a cambiar. Siento que me ahogo y que no tengo a dónde huir.
A pesar de todo eso, hay una luz que hace que por lo menos la mitad del día no sea tan devastadora.
Es la primera persona que veo cada mañana. La saludo con un beso que trato de que parezca amistoso. Me pregunta que cómo amanecí. Le miento. Ella no me cree. Hablamos unos minutos, tan pocos como puedo para que nadie note que es el único lugar en el que quiero estar. Sé con seguridad que no le soy indiferente. Me lo dice su mirada. Tiene los ojos más bonitos que haya visto jamás. Su sonrisa ni siquiera me atrevo a describirla.
Como un niño busco cualquier pretexto para estar con ella, para pasar junto a ella, para verla y para que me vea.
Tengo miedo. De que se salga de mi control esta sensación. Empecé a rozar mi mano con la suya cada vez que puedo. Empecé a jugar con ella para poder tocar su cabello, su cara. Su perfume me hace pensar en un campo de un millón de flores. Es todo. No hay más. Aunque pudiera, no me atrevería a pedirle que estuviera conmigo. Es un alma tan pura. Es totalmente transparente.
Hay días que no puede ocultar que algo le pasa. Que hay algo que la pone triste. Esos días mi única misión es hacerla sonreír.  Saco conejos blancos de sombreros con tal de que le regale al mundo la música que hace su risa.
Ojalá pudiera protegerla a ella. Del frío, del dolor, del miedo, de todo. Ojalá estuviera en mis manos hacerla feliz. Ojalá yo fuera su primer pensamiento en las mañanas. Ojalá cada uno de sus latidos dijera mi nombre. Ojalá que se vaya de aquí.
Ojalá que se vaya de aquí y ojalá que no regrese. Ojalá que cuando esté lejos, yo la olvide y ojalá no la recuerde más.
Su luz hace que toda mi oscuridad sea más profunda. Su luz hace que mis esfuerzos por ser un buen hombre parezcan absurdos. Ojalá que nunca, por ningún motivo, tenga la oportunidad de besarla, porque entonces, entonces voy a perder la razón.

Caín (parte II).

Jonathan Alcalá

         Alguien se percató de la mirada de aquel extranjero y dio aviso a los demás, hombres y mujeres corrieron por sus armas, sin embargo él no dio ningún paso atrás, se acercó con las manos desnudas, consciente de que nadie podía dañarle. Un anciano le observó y supo quién era, le dijo que no era bienvenido, que regresara al jardín y sus alrededores,  ya que ellos nada tenían que ver con el Dios que le condenó, pero aun así respetarían el acuerdo de no matarle. Sin decir palabra, Caín tomó distancia y no se fue, no quiso asumir el riesgo de estar solo nuevamente, al cabo de poco tiempo vio que los nómadas se alistaban para partir, recelosos y callados, ignorando a medida de lo posible la presencia del hijo de Adán. Les siguió durante muchos días, se instalaba cerca de ellos, lo más alejado de sus ojos, adoptó sus métodos e intentó depositar en el olvido su vida pasada. Cambió sus pesadillas por sueños más tranquilos, extrañaba cultivar la tierra, tomaba lo que podía de ella, sobrevivía de la mejor manera.

          Así como el prisionero que se acostumbra a las paredes, así aquellas mujeres y hombres que no nacieron del Edén se acostumbraron a Caín. Vivían lejos de esa tierra, sabían de la existencia de las demás cosas, pero nunca pensaban en ello. No sintieron la necesidad de adorar a ningún dios, ni de edificar algo que les atara a un lugar determinado. Poco a poco el hombre con la marca se fue acercando a ellos, miró con deseo a una  mujer, pues su condición de maldito o demonio no era mayor a su condición de hombre. Y así como todo ser lleno de vida prescinde de la muerte, dieron continuidad a las cosas y ambos obedecieron a sus instintos. Nombraron Enoc a su primer hijo, pero éste caminó solo y con el correr del tiempo, sí conoció la muerte.

            La unión de Caín y esa mujer significó la unión de otras cosas, decidieron también adoptar un modo de vida diferente, fundaron una ciudad y le pusieron por nombre el de su primogénito. A medida que los seres humanos se multiplicaron, la tierra se volvió menos grande; muchos hijos de Adán recorrieron el sinuoso camino de Caín y notaron la belleza de las hijas de los hombres, fueron seducidos también por sus sentidos. El destino del hombre que asesinó a su hermano, se perdió entre la multitud, su marca se volvió invisible en su descendencia, pero continuaba ahí, en la sustancia que es precursora de la vida, esa que se hereda de generación en generación. Sus hijos estuvieron dotados de habilidades distintas a la del cultivo de la tierra: criaron animales, moldearon el metal y también pudieron emular los sonidos de la naturaleza por medio de instrumentos.

            Muchos hombres y mujeres nacieron de la semilla de Caín, nadie supo las circunstancias del final de su existencia. Tal parece que ninguno sufrió siete veces la venganza de su muerte. Su estirpe, cuyas vidas eran ajenas a su origen divino, se olvidó de Dios. El único culto que rindieron fue a la carne, por lo tanto, su creador se arrepintió de la naturaleza de su propia obra y pensó en rehacer al hombre. Fue entonces, muchos años después de la muerte de Abel, que la sangre derramada fue lavada con el agua que cayó del cielo por vez primera, durante cuarenta días y cuarenta noches.

 

La inmensidad del mundo.

