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El otro yo (primera parte).

Jonathan Alcalá

“Vi todos los espejos del planeta y ninguno me reflejó.”

Jorge Luis Borges. El Aleph.

Después de su muerte, tuvieron que pasar treinta y tres días para poder entrar a la habitación de mi padre sin sufrir un ataque de llanto. A pesar de que su cuerpo había sido consumido por dos enfermedades implacables: el cáncer y la vejez, los meses de dolor y hospitales no fueron suficientes para tener lo que llaman: “una pronta resignación”. Sabía que él iba a morir, incluso antes de que enfermara, pero dicha certeza no hizo menos oscuro el camino, ni menos doloroso, la única diferencia fue que el cómo y el cuándo se habían reducido a unas pocas posibilidades.  Cuando comencé a desocupar el cuarto, me encontré con muchos recuerdos y con algunas cintas grabadas por él, una en especial llamó mi atención, llevaba por título “1986”, esto, para la obsesión y meticulosidad de mi padre, no decía mucho, así que la separé del resto con el propósito de escucharla después.

            Vaciar cajones y descolgar ropa de un armario no es un ejercicio sencillo cuando el viaje no tiene regreso. Acumulamos tantas cosas durante nuestra vida, que damos una tarea penosa y cansada a los que permanecen en el mundo material. El apego a las posesiones, así como el sentimentalismo, hacen que deshacernos del más mínimo objeto sea causa de culpa, como si insultáramos la memoria del ser querido al tirar lo que  no nos es útil, cosas que sólo sirven para abrazarlas mientras sollozamos o para acumularlas como acumulamos tantas otras, llenando repisas y libreros, cuando en realidad lo que queremos es aminorar el hueco que ha quedado en nuestra alma. No es que desconfiemos de nuestra memoria, simplemente creo que a veces queremos conservar algo que nuestra vista y nuestro tacto nos lleve de inmediato a la figura inmutable de los muertos.  No le veo algo de malo a conservarlas, pero hay una delgada línea entre la obsesión y el recuerdo que deseamos que permanezca tangible, a final de cuentas, el amor y la obsesión se confunden con regularidad, pero eso no hace menos cierto que el lujo más grande al que podemos aspirar, sea al poder prescindir de todo.

            Dos días me bastaron para separar aquellas cosas que quise quedarme y las que no, con una mezcla de sensatez y remordimiento, dejé para mí unas cuantas camisas, un reloj de pulsera, la mayor parte de las fotografías y la cinta que había despertado mi curiosidad. El resto, lo clasifiqué entre lo que pudiese interesar y no a la única hermana de mi padre con quien tenía contacto. Un eslabón suelto de una cadena de sangre que se había roto muchos años atrás. Agotado, pero satisfecho, me recosté en la habitación que ahora parecía un tanto vacía y donde se respiraba un aire cargado de una tristeza más sutil, casi imperceptible, semejante a una felicidad muy simple, esa que adolece de éxtasis. Observé las pocas fotografías de mi padre cuando era joven, lo amarillento del papel o la falta de color me hicieron pensar en una época muy distante a la mía, donde mi existencia no significaba nada aún. Pensé en mi padre como un hombre joven y atlético, bien vestido, impecable y alegre, un hombre al que yo no conocí, muy distinto al ser maduro que me engendró, mal encarado, poseedor de un cuerpo al que el paso de los años y los malos hábitos habían vuelto un tanto ancho y laxo, un cuerpo que el cáncer carcomió en apenas dos meses y cuya morada es ahora una inmóvil sepultura bajo la tierra. Cuando yo nací, él tenía ya treinta y cinco años, si a eso añadimos que la primera etapa de nuestra vida carece de una conciencia tal cual la conocemos después, mi padre tenía alrededor de cuarenta cuando le conocí. Su juventud había transcurrido ya y estaba lejos de mi alcance, tuvo para mí un rol único e inamovible, una superficial dinámica de padre e hijo, alejados por su trabajo diurno, nuestro carácter y mi costumbre por apresurar la noche y dormir temprano, casi cuando él llegaba a casa.