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La última carta (parte II).

Jonathan Alcalá

Recuerdo la primera vez que creí amar a una mujer. En mi último de escuela primaria las niñas comenzaban a dibujar sutiles curvas bajo sus uniformes, mientras los niños comenzábamos a imaginarlas bajo las sábanas. No puedo definir lo que sentía, pero sí puedo decirte que más de una vez soñé dormido y despierto con su rostro. Compartíamos el mismo salón de clases, pero nada más, todo el tiempo estuve tan distante de ella. Parece que siempre fui  opaco para las personas que más deseaba. Jamás me acerqué lo suficiente, moría de deseo por siquiera respirar a su lado y por decir muchas cosas, pero mi timidez nunca me permitió hacer lo que dictaban mis impulsos. Confieso también que elegí la escuela secundaria para seguirla. Seguramente te preguntas porqué te digo esto, es simple, para que te des cuenta de que tengo la manía de perseguir la sombra de las mujeres por quienes he experimentado amor. No importa cuánto duela, no importa cuán frustrante pueda llegar a ser, lo he hecho todo el tiempo. Ella fue la primera inspiración de mi alma y de mi cuerpo, comencé a tejer palabras simples y creaba expresiones idiotas que escribía en las últimas páginas de mis cuadernos, en ese entonces, mi único acercamiento a la literatura habían sido los maravillosos cuentos de Oscar Wilde  en sus versiones mutiladas para los libros de la escuela. Escribí poemas antes de leer alguno, fantaseé con el cuerpo de una mujer, una chiquilla apenas, igual que yo, muchos años antes de poder experimentar con una piel ajena, una piel como la tuya. Me revolvía en mi cama imaginando el perfume de feminidad que creía percibir de mi compañera cuando de manera “accidental” pasaba a su lado, ese olor era un tanto visible para mí, como un aura que enmarcaba esas olas de cabellos castaños. Muchos años tuvieron que pasar para poder superar la perfecta imagen y la fragancia imaginaria de ella en mi vida. Yo no era el único que la deseaba, el resto de mis compañeros también, ella brillaba para muchos de nosotros, pero lo que yo sentía lo guardaba para mí, lo atesoraba como un secreto precioso, como algo que llegaría a suceder, tarde o temprano ese amor acumulado saldría a materializarse. Te sorprendería saber de quién se trata, puesto que con el paso de los años nos convertimos en amigos íntimos y tú conversaste en alguna ocasión con ella, en una de las muchas fiestas a las que te invité.

Soy el resultado de una adolescencia fallida, eso lo supe mucho antes de que la terapeuta que me recomendaste me lo dijera. Yo creía que la sensatez,  la inteligencia y la madurez eran cosas que venían por añadidura con el paso de los años. Algo que recuperaría en algún momento. También creí que el éxito es algo inminente si uno hace tal o cual cosa, si se es honesto y evita a medida de lo posible aquello que todos reprueban, pero no hay mentiras más abyectas que las anteriores, el paso de los días que se convierten en años y los golpes de realidad nos demuestran cada día que esas leyes cósmicas de las cuales nos aferramos como infantes a las faldas de nuestras madres, no son más que cortinas que impiden la visión de la cruel, pero simple realidad, el azar lo gobierna todo. De lo contrario, cómo explicar el asesinato de un niño, o el que un hombre horrible, un criminal despiadado viva tantos años y muera tranquilamente en su cama. Nos inventamos fantasías y tragamos cuentos increíbles para calmar la ansiedad que provoca el no poder explicar hechos como los que mencioné, enajenamos la responsabilidad del universo a las deidades que inventamos para así poder continuar con nuestras rutinas vacías y aminorar el miedo de que de un momento a otro el azar pueda jugarnos en contra; las desgracias las teñimos con propósitos divinos e incomprensibles y construimos un paraíso detrás de las nubes para creer que nuestros muertos nos esperan, cuidan, escuchan y observan a cada instante; sin sufrimiento, sin defectos,  en pocas palabras, despojados de humanidad. El paraíso que esperamos es eso, dejar de ser humanos. Cómo explicar que yo, que me entregué con un amor transparente y devoto hacia ti, lleno de respeto y comprensión, me hayas botado como a un objeto roto, un día decías amarme, al otro, no querías saber nada de mí. Si algo tenía roto, era mi interior.

La curiosidad y las dudas han sido constantes en mi cabeza, jamás creí las verdades que dictaban mis profesores; nunca fui un alumno brillante, me dominaba una pereza tremenda todo lo relacionado con el aula de clases, iba porque tenía que ir y porque lo que veía alimentaba mis fantasías, así que desde muy joven encontré un lugar para refugiarme de este mundo, mi imaginación, con ella endulzaba los amargos despertares y sazonaba las insípidas tardes, escondido a la luz del día y en medio de todos me convertía en un ser diferente al que era. Lo mejor de mi vida sucedía dentro de mi mente.

