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Día de Muertos en México

Daniela Rivera

Una de las tradiciones más significativas en el patrimonio cultural de México es la que se celebra con fervor y tradicionalismo ritual: el Día de Muertos. En ella, los mexicanos nos mostramos a arraigadas expresiones artísticas y únicas en su género para conmemorar la visita de nuestros muertos. Siendo una festividad indígena que se conserva desde tiempos prehispánicos y que ha encontrado un lugar en la urbe de las ciudades sin olvidar su legado histórico – cultural y que en gran medida ha añadido símbolos desde la cultura española hasta adaptarse a los tiempos de actualidad.

El Día de Muertos ha sido una tradición de fastuosa admiración internacional, que provoca extrañeza y curiosidad ante cualquier extranjero que desee conocer el significado de su celebración. Al tiempo que al paso de los años, los mexicanos conservamos la cosmovisión de transmitir a otras generaciones, las acciones que llevan a cabo como parte de su idiosincrasia, de su identidad y de la forma que tienen para conectar el mundo de los vivos y los muertos y acrecentar así las manifestaciones artísticas y culturales que de su representación, de las que surgen puestas de ofrendas, arte mortuorio, festivales y un sinfín de rituales.

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“El solitario mexicano ama las fiestas y las reuniones públicas. Cualquier pretexto es bueno para interrumpir la marcha del tiempo y celebrar con festejos y ceremonias hombres y acontecimientos. Somos un pueblo ritual” Octavio Paz

El Día de Muertos en México crea una interpretación ante el mundo sobre la concepción que se tiene sobre la muerte, lo ubica como un país único, culturalmente enriquecido con creencias de origen prehispánico, culturas de gran importancia para su formación y, sobre todo, diferente a los dos países que lo han dominado a lo largo de su historia: España y Estados Unidos. España desde haber colonizado el país ha estado presente en las tradiciones, costumbres, religión e idioma; mientras que Estados Unidos al ser la primera potencia mundial y por su cercanía, aprovecha insumos que florecen en México y aculturiza al país con algunas de sus festividades como el Halloween.

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Ofrenda dedicada a David Bowie en el Black Cat Bones en Puebla

En Mesoamérica se encuentra información sobre los ritos mortuorios prehispánicos en los estudios de los arqueólogos y antropólogos. Otra fuente de información es la amplia descripción de los cronistas que llegaron a la Nueva España y relataron episodios de la vida cotidiana de la población indígena, incluyendo la concepción de la muerte y los rituales celebrados alrededor de ella.

En México la concepción de la muerte se toma con una postura de indiferencia, como un proceso que se lleva a cabo en el ciclo natural de cada ser humano. Mientras que en otras culturas es vista como un tema tabú, en nuestro país se le festeja, se celebra y es representada con júbilo al ser el paso transitorio con sus parientes vivos, los cuales aún llevan el recuerdo y el arraigo cultural con sus tradiciones.

Y en estos dos días una de esas tradiciones que re crean el sentido de identidad y pertenencia es la ofrenda, en donde a través de un altar recordamos a nuestros difuntos parientes. De muchos tamaños, colores, elementos e inspiraciones, las casas mexicanas se llenan de homenajes a quienes en vida nos acompañaron y fueron una importante parte de nuestras vidas.

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El otro yo (primera parte).

Jonathan Alcalá

“Vi todos los espejos del planeta y ninguno me reflejó.”

Jorge Luis Borges. El Aleph.

Después de su muerte, tuvieron que pasar treinta y tres días para poder entrar a la habitación de mi padre sin sufrir un ataque de llanto. A pesar de que su cuerpo había sido consumido por dos enfermedades implacables: el cáncer y la vejez, los meses de dolor y hospitales no fueron suficientes para tener lo que llaman: “una pronta resignación”. Sabía que él iba a morir, incluso antes de que enfermara, pero dicha certeza no hizo menos oscuro el camino, ni menos doloroso, la única diferencia fue que el cómo y el cuándo se habían reducido a unas pocas posibilidades.  Cuando comencé a desocupar el cuarto, me encontré con muchos recuerdos y con algunas cintas grabadas por él, una en especial llamó mi atención, llevaba por título “1986”, esto, para la obsesión y meticulosidad de mi padre, no decía mucho, así que la separé del resto con el propósito de escucharla después.

