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De cartas y personajes cercanos: Anaïs Nin

Daniela Rivera

Hay una actividad que vemos lejana y sin embargo persiste y ahora es vista como un objeto de arte: las cartas. En lo personal, soy fanática de los timbres postales, de la dinámica de escribir a mano un escrito cualquiera, de comprar sobres, de acudir al servicio postal y de que a veces días o meses después sean recibidas por mi familia y/o amigos. Me impresiona más el hecho de que son productos viajeros en el tiempo, de aquellos que provocan leer y releer lo que mis escritores predilectos se escribían con otros, lo que artistas de diferentes épocas pensaban y el método que se utilizaba para ser vistas por sus receptores.

Hace poco, la revista Proceso publicó un artículo especial donde anuncian una nueva entrada en su portal: Toledo Lee. Una sección con viñetas surgidas de sus lecturas más entrañables, todo esto y aunado a mis gustos por ellas decidí equilibrar mis propios tiempos dedicados a la lectura con el regreso a estos objetos personales que nos conectan con lo más íntimo de una persona, las cartas.

Hoy en mi primer recuerdo y como inicio de una serie de entregas postales, un amoroso y pasional relato de Anaïs Nin, escritora que surgió por dicha correspondencia y que se hizo famosa gracias a la publicación de sus diarios, los cuales la consolidaron como una de las pocas mujeres en tocar temas de literatura erótica. Esta carta la dirige a Henry Miller, eterno amante y compañero de Nin y en quien se inspiró para escribir cartas que conforman dos de sus más importantes libros: Fuego (1934 – 1937)  y Una pasión literaria: correspondencia de Anaïs Nin y Henry Miller (1932 – 1953). 

 

Anaïs Nin en 1934

Anaïs Nin en 1934

 Louveciennes, 13 de febrero de 1932

Por favor entiende, Henry, que estoy en plena rebelión contra mi propia mente, y cuando “vivo”, lo hago por impulso, por pasión; June lo entendió. Mi mente no “existía” cuando paseábamos insensatamente por París, ajenos a la gente, al tiempo, al lugar, a los demás. Tampoco existía la primera vez que leí a Dostoievski en la habitación de mi hotel, y reímos y lloramos juntos, y no podía dormir, ni sabía en dónde me encontraba […] “pero más tarde”, entiéndeme, cuando todos los fundamentos, toda la conciencia, todo el control de mi ser había sido eliminado, “después” hice el enorme esfuerzo de “sobreponerme” de nuevo, para no caer ya nunca más, para no seguir sufriendo o abrazándome, y  me aferré a todo, a June y a Dostoievski, y “reflexioné”. Tú recibiste mis reflexiones. ¿Por qué haría semejante esfuerzo? Porque tengo “miedo” de ser “exactamente” como June, estoy en contra del caos total.

Deseo poder vivir con June en la locura total, pero también quiero ser capaz de entender después, de captar lo que he vivido desde el principio hasta el final.

Puedo estar equivocada. Como ves puedo darte una prueba de que la “locura en vida” es más inapreciable para mí que mis propios pensamientos: por mucho que piense en ti no pude “ofrecerte” las “emociones” que he vivido con June. Puedo darte explicaciones, contarte las conversaciones que tuvimos, pero no puedo ofrecer las “emociones” mismas. También puedo ofrecerte la única crítica que pude hacer de Dostoievski, y en mi diario hay cuatro páginas con mis incoherentes sentimientos acerca de la lectura de “Los endemoniados”. ¿Puedes entender eso? El pensamiento sólo aflora a la superficie, aunque muy a menudo, cuando tu carta me conmueve, como te dije la primera vez, estoy casi dispuesta a dártelo, como aquel día en que estaba tan preocupada y fuera de mí -el primer día que viniste- y estuve a punto de leerte todo lo que había escrito en mi diario, porque tu propia desesperación despertó mi confianza en ti.

Perdóname. ¿Recuerdas qué fue lo primero que hicimos? Salimos; me entusiasmaron las propiedades “curativas” de la plaza. Daban que reír.

Nosotros no pretendíamos que nos curaran, pero yo procuré recuperar el juicio. Sabía que estabas padeciendo torturas; eludí la zambullida, porque suponía también zambullirme en mi propia tortura. Una vez más dije que debía estar equivocada. Sí, estoy equivocada. Hoy estallé, recelándome tremendamente contra el análisis. Aún cuando el segundo movimiento en todas mis sonatas consistía en liberarme a mí misma del caos, aún cuando haya en mí mucho de Gide, y algún día pueda, como Lawrence, dar media vuelta y escribir mis propias explicaciones de mis libros (porque la explicación de otros acerca de lo que el artista se imagina en estado de ebullición me pone enferma), aún cuando lo haga, entiéndeme, para mí lo primero es el artista, el sentimiento a través de la emoción, esa “envahissement” de sensaciones que siento y que me hace trizas.

