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Caín (parte II).

Jonathan Alcalá

         Alguien se percató de la mirada de aquel extranjero y dio aviso a los demás, hombres y mujeres corrieron por sus armas, sin embargo él no dio ningún paso atrás, se acercó con las manos desnudas, consciente de que nadie podía dañarle. Un anciano le observó y supo quién era, le dijo que no era bienvenido, que regresara al jardín y sus alrededores,  ya que ellos nada tenían que ver con el Dios que le condenó, pero aun así respetarían el acuerdo de no matarle. Sin decir palabra, Caín tomó distancia y no se fue, no quiso asumir el riesgo de estar solo nuevamente, al cabo de poco tiempo vio que los nómadas se alistaban para partir, recelosos y callados, ignorando a medida de lo posible la presencia del hijo de Adán. Les siguió durante muchos días, se instalaba cerca de ellos, lo más alejado de sus ojos, adoptó sus métodos e intentó depositar en el olvido su vida pasada. Cambió sus pesadillas por sueños más tranquilos, extrañaba cultivar la tierra, tomaba lo que podía de ella, sobrevivía de la mejor manera.

          Así como el prisionero que se acostumbra a las paredes, así aquellas mujeres y hombres que no nacieron del Edén se acostumbraron a Caín. Vivían lejos de esa tierra, sabían de la existencia de las demás cosas, pero nunca pensaban en ello. No sintieron la necesidad de adorar a ningún dios, ni de edificar algo que les atara a un lugar determinado. Poco a poco el hombre con la marca se fue acercando a ellos, miró con deseo a una  mujer, pues su condición de maldito o demonio no era mayor a su condición de hombre. Y así como todo ser lleno de vida prescinde de la muerte, dieron continuidad a las cosas y ambos obedecieron a sus instintos. Nombraron Enoc a su primer hijo, pero éste caminó solo y con el correr del tiempo, sí conoció la muerte.

            La unión de Caín y esa mujer significó la unión de otras cosas, decidieron también adoptar un modo de vida diferente, fundaron una ciudad y le pusieron por nombre el de su primogénito. A medida que los seres humanos se multiplicaron, la tierra se volvió menos grande; muchos hijos de Adán recorrieron el sinuoso camino de Caín y notaron la belleza de las hijas de los hombres, fueron seducidos también por sus sentidos. El destino del hombre que asesinó a su hermano, se perdió entre la multitud, su marca se volvió invisible en su descendencia, pero continuaba ahí, en la sustancia que es precursora de la vida, esa que se hereda de generación en generación. Sus hijos estuvieron dotados de habilidades distintas a la del cultivo de la tierra: criaron animales, moldearon el metal y también pudieron emular los sonidos de la naturaleza por medio de instrumentos.

            Muchos hombres y mujeres nacieron de la semilla de Caín, nadie supo las circunstancias del final de su existencia. Tal parece que ninguno sufrió siete veces la venganza de su muerte. Su estirpe, cuyas vidas eran ajenas a su origen divino, se olvidó de Dios. El único culto que rindieron fue a la carne, por lo tanto, su creador se arrepintió de la naturaleza de su propia obra y pensó en rehacer al hombre. Fue entonces, muchos años después de la muerte de Abel, que la sangre derramada fue lavada con el agua que cayó del cielo por vez primera, durante cuarenta días y cuarenta noches.

 

Caín (parte I).

Jonathan Alcalá

 

“Y él le dijo: ¿Qué has hecho? La voz de la sangre de tu hermano clama a mí desde la tierra.

Ahora, pues, maldito seas tú de la tierra, que abrió su boca para recibir de tu mano la sangre de tu hermano.” Génesis 4:10 – 11.

Caín caminó errante sobre tierras desiertas, aprendió a escuchar el oleaje del océano y el canto de las aves; durmió cobijado por el calor del fuego, acompañado de rumores nocturnos y el recuerdo de su hermano. El hombre marcado tuvo que caminar muchos días y muchas noches sin rumbo fijo, lo más alejado posible de los hijos de Adán, en lugares de naturaleza distinta a la que sus ojos conocían. Probó nuevos frutos de los árboles, observó bestias diferentes a las ya descubiertas y se encontró hundido en una soledad profunda y callada.

            El sueño de Caín estaba acompañado de recurrentes pesadillas, el pálido cuerpo de Abel sobre la tierra, un charco rojo que poco a poco iba creciendo y el espíritu de Dios como un viento frío que arrastró consigo nubes negras en el cielo. Caín lavaba con desesperación la sangre que manchó sus manos y respondía con insensatez los cuestionamientos que venían desde lo alto. Despertaba con un sudor frío sobre su cuerpo,  la luz de las estrellas le imposibilitaban perderse en la oscuridad deseada.

           La sangre, esa sustancia que corre por cada rincón de nuestro cuerpo, tan tibia al tacto, siempre escarlata cuando tiene vida y negra cuando muere. Es la sangre el sello de los pactos eternos y de los juramentos, también de las maldiciones, las venganzas y las promesas de una nueva vida. Caín fue expulsado de la presencia de un Dios de sangre, pero el soplido continuaba dentro de su cuerpo, lo abandonaría hasta el día de su muerte.  Fue entonces cuando advirtió un palpitar dentro de su pecho, se concentró tanto en sí mismo que fue capaz de sentir su pulso; observó con detenimiento sus manos, sus brazos y sus piernas, tocó el vello que cubría su rostro y pasó sus dedos por la marca, tratando de formar una imagen en su mente. Tuvo consciencia de su ser tripartita, la fatiga era demasiada, sus pensamientos eran complejos y la realidad se había vuelto opuesta, pero a pesar de todo, decidió continuar.

