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Oscar.

Jonathan Alcalá

En el verano del año dos mil yo tenía dieciséis años y cursaba segundo semestre de bachillerato. Estaba en una modesta escuela privada, ya que no aprobé el examen de admisión de una universidad pública. A pesar de que es inútil pensar en el pasado imaginando cambiar un hecho para fantasear con las infinitas posibilidades del presente, es algo que hacemos a menudo; el fracaso de mi primer intento por estar en una escuela pública se convirtió en un triunfo que cambió mi vida. Sólo por eso, no cambiaría nada de dicho pasado.

            Era poco después de las nueve de la mañana, la clase de matemáticas estaba por comenzar. El profesor llegó con el ceño fruncido y un poco más irritable de lo acostumbrado, formuló preguntas que todavía tiene eco en mi mente: “¿Alguien ha leído La Divina Comedia?”. Silencio, ninguno de nosotros sabía de qué estaba hablando. “¿Alguien de aquí ha leído un libro de literatura?”.  Los casi treinta alumnos que estábamos frente al maestro no pudimos contestar con una afirmación. “¿Alguien sabe cómo son los excrementos de los conejos?”. Más de uno sabíamos la respuesta. Algunos la dijeron, yo me quedé callado. Esa pregunta y su respuesta abrieron todo un tema de conversación en el aula de clase. Casi todos teníamos algo qué comentar respecto al excremento de animal, pasando por vacas, perros, cabras, palomas, etc. Y cuando ya no hubo algo que mencionar, el profesor dijo lo siguiente: “¿Ya ven? Yo sólo puedo hablar de mierda con ustedes.” Dichas palabras me llenaron de vergüenza, sentí como una especie de aturdimiento y el resto de la mañana no existe más en mi memoria. Cuando llegué a casa, lo primero que hice fue buscar un libro y leerlo.

            El Retrato de Dorian Gray fue mi primer acercamiento al universo literario, a pesar de que abrí el libro por vergüenza y por obligación, como una deuda para conmigo mismo, bastó leer las primeras páginas para darme cuenta de que me había perdido de algo importante. No podía creer que existiese tanta belleza, Oscar Wilde fue quien me empujó hacia el laberinto infinito de las letras, leer su obra fue todo un deslumbramiento, una revelación. A partir de ese momento mi vida dejó de ser mediocre. Encontré en Oscar una perspectiva distinta de las cosas y en el uso del lenguaje algo más que el camino para comunicarnos.

            Jorge Luis Borges dijo en una conferencia sobre James Joyce, que no ha existido un escritor que haya pensado y sentido tanto como Oscar Wilde, tal vez esa es la razón por la cual le encuentro en todas partes. Sus frases son tan precisas que no es difícil darles un sentido personal. “Un verdadero amigo te apuñala de frente”, es verdad, cuando me acosté con la esposa de un amigo, lo traicioné a sus espaldas, negando frente a él dicha sospecha, hacía tiempo que me había dejado de importar su amistad. “No hay nada como el amor de una mujer casada. Es una cosa de la que ningún marido tiene la menor idea”, una doble afirmación. Oscar poseía la capacidad de decir con simpleza y gracia, cosas sumamente complejas y de una pasmosa seriedad; “Lo único capaz de consolar a un hombre por las estupideces que hace, es el orgullo que le proporciona hacerlas”.

            A medida que me adentraba en la literatura, pasando de un autor a otro, Wilde se hacía presente incluso en otras obras. García Márquez lo menciona en El amor en los tiempos del cólera; Rosa Montero tuvo conciencia de la muerte cuando pensó que aquel autor de esos bellos cuentos ya no estaba más entre nosotros. Rubén Darío hizo su parte también; Borges tradujo al castellano uno de sus cuentos cuando apenas tenía nueve años de edad. El cine, con el filme “Wilde”, trató de transmitir con la mayor precisión posible el encanto e inteligencia de dicha celebridad, así como su esplendor y decadencia. Winston Churchill no dudó en mencionar a Oscar Wilde cuando se le preguntó con qué personaje le hubiese gustado conversar. Sus obras de teatro siguen siendo representadas una y otra vez, tal vez más que las de Shakespeare. La importancia de llamarse Ernesto está hecha para disfrutarse más de una ocasión. Sus cuentos me divierten y conmueven cada que los leo de nuevo; El fantasma de Canterville; El Ruiseñor y la Rosa; El gigante egoísta; son obras que llegaron demasiado tarde a mi vida, porque todo lo hedónico siempre llega después, nunca a tiempo.  De Profundis dio a mi vida y a mis emociones la claridad necesaria para para saber cuán desastroso puede ser el amor o peor aún, un capricho, “Una vez que lograste adueñarte de mi vida, no supiste qué hacer con ella. No podías saberlo. Era algo demasiado maravilloso para tus manos.”

            Mi vida, tan simple y uniforme como cualquier otra, comenzó a tener destellos de gracia cuando citaba a Oscar en mis conversaciones. Mis amigos y conocidos me hacían burlas amistosas en ocasiones, sabían que de un momento a otro iba mencionaría: “Oscar Wilde dijo…”. No creo que existía o existe una obsesión al respecto, pero sí una profunda admiración y un sentimiento semejante al amor. Porque a pesar de no conocerle más allá de sus obras y unas cuantas fotografías, así como algunos datos sueltos sobre su vida, Wilde es alguien que me ha acompañado durante muchos años, desde mi adolescencia hasta mi inmadura adultez. Semejante a una amistad íntima, con la ventaja de que él no puede decidir no ser mi amigo.

            Existes múltiples hechos que han marcado mi vida con respecto a mi autor favorito y yo, sobre esta relación entre Oscar y yo. Hace tiempo, mi amiga Elizabeth estaba de paseo por Dublín, se acordó de mí y fue a conocer la escultura de Wilde que está en su ciudad natal. Meses después, otro amigo mío, Fernando, estaba en París, fue a Père-Lachaise y me envió algunas fotografías de la tumba de Oscar Wilde, llena de besos, flores y cartas. Lloré, lloré mucho al ver el lugar donde están sus restos, su materia, lloré porque está muerto y porque sus últimos años fueron difíciles. Lloré al imaginarme ahí, hablándole, agradecido por su legado, desesperado por decirle inútilmente lo significativo de su existencia en mi vida, como artista, como maestro, como amigo.

            De todas las cosas que cambiaría de mi pasado para fantasear con un mejor presente, las que no alteraría son aquellas que me llevaron a leer El Retrato de Dorian Gray, ya que es un antes y un después en mi vida, un principio que no tiene fin.

