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La noche en que abandonamos a nuestros amigos.

Jonathan Alcalá

Te veo, entonces mis pupilas se transforman en pozos hambrientos, pozos  de bocas anchas y oscuras, infinitos, sin fondo; la curva de mis labios se pronuncia hacia los costados y cierro mis ojos al acercarme a ti; pego la palma de mi mano derecha al costado de tu cuello mientras mis dedos se entrelazan a tus cabellos, mi mano izquierda, peregrina, recorre tu muslo derecho y se posa en tu cintura.  Sentados en dos sillas de madera y con un mar de personas a nuestro alrededor beso tus labios, los beso con una devoción perpetua, sintiendo lo sublime de ti,  respirando tu aliento como si me alimentara una bocanada de tu alma callada, cada vez más cerca de ti, aprisionando por un instante tu labio inferior con mis dientes; de súbito, siento tu lengua acariciando la mía, nuestros rostros se cruzan para que nuestras bocas estén más cerca, las ansias de tus manos aferradas a mi camisa me indican  que sientes algo semejante a lo que yo. El beso termina, distanciamos nuestras cabezas un poco, continuamos aturdidos de sensaciones y nos decimos con la mirada que necesitamos estar solos. Pones entre mis dientes tu dedo anular y me suplicas que lo muerda; lo hago, lo hago porque sé que te gusta sentir ese dolor dulce, esa tortura complaciente y placentera, me pides que lo haga con más fuerza, intento medir lo cerrado de mi mandíbula pero la risa me vence. Soy tan dueño de mí mismo cuando me entrego a ti, soy un ser completo a tu lado.  Bebemos un sorbo más de nuestra tibia bebida y me dices con tu voz lo mismo que con tus ojos, nos ponemos de pie cínicamente y nos vamos sin despedirnos. Son los recuerdos de la noche en que abandonamos a nuestros amigos en aquel bar de blues.

De madrugada, sentados en una banca en plena calle, cuidando nuestras espaldas continuamos el ritual milenario que comenzamos minutos antes. Los besos se vuelven más rítmicos, el sabor a alcohol se ha ido y  la sabia de tu boca me sabe a felicidad; descansamos por momentos y apoyamos nuestras frentes una con la otra, sin mirarnos, sabiéndonos más cerca que nunca, experimentando por primera vez lo que creíamos haber hecho ya en muchas ocasiones. El clima se siente fresco sobre nuestros cuerpos vestidos, pero tenemos el alma desnuda. Te recuestas en mi hombro, dando la espalda, tomas mi mano y la pones en tu pecho, busco la frontera entre tu blusa y tu piel, y acompaño nuestros tactos con besos a ojos abiertos, cuidándonos, deseando que la calle continúe sola para nosotros dos. Ceso de tocarte, una pareja cuarentona con chamarras de cuero se ve desde la esquina y pasan a unos cuantos metros de nosotros con un caminar lento, abrazados, sin mirarnos. Bromeamos al respecto, nos burlamos de nosotros mismos por no tener suficiente dinero para una habitación. Es una de las noches más felices de mis recuerdos, la primera noche en la que nos atrevimos a amarnos también con el cuerpo.

Te susurro al oído que te amo, que te adoro y que llevo toda una vida enamorado de ti. Todo se envuelve en silencio de nuevo, toda mi conciencia se  transforma en palabras para decir, tantas y tan pocas a la vez, ninguna sale a  través de mi voz, dichas palabras recorren mis dedos al tocarte, al acariciar tu pecho y entre tus piernas; dejas escapar expresiones ininteligibles, me dices que me detenga, pero yo insisto con ternura, tus manos en mis muñecas dejan de estar tensas y me acompañan, cada vez más rumbo a la profundidad, agitado, encierro mis dedos debajo de tu vientre, debajo de tus ropas que me estorban  siento tu interior, con mucho cuidado, con cautela me adueño de la cálida humedad que desprendes; paso mi tacto  con suavidad, deliberadamente me apropio de ti, te reclamo para ejercer el amor,  me convierto en un ser unisensorial. Me dices de nuevo que me detenga, insistes, y lo hago; pones freno para ambos. Miramos la hora, un par de llamadas perdidas de nuestros amigos, no  importa en lo  más mínimo. Nos ponemos de pie, mi  orientación se ha visto afectada, he perdido la noción del aquí y el ahora. Por fin sé en donde estamos y  te acompaño a una avenida para tomar un taxi, caminamos juntos, con pasos firmes, pero con la mente claudicante; tantas cosas que deseamos experimentar, tantos deseos vehementes por consumir, pero no hay tiempo y no hay espacio, eso que le sobra a muchos que dejaron de amarse, hoy nos hace tanta falta a nosotros. Dejamos pasar varios coches, no queremos despedirnos, anhelamos estúpidamente que la madrugada se vuelva eternidad, estiramos los minutos lo más posible, cada beso se convierte en el penúltimo, en la despedida, en la promesa de vernos al día siguiente. La luz roja del semáforo nos juega una mala pasada, un coche se detiene, me miras y te despides con un abrazo y un último beso, una lluvia de sonrisas y un te amo al cerrar la portezuela. Te alejas con rapidez y yo me quedo en la acera viendo cómo te pierdes a la distancia, pero con la seguridad de que estaré a tu lado al día siguiente, con la certidumbre de verte toda la vida y de tenerte muchas noches.