             El azar lo llevó de la mano a una tierra habitada por otros seres, hombres de una era distinta, cuyo color de piel no era igual a la suya; pensó primero que se trataban de los descendientes de la serpiente, pero descartó esa impresión al ver gracia en sus rostros y acciones. El enemigo no podía tener un aspecto así. Un puñado de niños jugueteaban sobre un charco, hombres y mujeres estaban sumergidos en sus tareas. Hacía tanto que Caín no veía una sonrisa, parecía que su constante caminar duró años, perdido en la naturaleza de la tierra y de su propio cuerpo, escuchando sólo la voz de sus recuerdos, el eco del creador se había ido de todas las cosas, sin embargo la condena de la soledad parecía llegar a su fin.

 

La inmensidad del mundo.

Jonathan Alcalá

Trajano lloró cuando se dio cuenta de la inmensidad del mundo. El águila de Roma no llegaría hasta el fin de la tierra. El hombre que nunca había llorado dejó caer sus lágrimas en el mar de Persia. El César que trajo nuevas glorias al Imperio, vio su propio cuerpo como una triste masa de músculos, apenas sostenida por unos huesos menos frágiles; las glorias del campo de batalla parecían quedar atrás, más cerca del pasado que del presente, glorias de polvo, gritos y sangre, en las que al galope o marchando junto con las legiones, el emperador desataba el infierno de la guerra.

Dacia, el recuerdo de aquel invierno que fue gentil y un Danubio cuyas aguas son el ensueño de una victoria. Hubo muchas bajas, pero la cruenta batalla se decantó hacia  los hijos de la loba. Las ricas minas de esa nación trajeron alivio para los romanos, sobre todo a los más pobres. Una recompensa por tantos hijos muertos y anteriores batallas fallidas. La sangre derramada contra el reino de Decébalo fue vendida a un alto precio; Trajano fue justo,  usó el oro para el bien de su pueblo, haciendo parecer que la única seducción a la cual era vulnerable el emperador, era la justicia; pero tampoco es que se privara de la voluptuosidad y los vicios del soldado, amaba beber y comer con desmesura. Probablemente las campañas bajo el mando de Domiciano le heredaron por costumbre dar rienda suelta a la carne, después de salvar la propia de la espada del enemigo.  Se embriagaba de vino y de triunfos, ambos resultados de una tarea bien realizada y de paciencia.

            El destino como Príncipe de Roma no fue casualidad, tiempo antes, la astucia y la valentía eran notables en el carácter y el modo de actuar de Trajano; a pesar de ser un general exitoso, supo escapar de la paranoia de Domiciano, quien ofrecía el cuchillo a modo de  recompensa a los hombres que mostraban virtudes suficientes como  poner en riesgo su permanencia en el poder. Era una época en la que las conspiraciones no eran ideas descabelladas, ni tampoco miedos sin fundamento, pero lo notable de Trajano daba firmeza a lo que se habló de él en las guerras contra los Partos. Tal vez alguna vez se le vio con recelo, no obstante lo hábil como guerrero  y su talento militar le generaron lealtad por parte del ejército, atentar contra su vida no hubiese sido un movimiento inteligente.

            Tito Flavio Domiciano fue asesinado, el cobijo que pidió a los dioses y su enfermiza preocupación no fueron suficientes. Tal vez la fama crueldad que le perseguía se confirmó al tener enemigos muy de cerca. Ninguna muerte es honrosa, pero un rey  apuñalado en el mismo suelo de su palacio, lo es aún menos. Las puertas se abrieron para nuevas dinastías. Su cuerpo se redujo a cenizas y el damnatio memoriae ordenado, trajo fuego y martillo para sus monedas y figuras de piedra. Nerva fue elegido como el sucesor, un hombre sabio, pero tal vez demasiado viejo; probablemente su experiencia cercana al poder y su avanzada edad fueron adecuadas para hacer de él una ecuánime transición. Trajano estaba en suelos Germanos cuando ocurrió el atentado y también su adopción, se presume que Adriano dio la noticia, sin saberlo, parte del mundo había elegido a un amo cuyo deseo era mejorar la condición de la gente.

Siempre hay un momento único en el que el hombre alcanza algo semejante a la plenitud, un instante en el que las virtudes de la mente y la fuerza del cuerpo están a la par. Esa etapa de la vida en la que algunos pocos humanos parecieran  capaces de discernir entre el olvido y la eternidad. Y eso no quiere decir que las decisiones encaminadas a la inmortalidad fuesen tomadas con relativa facilidad, las leyendas se forman a partir de grandes glorias, asimismo por grandes catástrofes. Cada paso dado, ya sea con meticulosidad o con atrevimiento, hicieron de Trajano un ser cuyo nombre no sería relegado. Ser Príncipe no es tarea sencilla, se acaba con muchas vidas y se cometen siempre demasiadas injusticias, tal vez es parte de nuestra naturaleza, pero algo era seguro, el sueño de Nerón y de Calígula parecían lo suficientemente lejos. Nadie atacó por la espalda al César, ni el Senado ordenaría una condena a su memoria, por el contrario, le llamarían optimus prínceps, los que antes habían hecho matar a los antiguos monarcas, ahora glorificaban su nombre.

            La angustia de la vejez repentina y la probabilidad de una muerte que se acercaba a paso firme llevaron a la cama al emperador. Se enfermó al saber que el oriente se había alejado más. No dudaba de la victoria, ni de la notoriedad de Roma en el mundo, pero como muchos, cuestionó su propia vida en la recta final de la misma. Trajano se equivocó al pensar que su inmortalidad se había construido a base de piedra en los muchos edificios que se levantaron durante su reinado; su inmortalidad era de un orden distinto, estaría en las letras de los historiadores y más importante aún, en la memoria de la gente. Como otros tantos notables, no tuvo hijos, probablemente fue mejor así, ya que lo deslumbrante de una persona hace parecer mediocre al ser que le precede. Como un lúcido guerrero, el honor de su ascenso y su ocaso le encontraron en las fronteras del Imperio; Plotina le acompañó hasta el momento de su muerte en Asia, ella se aseguró de la buena continuidad de las cosas.