La última carta (parte I).

Jonathan Alcalá

R.E.:

Espero que al recibir esta carta te encuentres bien, yo lo estoy desde hace tiempo, o por lo menos, eso intento, sin embargo, algunas veces por las noches pierdo el impulso de dormir y mi cabeza da vueltas alrededor de tu recuerdo, es por ello que he decidido decir todo lo que me plazca, todo aquello que callé y me fue pudriendo por dentro. He dicho que espero que estés bien, pero también espero que de súbito al comenzar a leer, te entristezcas casi de la misma manera en que yo lo estuve al momento de tratar de explicar lo que significaste en mi vida. Tal vez pases de la tristeza a la ira de un momento a otro, pero sé que por más que pueda llegar a lastimarte con mis palabras, no dejarás de leer, por ese vicio tuyo que tienes de querer sentirte miserable.

            Tratando de buscar un principio adecuado para que entiendas el hecho de que eres un antes y después en mi existencia, creí preciso darte una perspectiva de mi vida entera, que aunque crees conocer bien, en esta ocasión habrá un intento de no maquillar la realidad, y es que cuando hablamos de pasados difíciles, creemos transformar esos recuerdos al embellecerlos un poco y al omitir las peores partes. Cada uno se forma una memoria tal cual la desea.

            Tienes un vago conocimiento de que crecí en el seno de una familia humilde; mi padre, fue un hombre que sufrió el abandono de sus progenitores a muy temprana edad, tal vez esa fue la razón por la cual siempre fui invisible a sus ojos y mudo ante sus oídos, cómo pedirle amor y atención a una persona que jamás los tuvo, que vivió una niñez repleta de carencias y pobreza material y afectiva. Mi abuela, tuvo siete hijos de siete hombres diferentes, cosa comprensible, ya que su oficio fue el de prostituta, eso no sabías; por parte de mi abuelo, qué te puedo decir, un cliente más, un hombre como tantos. Mi padre creció bajo los cuidados forzados de una tía abuela, fue sometido al abuso de sus hermanos mayores y enfrentó la vida como un bastardo de padre y madre. No imagino una niñez tan complicada como la de él, alguien como yo se hubiese rendido con facilidad, pero a pesar de ello, salió adelante lo mejor que pudo. Con respecto a mi madre, esa mujer dulce que conoces, esa cara pálida de ojos color avellana, ese cuerpo frágil y enfermizo, debes saberlo, posee también una esencia frágil. Mi madre ha sucumbido la vida entera ante la  autoflagelación, le castigaron el alma con tanta inmisericordia y durante tantos años, que ella también aprendió a castigarse a sí misma, y lo peor de todo, es que sus hijos seguimos pasos semejantes. Ella, hija de una madre orgullosa e insensible, también vivió el  abandono, y su padre, odiosa e inverosímil coincidencia, un cliente más. Vidas y sufrimientos paralelos los de mis padres, dos personas abandonadas que engendraron hijos condenados al abandono. Esa es la verdad detrás de la aparente armonía familiar que conoces. Hemos aprendido a vivir juntos sólo porque aprendimos a callarnos lo suficiente y a ignorarnos lo necesario. Siento amor por mi familia, pero también compasión y repulsión, porque sé  que soy semejante a ellos, son espejos de carne y hueso.

            Cuando se es niño, la falta de dinero no es tormentosa, a fin de cuentas, mis necesidades básicas estaban cubiertas de la mejor manera posible. Yo me creía feliz, a pesar de todo; muy a pesar de mi padre y su vicio por el alcohol, y de mi madre y su vicio por la tristeza. Yo llegaba a casa después de la escuela y veía siempre en la mesa el plato de comida tibia que me dejaba ella antes de irse a trabajar, yo pasaba el resto del día en el diminuto patio de tierra, solitario con mis juguetes y mis fantasías, vi convertirse muchas tardes en noches; me atemorizaba la  oscuridad, entonces la espera de mis padres se volvía eterna en ese cuartucho al que llamábamos casa. Siempre hice por cuenta propia los deberes de la escuela, y cuando llegaron mis hermanos, me hice cargo de ellos. Fui obligado a madurar desde muy niño, era yo el que los corregía, el que atendía algunas de sus necesidades, el que iba a las juntas escolares, el que a ciegas trataba de ser un ejemplo para ellos; seguro esa es la razón por la cual ahora de adulto hago niñerías. Sufrí un retroceso, mi mente y mi cuerpo reclamaron esos años de niñez y adolescencia hasta perder toda esa madurez prematura. ¿Recuerdas que siempre me habías reprochado mis actitudes de adolescente? He aquí una posible causa de ello, una de tantas. No me justifico, pero solicito comprensión, tú nunca me comprendiste.