Trazos (parte II)

Jonathan Alcalá

En abril de ese año, mi tío Ernesto bajó las escaleras  a duras penas, trabajosamente se puso a dibujar trazos en el comedor, era obvio que no podía montar la mesa él solo. Mi prima María Fernanda le rogaba que regresara a descansar a la cama, yo me sorprendí al verlo tan disminuido físicamente, era piel pegada a los huesos y tenía una barba descuidada que a la luz del sol se notaba más que a la luz de la lámpara melancólica de su cuarto.  El cáncer lo había engullido desde adentro, no era el mismo de  tres meses antes, el hombre de hierro que yo había visto siempre como ejemplo, era un guiñapo; mi garganta se anudó y los ojos se convirtieron en agua; de repente todos estaban ahí, alrededor de mi tío, silenciosos, siendo testigos de algo que no comprendían y que nunca admiraron como yo sí lo hice; él hacía como que no los veía, trazaba con grandilocuencia, como un prodigio de la geometría, dibujaba muchas rectas que al cruzarse unas con otras  creaban curvas, dibujos planos que tenían fondo. Fue majestuoso, fue un placer intenso que se cortó cuando dos de mis tías llegaron del mercado  y  gritaron al ver de pie a Ernesto, corrieron a todos los primos al patio y persuadieron al enfermo a regresar a su cama, de pronto, cuando yo creí que se negaría, su alma se resquebrajó como su cuerpo, comenzó a llorar como jamás creí que lo vería, aceptó ser ayudado y regresó a la cama con pasos lentos mientras sollozaba.

El día después del espectáculo que mi tío Ernesto nos ofreció en el comedor, murió. El alarido de mi tía Griselda fue el aviso para toda la casa, yo me quedé aturdido sobre mi cama, aún compartía el dormitorio con mi madre,  fue un domingo de ramos en el que las campanadas que llamaban a los fieles a misa, junto con los sollozos y los llantos de la familia, atiborraron el aire de la casa. Tardé mucho en levantarme, mi madre, se tapó la boca y me miró con sus ojos llenos de lágrimas desde su cama, “pobre Griselda”, musitó. Hizo a un lado las sábanas, se puso sus sandalias y salió con un sosiego no propio de ella, como si temiera encontrarse con lo demás. Yo me quedé helado,  cuando por fin salí al pasillo, el sol clareaba  y todos estaban fuera del dormitorio del tío Ernesto, mis primos, como siempre, se me habían adelantado, los que no lloraban, mantenían un gesto de incomprensión y solemnidad. ¿Qué derecho tenían ellos de llorarle? Yo no lo hacía, y era quien más le quería. No pude acercarme, a medio camino me volví hacia atrás, me acobardó el hecho de no saber qué hacer ni qué decir.

La semana santa y la pascua fueron más calladas que otros años, a mis primos se les prohibió hacer escándalo al jugar; a la hora de la comida los únicos sonidos eran el de las cucharas golpeando contra los platos y los sorbos de sopa y de agua con frutas. Fueron días en los que el aburrimiento y la tristeza se fusionaron. Yo extrañaba la rutina de meses pasados, de tiempos muertos en los que todos parecían ignorarme sólo a mí, pero ahora todos simulaban ignorarse unos a otros. Deseaba volver a la escuela lo más pronto posible y desprenderme de lo insoportable que se había vuelto estar en casa.

Una tarde, semanas después de la funesta pascua que nos agotó a todos, mi madre me sorprendió llorando sobre mi cama, se acercó y trató de consolarme con sus palabras inexpertas y sus caricias de mera compasión. Yo acababa de comprender que nunca más vería a mi tío Ernesto; que estúpido fui al no entender que su voz, su presencia y su trazar se habían ido para siempre, me angustió sobre manera la posibilidad de poder olvidarlo todo, me pregunté si sus instrumentos estaban todavía en su cuarto y por el destino sus dibujos anteriores. No creí que mi tía Griselda fuera capaz de botarlos así nada más, así que me esperanzó la idea de que en algún momento pudiera yo apoderarme de esas cosas.

Pasó el tiempo y día a día postergaba mi decisión de pedir a mi tía las cosas de su hijo, y es que es complicado algo semejante, en más de una ocasión estuve a punto de abrir la boca frente a ella, pero al ver sus ojos de cristal opacado por el duelo que se haría permanente, ninguna expresión coherente brotaba de mí,  qué decirle, cómo justificar el acto atrevido de mancillar las pertenencias de su único hijo. Los días se convirtieron en años en un abrir y cerrar de ojos, mi madre rompió la tradición del resto de las hermanas y se casó por segunda vez. Yo ni enterado estaba de la situación de su noviazgo con un compañero de trabajo, sujeto al que conocí y noté amabilísimo en los funerales del tío Ernesto,  creí inverosímil lo que sucedía hasta el día que hubo que hacer las maletas para cambiar de residencia.

