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De cosmovisiones y cortes de papel

Andrea Mantecón

Recientemente asistí al Museo de Arte Moderno en Nueva York para observar una exposición temporal de las obras de papel cortado de Henri Matisse. Estas obras fueron realizadas por el pintor en el final de su vida en lo que algunos medios han llamado el brillante capítulo final del artista. Eran realmente maravillosas. Al observar de cerca, se veían irregularidades en el papel causadas por la longitud limitada de las tijeras. Con estas irregularidades se podía casi sentir la velocidad del corte, la posición de las manos que detenían el papel y la intención segura que marcaba el camino de las tijeras, dejando también un poco a ambos, el papel y la herramienta, complementar el proceso.

La exposición me hizo pensar en que Henri Matisse, quien desde mucho antes de esta fase, dominaba con maestría la técnica de la pintura, decidió al final de su vida expresarse en una técnica que podría asociarse con niños pequeños. Y entonces, me pregunté lo que nos hemos preguntado todos alguna vez: ¿qué hace a esto arte a diferencia de los cortes de papel de un niño?

Hay miles y más respuestas a esta pregunta, pero ese día en el museo pensé en una. Una más. Pensé en el arte como la capacidad de ganar años, educarse en técnica y observar a la sociedad y aún conservar una cosmovisión pura y distinta a la de los demás. Pienso que todos nacemos con una forma distinta de ver el mundo que con el paso de los años, nuestras interacciones sociales y la educación que recibimos, se homogeneizan en una cosmovisión mayoritariamente compartida, y a veces, tristemente censurada.

Los niños, quienes tienen aún su cosmovisión pura, no tienen los conocimientos técnicos o la capacidad para expresar observaciones superiores. Y son los genios como Matisse o Van Gogh que han podido conservar intacta su cosmovisión y a través de la técnica que lograron dominar, expresarla, muchos de ellos viviendo en una dualidad entre ese mundo alterno y la realidad de los demás.

En el caso específico de los cortes de papel de Matisse, y que creo que se extiende a varias otras obras como los dibujos de Jean-Michel Basquiat o las obras de Dalí, creo que lo que lograron fue conservar su visión de niños, con su conocimiento técnico y su experiencia observando a la vida, y expresarse con la libertad de quien no se ha convertido en lo que los demás. Parece fácil, tomar unas tijeras y cortar flores de colores, sin embargo, al hacerlo, resulta verdaderamente difícil expresarse en bellas composiciones sin perder la sencillez de un niño, y más difícil aún hacer sentir a quien los ve, como niños también, asombrados y a la vez familiares con lo que ven.

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La definición textual de arquitectura dice que es el arte y la técnica de proyectar, diseñar, construir y modificar el hábitat humano. Arte y técnica. En el lado de la técnica, es lógico todo lo que hay que tener perfectamente resuelto, sin embargo en el lado del arte, es la capacidad de crear un mundo alternativo lo que hace maravillosos espacios, un mundo que va directo del espacio al corazón sin pasar por la cabeza, como estas obras de Matisse, y como los atardeceres de color rosa.

 

Escondites de sábanas

Andrea Mantecón

A veces pienso que los niños entienden todo un poco mejor que uno, que son a los que deberíamos de escuchar cuando estamos buscando soluciones a los problemas más grandes, y a los que deberíamos de observar cuando queremos respuestas de la naturaleza humana. Cuando se es niño, no hay nada más emocionante que construir un fuerte a base de sábanas, almohadas, escobas y demás objetos; apilar un montón de cajas cerca de una esquina y tener un rinconcito en donde esconderse a jugar; o construir una casita en el árbol a la que solo tienen acceso unos cuantos. Estas construcciones protegidas de los adultos y demás invasores logran su cometido a través de ser espacios que, por la dificultad de su acceso o su tamaño reducido, filtran a quienes no deberían estar por ahí. Se caracterizan por su intimidad e inclusive la misticidad que se genera a través de estar resguardado. Van casi acompañados de susurros y risillas.

Al verlo así, resalta llanamente que estamos programados de forma tan simple, que nuestros deseos se remontan a nuestra supervivencia en tiempos prehistóricos. Las cavernas eran  lugares pequeños a donde no tenían acceso los depredadores más grandes o donde los hombres podían esconderse de la vista de sus presas antes de cazarlas. Es interesante observar que cuando no había peligro de ser atacados, los humanos ocupaban espacios que los protegieran del clima, más estuvieran abiertos y ventilados, y donde pudieran reunirse alrededor del fuego. Sin embargo, cuando se deseaba cazar o protegerse de un depredador se resguardaban en las cuevas más pequeñas o recónditas.