De cartas y personajes cercanos: Anaïs Nin

Daniela Rivera

Hay una actividad que vemos lejana y sin embargo persiste y ahora es vista como un objeto de arte: las cartas. En lo personal, soy fanática de los timbres postales, de la dinámica de escribir a mano un escrito cualquiera, de comprar sobres, de acudir al servicio postal y de que a veces días o meses después sean recibidas por mi familia y/o amigos. Me impresiona más el hecho de que son productos viajeros en el tiempo, de aquellos que provocan leer y releer lo que mis escritores predilectos se escribían con otros, lo que artistas de diferentes épocas pensaban y el método que se utilizaba para ser vistas por sus receptores.

Hace poco, la revista Proceso publicó un artículo especial donde anuncian una nueva entrada en su portal: Toledo Lee. Una sección con viñetas surgidas de sus lecturas más entrañables, todo esto y aunado a mis gustos por ellas decidí equilibrar mis propios tiempos dedicados a la lectura con el regreso a estos objetos personales que nos conectan con lo más íntimo de una persona, las cartas.

Hoy en mi primer recuerdo y como inicio de una serie de entregas postales, un amoroso y pasional relato de Anaïs Nin, escritora que surgió por dicha correspondencia y que se hizo famosa gracias a la publicación de sus diarios, los cuales la consolidaron como una de las pocas mujeres en tocar temas de literatura erótica. Esta carta la dirige a Henry Miller, eterno amante y compañero de Nin y en quien se inspiró para escribir cartas que conforman dos de sus más importantes libros: Fuego (1934 – 1937)  y Una pasión literaria: correspondencia de Anaïs Nin y Henry Miller (1932 – 1953). 

 

Anaïs Nin en 1934

Anaïs Nin en 1934

 Louveciennes, 13 de febrero de 1932

Por favor entiende, Henry, que estoy en plena rebelión contra mi propia mente, y cuando “vivo”, lo hago por impulso, por pasión; June lo entendió. Mi mente no “existía” cuando paseábamos insensatamente por París, ajenos a la gente, al tiempo, al lugar, a los demás. Tampoco existía la primera vez que leí a Dostoievski en la habitación de mi hotel, y reímos y lloramos juntos, y no podía dormir, ni sabía en dónde me encontraba […] “pero más tarde”, entiéndeme, cuando todos los fundamentos, toda la conciencia, todo el control de mi ser había sido eliminado, “después” hice el enorme esfuerzo de “sobreponerme” de nuevo, para no caer ya nunca más, para no seguir sufriendo o abrazándome, y  me aferré a todo, a June y a Dostoievski, y “reflexioné”. Tú recibiste mis reflexiones. ¿Por qué haría semejante esfuerzo? Porque tengo “miedo” de ser “exactamente” como June, estoy en contra del caos total.

Deseo poder vivir con June en la locura total, pero también quiero ser capaz de entender después, de captar lo que he vivido desde el principio hasta el final.

Puedo estar equivocada. Como ves puedo darte una prueba de que la “locura en vida” es más inapreciable para mí que mis propios pensamientos: por mucho que piense en ti no pude “ofrecerte” las “emociones” que he vivido con June. Puedo darte explicaciones, contarte las conversaciones que tuvimos, pero no puedo ofrecer las “emociones” mismas. También puedo ofrecerte la única crítica que pude hacer de Dostoievski, y en mi diario hay cuatro páginas con mis incoherentes sentimientos acerca de la lectura de “Los endemoniados”. ¿Puedes entender eso? El pensamiento sólo aflora a la superficie, aunque muy a menudo, cuando tu carta me conmueve, como te dije la primera vez, estoy casi dispuesta a dártelo, como aquel día en que estaba tan preocupada y fuera de mí -el primer día que viniste- y estuve a punto de leerte todo lo que había escrito en mi diario, porque tu propia desesperación despertó mi confianza en ti.

Perdóname. ¿Recuerdas qué fue lo primero que hicimos? Salimos; me entusiasmaron las propiedades “curativas” de la plaza. Daban que reír.

Nosotros no pretendíamos que nos curaran, pero yo procuré recuperar el juicio. Sabía que estabas padeciendo torturas; eludí la zambullida, porque suponía también zambullirme en mi propia tortura. Una vez más dije que debía estar equivocada. Sí, estoy equivocada. Hoy estallé, recelándome tremendamente contra el análisis. Aún cuando el segundo movimiento en todas mis sonatas consistía en liberarme a mí misma del caos, aún cuando haya en mí mucho de Gide, y algún día pueda, como Lawrence, dar media vuelta y escribir mis propias explicaciones de mis libros (porque la explicación de otros acerca de lo que el artista se imagina en estado de ebullición me pone enferma), aún cuando lo haga, entiéndeme, para mí lo primero es el artista, el sentimiento a través de la emoción, esa “envahissement” de sensaciones que siento y que me hace trizas.

Pides cosas imposibles y contradictorias. Quieres saber qué sueños, qué impulsos, qué deseos ha tenido June.

Jamás lo sabrás, al menos de “ella”.

No, ella no podría contártelo. Pero ¿te das cuenta del placer que experimentó June cuando le conté cuáles eran nuestros sentimientos, con aquel lenguaje especial? ¿Cómo pude hacer aquello? Porque… porque no estoy todo el tiempo “hundida”, no siempre estoy simplemente viva, dejándome llevar sencillamente por todas mis fantasías. Porque busco un poco de aire, de comprensión. Deslumbré a June porque cuando nos sentamos juntas no me emborrachó lo maravilloso del momento; lo viví con la conciencia del poeta, en realidad, no la conciencia en la que a los muy formularios psicoanalistas les gustaría meter sus manos clínicas; no, ésa no; una conciencia de “sensaciones” agudas (más agudas que las producidas por las drogas). Llegamos al límite de nuestras dos imaginaciones. Morimos juntas.

Pero June continúa viviendo y muriendo, y yo (¡oh, Dios!, odio mi propia obra, preferiría con mucho vivir simplemente), yo me siento y trato de “contarte”… de contarte que preferiría -frente a todo lo demás- seguir viviendo en éxtasis y sin conocerte, y tú te estrellas la cabeza con el muro de nuestro mundo, sí, y esto sucede a causa de mi demoníaco poder creativo para realizar y coordinar el misterio, yo que deseo desgarrar velos. Pero no todavía. No lo necesito. Amo mi misterio, amo el mundo abstracto y “fuyant” en el que vivo mientras no comienzo mis obras, la conversión de las delicadas, profundas, vagas, oscuras, voluptuosamente mudas, sensaciones en algo de lo que pueda echar mano, tal vez nunca. Tal vez renuncie a mi mente, a mis obras, a mis tentativas y simplemente viva, sufra, me revuelque, evite tu compañía, tu “secuestro” de June o de mí.

“Tú” quieres más claridad, más conocimiento -no dices sé si de Dostoievski- y agradeces a Dios el caos viviente.

¿Por qué quieres, entonces, saber más acerca de June? Porque eres también escritor, y los misterios te inspiran aunque deban ser dominados, conquistados.