            Vaciar cajones y descolgar ropa de un armario no es un ejercicio sencillo cuando el viaje no tiene regreso. Acumulamos tantas cosas durante nuestra vida, que damos una tarea penosa y cansada a los que permanecen en el mundo material. El apego a las posesiones, así como el sentimentalismo, hacen que deshacernos del más mínimo objeto sea causa de culpa, como si insultáramos la memoria del ser querido al tirar lo que  no nos es útil, cosas que sólo sirven para abrazarlas mientras sollozamos o para acumularlas como acumulamos tantas otras, llenando repisas y libreros, cuando en realidad lo que queremos es aminorar el hueco que ha quedado en nuestra alma. No es que desconfiemos de nuestra memoria, simplemente creo que a veces queremos conservar algo que nuestra vista y nuestro tacto nos lleve de inmediato a la figura inmutable de los muertos.  No le veo algo de malo a conservarlas, pero hay una delgada línea entre la obsesión y el recuerdo que deseamos que permanezca tangible, a final de cuentas, el amor y la obsesión se confunden con regularidad, pero eso no hace menos cierto que el lujo más grande al que podemos aspirar, sea al poder prescindir de todo.

            Dos días me bastaron para separar aquellas cosas que quise quedarme y las que no, con una mezcla de sensatez y remordimiento, dejé para mí unas cuantas camisas, un reloj de pulsera, la mayor parte de las fotografías y la cinta que había despertado mi curiosidad. El resto, lo clasifiqué entre lo que pudiese interesar y no a la única hermana de mi padre con quien tenía contacto. Un eslabón suelto de una cadena de sangre que se había roto muchos años atrás. Agotado, pero satisfecho, me recosté en la habitación que ahora parecía un tanto vacía y donde se respiraba un aire cargado de una tristeza más sutil, casi imperceptible, semejante a una felicidad muy simple, esa que adolece de éxtasis. Observé las pocas fotografías de mi padre cuando era joven, lo amarillento del papel o la falta de color me hicieron pensar en una época muy distante a la mía, donde mi existencia no significaba nada aún. Pensé en mi padre como un hombre joven y atlético, bien vestido, impecable y alegre, un hombre al que yo no conocí, muy distinto al ser maduro que me engendró, mal encarado, poseedor de un cuerpo al que el paso de los años y los malos hábitos habían vuelto un tanto ancho y laxo, un cuerpo que el cáncer carcomió en apenas dos meses y cuya morada es ahora una inmóvil sepultura bajo la tierra. Cuando yo nací, él tenía ya treinta y cinco años, si a eso añadimos que la primera etapa de nuestra vida carece de una conciencia tal cual la conocemos después, mi padre tenía alrededor de cuarenta cuando le conocí. Su juventud había transcurrido ya y estaba lejos de mi alcance, tuvo para mí un rol único e inamovible, una superficial dinámica de padre e hijo, alejados por su trabajo diurno, nuestro carácter y mi costumbre por apresurar la noche y dormir temprano, casi cuando él llegaba a casa.

 

Tributo de los toreros

Luis Ignacio Escobedo

En el toreo no todo es grandeza. En ocasiones, los toreros pagamos un alto tributo; con nuestra propia sangre, nuestro cuerpo e incluso con la vida.

No cabe pensar que alguien disfrute al recibir cornadas. Obviamente no es que nos guste, sino todo lo contrario, pero sabemos que tarde o temprano llegará el percance; sea el bautizo de sangre o la siguiente cornada.