Pides cosas imposibles y contradictorias. Quieres saber qué sueños, qué impulsos, qué deseos ha tenido June.

Jamás lo sabrás, al menos de “ella”.

No, ella no podría contártelo. Pero ¿te das cuenta del placer que experimentó June cuando le conté cuáles eran nuestros sentimientos, con aquel lenguaje especial? ¿Cómo pude hacer aquello? Porque… porque no estoy todo el tiempo “hundida”, no siempre estoy simplemente viva, dejándome llevar sencillamente por todas mis fantasías. Porque busco un poco de aire, de comprensión. Deslumbré a June porque cuando nos sentamos juntas no me emborrachó lo maravilloso del momento; lo viví con la conciencia del poeta, en realidad, no la conciencia en la que a los muy formularios psicoanalistas les gustaría meter sus manos clínicas; no, ésa no; una conciencia de “sensaciones” agudas (más agudas que las producidas por las drogas). Llegamos al límite de nuestras dos imaginaciones. Morimos juntas.

Pero June continúa viviendo y muriendo, y yo (¡oh, Dios!, odio mi propia obra, preferiría con mucho vivir simplemente), yo me siento y trato de “contarte”… de contarte que preferiría -frente a todo lo demás- seguir viviendo en éxtasis y sin conocerte, y tú te estrellas la cabeza con el muro de nuestro mundo, sí, y esto sucede a causa de mi demoníaco poder creativo para realizar y coordinar el misterio, yo que deseo desgarrar velos. Pero no todavía. No lo necesito. Amo mi misterio, amo el mundo abstracto y “fuyant” en el que vivo mientras no comienzo mis obras, la conversión de las delicadas, profundas, vagas, oscuras, voluptuosamente mudas, sensaciones en algo de lo que pueda echar mano, tal vez nunca. Tal vez renuncie a mi mente, a mis obras, a mis tentativas y simplemente viva, sufra, me revuelque, evite tu compañía, tu “secuestro” de June o de mí.

“Tú” quieres más claridad, más conocimiento -no dices sé si de Dostoievski- y agradeces a Dios el caos viviente.

¿Por qué quieres, entonces, saber más acerca de June? Porque eres también escritor, y los misterios te inspiran aunque deban ser dominados, conquistados.

Es un poco gracioso. Fue el escritor quien proporcionó a June las palabras con las que ella me elogió y describió. Algo así como: “Su figura guarda un ligero parecido con las bellas mariposas nocturnas bizantinas de seda e incrustaciones”. Lo encontré en tu primera novela. Para los pintores yo había sido siempre una “bizantina”. Me asombró la extraña descripción que hizo June del “esplendor de sutil sofisticación oriental”, etc.

June había prometido escribirme mucho. No me ha escrito. ¿Te ha escrito a ti? ¿Puedes darme alguna dirección suya? Sí, quiero escribirle.

No te preocupes por haber corregido mi inglés. Nada podría hacerme “consciente” de eso. Pero no serás recompensado porque en días como hoy te escribiría de todas formas, y realmente no me importa, mientras puedas entenderme. No me interesa la belleza o la perfección de mi inglés. Si me sale perfecto o bello, estupendo, estoy deseando trabajar, pero no me “preocupa demasiado” -estoy tan plena, tan excitada, tan febril- que el lenguaje me distraiga siempre y me retrase. No he vuelto a leer todavía las cartas que te escribí. ¡Pobres oídos ingleses tuyos, tan sensibles! Me doy cuenta de la amabilidad de tu ayuda.

Por favor, compra más carbón y más leña.

Contestaré al resto de tu carta mañana.

     Anaïs

Anaïs Nin y Henry Miller

Anaïs Nin y Henry Miller

Valeria Luiselli y yo

Daniela Rivera

Todos hemos estado enganchados por alguna lectura, un escritor en particular o un género literario, tanto que vamos a las librerías a buscar sus diferentes títulos, investigamos biografías en internet o tratamos de saber más al grado de obsesionarnos. Eso me paso hace unos meses con Valeria Luiselli y de la que he querido escribir sin parar pero con el bloqueo de no saber cómo expresar mi acercamiento a sus letras.

Su nombre desde un principio se me hizo muy familiar, quizá por saber cuántos premios había estado ganando en el extranjero, asociarla con ser mexicana, identificarme con ella por ser mujer… No lo sé, pero fue un nombre que se me impregno en la mente por meses. Después, una amiga muy cercana me propuso una serie de conversatorios, en los que habláramos sobre el papel de la mujer en la literatura pero dividiéndolo en diferentes épocas y corrientes. Volvió a salir su nombre en uno de los temas: “De las Adelitas a Valeria Luiselli”. ¿Qué quería Valeria Luiselli de mí? o ¿Qué buscaba yo en Valeria Luiselli?, ¿Por qué todo a mi alrededor me estaba llevando hacía ella?, quizá sus recientes premios le valieron estar en las mesas de novedades, sí, tal vez todos los libreros la recomendaban por la pulcritud y simpatía que causaban sus letras, pero aún así yo me sentí en una persecución necesaria por leerla.