Es un poco gracioso. Fue el escritor quien proporcionó a June las palabras con las que ella me elogió y describió. Algo así como: “Su figura guarda un ligero parecido con las bellas mariposas nocturnas bizantinas de seda e incrustaciones”. Lo encontré en tu primera novela. Para los pintores yo había sido siempre una “bizantina”. Me asombró la extraña descripción que hizo June del “esplendor de sutil sofisticación oriental”, etc.

June había prometido escribirme mucho. No me ha escrito. ¿Te ha escrito a ti? ¿Puedes darme alguna dirección suya? Sí, quiero escribirle.

No te preocupes por haber corregido mi inglés. Nada podría hacerme “consciente” de eso. Pero no serás recompensado porque en días como hoy te escribiría de todas formas, y realmente no me importa, mientras puedas entenderme. No me interesa la belleza o la perfección de mi inglés. Si me sale perfecto o bello, estupendo, estoy deseando trabajar, pero no me “preocupa demasiado” -estoy tan plena, tan excitada, tan febril- que el lenguaje me distraiga siempre y me retrase. No he vuelto a leer todavía las cartas que te escribí. ¡Pobres oídos ingleses tuyos, tan sensibles! Me doy cuenta de la amabilidad de tu ayuda.

Por favor, compra más carbón y más leña.

Contestaré al resto de tu carta mañana.

     Anaïs

Anaïs Nin y Henry Miller

Anaïs Nin y Henry Miller

Valeria Luiselli y yo

Daniela Rivera

Todos hemos estado enganchados por alguna lectura, un escritor en particular o un género literario, tanto que vamos a las librerías a buscar sus diferentes títulos, investigamos biografías en internet o tratamos de saber más al grado de obsesionarnos. Eso me paso hace unos meses con Valeria Luiselli y de la que he querido escribir sin parar pero con el bloqueo de no saber cómo expresar mi acercamiento a sus letras.

Su nombre desde un principio se me hizo muy familiar, quizá por saber cuántos premios había estado ganando en el extranjero, asociarla con ser mexicana, identificarme con ella por ser mujer… No lo sé, pero fue un nombre que se me impregno en la mente por meses. Después, una amiga muy cercana me propuso una serie de conversatorios, en los que habláramos sobre el papel de la mujer en la literatura pero dividiéndolo en diferentes épocas y corrientes. Volvió a salir su nombre en uno de los temas: “De las Adelitas a Valeria Luiselli”. ¿Qué quería Valeria Luiselli de mí? o ¿Qué buscaba yo en Valeria Luiselli?, ¿Por qué todo a mi alrededor me estaba llevando hacía ella?, quizá sus recientes premios le valieron estar en las mesas de novedades, sí, tal vez todos los libreros la recomendaban por la pulcritud y simpatía que causaban sus letras, pero aún así yo me sentí en una persecución necesaria por leerla.

Al fin lo hice, y no comencé con el premiado libro “La historia de mis dientes” (Sexto Piso, 2013) sino que me lleve, “Papeles Falsos” (Sexto Piso, 2010) [su primera publicación] y “Los Ingrávidos” (Sexto Piso, 2011) [“Lo leerás y disfrutarás mucho” – me dijo el librero] y bueno, así salí cargada con la colección Luiselli. Me costó mucho trabajo abrir Papeles Falsos y no pensar en mí. El libro es una serie de ensayos narrativos de diversos temas, conexiones, la mirada de la autora está puesta en sus vivencias, en el mundo que la rodea y en el que nos obliga a entrar. La cultura literaria que denota es impresionante, ya que introduce nombres y autores que si bien pudieron ser un iconos relevantes en la historia con situaciones cotidianas, cercanas, muy particulares y que van desde lo pertinente a lo desesperado como único lenguaje capaz de dar sentido a una vida que desborda a la voz que lo narra; a través de extrañas explicaciones de la Ciudad de México, una descripción sobre la paciencia o la definición de saudade. Las coincidencias, empatía y conclusiones que proyecta su escritura son pruebas de un personaje en común tiene como necesidad de contarle al otro sus vivencias.

El acercamiento con la literatura de Luiselli es además un acto cercano a mi propia historia familiar. No por el reflejo con personajes en común sino por las circunstancias, escenarios y coincidencias inaudibles que no hacen más que llenarme de recuerdos.

El acercamiento con la literatura de Luiselli es además un acto cercano a mi propia historia familiar. No por el reflejo con personajes en común sino por las circunstancias, escenarios y coincidencias inaudibles que no hacen más que llenarme de recuerdos.

“Es normal que algunos pasajeros lloren cuando los aviones despegan – la gente viene de separaciones y al abrocharse el cinturón siente una última sacudida del desprendimiento-, pero imagino que no es usual ver semejante espectáculo cuando por fin aterriza el vuelo. A mí me ha dado por llorar en algunas llegadas a la Ciudad de México. En cuanto veo el Nabor Carrillo –ese lago imposible, perfectamente cuadrado- me desmorono. Nada estruendoso, sólo un par de lágrimas sueltas. No dudo que más de una vez haya sido esa práctica patética escena motivo de la más sincera compasión de mis compañeros de fila (qué pena, pensarán, ha de ser muy infeliz aquí esta pobre)” Luiselli en el apartado Río Tacubaya del ensayo “Marca de Agua” en Papeles Falsos.

 

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Papeles Falsos reforzó mi idea de que la literatura salva, de no verla sólo del lado cursi, sino que puede ser apreciada como una gran casa, un territorio sin fronteras.

Y claro como todos, tenemos predilección por algunos capítulos, personajes o letras en concreto, en mi caso fue en el ensayo “Mudanzas: volver a los libros” donde se relatan todas las experiencias que giran alrededor de aquellos sagrados objetos que guardan recuerdos, vivencias, historias y hasta tesoros y que van mudando a cada espacio con nosotros. Separadores, notas al margen, pie de páginas, papelitos de recibos, del autobús y hasta el papel de baño son ciertas marcas que dejamos en cada hoja de nuestras lecturas, collages desordenados que crean un catálogo de maravillas.

“Los libros en las estanterías se ven bonitos y sugieren preguntas, es cierto, pero aquellos que han salido de su sueño vertical tienen vida propia. Un libro sobre la cama es un compañero discreto, un amante de paso; otro, en la mesa de noche, un interlocutor; el que está sobre el sillón, una almohada para la siesta; el que lleva una semana en el asiento del copiloto, un fiel compañero de viaje. […] Los pocos que sí leemos, serán lugares a donde regresaremos siempre”.

En fin, Papeles Falsos es un espejo, en el que la metáfora de la literatura es un lugar habitable o una casa permanente, que en lo personal me conectó con la idea de saber que puedes conquistar territorios literarios, espacios imposibles y puntos de encuentro.