La primera cornada es una prueba de fuego, porque nadie sabe como reaccionará el torero después de sufrirla. Se dice que por los agujeros de las cornadas se escapa el valor, pero también que te curten como persona y te hacen madurar como torero.

Para algunos toreros las cornadas son medallas al valor, a la hombría, al honor.

Son marcas en el cuerpo que cada día te hacen recordar que estás vivo y que eres torero.

En la fiesta hay de todo: Los que tienen una docena de cornadas, los que murieron en el ruedo por asta de toro y los que, en su vida como torero, nunca sufrieron un percance, como el Maestro Mariano Ramos (Q.E.P.D), un torero poderoso y muy hábil en la lidia.

Los toreros estamos expuestos y si no es una cornada, puede ser una fractura. Lo que es seguro, es que de un centenar de volteretas no te salvas.

En ocasiones, resulta peor una fractura que una cornada ya que el tiempo de recuperación es a veces más largo. Esto desde el descubrimiento de la penicilina, claro. Antiguamente, las cornadas infectadas te llevaban a la tumba. El Doctor Fleming tiene por ello una merecida estatua en la plaza de Las Ventas de Madrid.

Esta semana hemos vivido momentos de angustia en todo el mundo taurino ya que ha habido muchos incidentes en muy poco tiempo. En Madrid suspenden la corrida del martes por haber sido cogidos los tres alternantes, y en México el saldo es peor ya que dos toreros han dejado la vida en el ruedo, un forçado a quien una cornada le seccionó la arteria ilíaca y, un día después, un novillero que recibió una cornada en el abdomen, que le perforó las vísceras.

Es una desgracia, hombres jóvenes, fuertes, y con toda la vida por delante, acaban sus vidas en la plaza. Eligieron la profesión de ser toreros y tuvieron que pagar un tributo demasiado alto. Estoy seguro , o casi seguro, de que están contentos por haber fallecido de ese modo, haciendo lo que les gustaba hacer. Olé, olé y olé por ellos.

Es muy fácil criticar al torero, pero el torero hace sacrificios. Detrás de un torero hay una juventud perdida, o empeñada por cumplir un sueño. Perdemos amigos, momentos familiares, vacaciones, fiestas y diversión, por entrenar.

Dejamos el alma todos los días por mejorar y superarnos.

El sacrificio por un sueño, nuestro sueño. Sacrificio para el espectáculo.

Ante todo la dignidad que un ser humano merece y más el torero, porque se juega la vida.

“Vivir sin torear, no es vivir” José Tomás

Recordando a un torero

Luis Ignacio Escobedo

En la historia de la tauromaquia hay toreros de suma importancia, pero hay uno que es especialmente interesante ya que marcó la historia, modifico lo establecido, vivió como los grandes, dicto cátedra de toreo y dio un gran paso en la evolución del toreo, la quietud.

Un escritor inglés llamado George Barker le dedica un poema llamado “The death of Manolete”, dentro de su libro “Vision of beasts and gods”, en 1954.

Muere tú, rey. Mitra. ¿Dónde estaba la muerte
oculta en las diez horas en que yacías tú
dándole a Linares su gran leyenda roja?
El monstruo. Muerto. Vivo el sol, llevaos el cadáver.

¿Gritó la espalda en su mano? La arena
lloró al verle caer. Tu, rey, muere. El miura
Mugió al cornar a su Dios. Pero la larga
cara de piedra, santa, se sintió más segura

Tan sólo en la quietud que corona siempre. Tú.
Rey, muerte. El matador, con rastros de toro en su vientre.
Se dirige altanero hacia su muerte bajo el capote;
Negro, islero hace honor al lugar donde cae.

¡Oh expiación! El rey y el toro rozándose,
comparían un reino. El estoque y el cuerno
duermen juntos. Justicia. Vosotros, reyes, morís.
Entre este hombre y este toro un mito ha nacido.

Evidentemente habló de Manuel Rodríguez “Manolete”. Muerto por asta de Islero en Linares el 29 de agosto de 1947.