Por lo menos una vez al mes visitábamos “La casa de las dejadas”; la justificación eran las fiestas de tradición, los aniversarios luctuosos, los cumpleaños y la presunción de mi madre para con el resto de las hermanas que de apoco se iban marchitando notoriamente a cada visita. Yo continuaba callado y un tanto aislado de mis primos, aislado de padre, aislado de todo, salvo de los trazos que seguían en mi mente; empezaba a imitar a mi tío cuando estaba en la tranquilidad que  ofrece la soledad de una habitación para uno mismo. Cerraba los ojos y traía de vuelta a mi mente las mañanas de sol cuando él expresaba su habilidad como un simple pasatiempo. Me hice amigo de los lápices, las escuadras y de los pliegos de papel, pero yo sí usaba la goma de manera constante. Obseso por la perfección fui a dar a la facultad de matemáticas, encontré una razón de ser ahí, una pasión desbordante que no encontró desperdició. Di rienda suelta a mis impulsos intelectuales y traté de explicarme a mí mismo el orden caótico y amorfo de universo.  Cada clase, cada paradigma, cada tratado, teoría y axioma implicaba una pieza menos el rompecabezas del todo que se volvía más inmenso. Me sumergí y encontré respuestas a medida que me perdía para todos los demás.

Pasaron años después de la partida de mi tío, para que una vez más alguien de la familia sucumbiera ante la muerte. Mi tía Griselda abandonó su luto el día que sus hermanas la vistieron de perla para colocar su cuerpo en el ataúd de cedro que halló su lugar en el mismo sitio del segundo patio de la casa familiar. Parecía que los miembros de la familia morían de tristeza, salvo mi tío. Al noveno día de rezos, mientras todos bebían chocolate o café, yo dejé la taza intacta y abandoné el patio diciendo nada. No tuve que hacerme el disimulado, puesto que yo seguía siendo una sombra para todos. Al subir las escaleras me encontré con las mismas sombras y la oscuridad de los pasillos. Entré al cuarto de mi tía Griselda, cerré la puerta  tras de mí y comencé a buscar las cosas de su hijo, trataba de hallar el material que me transportaría a los sueños inmateriales de mi cabeza. No me fue complicado encontrarlas, debajo de la cama había un pesado baúl que olía a recuerdos y a polvo de varios años; ahí estaba todo, saqué con delicadeza cada cosa mientras mi admiración y felicidad se anclaban en mis ojos y mi sonrisa. Lloré, lloré como nunca, vi los trazos que había hecho él, aquellos triángulos con sus rectas e intersecciones, triángulos congruentes con otros triángulos; ángulos alfa, beta y gama; teoremas, apotemas, áreas, perímetros y volúmenes. Todo estaba allí, mi vida entera se encontraban en ellos, mi pasión y mis recuerdos. La espera había terminado, la paciencia bien había valido la pena, me sentí más cerca que nunca de mi tío Ernesto. Fue un día glorioso, fue un día que había esperado muchos años, fue un día feliz.

 

Trazos (parte I)

Jonathan Alcalá

Mi tío Ernesto, que en realidad era mi primo, tenía una costumbre peculiar, se divertía haciendo trazos sobre pliegos de opalina, siempre el mismo tono de papel y el mismo gramaje; todo el tiempo usaba un lápiz con la punta afilada, una goma para borrar, un sacapuntas metálico y un juego de geometría. El tío Ernesto era el hijo mayor de mi tía Griselda, que a su vez era la hija mayor de mi abuela Lucila. Por mi parte, soy el hijo menor de Esperanza, la última de siete hermanas. Decía mi abuela que por eso murió el abuelo, de desánimo porque jamás engendró un varón que diera continuidad a su apellido, crió y alimentó “artículos para caballero”, decía en tono de amarga broma para sí mismo.

            Las siete hermanas salieron de casa para casarse con vestido blanco, sin embargo, el áspero carácter heredado del abuelo y la absurda y en ocasiones natural atracción de las mujeres hacia los hombres menos aptos para la vida en pareja, las llevó a terminar con sus matrimonios antes de cumplir los treinta. De manera afortunada, el abuelo no sólo les heredó el carácter, sino también una enorme casa construida con todos y cada uno de los centavos obtenidos en el remate de sus tierras que estaban en el norte de país, lugar donde se construyó una presa hidroeléctrica. A pesar de malbaratar los terrenos fértiles de tierra oscura, el dinero ahorrado de las bastas cosechas de años dorados fue suficiente para que la familia llevara una vida tranquila en la enorme finca de veinte habitaciones y dos patios. En “la casa de las dejadas”, como la llaman los vecinos, las cosas se complicaron cuando el abuelo murió llevándose  con él las últimas monedas de la pequeña fortuna, a los dos meses, la abuela partió también, era de esperarse, ya que después de sepultar al abuelo, ella perdió el habla y se quedó en cama dejándose morir.  Sus hijas mayores se pusieron a trabajar y sacaron adelante al resto  de sus hermanas, así como los gastos y todo lo que conlleva sostener una enorme responsabilidad como la casa misma.  Yo no tuve el gusto de conocer al abuelo, a papá Jacinto, como todos le llaman, pero mi madre y mis tías se han encargado de crear una precisa imagen de macho resignado a vivir en una casa de mujeres. Tampoco conocí a la abuela, pero de ella me hablan poco, una mujer sometida a tener hijas  y atender al marido.