Y vienen las novelas, ese género familiar, apapachador y envolvente desde la primera página si conecta con su lector. En mi caso, Los Ingrávidos lo logró. La historia es narrada a dos voces, se interceptan, entrelazan y complementan durante toda la historia, logrando una trama ágil, persuasiva y rebosante de humor y terror. Otro encuentro más con Valeria Luiselli, ya que la primera persona es una mujer del México contemporáneo, una editora que relata sus años de juventud en Nueva York, que posee una curiosidad infinita de saber más, de conocer personas, de obsesionarse con ciertos personajes para esclarecer mapas de vida, los cuales marcan un destino un tanto incierto pero que busca una meta final, se casa, tiene hijos, un matrimonio obsesivo, algo confuso y desconfiado que te sumerge a un mar de contradicciones amorosas; y a la vez, la voz del fantasma del poeta Gilberto Owen, quien la persigue y recuerda al mismo tiempo su juventud durante el Renacimiento.

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Los Ingrávidos es una novela de conexiones, de enigmas, de una lectura fácil que se ubica en la mente como una obra de teatro, donde los personajes cobran vida y donde el lector se convierte en un actor más.

“Volví varias veces a la biblioteca de la Universidad de Columbia, para buscar algún libro, periódico, archivo, lo que fuera que iluminara un poco el período que Owen pasó en Nueva York. Por recomendación de White, empecé a llevar un registro sobre todo lo que tuviera alguna relación con él. Tomaba notas en post – its amarillos y cuando llegaba a mi departamento los colocaba entre las ramas del árbol seco, para no olvidar, para poder regresar a ellas algún día y poner orden. La idea era que cuando el árbol estuviera atiborrado de notas, se empezarían a caer por su propio peso. Yo las recogería en el orden que se fueran cayendo y en ese mismo orden escribiría la vida de Owen. La primera fue:

Nota: El metro de NY se construyó en 1904”

Hay libros del mismo autor que se conectan unos con otros a través de ciertas frases, citas, algún personaje. En este caso, la escritora Marguerite Duras fue el vínculo entre Papeles Falsos y Los Ingrávidos, en los que curiosamente se planta un análisis interesante, ambos párrafos abordan el rostro.

Hay libros del mismo autor que se conectan unos con otros a través de ciertas frases, citas, algún personaje. En este caso, la escritora Marguerite Duras fue el vínculo entre Papeles Falsos y Los Ingrávidos, en los que, curiosamente, se planta un análisis interesante, ambos párrafos abordan el rostro.

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Al estar totalmente enganchada con las letras de Valeria, no me podría esperar menos de “La historia de mis dientes”, quizá una secuela de la vida un tanto reflejada de la escritora o de alguna mujer desconocida a punto de salir. Cuál fue mi sorpresa cuando empecé a leer la historia de un cantador de subastas, sí, un tal Carretera que sabía imitar a Janis Joplin, parar un huevo en una mesa y contar hasta ocho en japonés. Un peculiar revolucionario que saltó a la fama tras rescatar de un ataque de pánico a una de sus compañeras de trabajo en una fábrica de jugos, quien conoció mujeres, tuvo a la que quiso y fue suertudo hasta el día en que su hijo “lo compró”; todo esto en su camino por tener la dentadura perfecta: la de Marilyn Monroe.

La historia de mis dientes tiene elementos bellísimos, es una gran novela urbana, de geografías periféricas, arte, objetos y nostalgia. Seis entradas que contiene las parabólicas, hiperbólicas, elípticas, alegóricas y perambulaciones circulares e historia de vida de Gustavo Sánchez Carretera. Una deliciosa novela que utiliza recursos citadinos, fotografías mentales, mapas, árboles genealógicos, etnografía y maravillosas ilustraciones por Daniela Franco.

La historia de mis dientes tiene elementos bellísimos, es una gran novela urbana, de geografías periféricas, arte, objetos y nostalgia. Seis entradas que contienen las parabólicas, hiperbólicas, elípticas, alegóricas y perambulaciones circulares e historia de vida de Gustavo Sánchez Carretera.
Una deliciosa novela que utiliza recursos citadinos, fotografías mentales, mapas, árboles genealógicos, etnografía y maravillosas ilustraciones por Daniela Franco.

No quisiera terminar abruptamente este pequeño artículo sino que “La historia de mis dientes” me parece un fascinante relato que se lee en una sentada, una maravillosa cartografía que he releído tres veces y que me confirma la capacidad de Valeria para generar atmósferas cercanas, llenas de enigmas y sutiles gestos de empatía. La condición humana, la esperanza, el humor y la rabia se reflejan en cada situación escrita, por ello creo que mi acercamiento y posibilidad de recomendación es el poder de la literatura de Valeria para transportarnos en un mundo de cotidianidades, de enseñanzas y acercamientos que valen para engancharte en sus paradigmas literarios.

Sorpresas, similitudes en el antes y ahora: "Un café, un periódico sobre la mesa: salto entre noticias de anteayer. Prendo un cigarro y paso a la sección de cultura.." Valeria Luiselli en Papeles Falsos

Sorpresas, similitudes en el antes y ahora:
“Un café, un periódico sobre la mesa: salto entre noticias de anteayer. Prendo un cigarro y paso a la sección de cultura..” Valeria Luiselli en Papeles Falsos

 

Caín (parte II).

Jonathan Alcalá

         Alguien se percató de la mirada de aquel extranjero y dio aviso a los demás, hombres y mujeres corrieron por sus armas, sin embargo él no dio ningún paso atrás, se acercó con las manos desnudas, consciente de que nadie podía dañarle. Un anciano le observó y supo quién era, le dijo que no era bienvenido, que regresara al jardín y sus alrededores,  ya que ellos nada tenían que ver con el Dios que le condenó, pero aun así respetarían el acuerdo de no matarle. Sin decir palabra, Caín tomó distancia y no se fue, no quiso asumir el riesgo de estar solo nuevamente, al cabo de poco tiempo vio que los nómadas se alistaban para partir, recelosos y callados, ignorando a medida de lo posible la presencia del hijo de Adán. Les siguió durante muchos días, se instalaba cerca de ellos, lo más alejado de sus ojos, adoptó sus métodos e intentó depositar en el olvido su vida pasada. Cambió sus pesadillas por sueños más tranquilos, extrañaba cultivar la tierra, tomaba lo que podía de ella, sobrevivía de la mejor manera.

          Así como el prisionero que se acostumbra a las paredes, así aquellas mujeres y hombres que no nacieron del Edén se acostumbraron a Caín. Vivían lejos de esa tierra, sabían de la existencia de las demás cosas, pero nunca pensaban en ello. No sintieron la necesidad de adorar a ningún dios, ni de edificar algo que les atara a un lugar determinado. Poco a poco el hombre con la marca se fue acercando a ellos, miró con deseo a una  mujer, pues su condición de maldito o demonio no era mayor a su condición de hombre. Y así como todo ser lleno de vida prescinde de la muerte, dieron continuidad a las cosas y ambos obedecieron a sus instintos. Nombraron Enoc a su primer hijo, pero éste caminó solo y con el correr del tiempo, sí conoció la muerte.

