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Escondites de sábanas

Andrea Mantecón

A veces pienso que los niños entienden todo un poco mejor que uno, que son a los que deberíamos de escuchar cuando estamos buscando soluciones a los problemas más grandes, y a los que deberíamos de observar cuando queremos respuestas de la naturaleza humana. Cuando se es niño, no hay nada más emocionante que construir un fuerte a base de sábanas, almohadas, escobas y demás objetos; apilar un montón de cajas cerca de una esquina y tener un rinconcito en donde esconderse a jugar; o construir una casita en el árbol a la que solo tienen acceso unos cuantos. Estas construcciones protegidas de los adultos y demás invasores logran su cometido a través de ser espacios que, por la dificultad de su acceso o su tamaño reducido, filtran a quienes no deberían estar por ahí. Se caracterizan por su intimidad e inclusive la misticidad que se genera a través de estar resguardado. Van casi acompañados de susurros y risillas.

Al verlo así, resalta llanamente que estamos programados de forma tan simple, que nuestros deseos se remontan a nuestra supervivencia en tiempos prehistóricos. Las cavernas eran  lugares pequeños a donde no tenían acceso los depredadores más grandes o donde los hombres podían esconderse de la vista de sus presas antes de cazarlas. Es interesante observar que cuando no había peligro de ser atacados, los humanos ocupaban espacios que los protegieran del clima, más estuvieran abiertos y ventilados, y donde pudieran reunirse alrededor del fuego. Sin embargo, cuando se deseaba cazar o protegerse de un depredador se resguardaban en las cuevas más pequeñas o recónditas.

Pienso que en los adultos sigue existiendo la necesidad de ambos escenarios. Es clara la necesidad de espacios altos, iluminados y abiertos resguardados del clima. Es lógico el deseo de ventanales grandes que nos conecten con el contexto, el deseo de terrazas abiertas en donde reunirse con amigos y de espacios de doble altura que nos hacen sentir libres, sin embargo creo que también es lógica y menos atendida la necesidad de pasar tiempos, a lo mejor cortos, en espacios reducidos, que nos abracen y nos protejan aún cuando no haya peligro. Constantemente me encuentro buscando espacios pequeños y escondidos en donde tomar una llamada larga, o acomodo todas las almohadas en mi cama de forma que hacen casi un nido cuando quiero leer sin que nadie me distraiga, o cuando voy a un restaurante y hay una mesa dentro de un recoveco, la escojo si la ocasión es la adecuada.

La arquitectura siendo la escenografía de nuestras mentes tan complejas y tan simples a la vez, debería atender todas estas necesidades humanas e incluir espacios que satisfagan tanto las necesidades más prácticas como los deseos más básicos e instintivos aún cuando sean inconscientes. Si bien es cierto que la cocina, la terraza, la sala y los vestidores deben funcionar impecablemente, también es la tarea de un arquitecto encontrar en su clientes los pequeños deseos escondidos aún para ellos mismos, y proveer espacios que los abracen, los transformen, los reten, los calmen, los hagan imaginar, o inclusive, como en el caso de los recovecos, los hagan niños otra vez, escondidos un ratito de la vida, abrazados por las paredes, el piso y el techo.

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