            Trajano con sus numerosos nombres, Imperator Caesar Divi Traianvs Optimvs, fue convertido en deidad gracias a sus logros, sobrevivió también en muchas formas palpables, algunas, no se salvaron del descuido y la falta de sensatez. Lo vemos ahí en el museo, erguido y fuerte, severo, pero justo y firme, lo vemos con las manos rotas, porque como escribió en una ocasión Marguerite Yourcenar, así sufren los dioses la locura de los hombres.

Geografía de sangre.

Jonathan Alcalá

En Memorias de Adriano, Marguerite Yourcenar narra cómo un esclavo que estuvo preso cuarenta años en una mina, al tener la oportunidad, se abalanzó contra el emperador empuñando un cuchillo; Adriano pudo desarmar con facilidad a su atacante; curó sus heridas, le dio mejores condiciones de vida y éste se convirtió en un leal siervo de Roma.

Yourcenar pone de manifiesto una realidad actual, las sublevaciones dan la impresión de ser inútiles y en muchos casos no dudo que lo sean, pero a diferencia de la historia de Adriano, los gobiernos no sólo desarman a quienes se rebelan, los castigan y en ocasiones hasta los ejecutan, cuando podrían dar dignidad, curar heridas y aliviar las necesidades de quienes atentan contra la autoridad establecida.

El 19 de junio del 2016 será una fecha como otras tantas, y Nochixtlán, será un lugar más en esta geografía de sangre que se ha trazado desde hace décadas, semejante a  Tlatlaya, Tlatelolco, Iguala, etcétera. Porque en todas ellas han sido las fuerzas armadas del gobierno las que han disparado contra civiles, para que luego vengan las mentiras de siempre, mentiras que intentan convertirse en verdad a base de repeticiones y a base de tinta, mentiras que son como pilares que sostienen el lamentable teatro llamado Estado; la pantomima de los gobernantes y su jerga que no dice mucho: “soberanía”, “apego a la ley”, “restablecer el orden público”.

Podemos o no simpatizar con las causas, podemos o no aprobar la manera de manifestarse, estoy de acuerdo en ser crítico y no favorezco la decisión de afectar a terceros, como en la quema de vehículos particulares y los saqueos, pero considero imperdonable justificar que una arma de fuego se levante contra una multitud, sobre todo si esa gente es como aquel esclavo, que ha vivido oprimido durante décadas, porque la opresión y el arrebato de nuestros derechos pueden llevarnos a tomar el cuchillo y a actuar con desesperación. Hacemos muchas preguntas, aunque con frecuencia son las preguntas equivocadas, ya que es muy fácil cuestionar a quien  tiene una bala en el pecho o a quien le han arrancado la cara, ¿Qué estaba haciendo ahí? ¿Por qué bloqueó la carretera? ¿Por qué no acepta la evaluación?  No importa cuán ruin y cínico sea el gobierno en turno, siempre hay ciegos que dan legitimidad a sus acciones, porque nos da pereza el escrutinio de las cosas, nos desagradan las interrupciones en nuestra rutina, emitimos juicios superfluos y argumentos basados en primicias cuya verdad desconocemos.

La reforma educativa ha sido tema de numerosas discusiones, hay quienes consideran que más que una modificación enfocada en la educación, se trata de un tema laboral en donde los profesores pierden derechos. No se trata solo de una evaluación, se trata de una ley cuya aprobación pasó por alto la revisión de los propios maestros e incluso de la opinión de expertos, sin embargo, no hay nada nuevo respecto a ello, tenemos un poder Legislativo que pareciera trabajar en perjuicio de la sociedad, mientras que el Ejecutivo tiene los más bajos niveles de aceptación. Es razonable pensar que este conflicto no sea únicamente  por  una ley que ha sido impuesta, se trata de una rabia incontenible frente al abuso sistemático y al atropello del gobierno mexicano; se debe al despojo de tierras, a la pobreza y violación de derechos humanos,  a la complicidad de la autoridad para con los grupos criminales, a la ostentación y el lujo con el que vive la clase política, que dicho sea de paso, lamenta la sangre derramada en otros lugares y se pronuncia con un discurso que condena la criminalidad, pero son ellos los más grandes criminales.

Un país que se presume democrático no debe imponer una ley a base de fuerza. Seis personas murieron y han dado continuidad a la tradición de poner en nuestra mente el nombre de un lugar cuya existencia probablemente desconocíamos. No debemos ser indiferentes, lo menos que podemos hacer es tratar de entender los motivos que llevaron a esas personas a enfrentar el sistema impuesto y pensarnos en una posición semejante a la de ellos, a la del esclavo cuya única garantía tenía que iba a vivir en las peores condiciones, y pensar también en la contraparte, castigarlos o enseñarles que la mano que los desarmó es firme, pero justa.

La inmensidad del mundo (Parte I)

Trajano lloró cuando se dio cuenta de la inmensidad del mundo. El águila de Roma no llegaría hasta el fin de la tierra. El hombre que nunca había llorado dejó caer sus lágrimas en el mar de Persia. El César que trajo nuevas glorias al Imperio, vio su propio cuerpo como una triste masa de músculos, apenas sostenida por unos huesos menos frágiles; las glorias del campo de batalla parecían quedar atrás, más cerca del pasado que del presente, glorias de polvo, gritos y sangre, en las que al galope o marchando junto con las legiones, el emperador desataba el infierno de la guerra.

