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El traje de luces

Vestir de torero es vestir como héroe, es vestir como príncipe para tener una cita con la muerte.

El vestido de luces es elegante, precioso, radiante, el traje de luces es grandeza, y el que lo porta debe hacer honor al atuendo que lleva puesto.

Los primeros trajes de toreros de a pie datan del siglo XVII, cuando los toreros navarros y andaluces junto con sus cuadrillas acudían a las fiestas con indumentarias específicas para la actuación.

El uso del vestuario se comenzó a generalizar, especialmente en Navarra donde a los toreros contratados se les decía “toreros de banda”. Los inicios del traje de torero se encuentran en Francisco Romero en el siglo XVIII. Por primera vez un torero a pie se encontraba en el ruedo con muleta y espada, vistiendo calzona, coleto de ante negro, mangas acolchadas con terciopelo negro y cinturón ceñido.

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Francisco Romero

Posteriormente en 1730 en la Maestranza de Sevilla los toreadores (como se decían en aquel entonces) comienzan a vestir con trajes color grana con galón blanco, éste acabo siendo el uniforme oficial de la Maestranza. Fuera de Sevilla, los toreros tenían libertad en elegir los colores, siempre y cuando fueran sobrios.

En 1793 Joaquín Rodríguez “Costillares” comienza a usar un galón de plata, introduce más adornos y bordados. Gracias a “Costillares” se dio una evolución importante en el traje torear.

JOAQUIN RODRIGUEZ COSTILLARES. OLEO Y LIENZO, FINALES s XVIII. ANONIMO

Joaquín Rodríguez “Costillares”

 

La montera aparece hasta el siglo XIX entre 1830 y 1835 con Francisco Montes “Paquiro” cuando es suprimida la redecilla y comienzan a usar el pelo un poco menos largo ya que la función de éste ahora es suplida por la montera. Su objetivo es el de cubrir la nuca de cualquier golpe.  En aquel entonces las monteras eran bastante más grandes y altas. Paquiro también introduce los alamares, las lentejuelas y modifica un poco el diseño de la chaquetilla, haciéndola más corta.

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Francisco Montes “Paquiro”

 

El traje de luces en el siglo XX  no difiere mucho del usado en el siglo XIX, simplemente lo han ido puliendo y haciendo más cómodo. Las calzonas, que ahora son llamadas taleguillas son muy entalladas para evitar enganchones de los pitones del toro, las monteras son más chicas y las casacas (chaquetillas) más estéticas.

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Alejandro Talavante

La Izquierda que debe ser

JESÚS REYES

En mis debates y conversaciones políticas siempre he mantenido que soy una persona de izquierda ideológicamente hablando. Lo digo por convicción y creencia; soy alguien convencido de que la colectividad es más poderosa, fuerte y necesaria que la individualidad y que solo si pensamos como una ciudadanía colectiva lograremos sobrellevar los tantos problemas de nuestro país. También pienso que las necesidades de los grupos más vulnerables deben de ser atendidas primordialmente y los derechos de las minorías protegidos prioritariamente: esto me hace un ser de izquierda. Pero también creo que la izquierda tiene su lugar y su espacio y como lo dice mi semblanza aquí en Voces Cruzadas, busco continuamente los equilibrios casi imposibles de conseguir y por lo tanto creo que si la izquierda se eterniza en el poder como lo ha hecho en países como Venezuela y Cuba, probablemente es tiempo de darle el espacio a una derecha moderada o a un centrismo reformador.

Sin embargo, dado el contexto histórico de México, seguiré apoyando a la izquierda hasta que esta logre tener un lugar importante y gobernar nuestro país. Llevamos alrededor de 32 años bajo un gobierno que, si bien ha cambiado de colores, tiene una política económica idéntica a la de cuando este periodo neo liberal comenzó bajo el mando de Miguel de la Madrid; han sido seis sexenios  con agendas económicas de derecha disfrazadas con algunas migajas de políticas sociales para mantener al pueblo en calma. Antes de de la Madrid, tendríamos que remontarnos hasta los años treinta para encontrar un verdadero gobierno de izquierda, el del general Lázaro Cárdenas. Por todo esto, México necesita y merece ya un gobierno social, cercano a la gente que cambie el rumbo de nuestro país, que cada vez tiene más retos a enfrentar.