Al fin lo hice, y no comencé con el premiado libro “La historia de mis dientes” (Sexto Piso, 2013) sino que me lleve, “Papeles Falsos” (Sexto Piso, 2010) [su primera publicación] y “Los Ingrávidos” (Sexto Piso, 2011) [“Lo leerás y disfrutarás mucho” – me dijo el librero] y bueno, así salí cargada con la colección Luiselli. Me costó mucho trabajo abrir Papeles Falsos y no pensar en mí. El libro es una serie de ensayos narrativos de diversos temas, conexiones, la mirada de la autora está puesta en sus vivencias, en el mundo que la rodea y en el que nos obliga a entrar. La cultura literaria que denota es impresionante, ya que introduce nombres y autores que si bien pudieron ser un iconos relevantes en la historia con situaciones cotidianas, cercanas, muy particulares y que van desde lo pertinente a lo desesperado como único lenguaje capaz de dar sentido a una vida que desborda a la voz que lo narra; a través de extrañas explicaciones de la Ciudad de México, una descripción sobre la paciencia o la definición de saudade. Las coincidencias, empatía y conclusiones que proyecta su escritura son pruebas de un personaje en común tiene como necesidad de contarle al otro sus vivencias.

El acercamiento con la literatura de Luiselli es además un acto cercano a mi propia historia familiar. No por el reflejo con personajes en común sino por las circunstancias, escenarios y coincidencias inaudibles que no hacen más que llenarme de recuerdos.

El acercamiento con la literatura de Luiselli es además un acto cercano a mi propia historia familiar. No por el reflejo con personajes en común sino por las circunstancias, escenarios y coincidencias inaudibles que no hacen más que llenarme de recuerdos.

“Es normal que algunos pasajeros lloren cuando los aviones despegan – la gente viene de separaciones y al abrocharse el cinturón siente una última sacudida del desprendimiento-, pero imagino que no es usual ver semejante espectáculo cuando por fin aterriza el vuelo. A mí me ha dado por llorar en algunas llegadas a la Ciudad de México. En cuanto veo el Nabor Carrillo –ese lago imposible, perfectamente cuadrado- me desmorono. Nada estruendoso, sólo un par de lágrimas sueltas. No dudo que más de una vez haya sido esa práctica patética escena motivo de la más sincera compasión de mis compañeros de fila (qué pena, pensarán, ha de ser muy infeliz aquí esta pobre)” Luiselli en el apartado Río Tacubaya del ensayo “Marca de Agua” en Papeles Falsos.

 

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Papeles Falsos reforzó mi idea de que la literatura salva, de no verla sólo del lado cursi, sino que puede ser apreciada como una gran casa, un territorio sin fronteras.

Y claro como todos, tenemos predilección por algunos capítulos, personajes o letras en concreto, en mi caso fue en el ensayo “Mudanzas: volver a los libros” donde se relatan todas las experiencias que giran alrededor de aquellos sagrados objetos que guardan recuerdos, vivencias, historias y hasta tesoros y que van mudando a cada espacio con nosotros. Separadores, notas al margen, pie de páginas, papelitos de recibos, del autobús y hasta el papel de baño son ciertas marcas que dejamos en cada hoja de nuestras lecturas, collages desordenados que crean un catálogo de maravillas.

“Los libros en las estanterías se ven bonitos y sugieren preguntas, es cierto, pero aquellos que han salido de su sueño vertical tienen vida propia. Un libro sobre la cama es un compañero discreto, un amante de paso; otro, en la mesa de noche, un interlocutor; el que está sobre el sillón, una almohada para la siesta; el que lleva una semana en el asiento del copiloto, un fiel compañero de viaje. […] Los pocos que sí leemos, serán lugares a donde regresaremos siempre”.

En fin, Papeles Falsos es un espejo, en el que la metáfora de la literatura es un lugar habitable o una casa permanente, que en lo personal me conectó con la idea de saber que puedes conquistar territorios literarios, espacios imposibles y puntos de encuentro.

Y vienen las novelas, ese género familiar, apapachador y envolvente desde la primera página si conecta con su lector. En mi caso, Los Ingrávidos lo logró. La historia es narrada a dos voces, se interceptan, entrelazan y complementan durante toda la historia, logrando una trama ágil, persuasiva y rebosante de humor y terror. Otro encuentro más con Valeria Luiselli, ya que la primera persona es una mujer del México contemporáneo, una editora que relata sus años de juventud en Nueva York, que posee una curiosidad infinita de saber más, de conocer personas, de obsesionarse con ciertos personajes para esclarecer mapas de vida, los cuales marcan un destino un tanto incierto pero que busca una meta final, se casa, tiene hijos, un matrimonio obsesivo, algo confuso y desconfiado que te sumerge a un mar de contradicciones amorosas; y a la vez, la voz del fantasma del poeta Gilberto Owen, quien la persigue y recuerda al mismo tiempo su juventud durante el Renacimiento.