Dacia, el recuerdo de aquel invierno que fue gentil y un Danubio cuyas aguas son el ensueño de una victoria. Hubo muchas bajas, pero la cruenta batalla se decantó hacia  los hijos de la loba. Las ricas minas de esa nación trajeron alivio para los romanos, sobre todo a los más pobres. Una recompensa por tantos hijos muertos y anteriores batallas fallidas. La sangre derramada contra el reino de Decébalo fue vendida a un alto precio; Trajano fue justo,  usó el oro para el bien del pueblo romano, haciendo parecer que la única seducción a la cual era vulnerable el Emperador, era la justicia; pero tampoco es que se privara de la voluptuosidad y los vicios del soldado, amaba beber y comer con desmesura. Probablemente las campañas bajo el mando de Domiciano le heredaron por costumbre dar rienda suelta a la carne, después de salvar la propia de la espada del enemigo.  Se embriagaba de vino y de triunfos, ambos resultado de una tarea bien realizada y  la paciencia.

El destino como Príncipe de Roma no fue una casualidad, tiempo antes la astucia y la valentía eran notables en el carácter y el modo de actuar de Trajano; a pesar de ser un general exitoso, supo escapar de la paranoia de Domiciano, quien ofrecía el cuchillo a modo de  recompensa a los hombres que mostraban virtudes suficientes como  poner en riesgo su permanencia en el poder. Era una época en la que las conspiraciones no eran ideas descabelladas, ni tampoco miedos sin fundamento, pero lo notable de Trajano daba firmeza a lo que se habló de él en las guerras contra los Partos. Tal vez alguna vez se le vio con recelo, no obstante lo hábil como guerrero  y su talento militar le generaron lealtad por parte del ejército, atentar contra su vida no hubiese sido un movimiento inteligente.

Mi primer funeral (parte II)

Jonathan Alcalá

Mientras miraba el cielo estrellado me prometí a mí mismo resistir hasta el amanecer, jamás había pasado eso antes, era el momento adecuado para hacerlo; mi madre me interrumpió en varias ocasiones, me presentaba parientes y amigos de la familia, la tía Rebeca, que tiene algo de la tía Mariana, me llamó la atención, tenía una magia absorbente, casi nunca había hablado con ella, decía cosas graciosas en voz baja y contenía junto con mi madre sus risas, se la pasaba detrás de sus inquietos hijos. Decidí responder al llamado de mi madre por enésima ocasión, estaba dentro de nuevo, el olor a flores era intenso, comenzaron las oraciones, apenas y sabía persignarme, repetía lo mismo que todos al unísono de las voces presentes; la anciana que dirigía el rezo lo hizo con una pericia asombrosa, toda vestida de negro, con un velo en la cabeza y profundos surcos de cansancio en el rostro, quién sabe cuántos rezos a los muertos había dirigido antes.

            No resistí muchas horas, mi plan se esfumó con el sueño de niño y el frío de madrugada; mi tío Darío fue el encargado de llevarme a mi casa, estábamos muy cerca, caminamos en completo silencio, sus ojos eran severos y la boca era apenas una línea horizontal, a una cuadra antes de llegar a la puerta, en el viejo y desgastado barrio, me preguntó cómo me iba en la escuela, yo respondí el clásico monosílabo de quien prefiere  persistir en guardar silencio; me dijo que él también había estado en esa misma escuela, que era como una tradición familiar, como la tradición de morirse a los sesenta años que impuso el abuelo y que el tío Mauricio continuó.

            Mi mente daba vueltas, no pude caer pronto en un sueño profundo, recordaba que estábamos apenas a media semana, nadie dijo algo sobre faltar a la escuela, pero era obvio que eso pasaría, así que me desperté más temprano de lo acostumbrado, sin compromisos escolares, sólo con el compromiso de seguir disfrutando de la visita. Por la mañana, antes de irse a trabajar, mi padre nos llevó a mi hermana y a mí al velatorio. El lugar estaba menos animado que la noche anterior, había menos personas; los semblantes de cansancio y desvelo transformaron los rostros; no vi a mi madre por ningún lado, me acerqué a la abuela, el tío Enrique sostenía su mano en silencio, sentados uno junto del otro, me fue fácil percibir su tristeza y sentir lo mismo, me sonrió y me acercó para besar mi mejilla, olía dulce como siempre, le devolví el beso y la sonrisa, fui incapaz de sostener su mirada, le pregunté a mi tío Enrique por mi madre y me dijo que se había ido a comer algo con algunos de sus hermanos, yo me arrepentí por no estar antes y acompañarlos.

Estaba muerto de hastío, mis primos aún no habían llegado y mi tío Alberto y mi madre llegaron a la mitad de uno de los rezos, cuando éste terminó, pasaron algunos minutos en los que de nuevo se llenó el lugar, habíamos pocos niños, casi ignorados por los adultos; todos comenzaron a moverse de sus lugares, llegaron dos hombres vestidos con trajes y corbatas negras, movieron el ataúd y lo subieron a una carrosa; mi primo Armando me dijo que iríamos a misa y después al panteón; yo jamás había ido a uno. Todo era menos entretenido que el día anterior, caminamos por la calle detrás de la carrosa, me avergoncé un poco por la atención hacia nosotros, la procesión fúnebre era motivo de miradas, me contagié del rostro de todos, no quería ver para ninguna parte, había dejado de ser divertido. Al llegar a misa me aburrí en sobremanera, casi nunca asistía a los templos, las imágenes me parecían espantosas, pero me decía que no debía pensar en ello, que esos seres eran como deidades y se les debía venerar. Pensé que Dios no podía ser la figura crucificada que estaba en lo alto, me sentía con culpa por el temor que me daba todo el lugar, se suponía que era la casa de Dios.  La voz del sacerdote y la cadencia de su discurso no ayudaban en nada; de pronto, todos comenzaron a saludarse y unos pocos se formaron para comulgar. Al término de la ceremonia comenzaron de nuevo los llantos, algunos más sonoros que otros; todos se abrazaban, era una multitud de gente con caras de sufrimiento.

