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El trabajo de sus sueños.

Jonathan Alcalá

El sonido del despertador es un simple aviso de que ha llegado la hora de ponerse en pie. Lleva poco menos de treinta despierto. Una canción que se le ha metido en la cabeza en las últimas semanas, Suspicious mind, suena casi hasta terminar. Los nervios de la entrevista de trabajo programada  dentro de pocas horas. El ruido bien conocido de la orina cayendo en el retrete, la regadera escupiendo agua caliente mientras el sabor a pasta dentífrica desaparece poco a poco. La fragancia del jabón perfumado que le obsequió la abuela llena el diminuto cuarto de baño. Se afeita con precaución la poca barba que se asoma como una sombra sobre su quijada, desempañando el espejo a cada rato con la mano empapada, una nube de vapor y perfume de canela. Después de la coreografía del aseo personal matutino, viene la coreografía de ponerse la vestimenta. El atuendo pensado y listo desde mucho antes, para no perder tiempo en un día tan importante, evitar incidentes y prevenir cualquier eventualidad. Los pantalones negros, formales y muy lisos, cuelgan en el respaldo de una silla, los zapatos negros de corte italiano que compró para la fiesta de graduación saldrán de nuevo a la calle. Abotona la camisa azul cielo con calma y seguridad. Sume la barriga un poco y piensa que el lunes próximo comenzará de nuevo el régimen alimenticio, el mismo que termina  martes o miércoles, y comienza de nuevo al lunes siguiente. Seis y treinta y cinco de la mañana, parece tener tiempo de sobra, tal vez fue una exageración levantarse tan temprano. Revisa de nuevo que tenga lo necesario para la cita y lee una vez más su currículum vitae.

            El desayuno que normalmente es a las ocho de la mañana se adelanta algunos minutos;  leche y hojuelas de maíz en un plato, sorbiendo de la cuchara con la cara lo más alejada posible de su propio cuerpo, no vaya a ensuciar la camisa. El desayuno que nos dicen los comerciales de televisión, un poco de fruta para completar, no es lo habitual, pero todos los días se intenta mejorar. Ha llegado el momento de salir de casa. Por fin todo el esfuerzo de cuatro años se verá recompensado, los desvelos haciendo tareas, el sacrificio de los padres para comprar libros que no se leyeron por completo,  las clases y los temas que pareciera que nada tienen que ver con lo que necesita saber, los horrendos baños de la universidad a las horas pico, el transporte siempre arriesgado y tumultuoso, el servicio social de actividades estériles y que nada sirven a la sociedad, y todo lo demás. El principio del resto de su  vida comienza hoy.

            Sentado en la sala de espera con la espalda erguida, sus documentos sobre las piernas y las manos encima de las rodillas, con una sobrada puntualidad, para que a final de cuentas, la persona que lo va a entrevistar llegue veinte minutos después de la hora. Oficinas con paredes de cristal, sonrisas, café, saludos y cuchicheos entre los que serán sus próximos compañeros de trabajo. Una mujer de belleza notable asoma los muslos y hace sonar sus tacones al pasar frente a él, sin verlo siquiera, sin inmutarse ante la sonrisa amistosa ofrecida, dejando una estela de perfume. Un sujeto llama su atención, alto, de físico atlético y corbata color vino, camisa blanca entallada; seguramente tiene un hermoso automóvil, pensó, vive en un departamento de la zona rosa de la ciudad, posee una tarjeta de crédito y tiene una novia que causa envidia, yo quiero verme así, quiero ser como él, se plantea en su mente.

            Escucha su nombre, lo invitan a pasar a una de esas peceras corporativas, lo saludan de mano y ofrecen una disculpa por el atraso; al tomar asiento trata de no hundirse en la silla que está dispuesta para él. Su entrevistador tiene pinta de jefe, se desenvuelve con soltura y confianza, le habla con una naturalidad que le hace sentirse cómodo, después de todo, el escritorio que los separa, los miles de pesos de diferencia de poder adquisitivo y un puesto más alto en la cadena alimenticia, no lo hacen una persona hostil. Preguntas sencillas de responder, breves anécdotas que se filtran entre los asuntos profesionales, y una pobre argumentación sobre las razones del por qué debe ser contratado por la organización, son los temas en los cuales se intercambian palabras.  Invitan de nuevo al candidato a salir de la oficina y tomar asiento en el mismo lugar del principio. Cinco minutos después le piden que entre a una sala y le explican cómo contestar las psicometrías. Parecen demasiado simples, hay respuestas que lo hacen dudar por lo obvias que parecen, duda y cree que puede ser algo capcioso, se distrae un momento con el recuerdo de los muslos y el perfume, se dice a sí mismo que debe concentrarse, lee detenidamente por la premura que implica contestar rápido, pero acertado. Por fin termina, le indican que es todo por el momento y que espere a que lo telefoneen.

            Dos días después, nuestro candidato está sentado en el mismo lugar y recibe la noticia de que ha sido seleccionado, es todo un privilegio para él sumar su fuerza de trabajo a la organización, la algarabía de su mente sale al exterior con apenas una luminosa media luna de su boca; el mismo sujeto que lo atendió la vez pasada le explica sobre el horario en que deberá trabajar, nueve horas de lunes a viernes y cinco horas los sábados, sin contar con el tiempo de transporte claro está; una hora para comer,  la empresa piensa en todo, así que puede disponer de un lugar para almacenar y calentar su comida, mesas, sillas  y lavaplatos.  Llegado el momento hablan del sueldo, dos salarios mínimos profesionales por día y prestaciones al margen de lo que marca la ley, pagos quincenales por medio de una tarjeta bancaria. Un sueño convertido en realidad para nuestro joven egresado, por último, le piden que se presente al día siguiente para afinar los últimos detalles, poner su firma en un contrato y llevarlo con quien será su jefe inmediato. Agradece una vez más la oportunidad que le brindan al dar un apretón de manos, sale a la calle y ahora sí exterioriza su contento, ya se vio a sí mismo, en un escritorio frente a un monitor, rodeado de gente como él, una taza de café personalizada que le obsequió su novia el pasado día catorce de febrero, dando lo mejor de su ser para la empresa, un ingreso que jamás ha tenido, podrá ir a centros comerciales, bares y restaurantes, tal vez muy pronto una tarjeta de crédito y una membresía en el gimnasio, y más adelante, un automóvil. Sus padres procuraron un futuro de éxito para él, le dieron lo que ellos no tuvieron, para eso fue a la universidad, para ajustarse como un engrane, para tener un empleo como el que tiene ahora.