Pienso que en los adultos sigue existiendo la necesidad de ambos escenarios. Es clara la necesidad de espacios altos, iluminados y abiertos resguardados del clima. Es lógico el deseo de ventanales grandes que nos conecten con el contexto, el deseo de terrazas abiertas en donde reunirse con amigos y de espacios de doble altura que nos hacen sentir libres, sin embargo creo que también es lógica y menos atendida la necesidad de pasar tiempos, a lo mejor cortos, en espacios reducidos, que nos abracen y nos protejan aún cuando no haya peligro. Constantemente me encuentro buscando espacios pequeños y escondidos en donde tomar una llamada larga, o acomodo todas las almohadas en mi cama de forma que hacen casi un nido cuando quiero leer sin que nadie me distraiga, o cuando voy a un restaurante y hay una mesa dentro de un recoveco, la escojo si la ocasión es la adecuada.

La arquitectura siendo la escenografía de nuestras mentes tan complejas y tan simples a la vez, debería atender todas estas necesidades humanas e incluir espacios que satisfagan tanto las necesidades más prácticas como los deseos más básicos e instintivos aún cuando sean inconscientes. Si bien es cierto que la cocina, la terraza, la sala y los vestidores deben funcionar impecablemente, también es la tarea de un arquitecto encontrar en su clientes los pequeños deseos escondidos aún para ellos mismos, y proveer espacios que los abracen, los transformen, los reten, los calmen, los hagan imaginar, o inclusive, como en el caso de los recovecos, los hagan niños otra vez, escondidos un ratito de la vida, abrazados por las paredes, el piso y el techo.

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Una tarde torera

LUIS IGNACIO ESCOBEDO

Hoy escribo en día extraordinario, ya que no puedo dejar pasar este acontecimiento.

Este domingo por la tarde se llevó a cabo en el lienzo charro de Guadalupe un Festival de Escuelas Taurinas.

Me dio mucho gusto ver los tendidos llenos a pesar que sólo toreaba un muchacho de la tierra.

Hoy quiero expresar lo que desde el tendido tuve la oportunidad de apreciar, algo que me resultó muy motivante e importante.

El festival tuvo tres nombres propios:

El primero de ellos es Sol Miramontes. Una muchacha hija de torero y hermana de toreros. Me impresionó su valor sereno, valor inocente quizá por lo nueva que está en esto de los toros, pero a fin de cuentas se queda más quieta que una vela, desmayando el brazo hacia atrás de la cadera, pasándose el novillo muy cerca y toreando con soltura. Pocos muletazos de esa calidad, pero Sol Miramontes es un diamante en bruto que pulido puede valer mucho.

El segundo nombre es Ángel Escobedo, el torero local. Este muchacho está dando de que hablar, y se ha justificado en el ruedo tarde a tarde. Lo conocí hace apenas un par de años, cuando estaba empezando en la escuela taurina y la verdad es que ya entonces apuntaba maneras, una cabeza fría, corazón y, lo más importante, educación. En especial por estas dos últimas cualidades fue por lo que le brindé mi amistad y le abrí las puertas de mi casa. Entonces, y en broma, le llamábamos “El Niño de los Palillos”, por los que rompía en las tientas… Es un orgullo para mí verlo que día a día va mejorando y demostrando que puede servir. Hay que cuidarlo y llevarlo con pies de plomo, porque, como dice él en su estado de WhatsApp “La humildad es el secreto del éxito”. Enhorabuena, torero…

El tercer y último nombre de la tarde es el de “El torbellino de Querétaro” Juan Pedro Llaguno. Este hombrecito demostró en el lienzo charro de Guadalupe que mamó la torería desde que nació. Es un torero con solera y un carisma que rompe cualquier cuadro. Valiente y con actitud. Recuerdo que el día que lo conocí él tendría unos nueve años, si acaso, y ya andaba de torero. No me refiero a andar de figurín, sino con una afición desbordante y lleno de ilusiones. Me da mucho gusto verlo torear nuevamente y que sigue con la misma afición e ilusión del principio, si no más.

Torería, ilusión y ambición fue lo que viví desde el tendido al ver a estos muchachos.