            El sepultar a mi tío Mauricio ha sido una de las experiencias más desagradables de las que tengo memoria, todo fue lágrimas, gritos, confusión y lamentos sobre lamentos. Entonces me di cuenta de lo feo que es el rostro de la muerte, de que todos terminamos solos, bajo la tierra, dentro de una fría caja; y mientras descendemos todos posan los ojos en lo que se convierte en la última morada. Me espanté al pensarme en el lugar de mi tío. No hay escapatoria pensé, mis ojos se llenaron de lágrimas al pensar en el dolor de mi familia si yo perdiera la vida, me aferré a mi madre, en ese momento me enojé por la ausencia de mi padre, lloré amargamente, tuve mi primer llanto de muerte en mi vida. Mi tía Graciela desmayó, las cosas no pudieron marchar peor, quitaron a mi abuela que sufría de un delirio abrumador, ¿qué se siente perder un hijo? No pude imaginarlo; nos alejamos todos, los llantos se fueron apagando como velas descuidadas.

            Ahora, con más de cuarenta años de edad me sigue aterrando la idea de ir a un funeral, sigo evitándolos a pesar de que los vicios de adulto hacen más tolerable ciertas circunstancias. He sufrido de muchos, el de la abuela, el de mi mejor amigo y el de otros familiares varones que han sido constantes en la tradición de morir apenas pasados los sesenta años de edad. Me acobarda la muerte, me acobarda la idea de estar dentro de una caja de madera y que nos echen  tierra encima. Sigo pensando como niño de siete años, en el frío y la soledad que se deben sentir al estar ahí abajo. Ojalá nunca me toque enterrar a uno de mis hijos, pero también pienso en que ellos algún día estarán en el espectáculo de mi muerte, me pondrán flores alrededor, mis nietos y sobrinos beberán café con mucha azúcar, llorarán y llorarán y yo no podré consolarlos.

 

Mi primer funeral (parte I)

Jonathan Alcalá

A los siete años de edad no supe cómo reaccionar ante la noticia de la muerte de mi tío Mauricio; lo había visto una sola vez en mi vida, en casa de mi abuela, sentado en una silla de ruedas, ojos lánguidos, voz grave, cabello cano y rasgos finos; había perdido algunos dedos de su mano izquierda debido a su enfermedad; yo trataba de no ser obvio al verle, sabía que no era muestra de buena educación hacer eso. Mi tío sufrió bastante, poco a poco se fue deteriorando físicamente hasta que su vida concluyó, fue una enfermedad sin tregua. Él, como muchos miembros de mi familia, muy jóvenes tomaron la decisión de buscar una vida en el país del norte, mi madre y una de sus hermanas no lo hicieron de esa manera. Las visitas intermitentes de mis tíos y tías significaban juguetes y chiqueos para mí, no había época más dichosa que aquella en las que estábamos todos reunidos; no existen diferencias y disputas familiares cuando se es niño, sólo diversión; no hay intrigas ni dobles intenciones en las palabras, por lo tanto, me alegró bastante la decisión de que mi tío Mauricio fuera velado y sepultado en su tierra natal.

            La tarde antes de ir al velatorio estaba jugando con mis primos, dos de ellos eran preadolescentes que en ocasiones susurraban cosas que yo no entendía, ahora supongo que hablaban de niñas, para ese entonces yo sentía un rechazo infinito hacia ellas. Los cuatro niños estábamos haciendo un ruido espantoso con nuestros gritos y correteos por la casa, entonces, mi tía Mariana hizo lo que mejor ha hecho durante tantos años, nos regañó, pero esta vez de una manera distinta, lo hizo al borde de las lágrimas, trató de hacernos entender la gravedad de la situación, estábamos por recibir  el cuerpo de su hermano mayor, el hijo favorito de la abuela, quien estaba destrozada y venía de lejos con el resto de sus hijos. Con la cabeza gacha simulé que las palabras de la tía Mariana causaron impacto en mi comportamiento, pero dentro de mí seguía consistente la algarabía de las visitas.

            Mi actitud medrosa hizo su aparición al percibir la solemnidad del ambiente en aquel lugar; entré de la mano de mi hermana y por delante de mi madre;  veía adultos vestidos de oscuro, escuché algunos sollozos por aquí y por allá, y conocí por vez primera la fragancia de las flores para los muertos. El ataúd de cedro era enorme, me pareció curiosa la manera en la que las sillas y los sillones estaban acomodados alrededor del pequeño salón, como preparados para  un espectáculo;  mi madre se puso de pie frente a su hermano que yacía acostado, todo era silencio, mi mirada estaba direccionada al suelo claro y límpido, alguna que otra vez miraba las flores, el ataúd, las velas, el ataúd de nuevo, jamás había estado tan cerca de una persona que había fallecido. Mi madre comenzó a llorar y yo lo hice unos instantes después, la pérdida del tío Mauricio no me causaba tristeza, pero me dolía el dolor de ella, soy de esas personas que se contagian de los llantos; creí oportuno además mostrarme afligido por la situación, así que después de llorar juntos por unos minutos, las cosas comenzaron a mejorar; comenzamos a saludar a todos, sus sonrisas eran las de siempre, pero sus ojos no. La hermosa tía Graciela tenía la nariz irritada, su cara de porcelana denotaba cansancio, sus ojos color avellana resaltaban por lo rojo de la conjuntiva.