Esto lo digo hoy y lo seguiré diciendo hasta que se haga realidad. Desgraciadamente, así como nuestro país no ha tenido los gobernantes que se merece, tampoco ha tenido la izquierda opositora que se merece. Antes de 1988, la izquierda no existía políticamente hablando (si bien había esfuerzos comunistas y sindicales que vale la pena mencionar, estos no lograban ser representativos en las esferas de poder en donde se toman las decisiones). La izquierda política era contenida dentro del partido gobernante bajo la excusa de que era el “partido de la revolución”.  Pero en el 88 esta izquierda se separó y comenzó el interesante trayecto hacía lo que hoy conocemos como la izquierda multi-partidista de México.

Esta izquierda nos ha fallado profundamente; fuera de destellos casi victoriosos con Cuauhtémoc Cárdenas y Andrés Manuel López Obrador en 1988 y 2006 respectivamente, la izquierda no ha podido hacerle frente a un sistema rapaz que se ha planteado desde siempre y ahora está logrando entregar completamente los bienes del país. Y mi planteamiento es que no lo ha logrado porque las divisiones han sido muchas y muy frecuentes y se han involucrado egoísmos, personalidades e ideologías sin rumbo ni sentido que no han permitido que la gente considerada de izquierda se una, toda, detrás de un verdadero proyecto de nación que se oponga a los partidos gobernantes. Es hora de que esto termine, es hora de que por el bien de México, las fuerzas de izquierda, todas ellas se unifiquen para hacerle frente a esta destrucción y desmantelamiento masivo de lo que ha sido México.

Todo esto lo escribo y se me ocurre, porque el día de antier vino a Zacatecas el Dr. Lorenzo Meyer, historiador y politólogo de izquierda a charlar con quien quisiera y presentar su libro Nuestra Tragedia Persistente. En ese foro organizado por La Jornada Zacatecas, estuvieron presentes muchos de los personajes importantes de la izquierda zacatecana: Rodolfo García Zamora, Juan Francisco Valerio Quintero, José Enciso Contreras, Raymundo y Rogelio Cárdenas, Luis Medina Lizalde, entre muchos otros; así como también representantes de ese importante movimiento que hace dos años nos hizo despertar a la juventud zacatecana y mexicana en contra de una imposición presidencial, el #YoSoy132 Zacatecas. Ellos, junto con todos los demás personajes de izquierda y la ciudadanía que se considera cercana a esta ideología, son los que localmente tienen la responsabilidad de generar esta unión y fuerza de las izquierdas en el ámbito local, dejando a un lado protagonismos, ideologías contrariadas, egoísmos y beneficios personales. Por el bien de Zacatecas y de México, esperemos que así sea.

“Toma el llavero, abuelita”*

JESÚS REYES

Quiero, en esta ocasión, alejarme un poco de los temas políticos importantes de nuestro país y nuestro mundo (aunque sin duda siguen siendo muchas las preocupaciones que tengo en este respecto). Y lo hago principalmente porque creo que de vez en cuando tenemos que darnos el tiempo para compartir experiencias y anécdotas que nos hacen quiénes somos y que puede ser, que al compartirlas, causemos un impacto similar o siquiera una reflexión en el receptor de estas.

Siempre he dicho que las tres profesiones que hubiera perseguido si la política y la administración pública no me hubieran cautivado como lo hicieron serían: historiador, escritor o analista deportivo. Gracias a Voces Cruzadas y a los sencillos cuadernos que en ocasiones encuentro por mi casa he podido practicar e incluso comenzar mis esfuerzos en las segundas dos. Sin embargo la primera, historiador, es un poco más difícil de practicar sin dedicarse de lleno a ella. Pero creo que dentro de lo que cabe todos lo podemos hacer de vez en cuando. Y a mí lo que me apasiona de esta práctica, más que leer libros y estudiar, es escuchar las experiencias de la gente.

Es imposible negar la importancia de la escritura en el avance de este estudio; gracias a esta innovación somos capaces de conocer lo que ha sucedido por milenios en este mundo. Sin embargo, creo que gracias a esto, a que la historia es mayormente escrita, se debe que sea transformada, modificada e incluso cambiada para contar la historia de los vencedores y de los dominadores del mundo y no necesariamente de la gente de abajo.