Jonathan Alcalá

Trajano lloró cuando se dio cuenta de la inmensidad del mundo. El águila de Roma no llegaría hasta el fin de la tierra. El hombre que nunca había llorado dejó caer sus lágrimas en el mar de Persia. El César que trajo nuevas glorias al Imperio, vio su propio cuerpo como una triste masa de músculos, apenas sostenida por unos huesos menos frágiles; las glorias del campo de batalla parecían quedar atrás, más cerca del pasado que del presente, glorias de polvo, gritos y sangre, en las que al galope o marchando junto con las legiones, el emperador desataba el infierno de la guerra.

Dacia, el recuerdo de aquel invierno que fue gentil y un Danubio cuyas aguas son el ensueño de una victoria. Hubo muchas bajas, pero la cruenta batalla se decantó hacia  los hijos de la loba. Las ricas minas de esa nación trajeron alivio para los romanos, sobre todo a los más pobres. Una recompensa por tantos hijos muertos y anteriores batallas fallidas. La sangre derramada contra el reino de Decébalo fue vendida a un alto precio; Trajano fue justo,  usó el oro para el bien de su pueblo, haciendo parecer que la única seducción a la cual era vulnerable el emperador, era la justicia; pero tampoco es que se privara de la voluptuosidad y los vicios del soldado, amaba beber y comer con desmesura. Probablemente las campañas bajo el mando de Domiciano le heredaron por costumbre dar rienda suelta a la carne, después de salvar la propia de la espada del enemigo.  Se embriagaba de vino y de triunfos, ambos resultados de una tarea bien realizada y de paciencia.

            El destino como Príncipe de Roma no fue casualidad, tiempo antes, la astucia y la valentía eran notables en el carácter y el modo de actuar de Trajano; a pesar de ser un general exitoso, supo escapar de la paranoia de Domiciano, quien ofrecía el cuchillo a modo de  recompensa a los hombres que mostraban virtudes suficientes como  poner en riesgo su permanencia en el poder. Era una época en la que las conspiraciones no eran ideas descabelladas, ni tampoco miedos sin fundamento, pero lo notable de Trajano daba firmeza a lo que se habló de él en las guerras contra los Partos. Tal vez alguna vez se le vio con recelo, no obstante lo hábil como guerrero  y su talento militar le generaron lealtad por parte del ejército, atentar contra su vida no hubiese sido un movimiento inteligente.

            Tito Flavio Domiciano fue asesinado, el cobijo que pidió a los dioses y su enfermiza preocupación no fueron suficientes. Tal vez la fama crueldad que le perseguía se confirmó al tener enemigos muy de cerca. Ninguna muerte es honrosa, pero un rey  apuñalado en el mismo suelo de su palacio, lo es aún menos. Las puertas se abrieron para nuevas dinastías. Su cuerpo se redujo a cenizas y el damnatio memoriae ordenado, trajo fuego y martillo para sus monedas y figuras de piedra. Nerva fue elegido como el sucesor, un hombre sabio, pero tal vez demasiado viejo; probablemente su experiencia cercana al poder y su avanzada edad fueron adecuadas para hacer de él una ecuánime transición. Trajano estaba en suelos Germanos cuando ocurrió el atentado y también su adopción, se presume que Adriano dio la noticia, sin saberlo, parte del mundo había elegido a un amo cuyo deseo era mejorar la condición de la gente.

Siempre hay un momento único en el que el hombre alcanza algo semejante a la plenitud, un instante en el que las virtudes de la mente y la fuerza del cuerpo están a la par. Esa etapa de la vida en la que algunos pocos humanos parecieran  capaces de discernir entre el olvido y la eternidad. Y eso no quiere decir que las decisiones encaminadas a la inmortalidad fuesen tomadas con relativa facilidad, las leyendas se forman a partir de grandes glorias, asimismo por grandes catástrofes. Cada paso dado, ya sea con meticulosidad o con atrevimiento, hicieron de Trajano un ser cuyo nombre no sería relegado. Ser Príncipe no es tarea sencilla, se acaba con muchas vidas y se cometen siempre demasiadas injusticias, tal vez es parte de nuestra naturaleza, pero algo era seguro, el sueño de Nerón y de Calígula parecían lo suficientemente lejos. Nadie atacó por la espalda al César, ni el Senado ordenaría una condena a su memoria, por el contrario, le llamarían optimus prínceps, los que antes habían hecho matar a los antiguos monarcas, ahora glorificaban su nombre.

            La angustia de la vejez repentina y la probabilidad de una muerte que se acercaba a paso firme llevaron a la cama al emperador. Se enfermó al saber que el oriente se había alejado más. No dudaba de la victoria, ni de la notoriedad de Roma en el mundo, pero como muchos, cuestionó su propia vida en la recta final de la misma. Trajano se equivocó al pensar que su inmortalidad se había construido a base de piedra en los muchos edificios que se levantaron durante su reinado; su inmortalidad era de un orden distinto, estaría en las letras de los historiadores y más importante aún, en la memoria de la gente. Como otros tantos notables, no tuvo hijos, probablemente fue mejor así, ya que lo deslumbrante de una persona hace parecer mediocre al ser que le precede. Como un lúcido guerrero, el honor de su ascenso y su ocaso le encontraron en las fronteras del Imperio; Plotina le acompañó hasta el momento de su muerte en Asia, ella se aseguró de la buena continuidad de las cosas.

            Trajano con sus numerosos nombres, Imperator Caesar Divi Traianvs Optimvs, fue convertido en deidad gracias a sus logros, sobrevivió también en muchas formas palpables, algunas, no se salvaron del descuido y la falta de sensatez. Lo vemos ahí en el museo, erguido y fuerte, severo, pero justo y firme, lo vemos con las manos rotas, porque como escribió en una ocasión Marguerite Yourcenar, así sufren los dioses la locura de los hombres.

