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Ella me envía gatos

Jonathan Alcalá

El mundo se ha vuelto pequeño, los muchos siglos que tiene a cuestas lo han convertido en una minúscula esfera que flota en medio de una inmensidad oscura que lanza destellos de luces de colores. Las distancias ya no son razones para no verse y conversar, para no sentir y conocer. Ella me envía gatos a través de una pantalla hecha de óxido de algún elemento de la tabla periódica, pero qué sé yo de esas cosas, lo que me interesa es compartir palabras y gatos; los hay de distintos colores: blancos, marrones, negros, pero me gustan más los grises, como su Luna, esa gatita coqueta y soberbia que parece que posa ante el lente de la cámara; tiene una mirada azul felina y un cuerpo delicado de elegante fiereza.

Me encanta leer sus “buenos días” y sus “buenas noches”, los saludos siempre me han parecido un hábito encantador, un detalle, una atención pequeña que logra grandes cosas; casi a diario me desea  un excelente día y una linda noche, no importa cuán terribles resulten las cosas, ella es una artista que dibuja sonrisas genuinas, esas que parecen un acto reflejo, como si me tocaran el alma para hacerme cosquillas. Observo sus ojos de color nocturno, sus labios húmedos por el rocío de la belleza eterna de los cuerpos vivos. Las miradas van a la velocidad de la luz, pero las palabras tardan un poco más; palabras y gatos con corazones rosados sobre sus cabezas, gatos moviendo las patitas, gatos verdes vestidos de frac y gatos grises agitando una cuchara dentro de una taza de café o de chocolate caliente; nuestras risas que viajas a través de ondas electromagnéticas, yo y mis citas de escritores, con comillas, tildes, puntos y comas, por amor a la precisión y a la pretensión. Nuestra plática que fluye como si no fuéramos dos perfectos desconocidos.

Ella y su nombre de origen griego, y es que de un tiempo acá lo que vino de Grecia acapara parte de mi atención, parece que ya lo han dicho todo y lo han dicho bien para colmo. Ella y el arte que está implícito en su vida y en su apellido; su recomendación de William Blake, los poemas y las pinturas que me provocan escalofríos; pero el juicio final se ve distante cuando mis ojos se posan frente a su mirada que no me ve, mirada teñida de  ausencia de color, mirada que debe interrumpirse para continuar con lo que llamamos vida, aunque siempre me las arreglo para leerla un poco, ya sea de pie, sentado o caminando; las distancias son pequeñas ya a esta altura de la historia, casi nada me impide sentir y pensar. Nuestro pequeño planeta gira solitario en medio de una multitud de estrellas y de otros planetas, mientras tanto, yo me regocijo con la compañía de alguien que veo a través de una pantalla que guardo en el bolsillo de mi pantalón, me envía gatos y  yo a ella; gatos blancos, marrones, negros, pero me gustan más los grises, como su Luna.