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Los Ingrávidos es una novela de conexiones, de enigmas, de una lectura fácil que se ubica en la mente como una obra de teatro, donde los personajes cobran vida y donde el lector se convierte en un actor más.

“Volví varias veces a la biblioteca de la Universidad de Columbia, para buscar algún libro, periódico, archivo, lo que fuera que iluminara un poco el período que Owen pasó en Nueva York. Por recomendación de White, empecé a llevar un registro sobre todo lo que tuviera alguna relación con él. Tomaba notas en post – its amarillos y cuando llegaba a mi departamento los colocaba entre las ramas del árbol seco, para no olvidar, para poder regresar a ellas algún día y poner orden. La idea era que cuando el árbol estuviera atiborrado de notas, se empezarían a caer por su propio peso. Yo las recogería en el orden que se fueran cayendo y en ese mismo orden escribiría la vida de Owen. La primera fue:

Nota: El metro de NY se construyó en 1904”

Hay libros del mismo autor que se conectan unos con otros a través de ciertas frases, citas, algún personaje. En este caso, la escritora Marguerite Duras fue el vínculo entre Papeles Falsos y Los Ingrávidos, en los que curiosamente se planta un análisis interesante, ambos párrafos abordan el rostro.

Hay libros del mismo autor que se conectan unos con otros a través de ciertas frases, citas, algún personaje. En este caso, la escritora Marguerite Duras fue el vínculo entre Papeles Falsos y Los Ingrávidos, en los que, curiosamente, se planta un análisis interesante, ambos párrafos abordan el rostro.

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Al estar totalmente enganchada con las letras de Valeria, no me podría esperar menos de “La historia de mis dientes”, quizá una secuela de la vida un tanto reflejada de la escritora o de alguna mujer desconocida a punto de salir. Cuál fue mi sorpresa cuando empecé a leer la historia de un cantador de subastas, sí, un tal Carretera que sabía imitar a Janis Joplin, parar un huevo en una mesa y contar hasta ocho en japonés. Un peculiar revolucionario que saltó a la fama tras rescatar de un ataque de pánico a una de sus compañeras de trabajo en una fábrica de jugos, quien conoció mujeres, tuvo a la que quiso y fue suertudo hasta el día en que su hijo “lo compró”; todo esto en su camino por tener la dentadura perfecta: la de Marilyn Monroe.

La historia de mis dientes tiene elementos bellísimos, es una gran novela urbana, de geografías periféricas, arte, objetos y nostalgia. Seis entradas que contiene las parabólicas, hiperbólicas, elípticas, alegóricas y perambulaciones circulares e historia de vida de Gustavo Sánchez Carretera. Una deliciosa novela que utiliza recursos citadinos, fotografías mentales, mapas, árboles genealógicos, etnografía y maravillosas ilustraciones por Daniela Franco.

La historia de mis dientes tiene elementos bellísimos, es una gran novela urbana, de geografías periféricas, arte, objetos y nostalgia. Seis entradas que contienen las parabólicas, hiperbólicas, elípticas, alegóricas y perambulaciones circulares e historia de vida de Gustavo Sánchez Carretera.
Una deliciosa novela que utiliza recursos citadinos, fotografías mentales, mapas, árboles genealógicos, etnografía y maravillosas ilustraciones por Daniela Franco.

No quisiera terminar abruptamente este pequeño artículo sino que “La historia de mis dientes” me parece un fascinante relato que se lee en una sentada, una maravillosa cartografía que he releído tres veces y que me confirma la capacidad de Valeria para generar atmósferas cercanas, llenas de enigmas y sutiles gestos de empatía. La condición humana, la esperanza, el humor y la rabia se reflejan en cada situación escrita, por ello creo que mi acercamiento y posibilidad de recomendación es el poder de la literatura de Valeria para transportarnos en un mundo de cotidianidades, de enseñanzas y acercamientos que valen para engancharte en sus paradigmas literarios.

Sorpresas, similitudes en el antes y ahora: "Un café, un periódico sobre la mesa: salto entre noticias de anteayer. Prendo un cigarro y paso a la sección de cultura.." Valeria Luiselli en Papeles Falsos

Sorpresas, similitudes en el antes y ahora:
“Un café, un periódico sobre la mesa: salto entre noticias de anteayer. Prendo un cigarro y paso a la sección de cultura..” Valeria Luiselli en Papeles Falsos