Recuerdo que yo me entretenía muchos minutos revisando el mar de fotografías familiares que estaban regadas en toda la casa; fotografías donde el abuelo siempre aparecía con su cara de molestia y su tupido bigote de hombre de campo, las siete hijas en distintas etapas de su niñez, y la abuela con su sonrisa falsa.

            Ernesto, mi tío, fue la alegría de los últimos años de papá Jacinto, un hombrecito nacido de su hija  mayor y la más bella,  la primera en dar los primeros disgustos de adolescente, la primera en ver al novio a través de los barrotes de las enormes ventanas que dan a la calle; la hermana que instruyó al resto en las complicaciones y los gozos de haber nacido hembra. Mi tía Griselda, me contó mi madre, se casó con un hombre lleno de virtud en apariencia, un ingeniero de buena familia y mejor trato, que se ganó el corazón de todos e incluso el del renuente abuelo. Nunca he comprendido el extraño talento de vivir con una máscara de toda perfección en el período de cortejo, que después es brutalmente pisoteada en la vida de matrimonio. El extraordinario ingeniero resultó ser un ordinario ebrio y mujeriego; mi tía  Griselda toleró algunos años el suplicio acostumbrado de muchos matrimonios. Cuentan que mi abuelo  envejeció muchos años cuando acogió de nuevo en casa a su hija y a Ernesto, no porque  le pesara tenerlos cerca de sí, sino tal vez porque tal vez presentía que aquello se convertiría en una tradición familiar. El resto de mis tías, y también mi madre, salieron de la casa llena de ilusiones, y regresaron con hijos y decepciones, así que la casa se convirtió en un festival permanente de niños corriendo por todas partes. La hora del desayuno, el almuerzo y la cena eran eternos, todo terminaba con una montaña de platos sucios, ollas de guisos vacías, envases de leche terminados y restos de pan por toda la mesa.

            Pero me he desviado un poco del tema,  cómo no hacerlo cuando se tiene una infancia semejante. En fin, el tío Ernesto, los días que no trabajaba, montaba una mesa en medio del patio, corría a los chiquillos a gritos amenazadores y de autoridad, traía sus materiales y comenzaba con su original afición.  A pesar de que todos mis primos jugaban en el segundo patio, yo me quedaba con él; nunca me pidió que me fuese ni mucho menos, al principio hacía todo como si yo fuese invisible, después, de apoco me explicaba algunas cosas.  Lo primero que hacía, era sacar el compás de precisión y apoyaba la punta en medio del papel; trazaba un círculo perfecto, después, con el entrecejo fruncido cambiaba la apertura del instrumento y dibujaba con paciencia tres líneas que cortaban la circunferencia a la misma distancia, seguido de ello tomaba la regla y unía las intersecciones, de manera fantástica aparecía frente a mis ojos un triángulo con sus tres lados iguales. La goma permaneció nueva todo el tiempo, tal vez el hecho de llevarla a la mesa era el simple accionar de la disciplina. Lo que después hacía mi tío Ernesto al terminar el triángulo, eran cosas que estaban más allá de mi comprensión y que mi memoria ha dejado en un rincón muy oscuro. No siempre eran figuras geométricas de tres lados, en otras ocasiones eran de cuatro, de cinco, de ocho lados, qué sé yo.

A estas alturas de mi vida logro comprender mi fascinación por todas esas cosas, y  no sólo lo que tiene que ver con los trazos de mi tío Ernesto, sino también con la magia de su persona. Le echo mucho de menos.  Mis evocaciones son gratas en sobremanera, de niño, siempre tuve la seguridad de querer ser semejante a él, además, de alguna manera era una figura paterna que llenaba los huecos vacíos de semanas completas, huecos que no se llenaban con dos sábados y domingos al mes en parques, salas de cine, jugueterías, centros comerciales y largos silencios en el coche de vuelta a casa. La muerte de mi tío fue muy callada. Todo comenzó con el regreso de una consulta con el médico hace veinte años, un mediodía frío y gris de febrero, con el sol detrás de las nubes que semejaba un círculo de cobalto. Estábamos almorzando, como siempre, a las dos en punto, recuerdo a la perfección que yo bebía canela caliente con leche que le supliqué a mi madre que me sirviera aunque no fuese una bebida adecuada para dicha hora. Cuando llegaron, madre e hijo apenas y se asomaron al comedor, mi tía Griselda apresuró el paso a su recámara, claramente vi que llevaba un llanto incontenible al caminar; mi madre, mi tía Pilar y mi tía Paulina, que eran las que trabajaban medio turno y se encargaban de cuidar al ejército de niños toda la semana, pusieron rostro de espanto. Ernesto, mi tío, dijo un par de palabras que provocaron un eco que aún está por toda la casa, “es cáncer”. La dinámica familiar cambió por completo. Por muchas noches las hermanas se reunían en el estudio a platicar, llorar y discutir, mis primos mayores se quedaban cerca y trataban de escuchar todo y comunicarlo al resto, menos a Enrique, a Azucena y a mí, por ser los menores. Como no lograba enterarme de nada estando detrás de todos mis primos y primas, y porque nunca me gustó entrar a empujones o rogarles que me tomaran en cuenta, me iba y dejaba a todos atrás, caminaba sigiloso hacia las escaleras, caminaba asustado por la oscuridad mientras observaba las caprichosas sombras de las macetas que se proyectaban con la luz del cielo nocturno. Me asomaba con cuidado a la habitación de mi tío Ernesto, lo veía despierto, muy rara vez estaba dormido. Parece mentira que en esos días se hubiera convertido en rutina lo anterior, durante semanas, no sé cuantas, pero cuando se repite una actividad durante algún tiempo, parece que la vida siempre ha sido así. Las veces que mi tío no estaba dormido, le veía acostado con un par de almohadas debajo de su cabeza para estar alto, las piernas rectas con la sábana blanca cubriéndolo hasta la cintura y los brazos descubiertos a los costados. Pensativo, en completo silencio, con la luz tenue que acariciaba todo a su alrededor; me sorprendía mirándolo y me invitaba  a pasar. Era el único en la casa que me tomaba en serio, me platicó de su novia Claudia, y de que no pudo seguir con el trabajo, jamás mencionó que estaba enfermo, de vez en cuando hacía muecas de dolor cuando intentaba ponerse más cómodo.

