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Equivocación metafísica; una meditación de Karen Armstrong sobre mythos, logos y religión

Jonathan Alcalá

Después de una larga ausencia (la ausencia siempre es prolongada cuando amamos algo), en esta ocasión cedo mi espacio a un texto traducido por F. Mifune.

Equivocación metafísica; una meditación de Karen Armstrong sobre mythos, logos y religión

El extraordinario y excéntrico énfasis actual en las “creencias” de la cristiandad es efecto de un accidente de la historia que ha distorsionado nuestra comprensión de las verdades de la religión. Llamamos a la gente religiosa “creyentes”, como pensando que el aceptar un conjunto de doctrinas fuera su principal actividad, y antes de comprometerse con la vida religiosa, muchos se sienten obligados a satisfacerse a sí mismos con las afirmaciones metafísicas de la iglesia, mismas que no pueden ser probadas racionalmente porque se encuentran más allá del alcance de cualquier dato empírico.

La mayoría de las otras tradiciones premia la práctica por encima de la ortodoxia del credo: budistas, hinduistas, confucianistas, judíos y musulmanes dirían que la religión es algo que tú haces, y que no puedes entender las verdades de la fe hasta que estás comprometido con un modo de vida transformador que te lleve más allá del lente del egoísmo. Todas las enseñanzas de las religiones de Dios —incluyendo las doctrinas cristianas de la Trinidad o la encarnación— básicamente son invocaciones a la acción. Pero en lugar de ser educados a actuar sobre ellas de manera creativa, muchos cristianos modernos sienten que es más importante “creer” en ellas. ¿Por qué?

En la mayoría de las culturas premodernas había dos modos reconocidos para alcanzar la verdad. Los griegos los llamaban mythos y logos. Ambos eran cruciales y cada uno tenía su particular esfera de competencia. El logos (traducido como “razón” y “ciencia”) fue el modo pragmático de pensar que nos permitía controlar nuestro ambiente y funciones en el mundo. Por lo tanto, el logos tenía que corresponder exactamente con las realidades externas. Pero el logos no podía calmar el dolor humano ni decirle a la gente de manera íntima que sus vidas tienen sentido. Por tal motivo, los griegos se volcaron al mythos, una forma temprana de psicología, con el que trataban los aspectos más elusivos de la experiencia humana.

Las historias de héroes descendiendo al inframundo no fueron consideradas principalmente como hechos “reales”, sino porque enseñaban a la gente cómo negociar con las oscuras regiones de la psique. En ese sentido, el propósito del mytho de la creación fue terapéutico; antes del periodo moderno, ninguna persona sensata pensó jamás dar cuenta exacta de los orígenes de la vida. Una cosmología era recitada sólo en tiempos de crisis o enfermedad, cuando la gente necesitaba un influjo simbólico de energía creativa que les trajera algo desde la misma nada. Así, el mytho del Génesis, sutil polémica contra la religión de Babilonia, fue un bálsamo para los espíritus lastimados de los israelitas que habían sido derrotados y deportados por las armas de Nabucodonosor durante el siglo VI a.C. No se le solicitaba a nadie que “creyera” en el mytho; como la mayoría de la gente, los israelitas tenían otro tanto de historias mutuamente excluyentes de la creación, y hasta el siglo XVI, los judíos no creían nada sobre inventar un nuevo mito de la creación que no guardara relación con el Génesis, excepto aquél que hablara más directamente de sus trágicas circunstancias del momento.

Después de todo, el mytho era un programa de acción. Cuando una narración mítica era simbólicamente reinterpretada, ello traía a la luz, junto con el interpretador, algo “verdadero” acerca de la vida humana y del modo en que la humanidad funciona, incluso si esta manera de ver, así como en el arte, no puede ser probada racionalmente. Si tú no has actuado sobre el mytho, éste permanecerá incomprensible y abstracto —como las reglas de un juego de mesa, que parecen imposibles, complejas, aburridas y sin sentido hasta que comienzas a jugar.

La verdad de la religión es, por lo tanto, una especie de conocimiento práctico. Como nadar, no aprendemos a hacerlo en abstracto, tenemos que arrojarnos en la alberca y adquirir la experiencia a través de la práctica esmerada. Las doctrinas de la religión son producto de observancias rituales y éticas, y no tienen sentido hasta que son acompañados por ejercicios espirituales tales como el yoga, el rezo, la liturgia y un modo de vida constantemente compasivo. La práctica experta en estas disciplinas puede llevarnos a un conocimiento íntimo de una trascendencia que podemos llamar Dios, Nirvana, Brahman o Dao. Sin esa práctica constante, estas palabras permanecen incoherentes, increíbles e incluso absurdas.

Pero durante el periodo moderno, el logos cientificista llegó a ser tan exitoso que el mytho fue desacreditado, el logos del racionalismo científico se volvió el único camino válido para alcanzar la verdad, y Newton y Descartes afirmaron que era posible probar la existencia de Dios. Algunos viejos teólogos judíos, cristianos y musulmanes rechazaron vigorosamente estas afirmaciones. Pero los cristianos aceptaron esta teología científica, y algunos se embarcaron en la predestinada aventura de transformar la fe de sus mythos en logos.

Fue durante el siglo XVII cuando la concepción occidental de la verdad se volvió algo más conceptual y la palabra “creencia” cambió su significado. Antes, bileve [origen del término anglosajón belief-creencia] significaba “amor, lealtad, compromiso”. Estaba relacionado con el latín libido [amor], y era usado en la Biblia del Rey Juan para traducir el griego pistis (“verdad, confianza, involucramiento”). Por ello, en demanda de pistis, Jesús solicitaba compromiso, no credulidad: la gente debía darlo todo a los pobres, siguiéndolo a él hasta el fin, y comprometiéndose totalmente con el reino de Dios.

Sin embargo, en el siglo XVII, los filósofos y los científicos comenzaron a usar la palabra “creencia” para señalar el asentimiento intelectual de una proposición más o menos dudosa. Y nosotros usualmente asumimos que lo “moderno” significa “superior”, y mientras esto sea así gracias a la ciencia y la tecnología, toda idea sobre la religión permanecerá velada para nosotros. En el pasado, la gente entendía que era imprudente confundir mythos con logos, pero hoy nosotros leemos los mythoi de las Escrituras con un literalismo sin precedentes, y junto con nuestras “ciencias de la creación” tenemos mala ciencia y religión inepta. La pregunta es: ¿cómo podemos liberarnos nosotros mismos de nuestro callejón sin salida religioso en el que entramos hace 300 años?

Texto original:

https://www.theguardian.com/commentisfree/belief/2009/jul/12/religion-christianity-belief-science