La última carta (parte II).

Jonathan Alcalá

Recuerdo la primera vez que creí amar a una mujer. En mi último de escuela primaria las niñas comenzaban a dibujar sutiles curvas bajo sus uniformes, mientras los niños comenzábamos a imaginarlas bajo las sábanas. No puedo definir lo que sentía, pero sí puedo decirte que más de una vez soñé dormido y despierto con su rostro. Compartíamos el mismo salón de clases, pero nada más, todo el tiempo estuve tan distante de ella. Parece que siempre fui  opaco para las personas que más deseaba. Jamás me acerqué lo suficiente, moría de deseo por siquiera respirar a su lado y por decir muchas cosas, pero mi timidez nunca me permitió hacer lo que dictaban mis impulsos. Confieso también que elegí la escuela secundaria para seguirla. Seguramente te preguntas porqué te digo esto, es simple, para que te des cuenta de que tengo la manía de perseguir la sombra de las mujeres por quienes he experimentado amor. No importa cuánto duela, no importa cuán frustrante pueda llegar a ser, lo he hecho todo el tiempo. Ella fue la primera inspiración de mi alma y de mi cuerpo, comencé a tejer palabras simples y creaba expresiones idiotas que escribía en las últimas páginas de mis cuadernos, en ese entonces, mi único acercamiento a la literatura habían sido los maravillosos cuentos de Oscar Wilde  en sus versiones mutiladas para los libros de la escuela. Escribí poemas antes de leer alguno, fantaseé con el cuerpo de una mujer, una chiquilla apenas, igual que yo, muchos años antes de poder experimentar con una piel ajena, una piel como la tuya. Me revolvía en mi cama imaginando el perfume de feminidad que creía percibir de mi compañera cuando de manera “accidental” pasaba a su lado, ese olor era un tanto visible para mí, como un aura que enmarcaba esas olas de cabellos castaños. Muchos años tuvieron que pasar para poder superar la perfecta imagen y la fragancia imaginaria de ella en mi vida. Yo no era el único que la deseaba, el resto de mis compañeros también, ella brillaba para muchos de nosotros, pero lo que yo sentía lo guardaba para mí, lo atesoraba como un secreto precioso, como algo que llegaría a suceder, tarde o temprano ese amor acumulado saldría a materializarse. Te sorprendería saber de quién se trata, puesto que con el paso de los años nos convertimos en amigos íntimos y tú conversaste en alguna ocasión con ella, en una de las muchas fiestas a las que te invité.

Soy el resultado de una adolescencia fallida, eso lo supe mucho antes de que la terapeuta que me recomendaste me lo dijera. Yo creía que la sensatez,  la inteligencia y la madurez eran cosas que venían por añadidura con el paso de los años. Algo que recuperaría en algún momento. También creí que el éxito es algo inminente si uno hace tal o cual cosa, si se es honesto y evita a medida de lo posible aquello que todos reprueban, pero no hay mentiras más abyectas que las anteriores, el paso de los días que se convierten en años y los golpes de realidad nos demuestran cada día que esas leyes cósmicas de las cuales nos aferramos como infantes a las faldas de nuestras madres, no son más que cortinas que impiden la visión de la cruel, pero simple realidad, el azar lo gobierna todo. De lo contrario, cómo explicar el asesinato de un niño, o el que un hombre horrible, un criminal despiadado viva tantos años y muera tranquilamente en su cama. Nos inventamos fantasías y tragamos cuentos increíbles para calmar la ansiedad que provoca el no poder explicar hechos como los que mencioné, enajenamos la responsabilidad del universo a las deidades que inventamos para así poder continuar con nuestras rutinas vacías y aminorar el miedo de que de un momento a otro el azar pueda jugarnos en contra; las desgracias las teñimos con propósitos divinos e incomprensibles y construimos un paraíso detrás de las nubes para creer que nuestros muertos nos esperan, cuidan, escuchan y observan a cada instante; sin sufrimiento, sin defectos,  en pocas palabras, despojados de humanidad. El paraíso que esperamos es eso, dejar de ser humanos. Cómo explicar que yo, que me entregué con un amor transparente y devoto hacia ti, lleno de respeto y comprensión, me hayas botado como a un objeto roto, un día decías amarme, al otro, no querías saber nada de mí. Si algo tenía roto, era mi interior.

La curiosidad y las dudas han sido constantes en mi cabeza, jamás creí las verdades que dictaban mis profesores; nunca fui un alumno brillante, me dominaba una pereza tremenda todo lo relacionado con el aula de clases, iba porque tenía que ir y porque lo que veía alimentaba mis fantasías, así que desde muy joven encontré un lugar para refugiarme de este mundo, mi imaginación, con ella endulzaba los amargos despertares y sazonaba las insípidas tardes, escondido a la luz del día y en medio de todos me convertía en un ser diferente al que era. Lo mejor de mi vida sucedía dentro de mi mente.

La última carta (parte I).

Jonathan Alcalá

R.E.:

Espero que al recibir esta carta te encuentres bien, yo lo estoy desde hace tiempo, o por lo menos, eso intento, sin embargo, algunas veces por las noches pierdo el impulso de dormir y mi cabeza da vueltas alrededor de tu recuerdo, es por ello que he decidido decir todo lo que me plazca, todo aquello que callé y me fue pudriendo por dentro. He dicho que espero que estés bien, pero también espero que de súbito al comenzar a leer, te entristezcas casi de la misma manera en que yo lo estuve al momento de tratar de explicar lo que significaste en mi vida. Tal vez pases de la tristeza a la ira de un momento a otro, pero sé que por más que pueda llegar a lastimarte con mis palabras, no dejarás de leer, por ese vicio tuyo que tienes de querer sentirte miserable.