La inmensidad del mundo (Parte I)

Trajano lloró cuando se dio cuenta de la inmensidad del mundo. El águila de Roma no llegaría hasta el fin de la tierra. El hombre que nunca había llorado dejó caer sus lágrimas en el mar de Persia. El César que trajo nuevas glorias al Imperio, vio su propio cuerpo como una triste masa de músculos, apenas sostenida por unos huesos menos frágiles; las glorias del campo de batalla parecían quedar atrás, más cerca del pasado que del presente, glorias de polvo, gritos y sangre, en las que al galope o marchando junto con las legiones, el emperador desataba el infierno de la guerra.

Dacia, el recuerdo de aquel invierno que fue gentil y un Danubio cuyas aguas son el ensueño de una victoria. Hubo muchas bajas, pero la cruenta batalla se decantó hacia  los hijos de la loba. Las ricas minas de esa nación trajeron alivio para los romanos, sobre todo a los más pobres. Una recompensa por tantos hijos muertos y anteriores batallas fallidas. La sangre derramada contra el reino de Decébalo fue vendida a un alto precio; Trajano fue justo,  usó el oro para el bien del pueblo romano, haciendo parecer que la única seducción a la cual era vulnerable el Emperador, era la justicia; pero tampoco es que se privara de la voluptuosidad y los vicios del soldado, amaba beber y comer con desmesura. Probablemente las campañas bajo el mando de Domiciano le heredaron por costumbre dar rienda suelta a la carne, después de salvar la propia de la espada del enemigo.  Se embriagaba de vino y de triunfos, ambos resultado de una tarea bien realizada y  la paciencia.

El destino como Príncipe de Roma no fue una casualidad, tiempo antes la astucia y la valentía eran notables en el carácter y el modo de actuar de Trajano; a pesar de ser un general exitoso, supo escapar de la paranoia de Domiciano, quien ofrecía el cuchillo a modo de  recompensa a los hombres que mostraban virtudes suficientes como  poner en riesgo su permanencia en el poder. Era una época en la que las conspiraciones no eran ideas descabelladas, ni tampoco miedos sin fundamento, pero lo notable de Trajano daba firmeza a lo que se habló de él en las guerras contra los Partos. Tal vez alguna vez se le vio con recelo, no obstante lo hábil como guerrero  y su talento militar le generaron lealtad por parte del ejército, atentar contra su vida no hubiese sido un movimiento inteligente.

Crónica de un alto en un concierto

Claudia Tostado.

Dan las 6 de la tarde. Pablo ya se imagina lo que le espera, toda su vida ha sufrido por lo mismo: su altura. Ésta noche, es el concierto de su grupo favorito: “Los puercoespines voladores de Tlapalcayuca el chico”. No se lo puede perder, ha esperado todo el año para verlos. Y es que es lo mismo cada concierto: se pare donde se pare, todos los asistentes que están atrás de él, montan en cólera, y furibundos gritan, lo empujan, y hasta le avientan comida, agua, latas, botellas y uno que otro paraguas, de los que venden ahí en la plaza a 35 pesos, mínimo 25. Pero es la cruz que le tocó cargar. Es su maldición. La terrible maldición de ser alto. Dan las 6, pues. Pablo decide prepararse más ésta vez para éste martirio que está dispuesto a padecer, porque vale la pena, porque es su ilusión ver a “Los puercoespines de Tlapa el chico”. Se coloca en la espalda una tabla para natación, de esas de hule-espuma que usan los niños cuando están aprendiendo a flotar, y se la amarra con un cinturón. Se pone unas rodilleras, un casco, unos gogles y una gabardina. La amarilla, no había otra. No se imaginó que ésta vez no sería el incómodo alto que no deja ver, sino, el maldito fenómeno salido del circo, y encima, que mide casi dos metros. Ahora no sólo soportaría los insultos, y agresiones de costumbre. Ahora se sumarían las burlas y apodos ofensivos de la gente, gracias a su vestimenta. No le pasaba aún por la cabeza el desfile de objetos tan diferentes y extraños que se impactarían contra su persona ésta misma noche. Una lata de cerveza clara, abierta por la mitad, quizá le abriría una cortada en el cuello, que le dejaría cicatriz de por vida. Un calcetín mojado, aseguro, nada agradable. Unos lentes de sol del tianguis, color rosa con dorado. Una gorra de COMEX. Una gordita de chicharrón, con mucha salsa, ya mordida. Unas rosas amarillas de plástico, un huarache de suela de llanta y 4 pilas AA. Probablemente ésto, o quizá otras cosas. Dan las 9:30. Comienza el concierto.

El trabajo de sus sueños.

Jonathan Alcalá

El sonido del despertador es un simple aviso de que ha llegado la hora de ponerse en pie. Lleva poco menos de treinta despierto. Una canción que se le ha metido en la cabeza en las últimas semanas, Suspicious mind, suena casi hasta terminar. Los nervios de la entrevista de trabajo programada  dentro de pocas horas. El ruido bien conocido de la orina cayendo en el retrete, la regadera escupiendo agua caliente mientras el sabor a pasta dentífrica desaparece poco a poco. La fragancia del jabón perfumado que le obsequió la abuela llena el diminuto cuarto de baño. Se afeita con precaución la poca barba que se asoma como una sombra sobre su quijada, desempañando el espejo a cada rato con la mano empapada, una nube de vapor y perfume de canela. Después de la coreografía del aseo personal matutino, viene la coreografía de ponerse la vestimenta. El atuendo pensado y listo desde mucho antes, para no perder tiempo en un día tan importante, evitar incidentes y prevenir cualquier eventualidad. Los pantalones negros, formales y muy lisos, cuelgan en el respaldo de una silla, los zapatos negros de corte italiano que compró para la fiesta de graduación saldrán de nuevo a la calle. Abotona la camisa azul cielo con calma y seguridad. Sume la barriga un poco y piensa que el lunes próximo comenzará de nuevo el régimen alimenticio, el mismo que termina  martes o miércoles, y comienza de nuevo al lunes siguiente. Seis y treinta y cinco de la mañana, parece tener tiempo de sobra, tal vez fue una exageración levantarse tan temprano. Revisa de nuevo que tenga lo necesario para la cita y lee una vez más su currículum vitae.