            La unión de Caín y esa mujer significó la unión de otras cosas, decidieron también adoptar un modo de vida diferente, fundaron una ciudad y le pusieron por nombre el de su primogénito. A medida que los seres humanos se multiplicaron, la tierra se volvió menos grande; muchos hijos de Adán recorrieron el sinuoso camino de Caín y notaron la belleza de las hijas de los hombres, fueron seducidos también por sus sentidos. El destino del hombre que asesinó a su hermano, se perdió entre la multitud, su marca se volvió invisible en su descendencia, pero continuaba ahí, en la sustancia que es precursora de la vida, esa que se hereda de generación en generación. Sus hijos estuvieron dotados de habilidades distintas a la del cultivo de la tierra: criaron animales, moldearon el metal y también pudieron emular los sonidos de la naturaleza por medio de instrumentos.

            Muchos hombres y mujeres nacieron de la semilla de Caín, nadie supo las circunstancias del final de su existencia. Tal parece que ninguno sufrió siete veces la venganza de su muerte. Su estirpe, cuyas vidas eran ajenas a su origen divino, se olvidó de Dios. El único culto que rindieron fue a la carne, por lo tanto, su creador se arrepintió de la naturaleza de su propia obra y pensó en rehacer al hombre. Fue entonces, muchos años después de la muerte de Abel, que la sangre derramada fue lavada con el agua que cayó del cielo por vez primera, durante cuarenta días y cuarenta noches.

 

Caín (parte I).

Jonathan Alcalá

 

“Y él le dijo: ¿Qué has hecho? La voz de la sangre de tu hermano clama a mí desde la tierra.

Ahora, pues, maldito seas tú de la tierra, que abrió su boca para recibir de tu mano la sangre de tu hermano.” Génesis 4:10 – 11.

Caín caminó errante sobre tierras desiertas, aprendió a escuchar el oleaje del océano y el canto de las aves; durmió cobijado por el calor del fuego, acompañado de rumores nocturnos y el recuerdo de su hermano. El hombre marcado tuvo que caminar muchos días y muchas noches sin rumbo fijo, lo más alejado posible de los hijos de Adán, en lugares de naturaleza distinta a la que sus ojos conocían. Probó nuevos frutos de los árboles, observó bestias diferentes a las ya descubiertas y se encontró hundido en una soledad profunda y callada.

            El sueño de Caín estaba acompañado de recurrentes pesadillas, el pálido cuerpo de Abel sobre la tierra, un charco rojo que poco a poco iba creciendo y el espíritu de Dios como un viento frío que arrastró consigo nubes negras en el cielo. Caín lavaba con desesperación la sangre que manchó sus manos y respondía con insensatez los cuestionamientos que venían desde lo alto. Despertaba con un sudor frío sobre su cuerpo,  la luz de las estrellas le imposibilitaban perderse en la oscuridad deseada.

           La sangre, esa sustancia que corre por cada rincón de nuestro cuerpo, tan tibia al tacto, siempre escarlata cuando tiene vida y negra cuando muere. Es la sangre el sello de los pactos eternos y de los juramentos, también de las maldiciones, las venganzas y las promesas de una nueva vida. Caín fue expulsado de la presencia de un Dios de sangre, pero el soplido continuaba dentro de su cuerpo, lo abandonaría hasta el día de su muerte.  Fue entonces cuando advirtió un palpitar dentro de su pecho, se concentró tanto en sí mismo que fue capaz de sentir su pulso; observó con detenimiento sus manos, sus brazos y sus piernas, tocó el vello que cubría su rostro y pasó sus dedos por la marca, tratando de formar una imagen en su mente. Tuvo consciencia de su ser tripartita, la fatiga era demasiada, sus pensamientos eran complejos y la realidad se había vuelto opuesta, pero a pesar de todo, decidió continuar.

             El azar lo llevó de la mano a una tierra habitada por otros seres, hombres de una era distinta, cuyo color de piel no era igual a la suya; pensó primero que se trataban de los descendientes de la serpiente, pero descartó esa impresión al ver gracia en sus rostros y acciones. El enemigo no podía tener un aspecto así. Un puñado de niños jugueteaban sobre un charco, hombres y mujeres estaban sumergidos en sus tareas. Hacía tanto que Caín no veía una sonrisa, parecía que su constante caminar duró años, perdido en la naturaleza de la tierra y de su propio cuerpo, escuchando sólo la voz de sus recuerdos, el eco del creador se había ido de todas las cosas, sin embargo la condena de la soledad parecía llegar a su fin.

 

La inmensidad del mundo.

Jonathan Alcalá

Trajano lloró cuando se dio cuenta de la inmensidad del mundo. El águila de Roma no llegaría hasta el fin de la tierra. El hombre que nunca había llorado dejó caer sus lágrimas en el mar de Persia. El César que trajo nuevas glorias al Imperio, vio su propio cuerpo como una triste masa de músculos, apenas sostenida por unos huesos menos frágiles; las glorias del campo de batalla parecían quedar atrás, más cerca del pasado que del presente, glorias de polvo, gritos y sangre, en las que al galope o marchando junto con las legiones, el emperador desataba el infierno de la guerra.

Dacia, el recuerdo de aquel invierno que fue gentil y un Danubio cuyas aguas son el ensueño de una victoria. Hubo muchas bajas, pero la cruenta batalla se decantó hacia  los hijos de la loba. Las ricas minas de esa nación trajeron alivio para los romanos, sobre todo a los más pobres. Una recompensa por tantos hijos muertos y anteriores batallas fallidas. La sangre derramada contra el reino de Decébalo fue vendida a un alto precio; Trajano fue justo,  usó el oro para el bien de su pueblo, haciendo parecer que la única seducción a la cual era vulnerable el emperador, era la justicia; pero tampoco es que se privara de la voluptuosidad y los vicios del soldado, amaba beber y comer con desmesura. Probablemente las campañas bajo el mando de Domiciano le heredaron por costumbre dar rienda suelta a la carne, después de salvar la propia de la espada del enemigo.  Se embriagaba de vino y de triunfos, ambos resultados de una tarea bien realizada y de paciencia.

            El destino como Príncipe de Roma no fue casualidad, tiempo antes, la astucia y la valentía eran notables en el carácter y el modo de actuar de Trajano; a pesar de ser un general exitoso, supo escapar de la paranoia de Domiciano, quien ofrecía el cuchillo a modo de  recompensa a los hombres que mostraban virtudes suficientes como  poner en riesgo su permanencia en el poder. Era una época en la que las conspiraciones no eran ideas descabelladas, ni tampoco miedos sin fundamento, pero lo notable de Trajano daba firmeza a lo que se habló de él en las guerras contra los Partos. Tal vez alguna vez se le vio con recelo, no obstante lo hábil como guerrero  y su talento militar le generaron lealtad por parte del ejército, atentar contra su vida no hubiese sido un movimiento inteligente.