            Tratando de buscar un principio adecuado para que entiendas el hecho de que eres un antes y después en mi existencia, creí preciso darte una perspectiva de mi vida entera, que aunque crees conocer bien, en esta ocasión habrá un intento de no maquillar la realidad, y es que cuando hablamos de pasados difíciles, creemos transformar esos recuerdos al embellecerlos un poco y al omitir las peores partes. Cada uno se forma una memoria tal cual la desea.

            Tienes un vago conocimiento de que crecí en el seno de una familia humilde; mi padre, fue un hombre que sufrió el abandono de sus progenitores a muy temprana edad, tal vez esa fue la razón por la cual siempre fui invisible a sus ojos y mudo ante sus oídos, cómo pedirle amor y atención a una persona que jamás los tuvo, que vivió una niñez repleta de carencias y pobreza material y afectiva. Mi abuela, tuvo siete hijos de siete hombres diferentes, cosa comprensible, ya que su oficio fue el de prostituta, eso no sabías; por parte de mi abuelo, qué te puedo decir, un cliente más, un hombre como tantos. Mi padre creció bajo los cuidados forzados de una tía abuela, fue sometido al abuso de sus hermanos mayores y enfrentó la vida como un bastardo de padre y madre. No imagino una niñez tan complicada como la de él, alguien como yo se hubiese rendido con facilidad, pero a pesar de ello, salió adelante lo mejor que pudo. Con respecto a mi madre, esa mujer dulce que conoces, esa cara pálida de ojos color avellana, ese cuerpo frágil y enfermizo, debes saberlo, posee también una esencia frágil. Mi madre ha sucumbido la vida entera ante la  autoflagelación, le castigaron el alma con tanta inmisericordia y durante tantos años, que ella también aprendió a castigarse a sí misma, y lo peor de todo, es que sus hijos seguimos pasos semejantes. Ella, hija de una madre orgullosa e insensible, también vivió el  abandono, y su padre, odiosa e inverosímil coincidencia, un cliente más. Vidas y sufrimientos paralelos los de mis padres, dos personas abandonadas que engendraron hijos condenados al abandono. Esa es la verdad detrás de la aparente armonía familiar que conoces. Hemos aprendido a vivir juntos sólo porque aprendimos a callarnos lo suficiente y a ignorarnos lo necesario. Siento amor por mi familia, pero también compasión y repulsión, porque sé  que soy semejante a ellos, son espejos de carne y hueso.

            Cuando se es niño, la falta de dinero no es tormentosa, a fin de cuentas, mis necesidades básicas estaban cubiertas de la mejor manera posible. Yo me creía feliz, a pesar de todo; muy a pesar de mi padre y su vicio por el alcohol, y de mi madre y su vicio por la tristeza. Yo llegaba a casa después de la escuela y veía siempre en la mesa el plato de comida tibia que me dejaba ella antes de irse a trabajar, yo pasaba el resto del día en el diminuto patio de tierra, solitario con mis juguetes y mis fantasías, vi convertirse muchas tardes en noches; me atemorizaba la  oscuridad, entonces la espera de mis padres se volvía eterna en ese cuartucho al que llamábamos casa. Siempre hice por cuenta propia los deberes de la escuela, y cuando llegaron mis hermanos, me hice cargo de ellos. Fui obligado a madurar desde muy niño, era yo el que los corregía, el que atendía algunas de sus necesidades, el que iba a las juntas escolares, el que a ciegas trataba de ser un ejemplo para ellos; seguro esa es la razón por la cual ahora de adulto hago niñerías. Sufrí un retroceso, mi mente y mi cuerpo reclamaron esos años de niñez y adolescencia hasta perder toda esa madurez prematura. ¿Recuerdas que siempre me habías reprochado mis actitudes de adolescente? He aquí una posible causa de ello, una de tantas. No me justifico, pero solicito comprensión, tú nunca me comprendiste.

 

La noche en que abandonamos a nuestros amigos.

Jonathan Alcalá

Te veo, entonces mis pupilas se transforman en pozos hambrientos, pozos  de bocas anchas y oscuras, infinitos, sin fondo; la curva de mis labios se pronuncia hacia los costados y cierro mis ojos al acercarme a ti; pego la palma de mi mano derecha al costado de tu cuello mientras mis dedos se entrelazan a tus cabellos, mi mano izquierda, peregrina, recorre tu muslo derecho y se posa en tu cintura.  Sentados en dos sillas de madera y con un mar de personas a nuestro alrededor beso tus labios, los beso con una devoción perpetua, sintiendo lo sublime de ti,  respirando tu aliento como si me alimentara una bocanada de tu alma callada, cada vez más cerca de ti, aprisionando por un instante tu labio inferior con mis dientes; de súbito, siento tu lengua acariciando la mía, nuestros rostros se cruzan para que nuestras bocas estén más cerca, las ansias de tus manos aferradas a mi camisa me indican  que sientes algo semejante a lo que yo. El beso termina, distanciamos nuestras cabezas un poco, continuamos aturdidos de sensaciones y nos decimos con la mirada que necesitamos estar solos. Pones entre mis dientes tu dedo anular y me suplicas que lo muerda; lo hago, lo hago porque sé que te gusta sentir ese dolor dulce, esa tortura complaciente y placentera, me pides que lo haga con más fuerza, intento medir lo cerrado de mi mandíbula pero la risa me vence. Soy tan dueño de mí mismo cuando me entrego a ti, soy un ser completo a tu lado.  Bebemos un sorbo más de nuestra tibia bebida y me dices con tu voz lo mismo que con tus ojos, nos ponemos de pie cínicamente y nos vamos sin despedirnos. Son los recuerdos de la noche en que abandonamos a nuestros amigos en aquel bar de blues.