Incluso bajo la versión más utópica de que lo que encontramos en los libros de texto y en la versiones “oficiales” sea verdaderamente lo que pasó, la realidad es que es lo que pasó “arriba” en la mayoría de los casos; en los acomodos de poder y de gobiernos, en las guerras estructurales entre naciones, en las jerarquías de las iglesias o estados, pero no con la gente real que vivió todos estos procesos históricos. Tal vez podríamos encontrar en algunos libros específicos o ramas especiales de la historia, la realidad de los pobladores, del pueblo, de la gente; pero la mayoría de las veces serían generalizaciones de una población en su conjunto, lo cual nos aleja de la imagen nítida del individuo y su historia.

No hay nada malo con todo esto, sin duda son cosas necesarias. Pero para mí es mucho más interesante la historia oral, la que se pasa de generaciones en generaciones a través de relatos que además de proveer al que escucha con una cantidad enorme de sabiduría y conocimientos, también nos hacen perdernos en lo interesante de un buena anécdota, las que a veces llegan a parecer cuentos salidos de la fantasía.

Siempre he tenido el interés de practicar este tipo de historia, de escuchar a la gente, sobre todo a los adultos mayores (los que más experiencias tienen y han sido testigos en mayor medida de la transformación de nuestro entorno), contar sus historias y sus experiencias, e incluso grabarlas para algún día hacer de ellas una compilación de memorias.

Últimamente, la vida me ha dado la oportunidad de hacer esto cada vez más seguido, de encontrarme con ancianos, tanto familiares como desconocidos, y platicar con ellos acerca de lo que ha sido su vida; e invitaría a todos nuestros lectores a hacerlo también.

Desgraciadamente, en la sociedad cambiante y tecnológica en la que vivimos, se desprecia cada vez más al adulto mayor, simplemente porque no saben manejar una computadora o por su lento ritmo de andar natural que no se adapta a la vida moderna y rápida de ahora. Considero esto un gran error y una completa tristeza. Nosotros como jóvenes, deberíamos de saber y entender que para mejorar, innovar y cambiar lo que tenemos a nuestro alrededor necesitamos la sabiduría inmensa de los que ya lo intentaron hacer.

Además de esto, tal vez soy de los pocos que lo sienten, pero creo que todos podríamos encontrar dentro de nosotros mismos cierta curiosidad acerca de cómo eran las cosas antes de que llegáramos al mundo. Saber lo que podamos conservar acerca de los tiempos de la revolución, del eterno priismo, de las violentas y turbulentas décadas de los sesenta y setentas debería ser prioridad nuestra y más si podemos conseguir las versiones de primera mano de nuestros abuelos, padres, tíos, amigos, etcétera.

Hay muchísimo que aprender de ellos y antes de que se nos vayan tantos valores, tantas historias, tantas experiencias, tantas anécdotas, tantos cuentos, tantas visiones y tanto conocimiento del México que fue y ya nunca volverá a ser hay que aprovecharlos. Los invito a practicar esto, a preguntarles a los “abuelitos” en su vida acerca de sus vivencias, a sacarles lo que puedan; en realidad estoy seguro que encontrarán que casi todos ellos es justo lo que quieren: platicar, hablar, contar y sobre todo tener alguien que los escuche.

*Dedicado especialmente, para mis “abuelos”; la que todavía comparte los recuerdos que tiene, cada vez que yo, necio, muestro el humor para escucharlos, mi abuelita Soco, y también a los que se me fueron demasiado pronto para compartir con ellos tantas experiencias que me hubiera gustado sacarles, Papá Monche, Mamá Carmen y mi abuelito Pepe. Y también al eterno “Don Rafa”, el de las galletas, quien lamentablemente  justo mientras escribo estas líneas me entero que acaba de fallecer, cualquier Zacatecano que lea esto, sabe a quien me refiero.

El Laicismo y el Estado Laico (Segunda Parte)

Reseña Histórica del Estado Laico en México

En esta segunda parte de “El Laicismo y el Estado Laico”, vale la pena abordar el proceso histórico que diera lugar a la instauración del Estado Laico en México, para a partir de ello tener elementos para discernir entre su vigencia y pertinencia.

No es coincidencia reconocer a Benito Juárez como el máximo representante del Estado Laico en México; su espíritu apegado a principios masónicos, lo llevo a gestar y concretar grandes logros en esa conquista.