Camas grandes.

Jonathan Alcalá

Jamás pensé que comprar una enorme cama sería una decisión tan inútil; es natural que uno termine comprando lo que los demás nos dicen,  pasamos el tiempo creyendo tomar decisiones que no tomamos. Pero de todas aquellas cosas que hemos comprado desde que tenemos una vida juntos mi esposa y yo, la que más inútil me parece, y lo repito constantemente, es una enorme cama. No hice caso de nuestras costumbres de novios, y es que cuando comenzamos a dormir juntos, en aquellas escapadas de pretextos que nos parecían creíbles por lo menos a nosotros mismos, hacíamos el amor y dormíamos abrazados apenas en un espacio de cama. Envueltos en sábanas blancas y pensamientos indecibles que salían de nuestras mentes para condensarse en el techo y caer sobre nuestras bocas.

            Todo el tiempo, cada que nos acostamos, yo le pido a ella que ponga su cabeza sobre mi brazo, ya sea dándome la espalda o de frente, no hay otra manera de hacerlo; aunque en realidad una vez que tratamos conciliar el sueño, es definitivo, ella debe darme la espalda, ya que con su boca cerca de la mía, habría que estar loco para no llenarla de besos. Resulta cansado después de unas horas el tener el peso de su cabeza sobre mi brazo, entonces yo me muevo un poco y ella entiende entre sueños; se aleja una nada, apenas unos centímetros, ignoro por completo cuanto tiempo pasa, pero de repente, ese magnetismo inagotable de nuestros cuerpos desnudos hace que ella o yo nos abracemos de nuevo. Yo padezco de un sueño ligero, toda la noche despierto, pero cuando duermo con ella el sueño es mucho más liviano; será que me ganan las ansias de acariciarla, de ver su hermoso rostro detrás de sus rizos negros; ella insiste en recogerse el cabello, pero yo le suplico que se lo deje suelto, entonces cede, como cedo yo ante sus súplicas también; en nuestro amor no hay democracia, ambos dictamos y obedecemos, sin cuestionamientos, obsesionados por el placer mutuo; por el bienestar ajeno, que no es otra cosa que el de uno mismo, sin llevar cuentas de favores, orgasmos y caprichos cumplidos, no regateamos, no hay balanzas en nuestra concepción del amor.

        A veces me he quedado eternidades escuchando el compás de su respiro, entrelazo nuestros dedos y doy besos suaves sobre su piel; cualquier parte de su cuerpo me produce sensaciones maravillosas, mis manos son erráticas cuando están encima de ella, se mueven de un lado a otro, de extremo a extremo, y cuando llego a un punto en donde mi tacto consume todas mis ganas de tener su cuerpo, entonces comienzo a extrañar otra parte de sí. Sé lo que viene cuando se eriza su piel, cuando se encoje de hombros y me sonríe, me ve con sus ojos castaños, esos ojos bonitos, superlativos y cauteloso, repletos de ella misma, más grandes que mi vida entera, cósmicos, terrenales, insaciables, porque todo yo me licúo y caigo gota a gota en sus pupilas, pero de inmediato renazco en su boca, en la saliva que nunca apaga mi sed, pero que la prefiero mil veces antes que el agua, porque sus besos alimentan más que a mi cuerpo, alimentan mis esperanzas todas, mis ganas de vivir y sentir.