De madrugada, sentados en una banca en plena calle, cuidando nuestras espaldas continuamos el ritual milenario que comenzamos minutos antes. Los besos se vuelven más rítmicos, el sabor a alcohol se ha ido y  la sabia de tu boca me sabe a felicidad; descansamos por momentos y apoyamos nuestras frentes una con la otra, sin mirarnos, sabiéndonos más cerca que nunca, experimentando por primera vez lo que creíamos haber hecho ya en muchas ocasiones. El clima se siente fresco sobre nuestros cuerpos vestidos, pero tenemos el alma desnuda. Te recuestas en mi hombro, dando la espalda, tomas mi mano y la pones en tu pecho, busco la frontera entre tu blusa y tu piel, y acompaño nuestros tactos con besos a ojos abiertos, cuidándonos, deseando que la calle continúe sola para nosotros dos. Ceso de tocarte, una pareja cuarentona con chamarras de cuero se ve desde la esquina y pasan a unos cuantos metros de nosotros con un caminar lento, abrazados, sin mirarnos. Bromeamos al respecto, nos burlamos de nosotros mismos por no tener suficiente dinero para una habitación. Es una de las noches más felices de mis recuerdos, la primera noche en la que nos atrevimos a amarnos también con el cuerpo.

Te susurro al oído que te amo, que te adoro y que llevo toda una vida enamorado de ti. Todo se envuelve en silencio de nuevo, toda mi conciencia se  transforma en palabras para decir, tantas y tan pocas a la vez, ninguna sale a  través de mi voz, dichas palabras recorren mis dedos al tocarte, al acariciar tu pecho y entre tus piernas; dejas escapar expresiones ininteligibles, me dices que me detenga, pero yo insisto con ternura, tus manos en mis muñecas dejan de estar tensas y me acompañan, cada vez más rumbo a la profundidad, agitado, encierro mis dedos debajo de tu vientre, debajo de tus ropas que me estorban  siento tu interior, con mucho cuidado, con cautela me adueño de la cálida humedad que desprendes; paso mi tacto  con suavidad, deliberadamente me apropio de ti, te reclamo para ejercer el amor,  me convierto en un ser unisensorial. Me dices de nuevo que me detenga, insistes, y lo hago; pones freno para ambos. Miramos la hora, un par de llamadas perdidas de nuestros amigos, no  importa en lo  más mínimo. Nos ponemos de pie, mi  orientación se ha visto afectada, he perdido la noción del aquí y el ahora. Por fin sé en donde estamos y  te acompaño a una avenida para tomar un taxi, caminamos juntos, con pasos firmes, pero con la mente claudicante; tantas cosas que deseamos experimentar, tantos deseos vehementes por consumir, pero no hay tiempo y no hay espacio, eso que le sobra a muchos que dejaron de amarse, hoy nos hace tanta falta a nosotros. Dejamos pasar varios coches, no queremos despedirnos, anhelamos estúpidamente que la madrugada se vuelva eternidad, estiramos los minutos lo más posible, cada beso se convierte en el penúltimo, en la despedida, en la promesa de vernos al día siguiente. La luz roja del semáforo nos juega una mala pasada, un coche se detiene, me miras y te despides con un abrazo y un último beso, una lluvia de sonrisas y un te amo al cerrar la portezuela. Te alejas con rapidez y yo me quedo en la acera viendo cómo te pierdes a la distancia, pero con la seguridad de que estaré a tu lado al día siguiente, con la certidumbre de verte toda la vida y de tenerte muchas noches.

Trazos (parte I)

Jonathan Alcalá

Mi tío Ernesto, que en realidad era mi primo, tenía una costumbre peculiar, se divertía haciendo trazos sobre pliegos de opalina, siempre el mismo tono de papel y el mismo gramaje; todo el tiempo usaba un lápiz con la punta afilada, una goma para borrar, un sacapuntas metálico y un juego de geometría. El tío Ernesto era el hijo mayor de mi tía Griselda, que a su vez era la hija mayor de mi abuela Lucila. Por mi parte, soy el hijo menor de Esperanza, la última de siete hermanas. Decía mi abuela que por eso murió el abuelo, de desánimo porque jamás engendró un varón que diera continuidad a su apellido, crió y alimentó “artículos para caballero”, decía en tono de amarga broma para sí mismo.

            Las siete hermanas salieron de casa para casarse con vestido blanco, sin embargo, el áspero carácter heredado del abuelo y la absurda y en ocasiones natural atracción de las mujeres hacia los hombres menos aptos para la vida en pareja, las llevó a terminar con sus matrimonios antes de cumplir los treinta. De manera afortunada, el abuelo no sólo les heredó el carácter, sino también una enorme casa construida con todos y cada uno de los centavos obtenidos en el remate de sus tierras que estaban en el norte de país, lugar donde se construyó una presa hidroeléctrica. A pesar de malbaratar los terrenos fértiles de tierra oscura, el dinero ahorrado de las bastas cosechas de años dorados fue suficiente para que la familia llevara una vida tranquila en la enorme finca de veinte habitaciones y dos patios. En “la casa de las dejadas”, como la llaman los vecinos, las cosas se complicaron cuando el abuelo murió llevándose  con él las últimas monedas de la pequeña fortuna, a los dos meses, la abuela partió también, era de esperarse, ya que después de sepultar al abuelo, ella perdió el habla y se quedó en cama dejándose morir.  Sus hijas mayores se pusieron a trabajar y sacaron adelante al resto  de sus hermanas, así como los gastos y todo lo que conlleva sostener una enorme responsabilidad como la casa misma.  Yo no tuve el gusto de conocer al abuelo, a papá Jacinto, como todos le llaman, pero mi madre y mis tías se han encargado de crear una precisa imagen de macho resignado a vivir en una casa de mujeres. Tampoco conocí a la abuela, pero de ella me hablan poco, una mujer sometida a tener hijas  y atender al marido.

Recuerdo que yo me entretenía muchos minutos revisando el mar de fotografías familiares que estaban regadas en toda la casa; fotografías donde el abuelo siempre aparecía con su cara de molestia y su tupido bigote de hombre de campo, las siete hijas en distintas etapas de su niñez, y la abuela con su sonrisa falsa.