No recuerdo con precisión algunas cosas, el tiempo comenzó a volar y de pronto estaba ya en el estacionamiento del velatorio en medio de la plática de mi tío Alberto; un hombre sumamente encantador, todo el tiempo que pasaba aquí cuando venía de visita, yo siempre me encontraba detrás suyo, lo admiraba en sobremanera, casi como a un ídolo; su forma de vestir, de hablar, de reírse, de fumar, de beber, todo era fantástico, poseía una elegancia perpetua y una elocuencia que yo quería lograr en mi adultez, de hecho, mi padre en más de una ocasión sintió celos de él, ya que yo lo mencionaba de manera constante. Bebí un sorbo de su café, casi lo escupo por su amargura, fui a la cafetería para tomar algo distinto a esa tortura oscura que encanta a los adultos, me serví un café, en mi familia es permitido hacerlo, pero sin que nadie lo notara le puse tres cucharadas de azúcar y mucha crema. Mi emoción era constante, la visita de los tíos, un banquete de café azucarado y galletas, felicidad simple.

            Mi padre llegó en un momento de la noche, saludó a la familia, acompañó a mi madre con su mutismo habitual, sin caricias en la espalda, sin abrazos, sin enjugar sus lágrimas, nada, y con el pretexto del cansancio de mi hermana, se fue apenas pasada la media noche; jamás sabré si esa aparente indiferencia era genuina o no, a pesar de los años vividos con él nunca logré descifrarlo; mi padre se fue prometiendo volver al velorio, se fue en el momento cúspide del evento, no regresó, se despidió cuando más gente estaba presente, tal vez cuando mi madre más lo necesitaba, se fue cuando más chiquillos correteaban alrededor del estacionamiento, yo no me quise ir.

El trabajo de sus sueños.

Jonathan Alcalá

El sonido del despertador es un simple aviso de que ha llegado la hora de ponerse en pie. Lleva poco menos de treinta despierto. Una canción que se le ha metido en la cabeza en las últimas semanas, Suspicious mind, suena casi hasta terminar. Los nervios de la entrevista de trabajo programada  dentro de pocas horas. El ruido bien conocido de la orina cayendo en el retrete, la regadera escupiendo agua caliente mientras el sabor a pasta dentífrica desaparece poco a poco. La fragancia del jabón perfumado que le obsequió la abuela llena el diminuto cuarto de baño. Se afeita con precaución la poca barba que se asoma como una sombra sobre su quijada, desempañando el espejo a cada rato con la mano empapada, una nube de vapor y perfume de canela. Después de la coreografía del aseo personal matutino, viene la coreografía de ponerse la vestimenta. El atuendo pensado y listo desde mucho antes, para no perder tiempo en un día tan importante, evitar incidentes y prevenir cualquier eventualidad. Los pantalones negros, formales y muy lisos, cuelgan en el respaldo de una silla, los zapatos negros de corte italiano que compró para la fiesta de graduación saldrán de nuevo a la calle. Abotona la camisa azul cielo con calma y seguridad. Sume la barriga un poco y piensa que el lunes próximo comenzará de nuevo el régimen alimenticio, el mismo que termina  martes o miércoles, y comienza de nuevo al lunes siguiente. Seis y treinta y cinco de la mañana, parece tener tiempo de sobra, tal vez fue una exageración levantarse tan temprano. Revisa de nuevo que tenga lo necesario para la cita y lee una vez más su currículum vitae.

            El desayuno que normalmente es a las ocho de la mañana se adelanta algunos minutos;  leche y hojuelas de maíz en un plato, sorbiendo de la cuchara con la cara lo más alejada posible de su propio cuerpo, no vaya a ensuciar la camisa. El desayuno que nos dicen los comerciales de televisión, un poco de fruta para completar, no es lo habitual, pero todos los días se intenta mejorar. Ha llegado el momento de salir de casa. Por fin todo el esfuerzo de cuatro años se verá recompensado, los desvelos haciendo tareas, el sacrificio de los padres para comprar libros que no se leyeron por completo,  las clases y los temas que pareciera que nada tienen que ver con lo que necesita saber, los horrendos baños de la universidad a las horas pico, el transporte siempre arriesgado y tumultuoso, el servicio social de actividades estériles y que nada sirven a la sociedad, y todo lo demás. El principio del resto de su  vida comienza hoy.

            Sentado en la sala de espera con la espalda erguida, sus documentos sobre las piernas y las manos encima de las rodillas, con una sobrada puntualidad, para que a final de cuentas, la persona que lo va a entrevistar llegue veinte minutos después de la hora. Oficinas con paredes de cristal, sonrisas, café, saludos y cuchicheos entre los que serán sus próximos compañeros de trabajo. Una mujer de belleza notable asoma los muslos y hace sonar sus tacones al pasar frente a él, sin verlo siquiera, sin inmutarse ante la sonrisa amistosa ofrecida, dejando una estela de perfume. Un sujeto llama su atención, alto, de físico atlético y corbata color vino, camisa blanca entallada; seguramente tiene un hermoso automóvil, pensó, vive en un departamento de la zona rosa de la ciudad, posee una tarjeta de crédito y tiene una novia que causa envidia, yo quiero verme así, quiero ser como él, se plantea en su mente.

            Escucha su nombre, lo invitan a pasar a una de esas peceras corporativas, lo saludan de mano y ofrecen una disculpa por el atraso; al tomar asiento trata de no hundirse en la silla que está dispuesta para él. Su entrevistador tiene pinta de jefe, se desenvuelve con soltura y confianza, le habla con una naturalidad que le hace sentirse cómodo, después de todo, el escritorio que los separa, los miles de pesos de diferencia de poder adquisitivo y un puesto más alto en la cadena alimenticia, no lo hacen una persona hostil. Preguntas sencillas de responder, breves anécdotas que se filtran entre los asuntos profesionales, y una pobre argumentación sobre las razones del por qué debe ser contratado por la organización, son los temas en los cuales se intercambian palabras.  Invitan de nuevo al candidato a salir de la oficina y tomar asiento en el mismo lugar del principio. Cinco minutos después le piden que entre a una sala y le explican cómo contestar las psicometrías. Parecen demasiado simples, hay respuestas que lo hacen dudar por lo obvias que parecen, duda y cree que puede ser algo capcioso, se distrae un momento con el recuerdo de los muslos y el perfume, se dice a sí mismo que debe concentrarse, lee detenidamente por la premura que implica contestar rápido, pero acertado. Por fin termina, le indican que es todo por el momento y que espere a que lo telefoneen.