         Cientos de horas de sueño hemos echado por la ventana para amarnos de madrugada, no hay desperdicio, al día siguiente el cuerpo reclama, pero el alma hace como que no oye, todo se mueve a un segundo término cuando de amor se trata; los problemas se ven sencillos, las preocupaciones dejan de preocuparnos; el clima, cualquiera que se presente, es clima ideal para nosotros, y la cama, se hace enorme mientras entrelazamos nuestros cuerpos, un diminuto pedazo del universo que se convierte en el mejor lugar para estar. Entonces a partir de esa sapiencia, yo le digo a mis amigos: cuando se casen, no elijan camas enormes, así, aunque su amor se esfume con el paso del tiempo, por lo menos van a estar cerca al dormir, y si ya no se acarician de día, ojalá que sí lo hagan de noche,  poco importa si es por accidente,  y que sea visto, como un  efímero homenaje al amor que se tuvieron, pero más que nada, como un ahorro de espacio y  por qué no, también de algunas monedas.

Amigos.

Jonathan Alcalá

Querido Ricardo:

            Te escribo con la angustia que ha provocado un sueño que tuve hace un par de noches. Quiero confesarte que dudé en contarte, ya que no deseo interrumpir la paz que tienes en estos momentos, sin embargo, al escribirte espero encontrar alivio a la tristeza que me ha dejado dicha experiencia. Te darás cuenta de que esta modesta carta la escribo para mí mismo, ya que creo que difícilmente podrás leerla, pero de ser así, te estaré eternamente agradecido.

            ¿Recuerdas la última invitación que me hiciste  para asistir juntos a una reunión? Te puedo asegurar que mi respuesta no fue un desaire, de hecho, estuve esperando tu llamada esa noche pero llegó demasiado tarde, es por eso que preferí  descansar y dejar para otro momento nuestra habitual celebración de cada semana. Me hiciste prometer que nos veríamos al día siguiente y yo me acosté con la firme idea de que así iba a ser. Respondí con la tibieza que nos da la falsa seguridad de que nada ni nadie se interpone en la voluntad de algo tan simple como una reunión entre dos amigos. Jamás pasó por mi mente la posibilidad de que mi inasistencia podría cambiar el rumbo de las cosas, hasta ahora no había dejado de cavilar en el mar de posibilidades al haber dicho que sí en ese momento y salir de casa.

            En estos días he pensado con detenimiento en nuestra amistad, rescatando los mejores momentos, como aquel viaje que hicimos a la costa junto con tu hermano para que pudieras ver a Raquel a escondidas;  la mujer que querías y por quien te metiste en líos que pudieron costarte la vida, pero ¿quién no se mete en líos cuando se enamora tan intensa y ciegamente? Yo mismo conté con tu apoyo en ocasiones en las cuales el amor nubló mi entendimiento y  pasé por malos momentos.

No es mi intención hacer una lista de nuestras vivencias, ni pretendo conmoverte con mis memorias, sólo quiero expresarte lo especial que ha sido nuestra relación y que a pesar de que hace ya algunos años que no estás aquí, sigues presente de muchas maneras. Te extraño, porque creo que una verdadera amistad es para mucho tiempo, sin importar que la distancia, los malos entendidos, las disputas e incluso la muerte se atraviesen en el camino. Dos personas que logran construir un nexo tan profundo, sincero y desinteresado, probablemente estén unidas por un vínculo tan duradero como la eternidad.

Sobre el sueño que tuve, fue tan real como si viviera por segunda vez un acontecimiento. Soñé que apenas unas horas después de haber hablado contigo me llamaron para avisarme sobre tu muerte, me dijeron que habías tenido un accidente y tu vida se perdió de forma inmediata. Cuando el teléfono suena de madrugada nunca esperas una buena noticia. Sentí una terrible punzada en el estómago, un dolor que pocas veces se experimenta y una serie de sensaciones que me son difíciles de describir. Incredulidad, no creía y no quería creer que te habías ido así nada más, que la persona que había estado a mi lado durante tantos años se fue de una forma tan absurda e inmediata. Mis ojos se llenaron de lágrimas y me sumergí en un llanto tan amargo que cuando desperté mis mejillas todavía estaban húmedas.

Vivir nuevamente la noticia de tu partida me ha hecho reflexionar sobre la manera en la que he lidiado con tu ausencia física. Durante años me he negado a aceptar la realidad, te he insultado y odiado por tu imprudencia y tu falta de serenidad. Probablemente no lo sepas, pero cuando tu cuerpo todavía estaba en el velatorio tu padre me reclamó el no haber ido contigo esa noche; hubiese preferido verlo molesto, pero no fue así, vi en los ojos una tristeza que me sigue calando en el alma. Y tu madre, qué pena me dio ella; tú que fuiste siempre su apoyo, su primogénito, el hijo más comprensivo, cariñoso y lleno de virtudes. No puedo imaginar lo que sintió y sigue sintiendo. ¿Te das cuenta de lo que provocaste? Dejaste un insondable pesar en muchas personas, nos privaste de tu compañía, tu alegría y hasta de tus embrollos. Pero no escribo para hacerte reproches, quiero dejar de hacerlos;  te escribo para decirte que te perdono y me perdono a mí mismo. No fue culpa mía tu muerte y probablemente tampoco fue tuya, nunca sabré con exactitud qué sucedió. Me he hecho a la idea de continuar con el dolor, más no con el tormento de la culpa, el primero es inevitable porque te quiero, el segundo, es simplemente una necedad.