            Ernesto, mi tío, fue la alegría de los últimos años de papá Jacinto, un hombrecito nacido de su hija  mayor y la más bella,  la primera en dar los primeros disgustos de adolescente, la primera en ver al novio a través de los barrotes de las enormes ventanas que dan a la calle; la hermana que instruyó al resto en las complicaciones y los gozos de haber nacido hembra. Mi tía Griselda, me contó mi madre, se casó con un hombre lleno de virtud en apariencia, un ingeniero de buena familia y mejor trato, que se ganó el corazón de todos e incluso el del renuente abuelo. Nunca he comprendido el extraño talento de vivir con una máscara de toda perfección en el período de cortejo, que después es brutalmente pisoteada en la vida de matrimonio. El extraordinario ingeniero resultó ser un ordinario ebrio y mujeriego; mi tía  Griselda toleró algunos años el suplicio acostumbrado de muchos matrimonios. Cuentan que mi abuelo  envejeció muchos años cuando acogió de nuevo en casa a su hija y a Ernesto, no porque  le pesara tenerlos cerca de sí, sino tal vez porque tal vez presentía que aquello se convertiría en una tradición familiar. El resto de mis tías, y también mi madre, salieron de la casa llena de ilusiones, y regresaron con hijos y decepciones, así que la casa se convirtió en un festival permanente de niños corriendo por todas partes. La hora del desayuno, el almuerzo y la cena eran eternos, todo terminaba con una montaña de platos sucios, ollas de guisos vacías, envases de leche terminados y restos de pan por toda la mesa.

            Pero me he desviado un poco del tema,  cómo no hacerlo cuando se tiene una infancia semejante. En fin, el tío Ernesto, los días que no trabajaba, montaba una mesa en medio del patio, corría a los chiquillos a gritos amenazadores y de autoridad, traía sus materiales y comenzaba con su original afición.  A pesar de que todos mis primos jugaban en el segundo patio, yo me quedaba con él; nunca me pidió que me fuese ni mucho menos, al principio hacía todo como si yo fuese invisible, después, de apoco me explicaba algunas cosas.  Lo primero que hacía, era sacar el compás de precisión y apoyaba la punta en medio del papel; trazaba un círculo perfecto, después, con el entrecejo fruncido cambiaba la apertura del instrumento y dibujaba con paciencia tres líneas que cortaban la circunferencia a la misma distancia, seguido de ello tomaba la regla y unía las intersecciones, de manera fantástica aparecía frente a mis ojos un triángulo con sus tres lados iguales. La goma permaneció nueva todo el tiempo, tal vez el hecho de llevarla a la mesa era el simple accionar de la disciplina. Lo que después hacía mi tío Ernesto al terminar el triángulo, eran cosas que estaban más allá de mi comprensión y que mi memoria ha dejado en un rincón muy oscuro. No siempre eran figuras geométricas de tres lados, en otras ocasiones eran de cuatro, de cinco, de ocho lados, qué sé yo.

A estas alturas de mi vida logro comprender mi fascinación por todas esas cosas, y  no sólo lo que tiene que ver con los trazos de mi tío Ernesto, sino también con la magia de su persona. Le echo mucho de menos.  Mis evocaciones son gratas en sobremanera, de niño, siempre tuve la seguridad de querer ser semejante a él, además, de alguna manera era una figura paterna que llenaba los huecos vacíos de semanas completas, huecos que no se llenaban con dos sábados y domingos al mes en parques, salas de cine, jugueterías, centros comerciales y largos silencios en el coche de vuelta a casa. La muerte de mi tío fue muy callada. Todo comenzó con el regreso de una consulta con el médico hace veinte años, un mediodía frío y gris de febrero, con el sol detrás de las nubes que semejaba un círculo de cobalto. Estábamos almorzando, como siempre, a las dos en punto, recuerdo a la perfección que yo bebía canela caliente con leche que le supliqué a mi madre que me sirviera aunque no fuese una bebida adecuada para dicha hora. Cuando llegaron, madre e hijo apenas y se asomaron al comedor, mi tía Griselda apresuró el paso a su recámara, claramente vi que llevaba un llanto incontenible al caminar; mi madre, mi tía Pilar y mi tía Paulina, que eran las que trabajaban medio turno y se encargaban de cuidar al ejército de niños toda la semana, pusieron rostro de espanto. Ernesto, mi tío, dijo un par de palabras que provocaron un eco que aún está por toda la casa, “es cáncer”. La dinámica familiar cambió por completo. Por muchas noches las hermanas se reunían en el estudio a platicar, llorar y discutir, mis primos mayores se quedaban cerca y trataban de escuchar todo y comunicarlo al resto, menos a Enrique, a Azucena y a mí, por ser los menores. Como no lograba enterarme de nada estando detrás de todos mis primos y primas, y porque nunca me gustó entrar a empujones o rogarles que me tomaran en cuenta, me iba y dejaba a todos atrás, caminaba sigiloso hacia las escaleras, caminaba asustado por la oscuridad mientras observaba las caprichosas sombras de las macetas que se proyectaban con la luz del cielo nocturno. Me asomaba con cuidado a la habitación de mi tío Ernesto, lo veía despierto, muy rara vez estaba dormido. Parece mentira que en esos días se hubiera convertido en rutina lo anterior, durante semanas, no sé cuantas, pero cuando se repite una actividad durante algún tiempo, parece que la vida siempre ha sido así. Las veces que mi tío no estaba dormido, le veía acostado con un par de almohadas debajo de su cabeza para estar alto, las piernas rectas con la sábana blanca cubriéndolo hasta la cintura y los brazos descubiertos a los costados. Pensativo, en completo silencio, con la luz tenue que acariciaba todo a su alrededor; me sorprendía mirándolo y me invitaba  a pasar. Era el único en la casa que me tomaba en serio, me platicó de su novia Claudia, y de que no pudo seguir con el trabajo, jamás mencionó que estaba enfermo, de vez en cuando hacía muecas de dolor cuando intentaba ponerse más cómodo.

Camas grandes.

Jonathan Alcalá

Jamás pensé que comprar una enorme cama sería una decisión tan inútil; es natural que uno termine comprando lo que los demás nos dicen,  pasamos el tiempo creyendo tomar decisiones que no tomamos. Pero de todas aquellas cosas que hemos comprado desde que tenemos una vida juntos mi esposa y yo, la que más inútil me parece, y lo repito constantemente, es una enorme cama. No hice caso de nuestras costumbres de novios, y es que cuando comenzamos a dormir juntos, en aquellas escapadas de pretextos que nos parecían creíbles por lo menos a nosotros mismos, hacíamos el amor y dormíamos abrazados apenas en un espacio de cama. Envueltos en sábanas blancas y pensamientos indecibles que salían de nuestras mentes para condensarse en el techo y caer sobre nuestras bocas.