Desde la época de la colonia, México vivió los estragos del anti-laicismo, que tuvieran su origen en la imposición de una religión y creencia (católica) por voluntad absoluta de sus conquistadores, a base de sangre y guerra, quizás en el previo entendido antipedagógico de que “la letra con sangre entra”, y que a la postre significaría la abolición de culturas milenarias que a pesar de no estar fuera de la “civilización” tenían un amplio contenido de ciencia y desarrollo intelectual.

La lucha de la independencia, contrario a lo que podría pensarse, no representó una mejoría al respecto, pues en esencia quienes la gestaron no concebían aún la separación iglesia-estado, sino que centraban su lucha únicamente en la libertad del pueblo para gobernarse, pero aún basada en esos principios católicos; de ahí que los Sentimientos de la Nación, primer documento constitutivo que manifestara esa libertad de gobierno, considerara “Que la religión católica sea la única, sin tolerancia de otra”, “Que todos sus ministros se sustenten de todos y solo los diezmos y las primicias, y el pueblo no tenga que pagar más subvenciones que las de su devoción y ofrenda”, y “Que el dogma sea sostenido por la jerarquía de la iglesia, que son el Papa, los Obispos y los Curas, porque se debe de arrancar toda planta que Dios no plantó: omnis plantatis quam nom plantabit Pater meus Celestis Credicabitur.”

Es entonces, a partir de la consolidación de la independencia, que el país vive quizás algunos de los momentos más difíciles en la definición de la política y el desempeño económico, dada la subutilización de los bienes que debiendo ser públicos se encontraban en poder y posesión del clero y que aún con el adoctrinamiento dogmático, generó paulatinamente un descontento social, que daría lugar a la lucha por vencer el yugo católico que a costa del bienestar social generaba y mantenía prebendas y beneficios incluso inmorales.

Muchos de estos movimientos liberales se dieron incluso al interior de la iglesia, comandados por clérigos yorkinos y algunos pertenecientes a la masonería, quienes a pesar de su pertenencia a la jerarquía católica, dados los excesos y el deterioro de la situación económica y social de la incipiente nación, luchaban por un papel moderado de la iglesia y mayor relevancia del Estado-Gobierno Civil. Esta lucha se mantuvo activa y se intensificó paulatinamente, gracias a la intervención de grandes reformistas como Valentín Gómez Farías (el gran ideólogo del Estado Laico en México), Melchor Ocampo y Benito Juárez (quienes materializaron la obra intelectual de Gómez Farías), además de, Sebastián Lerdo de Tejada, José María Iglesias, Ignacio Comonfort, entre otros, cuyos principales ideales de acuerdo con Justo Sierra (s/f) eran la “Supresión de las clases privilegiadas por la ley, la desamortización de la propiedad territorial y la educación laica del pueblo mexicano”.

Enfrascados en la Guerra de Reforma que, motivada de manera subversiva por el clero católico, costara miles de vidas civiles, la lucha por construir un estado moderno continuó, y su legado más importante se materializó en las Leyes de Reforma, que en síntesis perseguían 5 principios fundamentales:

  1. La separación Iglesia-Estado
  2. La libertad de creencias
  3. La Laicidad del Estado
  4. La igualdad entre las asociaciones religiosas
  5. La autonomía de las asociaciones religiosas.

Este movimiento reformatorio puede concebirse en 4 etapas:

  1. Las reformas de Valentín Gómez Farías en 1833, primeras de enfoque laico.
  2. Las Leyes Lerdo-Juárez-Iglesias
  • Ley Juárez (1855). Suprimía privilegios del clero y el ejército, y establecía la igualdad entre ciudadanos.
  • Ley Lerdo (1856). Obligaba a las corporaciones civiles y eclesiásticas a vender a sus arrendatarios, los bienes arrendados.
  • Ley Iglesias (1857). Regulaba el cobro de derechos parroquiales.
  1. La constitución de 1857, que establecía ya la libertad de enseñanza, imprenta, industria, comercio, trabajo y asociación.
  2. Las Leyes de Reforma de corte liberal radical.
  • Nacionalización de los bienes eclesiásticos (1859)
  • Matrimonio Civil (1859)
  • Registro Civil (1859)
  • Exclaustración de monjas y frailes (1859)
  • Libertad de cultos (1859)

Los Reformadores, cuya principal figura histórica es Juárez, transformarían con ello al estado mexicano, convirtiéndolo en su momento en un estado moderno y a la vanguardia. Como lo expresa Juan Ramón de la Fuente (2009), Juárez conformó un Estado civil moderno, inspirado en un liberalismo auténticamente mexicano: laico, racional, dinámico y progresista. De ahí que su convocatoria siga vigente. Su único dogma fue la Constitución y la legalidad que de ella emana.