            Tito Flavio Domiciano fue asesinado, el cobijo que pidió a los dioses y su enfermiza preocupación no fueron suficientes. Tal vez la fama crueldad que le perseguía se confirmó al tener enemigos muy de cerca. Ninguna muerte es honrosa, pero un rey  apuñalado en el mismo suelo de su palacio, lo es aún menos. Las puertas se abrieron para nuevas dinastías. Su cuerpo se redujo a cenizas y el damnatio memoriae ordenado, trajo fuego y martillo para sus monedas y figuras de piedra. Nerva fue elegido como el sucesor, un hombre sabio, pero tal vez demasiado viejo; probablemente su experiencia cercana al poder y su avanzada edad fueron adecuadas para hacer de él una ecuánime transición. Trajano estaba en suelos Germanos cuando ocurrió el atentado y también su adopción, se presume que Adriano dio la noticia, sin saberlo, parte del mundo había elegido a un amo cuyo deseo era mejorar la condición de la gente.

Siempre hay un momento único en el que el hombre alcanza algo semejante a la plenitud, un instante en el que las virtudes de la mente y la fuerza del cuerpo están a la par. Esa etapa de la vida en la que algunos pocos humanos parecieran  capaces de discernir entre el olvido y la eternidad. Y eso no quiere decir que las decisiones encaminadas a la inmortalidad fuesen tomadas con relativa facilidad, las leyendas se forman a partir de grandes glorias, asimismo por grandes catástrofes. Cada paso dado, ya sea con meticulosidad o con atrevimiento, hicieron de Trajano un ser cuyo nombre no sería relegado. Ser Príncipe no es tarea sencilla, se acaba con muchas vidas y se cometen siempre demasiadas injusticias, tal vez es parte de nuestra naturaleza, pero algo era seguro, el sueño de Nerón y de Calígula parecían lo suficientemente lejos. Nadie atacó por la espalda al César, ni el Senado ordenaría una condena a su memoria, por el contrario, le llamarían optimus prínceps, los que antes habían hecho matar a los antiguos monarcas, ahora glorificaban su nombre.

            La angustia de la vejez repentina y la probabilidad de una muerte que se acercaba a paso firme llevaron a la cama al emperador. Se enfermó al saber que el oriente se había alejado más. No dudaba de la victoria, ni de la notoriedad de Roma en el mundo, pero como muchos, cuestionó su propia vida en la recta final de la misma. Trajano se equivocó al pensar que su inmortalidad se había construido a base de piedra en los muchos edificios que se levantaron durante su reinado; su inmortalidad era de un orden distinto, estaría en las letras de los historiadores y más importante aún, en la memoria de la gente. Como otros tantos notables, no tuvo hijos, probablemente fue mejor así, ya que lo deslumbrante de una persona hace parecer mediocre al ser que le precede. Como un lúcido guerrero, el honor de su ascenso y su ocaso le encontraron en las fronteras del Imperio; Plotina le acompañó hasta el momento de su muerte en Asia, ella se aseguró de la buena continuidad de las cosas.

            Trajano con sus numerosos nombres, Imperator Caesar Divi Traianvs Optimvs, fue convertido en deidad gracias a sus logros, sobrevivió también en muchas formas palpables, algunas, no se salvaron del descuido y la falta de sensatez. Lo vemos ahí en el museo, erguido y fuerte, severo, pero justo y firme, lo vemos con las manos rotas, porque como escribió en una ocasión Marguerite Yourcenar, así sufren los dioses la locura de los hombres.

La inmensidad del mundo (Parte I)

Trajano lloró cuando se dio cuenta de la inmensidad del mundo. El águila de Roma no llegaría hasta el fin de la tierra. El hombre que nunca había llorado dejó caer sus lágrimas en el mar de Persia. El César que trajo nuevas glorias al Imperio, vio su propio cuerpo como una triste masa de músculos, apenas sostenida por unos huesos menos frágiles; las glorias del campo de batalla parecían quedar atrás, más cerca del pasado que del presente, glorias de polvo, gritos y sangre, en las que al galope o marchando junto con las legiones, el emperador desataba el infierno de la guerra.

Dacia, el recuerdo de aquel invierno que fue gentil y un Danubio cuyas aguas son el ensueño de una victoria. Hubo muchas bajas, pero la cruenta batalla se decantó hacia  los hijos de la loba. Las ricas minas de esa nación trajeron alivio para los romanos, sobre todo a los más pobres. Una recompensa por tantos hijos muertos y anteriores batallas fallidas. La sangre derramada contra el reino de Decébalo fue vendida a un alto precio; Trajano fue justo,  usó el oro para el bien del pueblo romano, haciendo parecer que la única seducción a la cual era vulnerable el Emperador, era la justicia; pero tampoco es que se privara de la voluptuosidad y los vicios del soldado, amaba beber y comer con desmesura. Probablemente las campañas bajo el mando de Domiciano le heredaron por costumbre dar rienda suelta a la carne, después de salvar la propia de la espada del enemigo.  Se embriagaba de vino y de triunfos, ambos resultado de una tarea bien realizada y  la paciencia.

El destino como Príncipe de Roma no fue una casualidad, tiempo antes la astucia y la valentía eran notables en el carácter y el modo de actuar de Trajano; a pesar de ser un general exitoso, supo escapar de la paranoia de Domiciano, quien ofrecía el cuchillo a modo de  recompensa a los hombres que mostraban virtudes suficientes como  poner en riesgo su permanencia en el poder. Era una época en la que las conspiraciones no eran ideas descabelladas, ni tampoco miedos sin fundamento, pero lo notable de Trajano daba firmeza a lo que se habló de él en las guerras contra los Partos. Tal vez alguna vez se le vio con recelo, no obstante lo hábil como guerrero  y su talento militar le generaron lealtad por parte del ejército, atentar contra su vida no hubiese sido un movimiento inteligente.

El último encuentro. Sándor Márai.

Jonathan Alcalá

Antes que todo debo decir que hacer reseñas sobre libros no es una tarea que me sea sencilla. El objetivo principal de escribir en Voces Cruzadas es mejorar mi ejercicio literario, sin embargo, en esta ocasión no tuve cabeza para poder redactar algo que tenga una mínima calidad y presentarlo a otros lectores. Después de aclarar ese punto, me permito recomendar la obra El último encuentro, de Sándor Márai.

Un oficial retirado del ejército recibe una carta. Se trata de su mejor amigo, Konrád, anunciando su visita cuarenta y un años después de no verse uno al otro. La carta, trae para el general toda una ola de recuerdos  que dan origen a la historia: Un niño nacido en un hogar noble, educado para ser soldado y para ser rico, igual que su padre. Un niño que encontró en la escuela a su mejor amigo, con quien compartió los primeros veintidós años de su vida, antes de la separación.