            El desayuno que normalmente es a las ocho de la mañana se adelanta algunos minutos;  leche y hojuelas de maíz en un plato, sorbiendo de la cuchara con la cara lo más alejada posible de su propio cuerpo, no vaya a ensuciar la camisa. El desayuno que nos dicen los comerciales de televisión, un poco de fruta para completar, no es lo habitual, pero todos los días se intenta mejorar. Ha llegado el momento de salir de casa. Por fin todo el esfuerzo de cuatro años se verá recompensado, los desvelos haciendo tareas, el sacrificio de los padres para comprar libros que no se leyeron por completo,  las clases y los temas que pareciera que nada tienen que ver con lo que necesita saber, los horrendos baños de la universidad a las horas pico, el transporte siempre arriesgado y tumultuoso, el servicio social de actividades estériles y que nada sirven a la sociedad, y todo lo demás. El principio del resto de su  vida comienza hoy.

            Sentado en la sala de espera con la espalda erguida, sus documentos sobre las piernas y las manos encima de las rodillas, con una sobrada puntualidad, para que a final de cuentas, la persona que lo va a entrevistar llegue veinte minutos después de la hora. Oficinas con paredes de cristal, sonrisas, café, saludos y cuchicheos entre los que serán sus próximos compañeros de trabajo. Una mujer de belleza notable asoma los muslos y hace sonar sus tacones al pasar frente a él, sin verlo siquiera, sin inmutarse ante la sonrisa amistosa ofrecida, dejando una estela de perfume. Un sujeto llama su atención, alto, de físico atlético y corbata color vino, camisa blanca entallada; seguramente tiene un hermoso automóvil, pensó, vive en un departamento de la zona rosa de la ciudad, posee una tarjeta de crédito y tiene una novia que causa envidia, yo quiero verme así, quiero ser como él, se plantea en su mente.

            Escucha su nombre, lo invitan a pasar a una de esas peceras corporativas, lo saludan de mano y ofrecen una disculpa por el atraso; al tomar asiento trata de no hundirse en la silla que está dispuesta para él. Su entrevistador tiene pinta de jefe, se desenvuelve con soltura y confianza, le habla con una naturalidad que le hace sentirse cómodo, después de todo, el escritorio que los separa, los miles de pesos de diferencia de poder adquisitivo y un puesto más alto en la cadena alimenticia, no lo hacen una persona hostil. Preguntas sencillas de responder, breves anécdotas que se filtran entre los asuntos profesionales, y una pobre argumentación sobre las razones del por qué debe ser contratado por la organización, son los temas en los cuales se intercambian palabras.  Invitan de nuevo al candidato a salir de la oficina y tomar asiento en el mismo lugar del principio. Cinco minutos después le piden que entre a una sala y le explican cómo contestar las psicometrías. Parecen demasiado simples, hay respuestas que lo hacen dudar por lo obvias que parecen, duda y cree que puede ser algo capcioso, se distrae un momento con el recuerdo de los muslos y el perfume, se dice a sí mismo que debe concentrarse, lee detenidamente por la premura que implica contestar rápido, pero acertado. Por fin termina, le indican que es todo por el momento y que espere a que lo telefoneen.

            Dos días después, nuestro candidato está sentado en el mismo lugar y recibe la noticia de que ha sido seleccionado, es todo un privilegio para él sumar su fuerza de trabajo a la organización, la algarabía de su mente sale al exterior con apenas una luminosa media luna de su boca; el mismo sujeto que lo atendió la vez pasada le explica sobre el horario en que deberá trabajar, nueve horas de lunes a viernes y cinco horas los sábados, sin contar con el tiempo de transporte claro está; una hora para comer,  la empresa piensa en todo, así que puede disponer de un lugar para almacenar y calentar su comida, mesas, sillas  y lavaplatos.  Llegado el momento hablan del sueldo, dos salarios mínimos profesionales por día y prestaciones al margen de lo que marca la ley, pagos quincenales por medio de una tarjeta bancaria. Un sueño convertido en realidad para nuestro joven egresado, por último, le piden que se presente al día siguiente para afinar los últimos detalles, poner su firma en un contrato y llevarlo con quien será su jefe inmediato. Agradece una vez más la oportunidad que le brindan al dar un apretón de manos, sale a la calle y ahora sí exterioriza su contento, ya se vio a sí mismo, en un escritorio frente a un monitor, rodeado de gente como él, una taza de café personalizada que le obsequió su novia el pasado día catorce de febrero, dando lo mejor de su ser para la empresa, un ingreso que jamás ha tenido, podrá ir a centros comerciales, bares y restaurantes, tal vez muy pronto una tarjeta de crédito y una membresía en el gimnasio, y más adelante, un automóvil. Sus padres procuraron un futuro de éxito para él, le dieron lo que ellos no tuvieron, para eso fue a la universidad, para ajustarse como un engrane, para tener un empleo como el que tiene ahora.

La última carta (parte II).