            Todo el tiempo, cada que nos acostamos, yo le pido a ella que ponga su cabeza sobre mi brazo, ya sea dándome la espalda o de frente, no hay otra manera de hacerlo; aunque en realidad una vez que tratamos conciliar el sueño, es definitivo, ella debe darme la espalda, ya que con su boca cerca de la mía, habría que estar loco para no llenarla de besos. Resulta cansado después de unas horas el tener el peso de su cabeza sobre mi brazo, entonces yo me muevo un poco y ella entiende entre sueños; se aleja una nada, apenas unos centímetros, ignoro por completo cuanto tiempo pasa, pero de repente, ese magnetismo inagotable de nuestros cuerpos desnudos hace que ella o yo nos abracemos de nuevo. Yo padezco de un sueño ligero, toda la noche despierto, pero cuando duermo con ella el sueño es mucho más liviano; será que me ganan las ansias de acariciarla, de ver su hermoso rostro detrás de sus rizos negros; ella insiste en recogerse el cabello, pero yo le suplico que se lo deje suelto, entonces cede, como cedo yo ante sus súplicas también; en nuestro amor no hay democracia, ambos dictamos y obedecemos, sin cuestionamientos, obsesionados por el placer mutuo; por el bienestar ajeno, que no es otra cosa que el de uno mismo, sin llevar cuentas de favores, orgasmos y caprichos cumplidos, no regateamos, no hay balanzas en nuestra concepción del amor.

        A veces me he quedado eternidades escuchando el compás de su respiro, entrelazo nuestros dedos y doy besos suaves sobre su piel; cualquier parte de su cuerpo me produce sensaciones maravillosas, mis manos son erráticas cuando están encima de ella, se mueven de un lado a otro, de extremo a extremo, y cuando llego a un punto en donde mi tacto consume todas mis ganas de tener su cuerpo, entonces comienzo a extrañar otra parte de sí. Sé lo que viene cuando se eriza su piel, cuando se encoje de hombros y me sonríe, me ve con sus ojos castaños, esos ojos bonitos, superlativos y cauteloso, repletos de ella misma, más grandes que mi vida entera, cósmicos, terrenales, insaciables, porque todo yo me licúo y caigo gota a gota en sus pupilas, pero de inmediato renazco en su boca, en la saliva que nunca apaga mi sed, pero que la prefiero mil veces antes que el agua, porque sus besos alimentan más que a mi cuerpo, alimentan mis esperanzas todas, mis ganas de vivir y sentir.

         Cientos de horas de sueño hemos echado por la ventana para amarnos de madrugada, no hay desperdicio, al día siguiente el cuerpo reclama, pero el alma hace como que no oye, todo se mueve a un segundo término cuando de amor se trata; los problemas se ven sencillos, las preocupaciones dejan de preocuparnos; el clima, cualquiera que se presente, es clima ideal para nosotros, y la cama, se hace enorme mientras entrelazamos nuestros cuerpos, un diminuto pedazo del universo que se convierte en el mejor lugar para estar. Entonces a partir de esa sapiencia, yo le digo a mis amigos: cuando se casen, no elijan camas enormes, así, aunque su amor se esfume con el paso del tiempo, por lo menos van a estar cerca al dormir, y si ya no se acarician de día, ojalá que sí lo hagan de noche,  poco importa si es por accidente,  y que sea visto, como un  efímero homenaje al amor que se tuvieron, pero más que nada, como un ahorro de espacio y  por qué no, también de algunas monedas.

Amigos.

Jonathan Alcalá

Querido Ricardo:

            Te escribo con la angustia que ha provocado un sueño que tuve hace un par de noches. Quiero confesarte que dudé en contarte, ya que no deseo interrumpir la paz que tienes en estos momentos, sin embargo, al escribirte espero encontrar alivio a la tristeza que me ha dejado dicha experiencia. Te darás cuenta de que esta modesta carta la escribo para mí mismo, ya que creo que difícilmente podrás leerla, pero de ser así, te estaré eternamente agradecido.

            ¿Recuerdas la última invitación que me hiciste  para asistir juntos a una reunión? Te puedo asegurar que mi respuesta no fue un desaire, de hecho, estuve esperando tu llamada esa noche pero llegó demasiado tarde, es por eso que preferí  descansar y dejar para otro momento nuestra habitual celebración de cada semana. Me hiciste prometer que nos veríamos al día siguiente y yo me acosté con la firme idea de que así iba a ser. Respondí con la tibieza que nos da la falsa seguridad de que nada ni nadie se interpone en la voluntad de algo tan simple como una reunión entre dos amigos. Jamás pasó por mi mente la posibilidad de que mi inasistencia podría cambiar el rumbo de las cosas, hasta ahora no había dejado de cavilar en el mar de posibilidades al haber dicho que sí en ese momento y salir de casa.

            En estos días he pensado con detenimiento en nuestra amistad, rescatando los mejores momentos, como aquel viaje que hicimos a la costa junto con tu hermano para que pudieras ver a Raquel a escondidas;  la mujer que querías y por quien te metiste en líos que pudieron costarte la vida, pero ¿quién no se mete en líos cuando se enamora tan intensa y ciegamente? Yo mismo conté con tu apoyo en ocasiones en las cuales el amor nubló mi entendimiento y  pasé por malos momentos.

No es mi intención hacer una lista de nuestras vivencias, ni pretendo conmoverte con mis memorias, sólo quiero expresarte lo especial que ha sido nuestra relación y que a pesar de que hace ya algunos años que no estás aquí, sigues presente de muchas maneras. Te extraño, porque creo que una verdadera amistad es para mucho tiempo, sin importar que la distancia, los malos entendidos, las disputas e incluso la muerte se atraviesen en el camino. Dos personas que logran construir un nexo tan profundo, sincero y desinteresado, probablemente estén unidas por un vínculo tan duradero como la eternidad.