Sin embargo esta gran lucha no pudo consolidar y hacer permanente la aplicación del Estado Laico, por lo que posterior a “La Reforma” se dio una lucha constante entre el movimiento creciente “libertador” y el siempre subversivo movimiento del clero católico, que principalmente gracias al Arzobispo Pelagio Antonio de Labastida y Dávalos lograra con la “Abjuración de Porfirio Díaz a la Constitución de 1857”, la restitución de privilegios que vulnerarían nuevamente el avance laicista del Estado Mexicano.

Es hasta  el movimiento revolucionario de 1910 y la promulgación de la  Constitución de 1917, que a base de lucha física e intelectual, y a costa del derramamiento de más sangre del pueblo, se consolidó otro gran avance en materia de laicismo, pues con la Constitución se lograría:

  • Eliminar la posibilidad de que los clérigos participaran en el congreso constituyente.
  • Proclamar la desaparición jurídica de las iglesias (prácticamente todas católicas).
  • Proclamar la incapacidad de las iglesias para tener propiedades.
  • Declarar la imposibilidad de existencia de escuelas católicas.
  • Declarar la imposibilidad de existencia de partidos políticos confesionales.

A diferencia de la constitución de 1857, la de 1917 cuyo fundamento ideológico fuera comandado en el Congreso Constituyente por el Gral. Francisco Múgica y no por Venustiano Carranza como se creería, consolidó la educación laica, al expresarla literalmente en lugar de la libertad de enseñanza, garantizando el espíritu de disciplina y autonomía de valores. Constituyó así, un importante avance en la gestión para que la iglesia reconociera la supremacía del Estado en el ejercicio civil.

Desde esa última época y hasta 1992, la convivencia entre estado y religión mantuvo un estatus que garantizaba el laicismo y la consecuente sana convivencia, a pesar de las asperezas que ello implico para con el sector católico, algunas extremas como las vividas dentro del “Maximato”. Sin embargo, fue hasta 1992 que con Carlos Salinas y por la impetuosa intervención de Juan Pablo II, se otorga la concesión gubernamental para el registro de asociaciones religiosas, constituyendo con ello en los hechos, un retroceso al logro de su desaparición jurídica en 1917.

Posteriormente con la llegada del PAN a la Presidencia de la República y sus sabidos vínculos con la iglesia católica, incluso a través de organizaciones extremistas como “el yunque”, hemos vivido une época de retrocesos graduales en el laicismo, pues lejos de garantizar el respeto y la tolerancia para con los diversos credos, fue vista por el clero católico como la “restitución de los derechos otorgados por naturaleza divina” y perdidos en las sangrientas y férreas luchas con los liberales progresistas.

Así, a partir de Vicente Fox, hemos visto el crecimiento de la intervención católica en la definición de cuestiones civiles, desde discursos políticos hasta el impulso de reformas jurídicas que les conceden significativos privilegios, permitiendo además sin regulación en los hechos, su activismo político cada vez más evidente y desmesurado.

Y para mitigar la desazón que a personas como yo nos provoca la paulatina abolición del Laicismo, endulcemos nuestros sentidos escuchando al recientemente fallecido Paco de Lucia interpretando la gran pieza “Mediterranean Sundance” junto con su autor Al Di Meola y  John McLaughlin, en una gran expresión de corte flamenco y tintes de jazz (http://www.youtube.com/watch?v=9cadbYIzhqQ).

Nos leemos en la tercera parte.

Primera parte.