Pienso que navegamos en un mar de casualidades y causalidades, y en ocasiones nos dejamos llevar por las mareas, soltamos el mando de nuestro navío y perdemos el control. Pienso que a pesar de que somos seres diminutos en comparación con la inmensidad de las cosas, es un engaño el creer que no podemos controlar el destino, debemos asumirnos como seres capaces de subsistir cuando lo materia caiga a pedazos y se pudra. Es por eso que siento que nuestra amistad perdurará y que seguirás manifestándote de diversas formas. Tus palabras se escucharán a través de mi voz y de quienes te extrañamos. Te prometo que tu recuerdo permanecerá intacto, que no te guardo rencor y que el olvido jamás podrá carcomer la evocación de tu persona.

            Me despido con un hasta pronto, amigo, y te pido nuevamente que me disculpes, no por no haber estado contigo esa noche de noviembre, ni por reprochar tus actos, sino por creer que yo pude haber hecho algo al respecto. Tú y sólo tú tomaste decisiones que te llevaron a la hora y al lugar donde ocurrieron las cosas. Espero sigas en paz y que sigamos siendo leales el uno al otro.

Recuerdos.

Jonathan Alcalá

 Algunas veces por las noches imagino abrazarla, mi aliento envolviendo su nuca, respirando su perfume y siendo arrullado por un murmullo de amores. En pocos meses que estuve con ella tuve suficiente para toda una vida de recuerdos. Parece que las cosas y los lugares se impregnan de las personas y los momentos. La recuerdo todos los días, la pienso muy seguido, escudriño mi mente para encontrar algo que no tenga presente en mi memoria inmediata; he armado una colección de momentos en el archivero de mi cabeza; pero también he pensado en el olvido, creyendo que es mejor para ambos, soltarla y dejarla ir para siempre, sin embargo, de repente se vuelve una opción no viable, ya que mi vida, es decir, las canciones que escucho, mis dibujos y los primeros libros que leí, la tienen grabada; incluso con las cosas nuevas me las arreglo para que tengan que ver con sus ojos. Me digo en silencio lo que puede o no gustarle del presente.

   Hay pedazos de ambiciones e ilusiones regados por mi cuarto, empolvados como el caballete y los pinceles del rincón, olvidados como el frío café que dejé por la mañana y el pan enmohecido en el cesto de la basura. En ocasiones, un hedor a tristeza se queda por varios días, uno se acostumbra a ello, también a la ropa desordenada y al silencio de las paredes. Desearía tener una fotografía, nunca nos tomamos una juntos, la única evidencia de lo nuestro son algunos regalos modestos, las cicatrices del alma y las mismas pláticas con los amigos. Hay años de mi vida que pasaron sin que los percibiera, porque es posible existir siendo arrastrado por lo cotidiano, como un autómata aferrado al enamoramiento perpetuo de un ser que al parecer sólo vive en mi memoria.

   Mis hermanos, todos mayores que yo, se han ido de la casa desde hace tiempo y mi padre ha muerto. En la casa vivimos: mi madre, sus plantas, un gato al que nunca se me ocurrió ponerle nombre y yo. La idea de irme es constante, pero con la casa pasó lo mismo que con el barrio, uno dice odiarlo, anhela huir, pero permaneces tanto tiempo que no puedes apartarte de él por un motivo desconocido. A veces creo que la única diferencia al vivir solo es que ya no tendría que pagar habitaciones de motel las noches de suerte, los pocos momentos en los que me siento con una pizca de carisma, noches en las que encuentro una mujer para compartir la soledad en una cama. Tres décadas enclaustrado en la misma calle me ha atado a ella, ni siquiera el constante cambio de las cosas ha podido liberarme del constante pensar de un amor de hace años.

   Caminar al trabajo es rutina, me resulta menos fastidioso lidiar conmigo mismo que con el transporte, además, nunca aprendí a andar en bicicleta ni a estacionar el automóvil. Cuarenta minutos a pie valen la pena, mantener un cuerpo saludable con un corazón enfermo que de apoco consume todo lo demás. Camino diez minutos sobre callejuelas descuidadas en donde se asoma la pobreza todo el tiempo, casas con fachadas descoloridas y basura en todas partes. Cruzando la avenida parece ser un mundo diferente de calles limpias, librerías, árboles y cafeterías, la miseria no está en las fachadas en este lado de la ciudad, pero sigue en mí; sobre todo al pasar por el café donde tuvimos nuestra primera cita, una terraza con muebles de madera sin pintar y una botella vacía de vino tinto como florero con un clavel rojo, siempre fresco. Todo el tiempo paso por ahí, una que otra vez sonrío al verlo de reojo, otras lo examino con la mirada, nada ha cambiado, en los días tristes me hacen odiarlo al hacerme preguntas que no tienen respuesta y suposiciones que me carcomen por dentro.