Sobre el sueño que tuve, fue tan real como si viviera por segunda vez un acontecimiento. Soñé que apenas unas horas después de haber hablado contigo me llamaron para avisarme sobre tu muerte, me dijeron que habías tenido un accidente y tu vida se perdió de forma inmediata. Cuando el teléfono suena de madrugada nunca esperas una buena noticia. Sentí una terrible punzada en el estómago, un dolor que pocas veces se experimenta y una serie de sensaciones que me son difíciles de describir. Incredulidad, no creía y no quería creer que te habías ido así nada más, que la persona que había estado a mi lado durante tantos años se fue de una forma tan absurda e inmediata. Mis ojos se llenaron de lágrimas y me sumergí en un llanto tan amargo que cuando desperté mis mejillas todavía estaban húmedas.

Vivir nuevamente la noticia de tu partida me ha hecho reflexionar sobre la manera en la que he lidiado con tu ausencia física. Durante años me he negado a aceptar la realidad, te he insultado y odiado por tu imprudencia y tu falta de serenidad. Probablemente no lo sepas, pero cuando tu cuerpo todavía estaba en el velatorio tu padre me reclamó el no haber ido contigo esa noche; hubiese preferido verlo molesto, pero no fue así, vi en los ojos una tristeza que me sigue calando en el alma. Y tu madre, qué pena me dio ella; tú que fuiste siempre su apoyo, su primogénito, el hijo más comprensivo, cariñoso y lleno de virtudes. No puedo imaginar lo que sintió y sigue sintiendo. ¿Te das cuenta de lo que provocaste? Dejaste un insondable pesar en muchas personas, nos privaste de tu compañía, tu alegría y hasta de tus embrollos. Pero no escribo para hacerte reproches, quiero dejar de hacerlos;  te escribo para decirte que te perdono y me perdono a mí mismo. No fue culpa mía tu muerte y probablemente tampoco fue tuya, nunca sabré con exactitud qué sucedió. Me he hecho a la idea de continuar con el dolor, más no con el tormento de la culpa, el primero es inevitable porque te quiero, el segundo, es simplemente una necedad.

Pienso que navegamos en un mar de casualidades y causalidades, y en ocasiones nos dejamos llevar por las mareas, soltamos el mando de nuestro navío y perdemos el control. Pienso que a pesar de que somos seres diminutos en comparación con la inmensidad de las cosas, es un engaño el creer que no podemos controlar el destino, debemos asumirnos como seres capaces de subsistir cuando lo materia caiga a pedazos y se pudra. Es por eso que siento que nuestra amistad perdurará y que seguirás manifestándote de diversas formas. Tus palabras se escucharán a través de mi voz y de quienes te extrañamos. Te prometo que tu recuerdo permanecerá intacto, que no te guardo rencor y que el olvido jamás podrá carcomer la evocación de tu persona.

            Me despido con un hasta pronto, amigo, y te pido nuevamente que me disculpes, no por no haber estado contigo esa noche de noviembre, ni por reprochar tus actos, sino por creer que yo pude haber hecho algo al respecto. Tú y sólo tú tomaste decisiones que te llevaron a la hora y al lugar donde ocurrieron las cosas. Espero sigas en paz y que sigamos siendo leales el uno al otro.

Recuerdos.

Jonathan Alcalá

 Algunas veces por las noches imagino abrazarla, mi aliento envolviendo su nuca, respirando su perfume y siendo arrullado por un murmullo de amores. En pocos meses que estuve con ella tuve suficiente para toda una vida de recuerdos. Parece que las cosas y los lugares se impregnan de las personas y los momentos. La recuerdo todos los días, la pienso muy seguido, escudriño mi mente para encontrar algo que no tenga presente en mi memoria inmediata; he armado una colección de momentos en el archivero de mi cabeza; pero también he pensado en el olvido, creyendo que es mejor para ambos, soltarla y dejarla ir para siempre, sin embargo, de repente se vuelve una opción no viable, ya que mi vida, es decir, las canciones que escucho, mis dibujos y los primeros libros que leí, la tienen grabada; incluso con las cosas nuevas me las arreglo para que tengan que ver con sus ojos. Me digo en silencio lo que puede o no gustarle del presente.

   Hay pedazos de ambiciones e ilusiones regados por mi cuarto, empolvados como el caballete y los pinceles del rincón, olvidados como el frío café que dejé por la mañana y el pan enmohecido en el cesto de la basura. En ocasiones, un hedor a tristeza se queda por varios días, uno se acostumbra a ello, también a la ropa desordenada y al silencio de las paredes. Desearía tener una fotografía, nunca nos tomamos una juntos, la única evidencia de lo nuestro son algunos regalos modestos, las cicatrices del alma y las mismas pláticas con los amigos. Hay años de mi vida que pasaron sin que los percibiera, porque es posible existir siendo arrastrado por lo cotidiano, como un autómata aferrado al enamoramiento perpetuo de un ser que al parecer sólo vive en mi memoria.

   Mis hermanos, todos mayores que yo, se han ido de la casa desde hace tiempo y mi padre ha muerto. En la casa vivimos: mi madre, sus plantas, un gato al que nunca se me ocurrió ponerle nombre y yo. La idea de irme es constante, pero con la casa pasó lo mismo que con el barrio, uno dice odiarlo, anhela huir, pero permaneces tanto tiempo que no puedes apartarte de él por un motivo desconocido. A veces creo que la única diferencia al vivir solo es que ya no tendría que pagar habitaciones de motel las noches de suerte, los pocos momentos en los que me siento con una pizca de carisma, noches en las que encuentro una mujer para compartir la soledad en una cama. Tres décadas enclaustrado en la misma calle me ha atado a ella, ni siquiera el constante cambio de las cosas ha podido liberarme del constante pensar de un amor de hace años.