            Dos días después, nuestro candidato está sentado en el mismo lugar y recibe la noticia de que ha sido seleccionado, es todo un privilegio para él sumar su fuerza de trabajo a la organización, la algarabía de su mente sale al exterior con apenas una luminosa media luna de su boca; el mismo sujeto que lo atendió la vez pasada le explica sobre el horario en que deberá trabajar, nueve horas de lunes a viernes y cinco horas los sábados, sin contar con el tiempo de transporte claro está; una hora para comer,  la empresa piensa en todo, así que puede disponer de un lugar para almacenar y calentar su comida, mesas, sillas  y lavaplatos.  Llegado el momento hablan del sueldo, dos salarios mínimos profesionales por día y prestaciones al margen de lo que marca la ley, pagos quincenales por medio de una tarjeta bancaria. Un sueño convertido en realidad para nuestro joven egresado, por último, le piden que se presente al día siguiente para afinar los últimos detalles, poner su firma en un contrato y llevarlo con quien será su jefe inmediato. Agradece una vez más la oportunidad que le brindan al dar un apretón de manos, sale a la calle y ahora sí exterioriza su contento, ya se vio a sí mismo, en un escritorio frente a un monitor, rodeado de gente como él, una taza de café personalizada que le obsequió su novia el pasado día catorce de febrero, dando lo mejor de su ser para la empresa, un ingreso que jamás ha tenido, podrá ir a centros comerciales, bares y restaurantes, tal vez muy pronto una tarjeta de crédito y una membresía en el gimnasio, y más adelante, un automóvil. Sus padres procuraron un futuro de éxito para él, le dieron lo que ellos no tuvieron, para eso fue a la universidad, para ajustarse como un engrane, para tener un empleo como el que tiene ahora.

La última carta (parte II).

Jonathan Alcalá

Recuerdo la primera vez que creí amar a una mujer. En mi último de escuela primaria las niñas comenzaban a dibujar sutiles curvas bajo sus uniformes, mientras los niños comenzábamos a imaginarlas bajo las sábanas. No puedo definir lo que sentía, pero sí puedo decirte que más de una vez soñé dormido y despierto con su rostro. Compartíamos el mismo salón de clases, pero nada más, todo el tiempo estuve tan distante de ella. Parece que siempre fui  opaco para las personas que más deseaba. Jamás me acerqué lo suficiente, moría de deseo por siquiera respirar a su lado y por decir muchas cosas, pero mi timidez nunca me permitió hacer lo que dictaban mis impulsos. Confieso también que elegí la escuela secundaria para seguirla. Seguramente te preguntas porqué te digo esto, es simple, para que te des cuenta de que tengo la manía de perseguir la sombra de las mujeres por quienes he experimentado amor. No importa cuánto duela, no importa cuán frustrante pueda llegar a ser, lo he hecho todo el tiempo. Ella fue la primera inspiración de mi alma y de mi cuerpo, comencé a tejer palabras simples y creaba expresiones idiotas que escribía en las últimas páginas de mis cuadernos, en ese entonces, mi único acercamiento a la literatura habían sido los maravillosos cuentos de Oscar Wilde  en sus versiones mutiladas para los libros de la escuela. Escribí poemas antes de leer alguno, fantaseé con el cuerpo de una mujer, una chiquilla apenas, igual que yo, muchos años antes de poder experimentar con una piel ajena, una piel como la tuya. Me revolvía en mi cama imaginando el perfume de feminidad que creía percibir de mi compañera cuando de manera “accidental” pasaba a su lado, ese olor era un tanto visible para mí, como un aura que enmarcaba esas olas de cabellos castaños. Muchos años tuvieron que pasar para poder superar la perfecta imagen y la fragancia imaginaria de ella en mi vida. Yo no era el único que la deseaba, el resto de mis compañeros también, ella brillaba para muchos de nosotros, pero lo que yo sentía lo guardaba para mí, lo atesoraba como un secreto precioso, como algo que llegaría a suceder, tarde o temprano ese amor acumulado saldría a materializarse. Te sorprendería saber de quién se trata, puesto que con el paso de los años nos convertimos en amigos íntimos y tú conversaste en alguna ocasión con ella, en una de las muchas fiestas a las que te invité.

Soy el resultado de una adolescencia fallida, eso lo supe mucho antes de que la terapeuta que me recomendaste me lo dijera. Yo creía que la sensatez,  la inteligencia y la madurez eran cosas que venían por añadidura con el paso de los años. Algo que recuperaría en algún momento. También creí que el éxito es algo inminente si uno hace tal o cual cosa, si se es honesto y evita a medida de lo posible aquello que todos reprueban, pero no hay mentiras más abyectas que las anteriores, el paso de los días que se convierten en años y los golpes de realidad nos demuestran cada día que esas leyes cósmicas de las cuales nos aferramos como infantes a las faldas de nuestras madres, no son más que cortinas que impiden la visión de la cruel, pero simple realidad, el azar lo gobierna todo. De lo contrario, cómo explicar el asesinato de un niño, o el que un hombre horrible, un criminal despiadado viva tantos años y muera tranquilamente en su cama. Nos inventamos fantasías y tragamos cuentos increíbles para calmar la ansiedad que provoca el no poder explicar hechos como los que mencioné, enajenamos la responsabilidad del universo a las deidades que inventamos para así poder continuar con nuestras rutinas vacías y aminorar el miedo de que de un momento a otro el azar pueda jugarnos en contra; las desgracias las teñimos con propósitos divinos e incomprensibles y construimos un paraíso detrás de las nubes para creer que nuestros muertos nos esperan, cuidan, escuchan y observan a cada instante; sin sufrimiento, sin defectos,  en pocas palabras, despojados de humanidad. El paraíso que esperamos es eso, dejar de ser humanos. Cómo explicar que yo, que me entregué con un amor transparente y devoto hacia ti, lleno de respeto y comprensión, me hayas botado como a un objeto roto, un día decías amarme, al otro, no querías saber nada de mí. Si algo tenía roto, era mi interior.