La visita de Konrád, deja al descubierto que entre ellos hay un ajuste de cuentas. Después de cenar y despertar recuerdos, ambos se sentaron en el mismo lugar en el que estuvieron cuatro décadas atrás, una noche semejante a esa, con las velas encendidas, los mismos muebles y la chimenea ardiendo. El general comienza a hablar y es ahí cuando salen a la luz los acontecimientos que vuelven apasionante esta obra de Márai. La sospecha de un intento de homicidio y la aventura entre la esposa del oficial y su mejor amigo, que desembocaron en la silenciosa huida de éste y en el rompimiento igualmente silencioso de un matrimonio joven.  

“El último encuentro” es una breve, pero profunda obra que trata sobre las pasiones, las acciones y los pensamientos que son consumidos por el tiempo. Las causas, los efectos y nuestro lugar en la vida.  Cito un fragmento: “Y que un hombre no es más que un hombre, un pobre desgraciado, nada más, un ser mortal, haga lo que haga… Luego envejece tu cuerpo, no todo a la vez, no, primero envejecen tus ojos, o tus piernas, o tu estómago o tu corazón. Envejecemos así, por partes. Más tarde, de repente, empieza a envejecer el alma: porque por muy viejo y decrépito que sea ya tu cuerpo, tu alma sigue rebosante de deseos y de recuerdos, busca y se exalta, desea el placer. Cuando se acaba el deseo de placer, ya sólo quedan los recuerdos, las vanidades, y entonces sí envejece uno, fatal y definitivamente.”

Desde mi perspectiva, la novela es valiosa por cómo se desenreda la historia a medida que ambos amigos platican, lo cual hace que comprendamos detalles que al inicio son enigmáticos. El lenguaje usado por Sándor Márai, no muy adornado ni complejo,  hace sencilla su lectura, pero no simple. Además, la descripción de la mansión, los bosques y el carácter de los personajes, crean una atmósfera de melancolía y severidad, que abrazan de manera precisa el tema del libro y nos permiten imaginar la Hungría de hace un siglo. Lo único que encuentro como un pilar delgado en esta historia, es que la mayor parte de la obra son palabras que nacen de la boca del general, así que al resto de las figuras se conocen por la visión de dicho personaje y no por una tercera persona o por ellos mismos.    

Mi primer funeral (parte II)

Jonathan Alcalá

Mientras miraba el cielo estrellado me prometí a mí mismo resistir hasta el amanecer, jamás había pasado eso antes, era el momento adecuado para hacerlo; mi madre me interrumpió en varias ocasiones, me presentaba parientes y amigos de la familia, la tía Rebeca, que tiene algo de la tía Mariana, me llamó la atención, tenía una magia absorbente, casi nunca había hablado con ella, decía cosas graciosas en voz baja y contenía junto con mi madre sus risas, se la pasaba detrás de sus inquietos hijos. Decidí responder al llamado de mi madre por enésima ocasión, estaba dentro de nuevo, el olor a flores era intenso, comenzaron las oraciones, apenas y sabía persignarme, repetía lo mismo que todos al unísono de las voces presentes; la anciana que dirigía el rezo lo hizo con una pericia asombrosa, toda vestida de negro, con un velo en la cabeza y profundos surcos de cansancio en el rostro, quién sabe cuántos rezos a los muertos había dirigido antes.

            No resistí muchas horas, mi plan se esfumó con el sueño de niño y el frío de madrugada; mi tío Darío fue el encargado de llevarme a mi casa, estábamos muy cerca, caminamos en completo silencio, sus ojos eran severos y la boca era apenas una línea horizontal, a una cuadra antes de llegar a la puerta, en el viejo y desgastado barrio, me preguntó cómo me iba en la escuela, yo respondí el clásico monosílabo de quien prefiere  persistir en guardar silencio; me dijo que él también había estado en esa misma escuela, que era como una tradición familiar, como la tradición de morirse a los sesenta años que impuso el abuelo y que el tío Mauricio continuó.

            Mi mente daba vueltas, no pude caer pronto en un sueño profundo, recordaba que estábamos apenas a media semana, nadie dijo algo sobre faltar a la escuela, pero era obvio que eso pasaría, así que me desperté más temprano de lo acostumbrado, sin compromisos escolares, sólo con el compromiso de seguir disfrutando de la visita. Por la mañana, antes de irse a trabajar, mi padre nos llevó a mi hermana y a mí al velatorio. El lugar estaba menos animado que la noche anterior, había menos personas; los semblantes de cansancio y desvelo transformaron los rostros; no vi a mi madre por ningún lado, me acerqué a la abuela, el tío Enrique sostenía su mano en silencio, sentados uno junto del otro, me fue fácil percibir su tristeza y sentir lo mismo, me sonrió y me acercó para besar mi mejilla, olía dulce como siempre, le devolví el beso y la sonrisa, fui incapaz de sostener su mirada, le pregunté a mi tío Enrique por mi madre y me dijo que se había ido a comer algo con algunos de sus hermanos, yo me arrepentí por no estar antes y acompañarlos.

Estaba muerto de hastío, mis primos aún no habían llegado y mi tío Alberto y mi madre llegaron a la mitad de uno de los rezos, cuando éste terminó, pasaron algunos minutos en los que de nuevo se llenó el lugar, habíamos pocos niños, casi ignorados por los adultos; todos comenzaron a moverse de sus lugares, llegaron dos hombres vestidos con trajes y corbatas negras, movieron el ataúd y lo subieron a una carrosa; mi primo Armando me dijo que iríamos a misa y después al panteón; yo jamás había ido a uno. Todo era menos entretenido que el día anterior, caminamos por la calle detrás de la carrosa, me avergoncé un poco por la atención hacia nosotros, la procesión fúnebre era motivo de miradas, me contagié del rostro de todos, no quería ver para ninguna parte, había dejado de ser divertido. Al llegar a misa me aburrí en sobremanera, casi nunca asistía a los templos, las imágenes me parecían espantosas, pero me decía que no debía pensar en ello, que esos seres eran como deidades y se les debía venerar. Pensé que Dios no podía ser la figura crucificada que estaba en lo alto, me sentía con culpa por el temor que me daba todo el lugar, se suponía que era la casa de Dios.  La voz del sacerdote y la cadencia de su discurso no ayudaban en nada; de pronto, todos comenzaron a saludarse y unos pocos se formaron para comulgar. Al término de la ceremonia comenzaron de nuevo los llantos, algunos más sonoros que otros; todos se abrazaban, era una multitud de gente con caras de sufrimiento.