   Caminar al trabajo es rutina, me resulta menos fastidioso lidiar conmigo mismo que con el transporte, además, nunca aprendí a andar en bicicleta ni a estacionar el automóvil. Cuarenta minutos a pie valen la pena, mantener un cuerpo saludable con un corazón enfermo que de apoco consume todo lo demás. Camino diez minutos sobre callejuelas descuidadas en donde se asoma la pobreza todo el tiempo, casas con fachadas descoloridas y basura en todas partes. Cruzando la avenida parece ser un mundo diferente de calles limpias, librerías, árboles y cafeterías, la miseria no está en las fachadas en este lado de la ciudad, pero sigue en mí; sobre todo al pasar por el café donde tuvimos nuestra primera cita, una terraza con muebles de madera sin pintar y una botella vacía de vino tinto como florero con un clavel rojo, siempre fresco. Todo el tiempo paso por ahí, una que otra vez sonrío al verlo de reojo, otras lo examino con la mirada, nada ha cambiado, en los días tristes me hacen odiarlo al hacerme preguntas que no tienen respuesta y suposiciones que me carcomen por dentro.

   La vida tiene momentos maravillosos, placeres simples y complicados; beber una cerveza con los amigos y escuchar conversaciones interesantes, combina ambos; también es maravilloso ver una película o un partido de fútbol, extasiarme con imágenes de pinturas que tal vez nunca llegue a ver de cerca, comer, reír por cualquier tontería, conversar de problemas que no tienen solución, jugar con los sobrinos, ver a una mujer guapa por la calle, tratar de entender sistemas indefinibles, historias que cambian con el paso del tiempo, hacer una lista de libros por leer, escuchar una canción, hacer voz de idiota al acariciar al gato sin nombre, oler el perfume que me gusta, hacer el amor, mojarse los pies con el mar, conversar, recordar vivencias, y un enorme etcétera; pero a veces se enredan tanto las ideas que ya no sé cuál es el placer simple y cuál el complicado; y de todas las cosas que podría enlistar, hay una que permanece siempre como un recuerdo que me llena de dicha, la primera vez que la vi, desde ese momento supe que iba a sufrir por su amor, fue un pacto conmigo mismo, un contrato silencioso que se firmó cuando ambos nos sonreímos.

   Es posible que mis palabras denoten melancolía y frustración, pero vivo una vida aceptable, ya lo dije, tengo momentos maravillosos, y no negando ser un hombre melancólico y frustrado he querido a otras mujeres; me he equivocado dos veces creyendo que son el nuevo amor de mi vida, otras, han estado ahí, incondicionales, pero me he comportado como un cretino; más de una vez las engañé, las besé con los ojos más que cerrados, imaginando que fueran otra, que fueran ella; estando en sus camas he soñado despierto, la he acariciado sin que se diera cuenta, he puesto mis manos y satisfecho mi deseo en una piel que no es la suya. He formulado una teoría para consolarme, para no pensar en mi supuesto infortunio: la justicia no existe, es un concepto inventado para atormentarnos, buscar equilibrio en donde no lo hay. Pensando de esa manera puedo desatender la desesperación que me provoca no tener lo que creo merecer. El sentido azaroso de la vida hace pensar que siempre nos tiene reservado lo mejor para otro momento, yo sigo en espera. Vivo con la ilusión de encontrarla de nuevo, por un maravilloso accidente, pero quisiera que me viera mejor de lo que estoy ahora, esa estúpida idea de un arrepentimiento suyo. Por ello puede ser que también paso por aquel café los días que no voy a trabajar, esperando verla. He invitado a otras mujeres al mismo lugar, sobre todo a las más bellas, para que si llegara a pasar, se diera cuenta de que no ha sido la única. He vuelto a ese café durante años, qué más da si acompañado de una persona o de un libro, generalmente lo hago siempre con la misma intención, pretender ser interesante y encontrarla de nuevo, sentado, con la mirada gacha, respirando una atmósfera de ilusiones, disolviendo azúcar en mi café con recuerdos.

Cómo cocinar un corazón

Jonathan Alcalá

Cómo cocinar un corazón (porción individual).

Antes que todo, es recomendable elegir un corazón de unos veinte a  cuarenta años de edad; es prácticamente imposible encontrar alguno que no se haya roto, sin embargo, eso le proporciona un sabor especial. Una vez que se tiene la víscera, se lava con agua fría para retirar sangre, nervios y rencores; hay ocasiones en los que se encuentran una especie de nudos, se trata de infartos, no es recomendable continuar así, ya que da la sensación de presión en el pecho y el sabor que deja en la boca es a hierro. El proceso de limpieza también elimina las alegrías, pero es preferible, ya que cocinaremos un platillo salado en esta ocasión. El músculo cardíaco tiene una textura más rígida que el esquelético, aunque la forma de cocinarse es semejante; su color puede variar del rosa al rojo, una apariencia no saludable se percibe por sentido común, un corazón marchito se nota a leguas.

Después de haberlo limpiado, colocaremos el corazón en una olla de presión y lo dejaremos ahí durante treinta minutos, previo a ello, se adiciona un diente de ajo, un equivalente de cebolla, sal y dos o tres frases de amor; se debe tener especial cuidado en ello y no elegir frases de desamor, eso endurecería un poco el tejido y requeriría más tiempo de cocción. Si no se cuenta con una olla de presión, se puede usar una convencional, pero durante cuarenta y cinco minutos, no menos.

Una vez cocido el corazón es posible retirar la grasa con mayor facilidad que cuando estaba vivo, se cortan delgados filetes con mucho cuidado y cariño, como si se tratara del amor de su vida antes de la ruptura tormentosa e inevitable. Prepare un sartén con un recuerdo de la infancia, mantequilla y cebolla picada de manera muy fina; a fuego lento cocine los filetes al gusto, con sal y pimienta. Podemos acompañar nuestro delicioso platillo con una guarnición de ensalada de espinacas, tomate, arándanos secos y queso parmesano. Para beber, nada podría ser mejor que una copa de vino tinto, todos los males y las dichas que tienen que ver con el corazón se disfrutan mejor con alcohol.

Para comer lo que acabamos de cocinar con la pericia de los mejores, es necesario vestir de manera apropiada; el vestido de coctel en las damas, así como el clavel en la solapa y los zapatos lustrados para los caballeros, son parte de la experiencia, tan importantes como el ajo y la mantequilla. Al cortar el primer trozo y llevarlo a su boca, rodará una lágrima por  su mejilla izquierda, no se preocupe, al enjugarla, parte de lo que le queda de humano se irá con ella.