Jonathan Alcalá

Recuerdo la primera vez que creí amar a una mujer. En mi último de escuela primaria las niñas comenzaban a dibujar sutiles curvas bajo sus uniformes, mientras los niños comenzábamos a imaginarlas bajo las sábanas. No puedo definir lo que sentía, pero sí puedo decirte que más de una vez soñé dormido y despierto con su rostro. Compartíamos el mismo salón de clases, pero nada más, todo el tiempo estuve tan distante de ella. Parece que siempre fui  opaco para las personas que más deseaba. Jamás me acerqué lo suficiente, moría de deseo por siquiera respirar a su lado y por decir muchas cosas, pero mi timidez nunca me permitió hacer lo que dictaban mis impulsos. Confieso también que elegí la escuela secundaria para seguirla. Seguramente te preguntas porqué te digo esto, es simple, para que te des cuenta de que tengo la manía de perseguir la sombra de las mujeres por quienes he experimentado amor. No importa cuánto duela, no importa cuán frustrante pueda llegar a ser, lo he hecho todo el tiempo. Ella fue la primera inspiración de mi alma y de mi cuerpo, comencé a tejer palabras simples y creaba expresiones idiotas que escribía en las últimas páginas de mis cuadernos, en ese entonces, mi único acercamiento a la literatura habían sido los maravillosos cuentos de Oscar Wilde  en sus versiones mutiladas para los libros de la escuela. Escribí poemas antes de leer alguno, fantaseé con el cuerpo de una mujer, una chiquilla apenas, igual que yo, muchos años antes de poder experimentar con una piel ajena, una piel como la tuya. Me revolvía en mi cama imaginando el perfume de feminidad que creía percibir de mi compañera cuando de manera “accidental” pasaba a su lado, ese olor era un tanto visible para mí, como un aura que enmarcaba esas olas de cabellos castaños. Muchos años tuvieron que pasar para poder superar la perfecta imagen y la fragancia imaginaria de ella en mi vida. Yo no era el único que la deseaba, el resto de mis compañeros también, ella brillaba para muchos de nosotros, pero lo que yo sentía lo guardaba para mí, lo atesoraba como un secreto precioso, como algo que llegaría a suceder, tarde o temprano ese amor acumulado saldría a materializarse. Te sorprendería saber de quién se trata, puesto que con el paso de los años nos convertimos en amigos íntimos y tú conversaste en alguna ocasión con ella, en una de las muchas fiestas a las que te invité.

Soy el resultado de una adolescencia fallida, eso lo supe mucho antes de que la terapeuta que me recomendaste me lo dijera. Yo creía que la sensatez,  la inteligencia y la madurez eran cosas que venían por añadidura con el paso de los años. Algo que recuperaría en algún momento. También creí que el éxito es algo inminente si uno hace tal o cual cosa, si se es honesto y evita a medida de lo posible aquello que todos reprueban, pero no hay mentiras más abyectas que las anteriores, el paso de los días que se convierten en años y los golpes de realidad nos demuestran cada día que esas leyes cósmicas de las cuales nos aferramos como infantes a las faldas de nuestras madres, no son más que cortinas que impiden la visión de la cruel, pero simple realidad, el azar lo gobierna todo. De lo contrario, cómo explicar el asesinato de un niño, o el que un hombre horrible, un criminal despiadado viva tantos años y muera tranquilamente en su cama. Nos inventamos fantasías y tragamos cuentos increíbles para calmar la ansiedad que provoca el no poder explicar hechos como los que mencioné, enajenamos la responsabilidad del universo a las deidades que inventamos para así poder continuar con nuestras rutinas vacías y aminorar el miedo de que de un momento a otro el azar pueda jugarnos en contra; las desgracias las teñimos con propósitos divinos e incomprensibles y construimos un paraíso detrás de las nubes para creer que nuestros muertos nos esperan, cuidan, escuchan y observan a cada instante; sin sufrimiento, sin defectos,  en pocas palabras, despojados de humanidad. El paraíso que esperamos es eso, dejar de ser humanos. Cómo explicar que yo, que me entregué con un amor transparente y devoto hacia ti, lleno de respeto y comprensión, me hayas botado como a un objeto roto, un día decías amarme, al otro, no querías saber nada de mí. Si algo tenía roto, era mi interior.

La curiosidad y las dudas han sido constantes en mi cabeza, jamás creí las verdades que dictaban mis profesores; nunca fui un alumno brillante, me dominaba una pereza tremenda todo lo relacionado con el aula de clases, iba porque tenía que ir y porque lo que veía alimentaba mis fantasías, así que desde muy joven encontré un lugar para refugiarme de este mundo, mi imaginación, con ella endulzaba los amargos despertares y sazonaba las insípidas tardes, escondido a la luz del día y en medio de todos me convertía en un ser diferente al que era. Lo mejor de mi vida sucedía dentro de mi mente.

La noche en que abandonamos a nuestros amigos.

Jonathan Alcalá

Te veo, entonces mis pupilas se transforman en pozos hambrientos, pozos  de bocas anchas y oscuras, infinitos, sin fondo; la curva de mis labios se pronuncia hacia los costados y cierro mis ojos al acercarme a ti; pego la palma de mi mano derecha al costado de tu cuello mientras mis dedos se entrelazan a tus cabellos, mi mano izquierda, peregrina, recorre tu muslo derecho y se posa en tu cintura.  Sentados en dos sillas de madera y con un mar de personas a nuestro alrededor beso tus labios, los beso con una devoción perpetua, sintiendo lo sublime de ti,  respirando tu aliento como si me alimentara una bocanada de tu alma callada, cada vez más cerca de ti, aprisionando por un instante tu labio inferior con mis dientes; de súbito, siento tu lengua acariciando la mía, nuestros rostros se cruzan para que nuestras bocas estén más cerca, las ansias de tus manos aferradas a mi camisa me indican  que sientes algo semejante a lo que yo. El beso termina, distanciamos nuestras cabezas un poco, continuamos aturdidos de sensaciones y nos decimos con la mirada que necesitamos estar solos. Pones entre mis dientes tu dedo anular y me suplicas que lo muerda; lo hago, lo hago porque sé que te gusta sentir ese dolor dulce, esa tortura complaciente y placentera, me pides que lo haga con más fuerza, intento medir lo cerrado de mi mandíbula pero la risa me vence. Soy tan dueño de mí mismo cuando me entrego a ti, soy un ser completo a tu lado.  Bebemos un sorbo más de nuestra tibia bebida y me dices con tu voz lo mismo que con tus ojos, nos ponemos de pie cínicamente y nos vamos sin despedirnos. Son los recuerdos de la noche en que abandonamos a nuestros amigos en aquel bar de blues.