La curiosidad y las dudas han sido constantes en mi cabeza, jamás creí las verdades que dictaban mis profesores; nunca fui un alumno brillante, me dominaba una pereza tremenda todo lo relacionado con el aula de clases, iba porque tenía que ir y porque lo que veía alimentaba mis fantasías, así que desde muy joven encontré un lugar para refugiarme de este mundo, mi imaginación, con ella endulzaba los amargos despertares y sazonaba las insípidas tardes, escondido a la luz del día y en medio de todos me convertía en un ser diferente al que era. Lo mejor de mi vida sucedía dentro de mi mente.

La última carta (parte I).

Jonathan Alcalá

R.E.:

Espero que al recibir esta carta te encuentres bien, yo lo estoy desde hace tiempo, o por lo menos, eso intento, sin embargo, algunas veces por las noches pierdo el impulso de dormir y mi cabeza da vueltas alrededor de tu recuerdo, es por ello que he decidido decir todo lo que me plazca, todo aquello que callé y me fue pudriendo por dentro. He dicho que espero que estés bien, pero también espero que de súbito al comenzar a leer, te entristezcas casi de la misma manera en que yo lo estuve al momento de tratar de explicar lo que significaste en mi vida. Tal vez pases de la tristeza a la ira de un momento a otro, pero sé que por más que pueda llegar a lastimarte con mis palabras, no dejarás de leer, por ese vicio tuyo que tienes de querer sentirte miserable.

            Tratando de buscar un principio adecuado para que entiendas el hecho de que eres un antes y después en mi existencia, creí preciso darte una perspectiva de mi vida entera, que aunque crees conocer bien, en esta ocasión habrá un intento de no maquillar la realidad, y es que cuando hablamos de pasados difíciles, creemos transformar esos recuerdos al embellecerlos un poco y al omitir las peores partes. Cada uno se forma una memoria tal cual la desea.

            Tienes un vago conocimiento de que crecí en el seno de una familia humilde; mi padre, fue un hombre que sufrió el abandono de sus progenitores a muy temprana edad, tal vez esa fue la razón por la cual siempre fui invisible a sus ojos y mudo ante sus oídos, cómo pedirle amor y atención a una persona que jamás los tuvo, que vivió una niñez repleta de carencias y pobreza material y afectiva. Mi abuela, tuvo siete hijos de siete hombres diferentes, cosa comprensible, ya que su oficio fue el de prostituta, eso no sabías; por parte de mi abuelo, qué te puedo decir, un cliente más, un hombre como tantos. Mi padre creció bajo los cuidados forzados de una tía abuela, fue sometido al abuso de sus hermanos mayores y enfrentó la vida como un bastardo de padre y madre. No imagino una niñez tan complicada como la de él, alguien como yo se hubiese rendido con facilidad, pero a pesar de ello, salió adelante lo mejor que pudo. Con respecto a mi madre, esa mujer dulce que conoces, esa cara pálida de ojos color avellana, ese cuerpo frágil y enfermizo, debes saberlo, posee también una esencia frágil. Mi madre ha sucumbido la vida entera ante la  autoflagelación, le castigaron el alma con tanta inmisericordia y durante tantos años, que ella también aprendió a castigarse a sí misma, y lo peor de todo, es que sus hijos seguimos pasos semejantes. Ella, hija de una madre orgullosa e insensible, también vivió el  abandono, y su padre, odiosa e inverosímil coincidencia, un cliente más. Vidas y sufrimientos paralelos los de mis padres, dos personas abandonadas que engendraron hijos condenados al abandono. Esa es la verdad detrás de la aparente armonía familiar que conoces. Hemos aprendido a vivir juntos sólo porque aprendimos a callarnos lo suficiente y a ignorarnos lo necesario. Siento amor por mi familia, pero también compasión y repulsión, porque sé  que soy semejante a ellos, son espejos de carne y hueso.

            Cuando se es niño, la falta de dinero no es tormentosa, a fin de cuentas, mis necesidades básicas estaban cubiertas de la mejor manera posible. Yo me creía feliz, a pesar de todo; muy a pesar de mi padre y su vicio por el alcohol, y de mi madre y su vicio por la tristeza. Yo llegaba a casa después de la escuela y veía siempre en la mesa el plato de comida tibia que me dejaba ella antes de irse a trabajar, yo pasaba el resto del día en el diminuto patio de tierra, solitario con mis juguetes y mis fantasías, vi convertirse muchas tardes en noches; me atemorizaba la  oscuridad, entonces la espera de mis padres se volvía eterna en ese cuartucho al que llamábamos casa. Siempre hice por cuenta propia los deberes de la escuela, y cuando llegaron mis hermanos, me hice cargo de ellos. Fui obligado a madurar desde muy niño, era yo el que los corregía, el que atendía algunas de sus necesidades, el que iba a las juntas escolares, el que a ciegas trataba de ser un ejemplo para ellos; seguro esa es la razón por la cual ahora de adulto hago niñerías. Sufrí un retroceso, mi mente y mi cuerpo reclamaron esos años de niñez y adolescencia hasta perder toda esa madurez prematura. ¿Recuerdas que siempre me habías reprochado mis actitudes de adolescente? He aquí una posible causa de ello, una de tantas. No me justifico, pero solicito comprensión, tú nunca me comprendiste.