CLAUDIA TOSTADO

La sala estaba llena de gente que ella no reconocía. Además de mí y del oficial Cuenca, no había visto antes a ninguno de los que estaban allí. La luz de las velas en cada mesa y repisa favorecían la tensión que se sentía después de lo que ella acababa de relatar. Ya habían pasado más de quince minutos y todos seguíamos en silencio. Yo, con mucha menos razón me iba a atrever a decir la primera palabra. Pasaron algunos minutos más, que a todos nos parecieron horas. Seguían mirándose unos a otros buscando respuestas, pero nadie nos miraba ni a ella ni a mi. Finalmente, el oficial Cuenca, un hombre muy alto y delgado, con algunas canas que empezaba a pintarle el tiempo, pero aún fuerte, terminó con la espera y se puso de pie. Tomó una de las velas largas que estaban sobre la chimenea apagada, y se acercó a la ventana. El gesto de su rostro me dio la impresión de que pensaba que algo en la historia no encajaba. Sin mover la vista de la ventana, le preguntó a Catalina: -¿Cómo dice, Srita. Méndez, que llegó el cuerpo de esa muchacha hasta allá?-.

Catalina iba a responderle, pero antes de que emitiera cualquier sonido, tocaron a la puerta de la habitación. Yo me levanté a abrir. Era Andrés.

-Lo estábamos esperando.- dijo Cuenca, acercándose para saludarlo. –Tome asiento, la Srita. Méndez estaba por explicarnos cómo fue que llegó el cuerpo de la muchacha hasta el pozo.-

Andrés se sentó junto a mí, frente a Catalina, y la miró con tristeza. –Oficial, si me permite, quisiera escuchar a Cata otra vez. Supongo que a ustedes ya les dijo todo, pero yo no la he oído. Seguro también les servirá para tener más clara la historia.- Eso a mi no me pareció insensato, finalmente lo que se había hecho, fue hecho para ser contado, y a Cata no le molestaría narrar los hechos cuantas veces fuera necesario. Me acerqué y la tomé de las manos: -Mi amor, ¿no te importa, verdad?- le dije mirándola a los ojos. -Claro que no-. Me senté junto a ella, para poder ver la reacción de los que iban a escuchar, casi todos por segunda vez, la descripción de lo ocurrido.

-Todo empezó hace casi un mes cuando Felipe y yo estábamos en el departamento, como siempre, tomando un café, hablando y fumando. Pasaba de la media noche, y como es natural, a esa hora la gente habla de cosas más oscuras. De cosas que nadie se atreve a decir mientras haya luz. El disco que estábamos escuchando terminó y yo me apresuré a buscar otro para poner. Ahora que lo pienso, la música que uno escucha, influye inconscientemente en lo que hace, piensa o dice mientras la oye. O tal vez, es que el subconsciente que ya tiene esos pensamientos o sentimientos la lleva a elegir tal o cual disco.-

-¿Podría seguir con la historia? No tenemos toda la noche para sus filosofías baratas.- interrumpió Cuenca con tono molesto, pero Andrés le respondió: -Oficial, déjela que cuente la historia como quiera, todo lo que diga es importante, y nos iremos de aquí cuando nos tengamos que ir.-

-Gracias Andrés. Como les estaba diciendo, buscando entre mis discos encontré uno que hace mucho no escuchaba, tal vez uno de mis favoritos. Lo puse en el reproductor, y me senté otra vez en el sillón junto a mi novio. Estábamos fumando un cigarro para los dos, como siempre lo hemos hecho, y no por fumar menos ni por ahorrar, más bien por compartir, por estar más cerca. Felipe me preguntó que si íbamos a estar juntos toda la vida. No lo hizo como dudando, sino como invitando. Su pregunta no me extrañó, ni me perturbó; finalmente era algo que ya sabíamos pero de lo que no habíamos hablado.

-Eso va a ser más fácil si vivimos poco…- Felipe me miró y en ese momento los dos supimos que quizá estábamos viviendo una de las últimas noches de nuestras vidas. Los dos intentamos dar ideas y sugerencias para crear nuestro final. Yo, como siempre, le dije que tenía que ser algo poético, artístico. El quería algo que impactara, que trascendiera, que no se olvidara nunca. Pasamos toda la noche hablando de eso. Decidiendo cómo queríamos ser recordados y qué partes de nosotros y de nuestras vidas queríamos que fueran olvidadas.

A la mañana siguiente, después de dejarme el café en el buró, Felipe se fue a trabajar. Era sábado, y yo los sábados no hago nada hasta que Felipe regresa, como a las seis. Pero ese sábado, siendo quizá uno de los últimos sábados de mi vida, me levanté poco después de que Felipe salió. Puse el café en un termo y me vestí rápido. Caminé hasta la esquina, donde está el puesto de periódicos, y compré uno. Caminé hasta el parque y me senté en una banca que recibiera algunos rayos de sol.