De madrugada, sentados en una banca en plena calle, cuidando nuestras espaldas continuamos el ritual milenario que comenzamos minutos antes. Los besos se vuelven más rítmicos, el sabor a alcohol se ha ido y  la sabia de tu boca me sabe a felicidad; descansamos por momentos y apoyamos nuestras frentes una con la otra, sin mirarnos, sabiéndonos más cerca que nunca, experimentando por primera vez lo que creíamos haber hecho ya en muchas ocasiones. El clima se siente fresco sobre nuestros cuerpos vestidos, pero tenemos el alma desnuda. Te recuestas en mi hombro, dando la espalda, tomas mi mano y la pones en tu pecho, busco la frontera entre tu blusa y tu piel, y acompaño nuestros tactos con besos a ojos abiertos, cuidándonos, deseando que la calle continúe sola para nosotros dos. Ceso de tocarte, una pareja cuarentona con chamarras de cuero se ve desde la esquina y pasan a unos cuantos metros de nosotros con un caminar lento, abrazados, sin mirarnos. Bromeamos al respecto, nos burlamos de nosotros mismos por no tener suficiente dinero para una habitación. Es una de las noches más felices de mis recuerdos, la primera noche en la que nos atrevimos a amarnos también con el cuerpo.

Te susurro al oído que te amo, que te adoro y que llevo toda una vida enamorado de ti. Todo se envuelve en silencio de nuevo, toda mi conciencia se  transforma en palabras para decir, tantas y tan pocas a la vez, ninguna sale a  través de mi voz, dichas palabras recorren mis dedos al tocarte, al acariciar tu pecho y entre tus piernas; dejas escapar expresiones ininteligibles, me dices que me detenga, pero yo insisto con ternura, tus manos en mis muñecas dejan de estar tensas y me acompañan, cada vez más rumbo a la profundidad, agitado, encierro mis dedos debajo de tu vientre, debajo de tus ropas que me estorban  siento tu interior, con mucho cuidado, con cautela me adueño de la cálida humedad que desprendes; paso mi tacto  con suavidad, deliberadamente me apropio de ti, te reclamo para ejercer el amor,  me convierto en un ser unisensorial. Me dices de nuevo que me detenga, insistes, y lo hago; pones freno para ambos. Miramos la hora, un par de llamadas perdidas de nuestros amigos, no  importa en lo  más mínimo. Nos ponemos de pie, mi  orientación se ha visto afectada, he perdido la noción del aquí y el ahora. Por fin sé en donde estamos y  te acompaño a una avenida para tomar un taxi, caminamos juntos, con pasos firmes, pero con la mente claudicante; tantas cosas que deseamos experimentar, tantos deseos vehementes por consumir, pero no hay tiempo y no hay espacio, eso que le sobra a muchos que dejaron de amarse, hoy nos hace tanta falta a nosotros. Dejamos pasar varios coches, no queremos despedirnos, anhelamos estúpidamente que la madrugada se vuelva eternidad, estiramos los minutos lo más posible, cada beso se convierte en el penúltimo, en la despedida, en la promesa de vernos al día siguiente. La luz roja del semáforo nos juega una mala pasada, un coche se detiene, me miras y te despides con un abrazo y un último beso, una lluvia de sonrisas y un te amo al cerrar la portezuela. Te alejas con rapidez y yo me quedo en la acera viendo cómo te pierdes a la distancia, pero con la seguridad de que estaré a tu lado al día siguiente, con la certidumbre de verte toda la vida y de tenerte muchas noches.

Trazos (parte I)

Jonathan Alcalá

Mi tío Ernesto, que en realidad era mi primo, tenía una costumbre peculiar, se divertía haciendo trazos sobre pliegos de opalina, siempre el mismo tono de papel y el mismo gramaje; todo el tiempo usaba un lápiz con la punta afilada, una goma para borrar, un sacapuntas metálico y un juego de geometría. El tío Ernesto era el hijo mayor de mi tía Griselda, que a su vez era la hija mayor de mi abuela Lucila. Por mi parte, soy el hijo menor de Esperanza, la última de siete hermanas. Decía mi abuela que por eso murió el abuelo, de desánimo porque jamás engendró un varón que diera continuidad a su apellido, crió y alimentó “artículos para caballero”, decía en tono de amarga broma para sí mismo.