            El sepultar a mi tío Mauricio ha sido una de las experiencias más desagradables de las que tengo memoria, todo fue lágrimas, gritos, confusión y lamentos sobre lamentos. Entonces me di cuenta de lo feo que es el rostro de la muerte, de que todos terminamos solos, bajo la tierra, dentro de una fría caja; y mientras descendemos todos posan los ojos en lo que se convierte en la última morada. Me espanté al pensarme en el lugar de mi tío. No hay escapatoria pensé, mis ojos se llenaron de lágrimas al pensar en el dolor de mi familia si yo perdiera la vida, me aferré a mi madre, en ese momento me enojé por la ausencia de mi padre, lloré amargamente, tuve mi primer llanto de muerte en mi vida. Mi tía Graciela desmayó, las cosas no pudieron marchar peor, quitaron a mi abuela que sufría de un delirio abrumador, ¿qué se siente perder un hijo? No pude imaginarlo; nos alejamos todos, los llantos se fueron apagando como velas descuidadas.

            Ahora, con más de cuarenta años de edad me sigue aterrando la idea de ir a un funeral, sigo evitándolos a pesar de que los vicios de adulto hacen más tolerable ciertas circunstancias. He sufrido de muchos, el de la abuela, el de mi mejor amigo y el de otros familiares varones que han sido constantes en la tradición de morir apenas pasados los sesenta años de edad. Me acobarda la muerte, me acobarda la idea de estar dentro de una caja de madera y que nos echen  tierra encima. Sigo pensando como niño de siete años, en el frío y la soledad que se deben sentir al estar ahí abajo. Ojalá nunca me toque enterrar a uno de mis hijos, pero también pienso en que ellos algún día estarán en el espectáculo de mi muerte, me pondrán flores alrededor, mis nietos y sobrinos beberán café con mucha azúcar, llorarán y llorarán y yo no podré consolarlos.

 

Mi primer funeral (parte I)

Jonathan Alcalá

A los siete años de edad no supe cómo reaccionar ante la noticia de la muerte de mi tío Mauricio; lo había visto una sola vez en mi vida, en casa de mi abuela, sentado en una silla de ruedas, ojos lánguidos, voz grave, cabello cano y rasgos finos; había perdido algunos dedos de su mano izquierda debido a su enfermedad; yo trataba de no ser obvio al verle, sabía que no era muestra de buena educación hacer eso. Mi tío sufrió bastante, poco a poco se fue deteriorando físicamente hasta que su vida concluyó, fue una enfermedad sin tregua. Él, como muchos miembros de mi familia, muy jóvenes tomaron la decisión de buscar una vida en el país del norte, mi madre y una de sus hermanas no lo hicieron de esa manera. Las visitas intermitentes de mis tíos y tías significaban juguetes y chiqueos para mí, no había época más dichosa que aquella en las que estábamos todos reunidos; no existen diferencias y disputas familiares cuando se es niño, sólo diversión; no hay intrigas ni dobles intenciones en las palabras, por lo tanto, me alegró bastante la decisión de que mi tío Mauricio fuera velado y sepultado en su tierra natal.

            La tarde antes de ir al velatorio estaba jugando con mis primos, dos de ellos eran preadolescentes que en ocasiones susurraban cosas que yo no entendía, ahora supongo que hablaban de niñas, para ese entonces yo sentía un rechazo infinito hacia ellas. Los cuatro niños estábamos haciendo un ruido espantoso con nuestros gritos y correteos por la casa, entonces, mi tía Mariana hizo lo que mejor ha hecho durante tantos años, nos regañó, pero esta vez de una manera distinta, lo hizo al borde de las lágrimas, trató de hacernos entender la gravedad de la situación, estábamos por recibir  el cuerpo de su hermano mayor, el hijo favorito de la abuela, quien estaba destrozada y venía de lejos con el resto de sus hijos. Con la cabeza gacha simulé que las palabras de la tía Mariana causaron impacto en mi comportamiento, pero dentro de mí seguía consistente la algarabía de las visitas.

            Mi actitud medrosa hizo su aparición al percibir la solemnidad del ambiente en aquel lugar; entré de la mano de mi hermana y por delante de mi madre;  veía adultos vestidos de oscuro, escuché algunos sollozos por aquí y por allá, y conocí por vez primera la fragancia de las flores para los muertos. El ataúd de cedro era enorme, me pareció curiosa la manera en la que las sillas y los sillones estaban acomodados alrededor del pequeño salón, como preparados para  un espectáculo;  mi madre se puso de pie frente a su hermano que yacía acostado, todo era silencio, mi mirada estaba direccionada al suelo claro y límpido, alguna que otra vez miraba las flores, el ataúd, las velas, el ataúd de nuevo, jamás había estado tan cerca de una persona que había fallecido. Mi madre comenzó a llorar y yo lo hice unos instantes después, la pérdida del tío Mauricio no me causaba tristeza, pero me dolía el dolor de ella, soy de esas personas que se contagian de los llantos; creí oportuno además mostrarme afligido por la situación, así que después de llorar juntos por unos minutos, las cosas comenzaron a mejorar; comenzamos a saludar a todos, sus sonrisas eran las de siempre, pero sus ojos no. La hermosa tía Graciela tenía la nariz irritada, su cara de porcelana denotaba cansancio, sus ojos color avellana resaltaban por lo rojo de la conjuntiva.

No recuerdo con precisión algunas cosas, el tiempo comenzó a volar y de pronto estaba ya en el estacionamiento del velatorio en medio de la plática de mi tío Alberto; un hombre sumamente encantador, todo el tiempo que pasaba aquí cuando venía de visita, yo siempre me encontraba detrás suyo, lo admiraba en sobremanera, casi como a un ídolo; su forma de vestir, de hablar, de reírse, de fumar, de beber, todo era fantástico, poseía una elegancia perpetua y una elocuencia que yo quería lograr en mi adultez, de hecho, mi padre en más de una ocasión sintió celos de él, ya que yo lo mencionaba de manera constante. Bebí un sorbo de su café, casi lo escupo por su amargura, fui a la cafetería para tomar algo distinto a esa tortura oscura que encanta a los adultos, me serví un café, en mi familia es permitido hacerlo, pero sin que nadie lo notara le puse tres cucharadas de azúcar y mucha crema. Mi emoción era constante, la visita de los tíos, un banquete de café azucarado y galletas, felicidad simple.

            Mi padre llegó en un momento de la noche, saludó a la familia, acompañó a mi madre con su mutismo habitual, sin caricias en la espalda, sin abrazos, sin enjugar sus lágrimas, nada, y con el pretexto del cansancio de mi hermana, se fue apenas pasada la media noche; jamás sabré si esa aparente indiferencia era genuina o no, a pesar de los años vividos con él nunca logré descifrarlo; mi padre se fue prometiendo volver al velorio, se fue en el momento cúspide del evento, no regresó, se despidió cuando más gente estaba presente, tal vez cuando mi madre más lo necesitaba, se fue cuando más chiquillos correteaban alrededor del estacionamiento, yo no me quise ir.