   La vida tiene momentos maravillosos, placeres simples y complicados; beber una cerveza con los amigos y escuchar conversaciones interesantes, combina ambos; también es maravilloso ver una película o un partido de fútbol, extasiarme con imágenes de pinturas que tal vez nunca llegue a ver de cerca, comer, reír por cualquier tontería, conversar de problemas que no tienen solución, jugar con los sobrinos, ver a una mujer guapa por la calle, tratar de entender sistemas indefinibles, historias que cambian con el paso del tiempo, hacer una lista de libros por leer, escuchar una canción, hacer voz de idiota al acariciar al gato sin nombre, oler el perfume que me gusta, hacer el amor, mojarse los pies con el mar, conversar, recordar vivencias, y un enorme etcétera; pero a veces se enredan tanto las ideas que ya no sé cuál es el placer simple y cuál el complicado; y de todas las cosas que podría enlistar, hay una que permanece siempre como un recuerdo que me llena de dicha, la primera vez que la vi, desde ese momento supe que iba a sufrir por su amor, fue un pacto conmigo mismo, un contrato silencioso que se firmó cuando ambos nos sonreímos.

   Es posible que mis palabras denoten melancolía y frustración, pero vivo una vida aceptable, ya lo dije, tengo momentos maravillosos, y no negando ser un hombre melancólico y frustrado he querido a otras mujeres; me he equivocado dos veces creyendo que son el nuevo amor de mi vida, otras, han estado ahí, incondicionales, pero me he comportado como un cretino; más de una vez las engañé, las besé con los ojos más que cerrados, imaginando que fueran otra, que fueran ella; estando en sus camas he soñado despierto, la he acariciado sin que se diera cuenta, he puesto mis manos y satisfecho mi deseo en una piel que no es la suya. He formulado una teoría para consolarme, para no pensar en mi supuesto infortunio: la justicia no existe, es un concepto inventado para atormentarnos, buscar equilibrio en donde no lo hay. Pensando de esa manera puedo desatender la desesperación que me provoca no tener lo que creo merecer. El sentido azaroso de la vida hace pensar que siempre nos tiene reservado lo mejor para otro momento, yo sigo en espera. Vivo con la ilusión de encontrarla de nuevo, por un maravilloso accidente, pero quisiera que me viera mejor de lo que estoy ahora, esa estúpida idea de un arrepentimiento suyo. Por ello puede ser que también paso por aquel café los días que no voy a trabajar, esperando verla. He invitado a otras mujeres al mismo lugar, sobre todo a las más bellas, para que si llegara a pasar, se diera cuenta de que no ha sido la única. He vuelto a ese café durante años, qué más da si acompañado de una persona o de un libro, generalmente lo hago siempre con la misma intención, pretender ser interesante y encontrarla de nuevo, sentado, con la mirada gacha, respirando una atmósfera de ilusiones, disolviendo azúcar en mi café con recuerdos.

Cómo cocinar un corazón

Jonathan Alcalá

Cómo cocinar un corazón (porción individual).

Antes que todo, es recomendable elegir un corazón de unos veinte a  cuarenta años de edad; es prácticamente imposible encontrar alguno que no se haya roto, sin embargo, eso le proporciona un sabor especial. Una vez que se tiene la víscera, se lava con agua fría para retirar sangre, nervios y rencores; hay ocasiones en los que se encuentran una especie de nudos, se trata de infartos, no es recomendable continuar así, ya que da la sensación de presión en el pecho y el sabor que deja en la boca es a hierro. El proceso de limpieza también elimina las alegrías, pero es preferible, ya que cocinaremos un platillo salado en esta ocasión. El músculo cardíaco tiene una textura más rígida que el esquelético, aunque la forma de cocinarse es semejante; su color puede variar del rosa al rojo, una apariencia no saludable se percibe por sentido común, un corazón marchito se nota a leguas.

Después de haberlo limpiado, colocaremos el corazón en una olla de presión y lo dejaremos ahí durante treinta minutos, previo a ello, se adiciona un diente de ajo, un equivalente de cebolla, sal y dos o tres frases de amor; se debe tener especial cuidado en ello y no elegir frases de desamor, eso endurecería un poco el tejido y requeriría más tiempo de cocción. Si no se cuenta con una olla de presión, se puede usar una convencional, pero durante cuarenta y cinco minutos, no menos.

Una vez cocido el corazón es posible retirar la grasa con mayor facilidad que cuando estaba vivo, se cortan delgados filetes con mucho cuidado y cariño, como si se tratara del amor de su vida antes de la ruptura tormentosa e inevitable. Prepare un sartén con un recuerdo de la infancia, mantequilla y cebolla picada de manera muy fina; a fuego lento cocine los filetes al gusto, con sal y pimienta. Podemos acompañar nuestro delicioso platillo con una guarnición de ensalada de espinacas, tomate, arándanos secos y queso parmesano. Para beber, nada podría ser mejor que una copa de vino tinto, todos los males y las dichas que tienen que ver con el corazón se disfrutan mejor con alcohol.

Para comer lo que acabamos de cocinar con la pericia de los mejores, es necesario vestir de manera apropiada; el vestido de coctel en las damas, así como el clavel en la solapa y los zapatos lustrados para los caballeros, son parte de la experiencia, tan importantes como el ajo y la mantequilla. Al cortar el primer trozo y llevarlo a su boca, rodará una lágrima por  su mejilla izquierda, no se preocupe, al enjugarla, parte de lo que le queda de humano se irá con ella.