            Las siete hermanas salieron de casa para casarse con vestido blanco, sin embargo, el áspero carácter heredado del abuelo y la absurda y en ocasiones natural atracción de las mujeres hacia los hombres menos aptos para la vida en pareja, las llevó a terminar con sus matrimonios antes de cumplir los treinta. De manera afortunada, el abuelo no sólo les heredó el carácter, sino también una enorme casa construida con todos y cada uno de los centavos obtenidos en el remate de sus tierras que estaban en el norte de país, lugar donde se construyó una presa hidroeléctrica. A pesar de malbaratar los terrenos fértiles de tierra oscura, el dinero ahorrado de las bastas cosechas de años dorados fue suficiente para que la familia llevara una vida tranquila en la enorme finca de veinte habitaciones y dos patios. En “la casa de las dejadas”, como la llaman los vecinos, las cosas se complicaron cuando el abuelo murió llevándose  con él las últimas monedas de la pequeña fortuna, a los dos meses, la abuela partió también, era de esperarse, ya que después de sepultar al abuelo, ella perdió el habla y se quedó en cama dejándose morir.  Sus hijas mayores se pusieron a trabajar y sacaron adelante al resto  de sus hermanas, así como los gastos y todo lo que conlleva sostener una enorme responsabilidad como la casa misma.  Yo no tuve el gusto de conocer al abuelo, a papá Jacinto, como todos le llaman, pero mi madre y mis tías se han encargado de crear una precisa imagen de macho resignado a vivir en una casa de mujeres. Tampoco conocí a la abuela, pero de ella me hablan poco, una mujer sometida a tener hijas  y atender al marido.

Recuerdo que yo me entretenía muchos minutos revisando el mar de fotografías familiares que estaban regadas en toda la casa; fotografías donde el abuelo siempre aparecía con su cara de molestia y su tupido bigote de hombre de campo, las siete hijas en distintas etapas de su niñez, y la abuela con su sonrisa falsa.

            Ernesto, mi tío, fue la alegría de los últimos años de papá Jacinto, un hombrecito nacido de su hija  mayor y la más bella,  la primera en dar los primeros disgustos de adolescente, la primera en ver al novio a través de los barrotes de las enormes ventanas que dan a la calle; la hermana que instruyó al resto en las complicaciones y los gozos de haber nacido hembra. Mi tía Griselda, me contó mi madre, se casó con un hombre lleno de virtud en apariencia, un ingeniero de buena familia y mejor trato, que se ganó el corazón de todos e incluso el del renuente abuelo. Nunca he comprendido el extraño talento de vivir con una máscara de toda perfección en el período de cortejo, que después es brutalmente pisoteada en la vida de matrimonio. El extraordinario ingeniero resultó ser un ordinario ebrio y mujeriego; mi tía  Griselda toleró algunos años el suplicio acostumbrado de muchos matrimonios. Cuentan que mi abuelo  envejeció muchos años cuando acogió de nuevo en casa a su hija y a Ernesto, no porque  le pesara tenerlos cerca de sí, sino tal vez porque tal vez presentía que aquello se convertiría en una tradición familiar. El resto de mis tías, y también mi madre, salieron de la casa llena de ilusiones, y regresaron con hijos y decepciones, así que la casa se convirtió en un festival permanente de niños corriendo por todas partes. La hora del desayuno, el almuerzo y la cena eran eternos, todo terminaba con una montaña de platos sucios, ollas de guisos vacías, envases de leche terminados y restos de pan por toda la mesa.

            Pero me he desviado un poco del tema,  cómo no hacerlo cuando se tiene una infancia semejante. En fin, el tío Ernesto, los días que no trabajaba, montaba una mesa en medio del patio, corría a los chiquillos a gritos amenazadores y de autoridad, traía sus materiales y comenzaba con su original afición.  A pesar de que todos mis primos jugaban en el segundo patio, yo me quedaba con él; nunca me pidió que me fuese ni mucho menos, al principio hacía todo como si yo fuese invisible, después, de apoco me explicaba algunas cosas.  Lo primero que hacía, era sacar el compás de precisión y apoyaba la punta en medio del papel; trazaba un círculo perfecto, después, con el entrecejo fruncido cambiaba la apertura del instrumento y dibujaba con paciencia tres líneas que cortaban la circunferencia a la misma distancia, seguido de ello tomaba la regla y unía las intersecciones, de manera fantástica aparecía frente a mis ojos un triángulo con sus tres lados iguales. La goma permaneció nueva todo el tiempo, tal vez el hecho de llevarla a la mesa era el simple accionar de la disciplina. Lo que después hacía mi tío Ernesto al terminar el triángulo, eran cosas que estaban más allá de mi comprensión y que mi memoria ha dejado en un rincón muy oscuro. No siempre eran figuras geométricas de tres lados, en otras ocasiones eran de cuatro, de cinco, de ocho lados, qué sé yo.

A estas alturas de mi vida logro comprender mi fascinación por todas esas cosas, y  no sólo lo que tiene que ver con los trazos de mi tío Ernesto, sino también con la magia de su persona. Le echo mucho de menos.  Mis evocaciones son gratas en sobremanera, de niño, siempre tuve la seguridad de querer ser semejante a él, además, de alguna manera era una figura paterna que llenaba los huecos vacíos de semanas completas, huecos que no se llenaban con dos sábados y domingos al mes en parques, salas de cine, jugueterías, centros comerciales y largos silencios en el coche de vuelta a casa. La muerte de mi tío fue muy callada. Todo comenzó con el regreso de una consulta con el médico hace veinte años, un mediodía frío y gris de febrero, con el sol detrás de las nubes que semejaba un círculo de cobalto. Estábamos almorzando, como siempre, a las dos en punto, recuerdo a la perfección que yo bebía canela caliente con leche que le supliqué a mi madre que me sirviera aunque no fuese una bebida adecuada para dicha hora. Cuando llegaron, madre e hijo apenas y se asomaron al comedor, mi tía Griselda apresuró el paso a su recámara, claramente vi que llevaba un llanto incontenible al caminar; mi madre, mi tía Pilar y mi tía Paulina, que eran las que trabajaban medio turno y se encargaban de cuidar al ejército de niños toda la semana, pusieron rostro de espanto. Ernesto, mi tío, dijo un par de palabras que provocaron un eco que aún está por toda la casa, “es cáncer”. La dinámica familiar cambió por completo. Por muchas noches las hermanas se reunían en el estudio a platicar, llorar y discutir, mis primos mayores se quedaban cerca y trataban de escuchar todo y comunicarlo al resto, menos a Enrique, a Azucena y a mí, por ser los menores. Como no lograba enterarme de nada estando detrás de todos mis primos y primas, y porque nunca me gustó entrar a empujones o rogarles que me tomaran en cuenta, me iba y dejaba a todos atrás, caminaba sigiloso hacia las escaleras, caminaba asustado por la oscuridad mientras observaba las caprichosas sombras de las macetas que se proyectaban con la luz del cielo nocturno. Me asomaba con cuidado a la habitación de mi tío Ernesto, lo veía despierto, muy rara vez estaba dormido. Parece mentira que en esos días se hubiera convertido en rutina lo anterior, durante semanas, no sé cuantas, pero cuando se repite una actividad durante algún tiempo, parece que la vida siempre ha sido así. Las veces que mi tío no estaba dormido, le veía acostado con un par de almohadas debajo de su cabeza para estar alto, las piernas rectas con la sábana blanca cubriéndolo hasta la cintura y los brazos descubiertos a los costados. Pensativo, en completo silencio, con la luz tenue que acariciaba todo a su alrededor; me sorprendía mirándolo y me invitaba  a pasar. Era el único en la casa que me tomaba en serio, me platicó de su novia Claudia, y de que no pudo seguir con el trabajo, jamás mencionó que estaba enfermo, de vez en cuando hacía muecas de dolor cuando intentaba ponerse más cómodo.

Segunda parte.

(Primera parte. aquí)

CLAUDIA TOSTADO

Sentada, esperando, todo y nada, llegó alguien y se sentó junto a mí. Muy cerca para ser un extraño, pensé. Pero tampoco me habló como si me conociera. Una situación incómoda, de las que se disfrutan. Pasó un rato, y se marchó. Fue hasta más tarde que yo sabría quién era. Pero no me adelantaré, ya llegaremos allí. Me acabé el café, mientras leía el periódico y fumaba pensando que, tal vez, en la edición dominical estaríamos, nosotros, en primera plana.

-Y se puede decir que sí estuvieron…- Se aceleró Andrés a comentar.

-Sí, pues sí, pero no por las razones correctas.- Respondió Catalina, sin alterarse. – Yo debí haber regresado al departamento, a esperarlo. Pero no, sentí que tenía que ir a otro lado. No estaba muy segura, pero caminé hasta que lo decidí. Fue entonces cuando llegué a tu casa.- Señaló a Andrés viéndolo a los ojos.-¿Eso que ya sabes, también lo cuento?-

-Sí, sí, necesito escucharlo de ti, todo esta tan borroso en mi mente, ya no estoy seguro de lo que en realidad pasó.-

-Me abriste la puerta y nos sentamos en la mesa de la cocina, estabas solo. Me explicaste que habías peleado con Adriana hacía dos noches, y que se fue, a casa de su hermana o algo. Me ofreciste té. Y aunque no soy muy de tés, acepté. ¿Con leche? Preguntaste… Un poco, respondí. Empezamos a hablar, de trivialidades, del clima y las noticias.

-¿Por qué se fue Adriana?

-Peleamos. Discutimos, no se…

-¿Por qué discutieron?

-¡Ay, Cata! ¿Qué quieres que te diga? ¿Qué discutimos por ti? Siempre discutimos por ti, ya lo sabes, no me hagas decirlo.

-Bueno, solo quería saber…

-¿Saber qué? ¿Si aún te quiero?

-Sí.

-Sí, sí te quiero. Nunca te voy a dejar de querer. Eres lo que más quiero, eso no va a cambiar. Pero tú, tú decidiste irte con Felipe. Y no te estoy reclamando, ya te reclamé suficiente. Ya sé que no vas a regresar. Creo que ya no quiero que regreses. No sé si quiero que regrese Adriana, tampoco. Ya no sé ni lo que quiero.

-Discúlpame por haber venido, yo no quería…

-No, no, está bien, no te preocupes. Perdón no debí ponerme así, pero es que es demasiado.

-Si…

-No quiero ser grosero, pero… ¿a qué viniste?

-No se…

Y así nos quedamos callados, no necesitaste una explicación, eso me pareció. Eran como las 2 de la tarde. Las 2 de la tarde no es una buena hora para casi nada. Aunque me sentía tranquila, muchas cosas pasaban por mi cabeza.

-No sé, quería verte. Despedirme.

-Ya nos hemos despedido muchas veces.

-Pero ahora es diferente.

-¿Por qué es diferente? Siempre dices lo mismo.

-Decidí que quiero pasar el resto de mi vida con Felipe.

-¿Te vas a casar?

-No, ya sabes que yo no creo en eso.

-¿Entonces?

-No te puedo decir demasiado, queremos estar juntos para siempre, aunque siempre sea muy poco tiempo.

-¿Qué estás diciendo, Catalina? Espero que no estés pensando en cometer una locura… No sé de qué hablas, pero, por favor, ¡por favor! Dime que no es una locura…

-Me tengo que ir. Solo quería verte. Despedirme.- Te abracé. Fue un abrazo corto, profundo. No como todos los abrazos de despedidas, que son largos y superficiales, dolorosos.

-Mira, no sirvió de nada la despedida.- Dijo Andrés, casi sonriendo. Cata lo vio con ironía, y también casi sonrió.

-No quisiera interrumpir su momento, pero, por favor, señorita, continúe.- interrumpió Cuenca, otra vez, aunque más calmado.

Salí de tu casa. Ya pasaban de las 3. Yo recordaba que Adriana, salía de su trabajo a las 4. No me quedaba de paso, pero fui.